Artículos de opinión de Enrique Páez

 

Viaje al corazón de la tortura

 

¿Cuánto tiempo aguanta una persona con los sentidos anulados antes de enloquecer? Veo por televisión a unos presos afganos arrodillados, atados de pies y manos, a 30 grados bajo el sol del Caribe en la base de Guantánamo. Es el telediario, así que la escena, dentro de los límites del infierno cotidiano, casi me parece normal. Pero luego el locutor añade que los presos llevan antifaces negros para que no puedan ver nada, orejeras para que no puedan oír, mascarillas de cirugía para que no puedan oler, mordazas para que no puedan hablar, y gruesos guantes para que no puedan tocar. La mitad (o más) son analfabetos. Jamás han salido de Afganistán. No conocen la televisión desde hace muchos años, y las noticias que han recibido del exterior son las que les ha contado un imán en la mezquita: "Preparaos, porque el diablo americano, enemigo de Alá, va a venir a buscaros para llevaros al infierno".

Un día el imán les dijo "Existen unas Torres Gemelas en el país de los infieles que han caído, y antes de que comience el Ramadán los infieles vendrán para vengarse." Y en efecto, llegaron grandes aviones con misiles y con bombas, y cientos de soldados extranjeros con botas y uniformes hablando una lengua extraña, los capturaron y se los llevaron drogados, amordazados, cegados, sordos, mudos, sin tacto, sin olfato y sin tiempo. El imán ya se lo había advertido, aunque ellos no saben para qué, ni a dónde, ni por qué. Supongo que los presos se mean y se cagan encima, pero eso es lo de menos. De cuando en cuando, imagino que un valiente marine de 19 años les da una patada o un culatazo a ciegas. "Estos cabrones han tirado nuestras Torres, y ahora lo van a pagar". Da igual que ninguno de los que participaron en los atentados de las Torres Gemelas fuera afgano.

Trato de imaginar lo que se puede sentir si a uno le aíslan del mundo así durante horas y días. Es como estar en la nada, en el vacío absoluto. "He llegado al infierno", pensaría. Y me empieza a entrar mucho miedo. Me parece la peor historia de terror imaginable. ¿Cuánto tiempo podría resistir así antes de volverme loco? Yo creo que muy poco. Si me lo hicieran a mí, me querría morir lo antes posible. Prefiero que me den cualquier paliza, que me arranquen los dedos, que me peguen un tiro. Lo que sea antes de quedarme a solas, volviéndome loco en el agujero infinito de mi propia mente, sin saber nada, ni cuánto tiempo voy a pasar así, ni dónde estoy, ni quién está a mi lado. Ya no soy un delincuente, ni un prisionero de guerra, ni un enemigo. Ya no soy nada, ni nadie. Ni siquiera puedo morir. Sólo puedo volverme loco. No puedo imaginar nada que me dé más miedo. Un agujero infinito de locura: sin oír, ni ver, ni tocar, ni oler, ni hablar.

Ese modelo de tortura psicológica, refinada y brutal, ya se aplicó en la antigua Unión Soviética, dentro de los hospitales psiquiátricos, para enloquecer y neutralizar a los disidentes políticos que se oponían a Stalin. No estoy seguro de cuáles son las enseñanzas que deberíamos haber aprendido del modelo soviético, pero no deberían haber sido sus métodos de tortura, de eso sí estoy seguro.

Y al mismo tiempo Europa, con el sumiso presidente Aznar a la cabeza, no es capaz de soportar tanta vergüenza, así que lo disfraza con hipócritas juegos de lenguaje: Los muertos inocentes de un bombardeo son "daños colaterales", la tortura mental se llama "privación sensorial", y los soldados afganos capturados en Afganistán son "combatientes ilegales" sin legislación alguna. Tengo entendido que en el vestíbulo de la Moncloa, del Congreso, del Senado, y de todas las salas de reunión de Bruselas y La Haya van instalar grandes lavamanos y lavaconciencias, modelo Pilatos, en forma de juegos del lenguaje, porque los políticos lo están pidiendo a gritos.


Publicado en el periódico "Metro", La columna, el miércoles 30 de enero de 2002


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