Blog de Enrique Páez,
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sábado 1 de marzo de 2008El trabajo es lo primeroCurro Vázquez se despertó temprano, le incrustó un destornillador en el ojo a su mujer procurando no despertarla, y bajó a desayunar. En la cocina se encontró con su hija pequeña, a la que degolló con el cuchillo eléctrico mientras se calentaban las tostadas. Antes de salir de casa metió el gato en el microondas para que no enredara, y ahorcó al perro en la rama más baja del sauce del jardín. Con un hachazo exacto en la coronilla convenció a su vecino de que le prestara las llaves del coche, y aceleró para no llegar tarde al trabajo. Por el camino atropelló a cuatro escolares, dos monjas y un policía de tráfico. Se sentó en su mesa de auxiliar administrativo en la Hermandad de Donantes de Órganos, y redactó una solicitud para prolongar su contrato de trabajo seis meses más: tenía información confidencial y fidedigna acerca de próximas donaciones de órganos para trasplantes.
viernes 29 de febrero de 2008Tiempo muertoEl foco de luz infectada buscó la pupila de su ojo y se hundió en él perforando el globo ocular a fondo, lentamente, hasta alcanzar la masa cerebral. Una vez allí libró la carga letal de sus entrañas y paralizó toda actividad mental durante horas. Trató de arrancarse el intangible dardo en vano, pero una invisible zarpa de acero le sujetaba el cráneo y le obligaba a mantener los párpados abiertos, sangrando irrecuperables lágrimas en forma de minutos. Un charco de tiempo enfangado se formó a sus pies hasta dibujar el perfil de un encarcelado voluntario. Cuando la jeringuilla de luz le hubo arrebatado todo el tiempo aprovechable que aún pudiera guardar en su cerebro, logró arrancarse la aguja del ojo y desviar la mirada. A trompicones consiguió levantarse del sofá y huyó por el pasillo rumbo al dormitorio. En un último rastro de lucidez, antes de quedarse dormido, se prometió a sí mismo, una vez más, no volver a encender el televisor sin motivos concluyentes.
jueves 28 de febrero de 2008Historia de amorAquella ballena antártica se enamoró del hidroavión que llevaba y traía cartas y alimentos a los científicos de base Esperanza. El hidroavión no dijo nada, pero a su manera también la amaba. Andrew Schultz, el piloto, dijo que no lo sabía, pero tras el accidente, ya en el hospital, horas después de que un helicóptero lo rescatara de entre los pingüinos, jura que vio a los amantes danzar felices junto al iceberg.
miércoles 27 de febrero de 2008DisciplinaNo sabes quién ha sido el cerdo que se ha tirado el eructo mientras escribías en la pizarra, pero esos mocosos de mierda no se van a reír de ti, así que ordenas que se pongan en fila por orden de lista, hombro con hombro, que levanten la cabeza, que miren al frente, y que crucen las manos a la espalda. Preguntas, pero no responden. No quieren dar la cara. Ahora están callados, y sabes que te temen. Alguno de estos cobardes está a punto de llorar, pero no acabará el curso sin que hayas hecho de ellos unos hombres de provecho. Antes de empezar te frotas las manos para calentarlas. Notas que una pequeña erección te crece bajo el hábito. Es la santa ira, te dices. Te acercas a un extremo de la fila y empiezas a repartir bofetadas desde Aznar hasta Zaplana.
martes 26 de febrero de 2008Apostillas al lector sensibleBasilio anda preocupado, y le dice a Peancha que le ayude, a ver cómo es posible eso que ha leído en el blog de Enrique, porque a él no le salen las cuentas. A la Nena tampoco le convence. Eso es lo malo de estudiar física, informática, u otras materias poco dúctiles de ortodoxia científica. Dicen que hay tres lectores haciendo el trenecito con los libros, pero parece que se suicida primero el que se tenía que suicidar último. ¿Acaso es una causa-efecto invertida? Peancha se calza las gafas de cerca y lo lee despacio, para descubrir en qué línea del código fuente ha saltado el error 479B del que habla Basilio. --Son cosas de Enrique. Déjale. A veces se le va la pinza, y es que él es de letras, y las cuentas nunca le salen.
lunes 25 de febrero de 2008El lector sensibleUn lector aprensivo lee un libro sobre un hombre asustadizo que lee un libro el cual trata de un hombre muy impresionable que lee un libro. Cuando casi está llegando al final del libro, el lector aprensivo que está leyendo el libro sobre el hombre asustadizo que lee un libro, se suicida por culpa del libro que está leyendo. Esto sobrecoge al personaje asustadizo del libro que está también leyendo un libro de un hombre impresionable que lee un libro, y también se descerraja un tiro antes de acabar de leer su libro; por lo que el libro queda siempre inacabado, en un limbo de espejos perplejos, como de sobra ha demostrado ya la lingüística del texto.
domingo 24 de febrero de 2008Terremotos homosexualesEl pasado jueves en la Knesset, el Parlamento israelí, Shlomo Benizri, uno de los 12 diputados del partido Shass , dijo que la culpa de los terremotos que ha sufrido Israel en los últimos meses la tienen los homosexuales, por menear los huevos donde no debieran. Yo ya se lo dije a Marcelo, cuando se fue de viaje de novios con José a recorrer oriente medio: Cuidado con tocarse los huevos allí, que es una zona muy sensible . Se sabe que el valle del Jordán, el mar Muerto y, más al sur, el desierto de Arava y el mar Rojo, se encuentran sobre la falla sirio-africana, un lugar de frecuente actividad sísmica, pero son los jodidos maricones, que se ponen a dar por culo encima de las fallas, los que provocan la ira de Dios y sacuden la tierra con terremotos. O a lo mejor es que empujan demasiado fuerte, y todos al mismo tiempo. “Dios dijo que sacudiría el mundo para despertaros si meneábais vuestros genitales donde no se supone que no tenéis que hacerlo”, dijo Benizri. Joder, Marcelo, cómo te has pasado. El Parlamento israelí dejó de considerar delito el ser homosexual hace veinte años, así que el diputado ortodoxo quiere que se rectifiquen las leyes para evitar más seísmos. “El Talmud nos dice que una de las causas de los seísmos, que la Knesset legitimó, es la homosexualidad”. Está bien claro.
sábado 23 de febrero de 2008Lo que no suma, restaEl día que Paco Mañas leyó su séptimo relato, ya llevábamos casi tres meses de clases en el Taller , y casi todos los alumnos eran capaces de localizar los lugares comunes más relevantes en los escritos ajenos. Siempre en los ajenos, porque en los propios es más difícil: están demasiado cerca, han sido cosidos con hilos invisibles de sangre y lágrimas, y están empañados por las vivencias. No recuerdo demasiado del relato, pero sí recuerdo, imposible olvidarlo, que en un momento de la historia Paco presentó a un nuevo personaje ante la audiencia: “Juvenal era un muchacho animoso y optimista”. La carcajada despertó de la siesta al vecino del tercero izquierda. Paco enmudeció, de pronto, sin saber qué había pasado, se ajustó las gafas y nos miró con asombro. Ya éramos amigos, así que habíamos empezado a perdernos el respeto. Isa Cañelles, que era más miope que Paco, pero igual de sensible, le explicó, entre risas, que no podía describir como “animoso y optimista” a un personaje que, para mayor obviedad, se llamara Juvenal, y fuera, qué remedio, un muchacho. “Animoso y optimista”, les recordé, son abstractos, inasibles, imposibles de fotografiar. Don´t tell, show (No lo digas, muéstralo). Demasiadas obviedades, demasiada impostura, demasiados adjetivos innecesarios, demasiadas redundancias, y poca naturalidad. “Pues no sé por qué no voy a poder decir de mi personaje que era animoso y optimista”, se quejaba Paco. Otra carcajada. Paco era un buen tipo, y aguantaba el chaparrón con entereza. Creo recordar que era ingeniero, curtido en ensayos de fatiga de materiales. Celia Herrero, la periodista, trató de calmarlo: “Déjalo, Paco, no discutas, que esta vez no llevas razón”, le decía. Yo intenté convencerle, una vez más, de que en un relato lo que no suma, resta. Que animoso es casi lo mismo que optimista, o está muy cerca, y que son notas propias de cualquier muchacho, que además se llamara Juvenal. Que era parecido a decir que “La pequeña Esther se durmió con una sonrisa infantil en los labios”. ¿Acaso una niña tiene otra opción diferente a la de poseer una sonrisa infantil? Otro asunto sería que la niña Esther se durmiera con una sonrisa perversa en los labios, porque, en principio, la perversión no pertenece al campo semántico de las niñas. Todavía. viernes 22 de febrero de 2008Mi padreSi me preguntan qué recuerdo de mi padre, retrocedo en el tiempo, y me encuentro en Doctor Esquerdo, una calle grande, muy grande. Era tan grande como un río vertiginoso y ancho, lleno de peligros, en el que apenas alcanzaba a ver la acera del otro lado (los coches intermitentes me tapaban el horizonte). Demasiados coches, autobuses, sonidos de claxon. Era como un gran foso de cocodrilos alrededor de un castillo. Yo tenía cinco años. Casi podía notar el sonido de las dentelladas cerca de mis rodillas desnudas por los pantalones cortos. Lanzarse a la calzada era como tirarse por un precipicio, la muerte bajo las ruedas de un tranvía. Había demasiados imprevistos a tener en cuenta como para saltar al empedrado y pretender volver con vida. A pesar de ello, mi padre me cogía de la mano, tiraba de mí, y se ponía en marcha arrastrándome al asfalto antes de que el coche que teníamos delante hubiera pasado. Yo estaba aterrorizado. Era como si mi padre quisiera ser arrollado por su parachoques. Yo apretada la mano alrededor de dos dedos suyos, grandes y largos como ramas, y luego me asombraba el difícil cálculo que mi padre había realizado al echar a andar antes de que pasara el coche, porque sus zancadas llegaban hasta la línea de atropello cuando el coche ya había rebasado nuestra trayectoria. Yo pensaba: "Claro, mi padre es ingeniero, y lo tiene todo calculado", y no dejaba de sorprenderme el riesgo que corría y la natural seguridad con que lo afrontaba. Yo veía a mi padre grande como un árbol, y el ligero olor a tabaco que desprendía su mano me emborrachaba. Era un olor masculino y firme, un olor seco a madera y café. Es imposible, pero siempre era invierno. Lo sé porque de todo ello el recuerdo más nítido que conservo es el del calor de su mano. Era una mano grande y caliente, con dedos largos, huesudos y potentes (no sé si ya lo he dicho). Era la mano de mi padre, y la podría distinguir entre todas las del mundo. El calor que desprendía es lo más tierno que yo recuerdo de toda mi infancia, lo más tranquilizador, lo más protector. Ese calor hacía que yo cerrara los ojos ante el abismo y me dejara arrastrar a una muerte segura, bajo las ruedas de los coches, devorado por los cocodrilos, pero siempre de la mano de mi padre, con un calor que jamás podría nadie arrebatarme.
21 de febrero de 2008Mal de amores IIIUn rayo de sol se cuela por la ventanilla del avión y me calienta el muslo. El calor y el movimiento semejante al de mecer la cuna me amodorran, y de pronto me acuerdo de ti, así que bajo el tapasol de un zarpazo y maldigo la distancia que crece entre los dos a cada segundo. Me alejo de tu cuerpo a 850 kilómetros por hora, pero al llegar a los 10.000 metros de altitud me pongo a llorar. Mal de altura.
20 de febrero de 2008Mal de amores IISe compró la estufa de butano el mismo día en que su marido la abandonó por aquella puta. Por primera vez no pasó frío aquella noche, pero a la mañana siguiente decidió dejar abierto el gas y apagar el fuego.
19 de febrero de 2008Mal de amores IPasó la noche observando por el telescopio a Saturno, Andrómeda, la Vía Láctea, Venus y las cinco Pléyades.
lunes 18 de febrero de 2008El tigre y el generalHay dos cuadros que están asociados en mi retina: Isaac van Amburgh y sus fieras , de sir Edwin Landseer, y Durmientes en rosa y gris , de Henry Moore. Ambos hablan del peligro desde dos geometrías distintas. Isaac van Amburgh era un famoso domador de circo al que le gustaba revolcarse en la jaula con sus fieras. Tenía el cuerpo tatuado con cicatrices de garra de tigre, y la piel teñida de babas de leona. En Londres causaba tal admiración, que hasta la reina Victoria se quedaba con el corazón en vilo cada vez que acudía a visitarlo a la carpa del circo. El retrato ejecutado por Edwin Landseer lo muestra en el interior de la jaula, recostado entre las alimañas, y observando con placer cómo el público, más allá de los barrotes, contiene el aliento cada vez que el tigre muestra las fauces. Pero Isaac no tenía miedo. El peligro estaba afuera. Y lo sigue estando. Es mucho más seguro dialogar con tigres que dejarse asesorar por cualquier Bush. Está uno más a salvo en la jaula que en la penumbra de una sacristía, o en el andén del metro.
17 de febrero de 2008Maytechu mía
Y yo, que era muy joven pero no tan tonto, ni se me ocurría decir nada contra su padre. Llegamos media hora después al extremo de la bocana. Objetivo cumplido. Resoplando. Podíamos regresar a pie, no era necesario regresar a nado.
16 de febrero de 2008Tres micrometacuentosLa escritura biológica Biografía
15 de febrero de 2008Medio millón de libros
Pero me llaman más la atención los 18.000 libros de "Escribir", porque en los años que he estado dando clases en el Taller de Escritura, sumando todos mis alumnos y alumnas, y los alumnos de mis alumnos, no creo que lleguen a 3.000. Es verdad que todos vivían en Madrid (bueno, casi todos, porque hay medio centenar Online , y otros que arriesgaban una vez a la semana su cuerpo en la carretera para acudir a las clases desde Valladolid, Bilbao, Ciudad Real o Cuenca). Quedan por lo tanto, y de eso me alegro más que nadie, unos cuantos miles que escriben por su cuenta, francotiradores anarquistas, que buscan asesoría en los anaqueles de las librerías, leyendo mi libro "Escribir", o "La práctica del relato" de mi amigo Ángel Zapata, o "El arte de la ficción" de John Gardner, o "El gozo de escribir" de Natalie Goldberg, o tantos otros. Eso está muy bien. Es cierto que yo he aconsejado a dos o tres mil, directamente, semana tras semana, y conservo de todos ellos su amistad y sus dedicatorias como el mayor tesoro de mi biblioteca, pero saber que hay 15.000 más, y muchos más, que aprenden día a día directamente de Poe, de Chéjov, de Henry James, de Cortázar, de Rilke, de Vargas Llosa, de Carver, de Stevenson y de Monterroso, me reconcilia una vez más con todos los autodidactas.
jueves 14 de febrero de 2008Puesta de largo
A Zulema Gutiérrez la violaron treinta y cinco veces antes de cumplir los quince años. Ella llevaba la cuenta exacta. Dieciocho veces su tío Ambrosio, cada vez que venía para abonar el huerto y cebar a los marranos. Cuatro veces su hermano Alejandro, las cuatro veces que tuvo que sacarlo a rastras de la bodega de Taco para que regresara a casa con su mujer y sus hijos. Tres veces Joao, el portugués amancebado con su madre, que aprovechaba las ausencias de la madre los días de mercado. Otras tres veces el dueño de la tienda de abastos, para pagar las deudas de cerveza acumuladas por su tío y por su hermano. Dos veces el marido de su hermana Flora, cansado de esperar el final del embarazo. Dos veces también su primo Juancho, que pasaba por allí camino del cerro, y le sobraba un poco de tiempo antes de que anocheciera. Una vez el sacristán, mientras ella esperaba el regreso del padre Larreta para recibir la confesión. Una más del señor Fernández, que le regaló a su tío tres botellas de orujo por los servicios. Y una más, que en realidad fue la primera de todas ellas, su propio padre, a los doce años, el día antes de que abandonara la casa y a su madre, y le encargara la tarea de cuidar de todos a su hermano Ambrosio.
miércoles 13 de febrero de 2008Las secuelas del TallerPara algunos alumnos, asistir al Taller de Escritura no significó solo un cambio de mirada sobre las cosas, sino un cambio más radical: un cambio de profesión, de vida. Dos semanas antes de inaugurar con la primera clase el primer año del Taller de Escritura , recibí una carta manuscrita por correo postal (ahora hay que especificarlo, pero hace 15 años el correo electrónico apenas existía). La carta, con cinco cuartillas arrancadas de un cuaderno escolar cuadriculado, narraba con letra apretada la historia sanguinaria de la Bella Durmiente , una máquina de matar, una asesina en serie que se ocultaba en el bosque rodeada de sangre y cadáveres descuartizados. Era un relato muy imperfecto, pero con una fuerza descomunal. Lo firmaba un estudiante de 4º de Matemáticas: Carlos Molinero. En la última cuartilla me confesaba que no tenía dinero, que sus padres nunca le pagarían el curso, y que quería asistir al Taller de Escritura por encima de todas las cosas. Para ablandar mi corazón y solicitar una beca, había añadido el cuento sangriento. Yo no tenía pensado conceder becas, pero le contesté que sí, que podía acudir a mis clases sin pagar nada. Durante el primer año acudió puntualmente a mis clases y terminó publicando el relato Megaclean , uno de los mejores del libro Historias para adultos imperfectos . El segundo año, dedicado a la novela, resistió mano a mano con Manuel Martínez Lunar hasta final de curso con la novela macabra de un repartidor de pizzas. Carlos terminó la carrera de Matemáticas ese año, colgó el título universitario en una de las paredes del cuarto de baño de su casa, y se matriculó como guionista en la primera hornada de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid. Ahora que han pasado algo más de diez años, tiene un Premio Goya como guionista de Salvajes , ha dirigido dos largometrajes, ha escrito una buena cantidad de capítulos de series en televisión (Querido maestro, Quart, El comisario, Paco y Veva), y es el vicepresidente de ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales), sindicato de guionistas de España. Las matemáticas me sirven para escribir guiones cuánticos, dice. No hace falta que pague los cursos que recibió gratis, porque desde hace siete años da clase en el Taller de Escritura con Clara Pérez Escrivá. Es el profesor de Guión de cine, pero sobre todo es uno de mis mejores amigos.
martes 12 de febrero de 2008Efectos secundariosLos alumnos que se matriculaban en el Taller de Escritura sufrían extrañas mutaciones en poco tiempo. Cambios en la percepción de la realidad, y hasta de la visión del mundo. La primera que me lo dijo fue Patricia Rivas, a los dos meses y medio de asistir a clase.
lunes 11 de febrero de 2008DiásporaMe dicen que cómo es que nos hemos ido a vivir tan lejos, en mitad del campo, si siempre hemos sido ratas de ciudad. Hace diez años yo tampoco lo hubiera imaginado, pero tampoco lo pensé de tantos otros. Peancha y Basilio a La Laguna. Berna al Pirineo aragonés. Marina a las Alpujarras. Blanca a Málaga. Nacho a Florianápolis. Tito, Jaime y Coque a Santander. La Nena a Barcelona. Victoria y Salvador a Cuenca. Ramón a Brooklyn. Piti y Esteban a Cáceres. Debes creerme que podría seguir hasta el aburrimiento citando nombres de personas que antes vivían en Madrid, y un día hicieron las maletas. Parece que el destino está repleto de caminos, y ninguno termina en Roma.
domingo 10 de febrero de 20087 x 7 AntologíaCuando vivía en el CMU Chaminade, del 72 al 74, Alberto Pérez Lapastora y yo bajábamos caminando todos los días hasta la facultad, cruzando los colegios mayores y la escuela de Montes, entretenidos en juegos de lenguaje. Cada día memorizábamos unos cuantos sinónimos de necio, del diccionario de Julio Casares. Bodoque. Zampabollos. Agudo como punta de colchón. Zorzal. Maxmordón. Más tonto que un hilo de uvas. Zurrumbático . Alberto estudiaba filología, y ya era cantante, pero pasarían diez años más antes de grabar La Mandrágora con Joaquín Sabina y Javier Krahe. Los fines de semana Alberto y su hermana regresaban a Sigüenza, y yo me quedaba jugando al mus y escribiendo con Paco y José Luis Morales, dos hermanos culipardos. Entonces José Luis aún salía con Llanos Monreal, que vivía con Amparo Nieto y con Piti Corella a 200 metros de distancia, en el colegio mayor Poveda. Llanos tenía una voz espléndida, así que José Luis tuvo idea de presentársela a Luis Martín, del Nuevo Mester de Juglaría, que también vivía con nosotros en el Chaminade. Aunque no era de Segovia, sino de Albacete, la admitieron en seguida. A los pocos meses Llanos ya había dejado de ser novia de José Luis, se había liado con Fernando Ortiz, y había grabado su primer disco. José Luis lo pasó mal, pero como no teníamos ni 20 años cumplidos, se curó todos sus males con Carmen del Olmo. Recuerdo que un día se pelearon, y le escribió un libro de poemas en una sola tarde, lo tecleó en la máquina de escribir, lo encuadernó con cartulinas negras, le pidió a su hermano Paco que le hiciera una portada (Paco estudiaba Bellas Artes, y trabajaba en la Galería Sen), y se lo regaló esa misma noche a Carmen. Han pasado 35 años, y creo que tienen varios hijos y siguen juntos, dando clases en un colegio al norte de Madrid. José Luis aún escribe poemas, y ha ganado, el año pasado, el premio Vicente Aleixandre por “Evocación de un hombre singular frente a las ruinas de su casa”.
sábado 9 de febrero de 2008Comisaría
Sueño que me torturan, que me arrojan por la ventana del quinto piso de una comisaría y caigo al vacío. Me golpeo contra el suelo y sé que no estoy muerto, pero tengo demasiados huesos rotos como para poder levantarme. La humedad de la cara debe de ser sangre caliente, pero me despierto y reconozco a Bongo, mi peludo husky, que me lame el rostro tras caerme de la cama. La misma pesadilla de siempre. Me relajo y respiro hondo. Con los ojos cerrados noto una especie de lluvia caliente sobre mi cara. Qué extraño. Abro los ojos y veo a cuatro policías orinando sobre mí. Me espabilo del todo y reconozco por fin el patio interior de la comisaría.
viernes 8 de febrero de 2008La Odisea IIEn las clases de hermenéutica literaria, Antonio García Berrio siempre le tomaba el pelo a Lili, una alumna china de doctorado, de cuerpo grande y desangelado. --Anda, lee este poema de Alberti. Se equivocó la paloma. ¿Se equivocaba? ¿Cómo es posible que confunda el norte con el sur? ¿Se equivocan también los cocodrilos? ¿Acaso Alberti nos toma el pelo?
jueves 7 de febrero de 2008Teología de la soberbiaMatías empezó a llorar el miércoles de ceniza. Bajó por la calle Fuencarral acompañando al entierro de la sardina, rodeado de drag-queens semidesnudas y obispos con tangas de cuero, pero al terminar no supo detenerse, y siguió llorando sin freno. El médico le dio la baja, y le hinchó a Prozac, pero Matías siguió llorando. Al cabo de tres días tenía los lacrimales irritados y la piel de las mejillas reblandecida. Lloraba también por las noches, y amanecía sobre una esponja húmeda por almohada. Estudiaron la posibilidad de cauterizarle los conductos lacrimales, pero desistieron porque habría perdido la visión de los dos ojos. Durante meses un psicoanalista escuchó entre hipos todos los sueños que Matías le narraba, sin descubrir la causa de tanta lágrima inútil derramada. ¿Seguro que hace ruido un árbol si se cae en Siberia y nadie lo escucha? ¿Está todavía vivo el gato de Schrödinger dentro de la caja? Matías no supo contestar, solo lloraba.
La otra vida
Cada día, cuando se despierta, Bruno Avendaño, un profesor de autoescuela casado y con dos hijas, descubre que se ha convertido en una nueva persona: un adolescente de 16 años en conflicto con su primera novia; una anciana huraña encerrada en un asilo; un inmigrante sin papeles en una chabola de las afueras; un enfermo terminal en el pabellón de oncología; una violinista en una orquesta de cámara centroeuropea... Cada día, antes de desayunar, Bruno se entera por la decoración del lugar, el interior de los armarios, y los datos que le ofrecen los que le rodean, de quién es él en cada ocasión; y no le extraña que nadie se extrañe, porque todos andamos medios dormidos nada más despertarnos. Bruno ya está casi acostumbrado. Siempre ha sido así, aunque nunca le ha tocado ser Bruno, profesor de autoescuela. Y nadie lo sabe, excepto su mujer y sus hijas, con las que se encuentra cada noche, cuando está dormido.
miércoles 6 de febrero de 2008Elías en Nueva YorkElías está en Nueva York con mi cámara de fotos. Ha pedido una semana de vacaciones y se ha plantado en Times Square de la mano de Natalia. Los hijos crecen, y cruzan océanos cogidos de la mano de novias que nunca les hemos presentado. Es una sensación extraña, porque mi primer impulso fue ir a hablar con el comandante del Airbus A340 para exigirle que despegue y aterrice despacito, que le voy a estar mirando a ver cómo lo hace. Y que nada de beber, ni santiguarse, ni mirar el culo de la azafata, ni besar el escapulario de San Cristóbal antes de enfilar la pista. Los pilotos beatos, a descargar maletas, porque cada vez que un iluminado coge los mandos de un avión y dice “que sea lo que Dios quiera”, pasa lo que no tenía que pasar. Al final me he aguantado las ganas y no le he dicho nada para no avergonzar a Elías. Pero me apuntado su nombre y su número de licencia. Estoy constipado, y dura. Tengo el estómago estrangulado, los ojos inflamados, los músculos desalentados. Un despojo. Solo percibo mi cuerpo cuando estoy lesionado, cuando no me quedan recambios ni cirugía que me reinvente. En estos momentos no me importa la belleza, sino la supervivencia, aunque se trate de una gripe pasajera, de la que podré burlarme el próximo miércoles. Dejo de afeitarme, de ducharme, de lavarme los dientes, de pasear, de leer, de hablar y de comer. Si la muerte viene a buscarme, por lo menos que me encuentre hecho una piltrafa. Que le dé reparo. Me siento tan indefenso que cualquier tirillas puede llegar y tumbarme con soplar un poco, y esa sensación de fragilidad me ahoga. Los consuelos no me alivian, por más que Bea me repita lo de “Sana, sana, culito de rana, si no se cura hoy se curará mañana”, porque el exorcismo no hace efecto, y acabo renegando de San Cosme y San Damián, y pidiendo que los decapiten otra vez con la espada de Essen.
martes 5 de febrero de 2008Una lágrima tatuada
El mismo día que cumplió los 9 años, Camilo presenció la muerte de su hermano Walter, el único en el que confiaba. El flaco Vargas, un debutante de la Mara Barrio 18, le abrió el vientre de arriba abajo, y colgó sus intestinos de la canasta de baloncesto del parque. Esa noche Camilo se tatuó la primera lágrima, y supo que en algún momento tendría que reemplazar el hueco que su hermano Walter había dejado en la Mara Salvatrucha 13. Nada más cumplir los 11, Camilo pidió entrar en la mara, y aguantó “el brincado” durante 13 segundos: la mayor paliza de su vida, de pie y sin caer al suelo. 13 veteranos de la MS13 le golpearon sin piedad con patadas, cadenas, palos, cuchilladas y mordiscos. Sobrevivió gracias a que nunca dejó de pensar en los intestinos de su hermano Walter chorreando de la canasta del parque. En la segunda prueba tuvo que cortarse las venas y confiar en que sus compañeros lo resucitaran. Para completar la iniciación, solo le quedaba matar con pistola o con navaja a un marero de Barrio 18. Eligió el cuchillo, y también a la víctima. Llevaba dos años esperando. Con 11 años la voz de Camilo todavía era lo bastante femenina como para confundir por teléfono al flaco Vargas. Lo citó en el parque, bajo la canasta de baloncesto, con promesas de amor y sexo salvaje. “Soy Carolina, mi amor, y ya no me aguanto las ganas”, le dijo. Lo esperó detrás de un arbusto. “Acércate, flaquito, que estoy aquí”. Le reventó la cara con el bate de béisbol de su hermano, le colocó unas esposas a la espalda, encadenadas a los pies, le tatuó con el cuchillo el nombre de su hermano sobre el pecho, y le cortó uno a uno todos los dedos de las dos manos con unas cizallas de podar viñedos. Lo dejó gritando y desangrándose bajo la canasta de baloncesto, seguro de que nadie acudiría a su llamada hasta después del amanecer. Camilo ascendió rápido en la jerarquía Salvatrucha, pero cuando supo que el flaco Vargas tenía un hermano con una lágrima tatuada, comprendió que la muerte le andaba buscando.
lunes 4 de febrero de 2008Jerarquías celestialesSegún el obispo Dionisio Areopagita, discípulo de San Pablo, hay nueve categorías de ángeles, divididos en tres esferas jerárquicas: mensajeros, gobernadores y consejeros. Eso es como en cualquier empresa. Así que si te contratan en el cielo, que sepas que hasta llegar a Dios vas a tener que pasar por los siguientes estratos: ángel de la guarda, arcángel, principado, potestad, virtud, dominación, trono, querubín y serafín. Cuando seas serafín, estarás en lo más alto, tendrás seis pares de alas y podrás salir a cazar unicornios con Dios, porque serás uno de los que están a su lado cantando y comiéndole la oreja todo el día: Santo, santo, santo. Habrás ido perdiendo masa terrenal y aumentando la frecuencia de vibración. O sea, que no se te ve, estás arriba de la escala funcionarial, y ni siquiera es necesario que vayas a fichar. Lógico. Aquí pasa lo mismo: ¿Desde cuándo está el consejero delegado en su despacho? Yo nunca lo he visto. Pues a los consejeros celestiales tampoco. Están soplando la flauta en otro departamento. Por debajo de los serafines están los querubines (los del fundamento y los del firmamento), capitaneados por el arcángel Gabriel. Parece una contradicción que un arcángel mande más que un querubín, ¿verdad? Pero es que por lo visto los arcángeles son seres superlumínicos, y transportan órdenes directas del Jefe. De hecho, al arcángel Rafael, que cualquiera lo puede reconocer porque trabaja con el rayo verde, dirige a las dominaciones. El arcángel Miguel con su rayo blanco dirige a las potestades, y Uriel a los principados. Todo es cuestión de organizarse.
domingo 3 de febrero de 2008Con una vida bastaUn escorpión se pasea con el aguijón alerta. No es que esté de mal humor, solo que es así. Está en su naturaleza. Vive en el desierto, así que no encuentra a nadie. El sol le ciega. Acaba de leer El extranjero, de Camus, y tiene ganas de descargar su veneno. Al final, harto de no picar a nadie, se clava el aguijón a sí mismo en el lomo y muere. Es un escorpión decente, no como otros. Pinochet, por ejemplo.
sábado 2 de febrero de 2008Me he visto en GoogleEsta mañana Bea y yo hemos dado un paseo por el Ambroz, a la sombra del monte Pinajarro. Estamos en invierno, y los alisos, las acacias, los chopos y los fresnos han perdido todas sus hojas. Levantan sus ramas famélicas hacia un sol tibio y enfermizo. Los vecinos nos saludan, aunque no nos conocen. Bea me dice que tenemos suerte, que vivimos en un lugar privilegiado, nuestra casa es la más bonita, tenemos dos perros mimosos, nos gusta nuestro trabajo, y somos felices, aunque ahora estemos constipados. Es verdad, le digo, yo no me quejo . Seguimos caminando. Hace fresco, y los dedos de las manos se le quedan fríos. Se los caliento con mi mano. Siempre tienes la mano caliente, me dice. Debe de ser herencia de mi padre, aunque él siempre tuvo los dedos largos y las uñas perfectamente recortadas. Mis manos son un desastre: tengo los dedos cortos y gordos, como mi madre, y me rebano las uñas a mordiscos cada vez que vamos al cine. Pero con estos dedos como porras, gordos y calientes, golpeo las teclas del ordenador, le aparto a Bea el pelo de la cara, me inyecto insulina, sujeto las chuletas de cordero por el hueso, y he volteado las páginas de miles de libros. Qué más quiero. A mí me valen, aunque los de mi padre sean más bonitos. Dicen que hay muchas personas que teclean su nombre en Google para ver si existen en Internet. Yo lo hago de vez en cuando. Lo malo es que, a veces, me llevo alguna sorpresa desagradable. Hoy me acabo de enterar de que estoy muerto desde hace casi seis años. Me asesinó un vecino harto de escuchar los ruidos que hacía al colocar una ventana. La crónica del diario lo describe así: “Buenos Aires, 15 mayo 2002 (DyN) - Un hombre mató a su vecino de dos balazos porque hacía ruido mientras realizaba refacciones en su vivienda del barrio Villa Barceló, en el partido de Lanús, y luego se presentó a la policía donde quedó detenido, informaron hoy fuentes policiales y judiciales. El hecho se produjo alrededor de las 21 de ayer martes, cuando la víctima, identificada oficialmente como Enrique Páez, de 37 años, colocaba una ventana en su vivienda de la avenida Centenario Uruguayo al 2000, esquina Alvear, en esa localidad del sur del Gran Buenos Aires.”
viernes 1 de febrero de 2008A veces me acuerdo
Angelines nos ha dicho que acaba de morirse su cuñado en Hervás. Roberto Bermejo, el fontanero, se compró una moto BMW, y se estrelló contra una furgoneta en menos de dos días. Dejó dos niñas huérfanas. Antonio Guerrero tenía cáncer, y se disparó en el paladar bajo un magnolio en el jardín de la Facultad de Física. Rafael Fortes tenía cirrosis hepática, pero sus hijos no sabían que bebía. Luis Buzón y los dos hermanos Cuevas murieron de sobredosis antes de cumplir los 23 años. La madre de Rosa se ahogó en la piscina. El marido de Graciela Barbieri, ¿cómo se llamaba?, se perdió en el mar hace 30 años, dejando a Lucas huérfano. Carmen Mieza se clavó una espada de cristal al resbalar junto al balcón de su casa. A Gonzalo le falló el corazón antes de que llegara un donante, en el hospital de Valdecilla. Norma murió de pena cuando su padre no quiso hablar con ella. Carlos dejó de fumar, pero ya era tarde. La madre de Chris Debelius se lanzó al vacío desde un piso 14 en Arturo Soria. Ana Seijas murió de sida en Málaga, cuando ya estaba desintoxicándose. Eduardo Haro, el hijo, también murió de sida. Luisa Trigo no sé de qué murió, su madre nunca me lo dijo. Emilia y Pilón tenían cáncer. Samuel y Quico infartos. Qué quieres que haga, ya sé que no estamos en noviembre, pero a veces me acuerdo de los muertos.
jueves 31 de enero de 2008Neutrones bisexualesNuestro cuerpo no es más que un rebaño de protones egoístas, neutrones bisexuales y electrones hiperactivos. Los luchadores de sumo tienen muchos, y Scarlett Johansson menos, pero mejor repartidos. Pero ante todo nos queda mucho espacio libre. Tenemos entre las órbitas de nuestros electrones, microgalaxias, espacios abismales totalmente despoblados, pendientes de recalificar. Bien reorganizado, y derogando algunas leyes electromagnéticas antidemocráticas, nos cabría otro cuerpo, y cien mil cuerpos más, en el mismo espacio que ocupamos cuando nos sentamos en el sofá. Podríamos, si nuestros electrones no fueran tan exclusivistas, tan xenóbobos, tragarnos una ciudad entera, como en el Aleph de Borges, y recolocarla entre los intersticios de nuestros átomos.
miércoles 30 de enero de 2008Joyce: Un pez polarLos grandes creadores no tienen por qué haber sido necesariamente buenas personas. En su libro de memorias A la caza del viento, (regalo de Ángel Zapata, gracias Ángel) Claire Goll despelleja sin piedad a Tzara, Rilke, Malraux, Picasso, Chagal, Dalí, Einstein, Jung y Henry Miller, entre otros. Ya en la primera página dice: “Entre los grandes, no había ninguno tan agarrotado como James Joyce. ¿Un pez polar? ¿Un bogavante con caparazón de ostra? Respeto demasiado a los animales, aunque sean medusas o moluscos, para compararlos con esa momia disecada, esa cáscara sin savia ni calor, ese fruto seco de Joyce. Desde el punto de vista humano, el fracaso más fúnebre de la creación, por más que se cuente entre los grandes logros de la literatura.” Hace años, en una macroencuesta realizada en todo el mundo, los críticos y profesores de literatura de decenas de universidades eligieron el Ulises de Joyce como mejor libro de la historia de la literatura universal. Yo lo tengo desde los 18 años, y aún no he podido leerlo. Al principio pensé que la culpa era del traductor de la editorial Rueda. Luego de la edición de Siglo XXI. Luego la de Lumen (José María Valverde). Al final me rendí: yo no había nacido para leer el Ulises. Pude con el Retrato del artista adolescente, y varias veces con Los muertos (una gloria de cuento). Incluso, por separado, he podido leer el monólogo final de Molly Bloom. Pero esa hazaña de leer en 24 horas las 24 horas del 16 de junio de 1904 de Leopold Bloom naufragando por las tabernas de Dublín, no. Algunos cerebros privilegiados (muchos, todos los que votaron por él) han tenido la fortuna de haber disfrutado con el Ulises. Yo no. A mí se me atragantó a los 18 años, y 34 años después le regalo una edición al primero que se pase por casa. Asómate a la vergüenza, Estoy casi seguro de que a esos pobres libros (hay más, pero no quiero aburrir) les pasa lo de aquel anuncio de Schweppes, ese que decía que si no te gustaba, era porque lo habías probado poco. Pues puede que sí, pero ya es que me da un poco de flojera. Es como volver a leer a Berceo y a Juan de Mena, esos dos tíos abuelos que murieron cuando estudiábamos bachillerato.
martes 29 de enero de 2008Ten mucho miedoHay una ideología carnicera que hace del dolor ajeno una mística. Parirás con dolor a tus hijos, crecerás en un valle de lágrimas, y al final morirás como Cristo, en una agonía lenta y provocada. Leo en el libro La eutanasia , de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que “No debe maravillar si algunos cristianos desean moderar el uso de los analgésicos para aceptar voluntariamente al menos una parte de los sufrimientos y asociarse así de modo consciente a los sufrimientos de Cristo crucificado (cfr Mt 27, 34)." Eso más que una pastoral son instrucciones de uso para torturadores. Hace tres años el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, destituyó al jefe de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés, y tramitó una denuncia anónima contra él y todo su equipo médico por sospechas de sedaciones abusivas a enfermos terminales. En Leganés los enfermos morían sin dolor, y eso no era decente. No comulgaban con Cristo. No era martirologio. El doctor Montes fue despedido y difamado. Ahora, la Audiencia Provincial de Madrid le da la razón al doctor Montes, no ve delito en sus actos, y exige que su nombre y el de todo su equipo sea limpiado. Mientras tanto, desde hace tres años, los que han muerto en Leganés o en otros hospitales controlados por los beatos seguidores de la Conferencia Episcopal mueren como Cristo, en un éxtasis de dolor, con plena conciencia de que les están ahorrando analgésicos y prolongando el sufrimiento. Yo espero que exista una venganza de ultratumba, y que se ensañe con los políticos fariseos y los médicos sádicos que nos administran la agonía de morir crucificado. A mí que me lleven junto al doctor Luis Montes, por favor. Y con sus colaboradores Frutos del Moral, Miguel Ángel López Varas y Joaquín Insausti. Quiero ser su amigo.
lunes 28 de enero de 2008No es verdad que seas felizNo es verdad que seas feliz. No te levantas por las mañanas con ganas de volver a vivir la misma vida, una y otra vez. No cantas como antes. La pasta de dientes ya no te sabe a besos robados. No coleccionas postales de los lugares que visitas. No te apetece adoptar un perro. Hace años que no abres un libro de poemas al azar. No eres feliz, y se te nota. No te entra taquicardia cuando suena el teléfono, ni cuando no suena. No vas al cine a ver películas extrañas. No cierras los ojos, en plena calle, para detener el tiempo. No te sorprende tu sonrisa al otro lado del espejo. No das vueltas como un molinillo con los brazos en aspa. No quieres regresar a Venecia, ni a dormir en una tienda de campaña. No te ríes cuando estornudas. No sabes qué te pasa. Dices que te haces viejo, pero no es eso. Debe de ser otra cosa. Puede que hayas dejado de ser un niño, que el ratoncito Pérez no te traiga una moneda cada vez que pierdes otro diente, pero ese no es motivo para ser desdichado. El sabor a derrota en la garganta tampoco. Tu padre ya no es Dios, y Dios ya no es tu padre. Te han expulsado del patio de recreo, y ahora no sabes dónde estás. Vale, tal vez no seas feliz, pero no seas tonto: la vida empieza ahora. Lo anterior solo era el ensayo de la vida plena.
La pasta es la pastaEl 26 de agosto de 2004, cuando regresaba en bicicleta al camping de Castañares, donde estaba veraneando con sus padres y su hermana, en La Rioja, un chico de 17 años, Enaitz Iriondo, murió atropellado por el Audi A8 de Tomás Delgado Bartolomé, de 43 años, que circulaba a más de 160 kilómetros por hora, y con una tasa de alcoholemia de 0,15 mg hora y media después del accidente. El impacto lanzó a Enaitz a 18 metros de altura. Inexplicablemente Tomás Delgado nunca fue sancionado, porque el chico no llevaba casco ni chaleco reflectante. El juzgado archivó el caso. Las huellas de los neumáticos frenando estuvieron meses dibujadas en el asfalto.
domingo 27 de enero de 2008Tarde de pescaHace tiempo que no se ven truchas en el río Ambroz. No es que empiece a mudar en el paisaje post-nuclear de la última novela de Cormac McCarthy, o quizá sí, pero el caso es que los pocos pescadores que antes llegaban hasta aquí, con su chaqueta de lona verde llena de bolsillos, su caña telescópica, su sombrero, sedal, anzuelo y gusanos, han dejado de venir. Ahora agonizan todas las tardes frente al televisor, esperando que un futbolista muera en directo, como en los toros, y así tener un poco de emoción antes de que el lunes amanezca. A mí no me gusta pescar. Ni el golf. Ni hacer cola en los supermercados. Ni esperar a que llegue el autobús. Todos son tiempos muertos, retenidos, sin emoción alguna. Una microcárcel en el t iempo, un sorbo de aire que no se aspira. Así que miraba a esos pescadores con su caña al hombro, profesionales de la paciencia, y trataba de imaginar qué desesperación, qué oración budista, qué promesa les empujaba hasta las orillas del Ambroz, o a la periferia de cualquier muelle portuario. En las películas americanas, el pescador va de pesca con el hijo varón, diálogo de hombre a hombre, y le enseña a sujetar con mano firme la caña, el trabuco, y lo que haga falta. Es una herencia intangible, la trasmisión de la sabiduría en plano corto.
sábado 26 de enero de 2008El fantasma de MoscardóAyer estuvimos en la Biblioteca Regional de Toledo, o sea, en el Alcázar. Mientras Bea contaba cuentos a los niños, yo empecé a dar vueltas por los pasillos y las salas del edificio, donde aún retumbaban las voces de los soldados atrincherados, muertos en la Guerra Civil. En el torreón de la cafetería, en el noveno piso, me encontré con el fantasma magullado del coronel Moscardó. El pobre lleva tanto tiempo encerrado que no sabe que su nombre parece un nombre de calle antigua. Oí voces desde la calle, y nos asomamos los dos a la ventana: --Moscardó, tenemos aquí a tu hijo Luis. Si no te rindes, lo fusilamos --gritó un miliciano desde más allá del foso que circunda el Alcázar. Llegó mi hora, pensé. Iba a pagar el pato por estar bautizado. Por si pudiera servirme de alguna ayuda, agité una ristra de ajos de Chinchón delante de sus narices, hice una cruz con los dedos, dibujé con tiza un pez sobre el asfalto, negué tres veces, me puse en posición de ataque karateca Sanchin Dachi , y cerré los ojos. Estaba a punto de morir.
viernes 25 de enero de 2008Libros prohibidosTengo sobre una tablilla de teka de Birmania, encima del radiador, trece soldados chinos de terracota: son copias diminutas de los guerreros de Xi'an, que hacían guardia junto a la tumba del emperador Qin Shi Huang, el unificador de China, constructor de la primera Gran Muralla, y dueño del mayor ejército de ultratumba del mundo, 8.000 soldados de terracota. Aunque lo que a mí me llama la atención es otro dato: el emperador Qin Shi Huang era un enemigo de los libros, hasta tal punto que en el año 213 a.C. ordenó quemar todos los libros y todas las bibliotecas del imperio, excepto si versaban sobre agricultura, medicina o profecías. Aquel que tuviera un escrito en su poder, incluyendo aquellos grabados en huesos, conchas de tortuga y tablillas de madera, era condenados a morir en la construcción de la Gran Muralla. El mayor castigo era para los que tuvieran textos de Confucio. Esos sí que lo tenían crudo. Ahora sé en quién se inspiró Goebbels al decir aquello de “Cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola”. Recuerdo que, antes de la abolición de la censura en España, tenía escondidos en el altillo algunos libros prohibidos de lectura obligatoria: el Trópico de Cáncer de Henry Miller, la Antología rota de León Felipe, La función del orgasmo de Wilhelm Reich, la Tercera residencia de Pablo Neruda, y Los conceptos fundamentales del materialismo histórico, de Marta Harnecker, además de todos los editados por Ruedo ibérico. Menuda sopa de letras. Si te pilla Qin, te envía a la Gran Muralla; y si te pilla la brigada político-social, al Valle de los Caídos. Se ve que la obsesión de los incineradores de libros siempre ha sido cambiar libros por piedras. Dicen que a Franco un despistado le intentó regalar un libro, y que él lo rechazó diciendo: “Gracias, ya tengo uno”. Vete tú a saber si es verdad (que tenía).
jueves 24 de enero de 2008Por amor al hambreAcabo de terminar de leer La carretera, de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007, la novela siguiente a No es un país para viejos (ver la película de Javier Bardem y los hermanos Coen). La carretera es una desolación permanente, un apocalipsis al mediodía, el ángel exterminador, la respuesta de Hiroshima 60 años más tarde, el éxtasis de la muerte. A veces me recordaba a La lluvia amarilla de Julio Llamazares, pero a nivel continental. Una enormidad. Una belleza inhumana. Todavía la boca me sabe a ceniza, y tengo que mirar hacia atrás por si aparecen los caníbales. “Soñó que despertaba en un bosque florido con pájaros volando frente a él y el niño, y el cielo era de un azul dolorido, pero él ya estaba aprendiendo a despertarse de esos mundos de sirena. Tumbado en la oscuridad con un leve y extraño sabor a melocotón de un huerto fantasma en la boca. Pensó que si vivía lo suficiente, el mundo se perdería por fin del todo. Como el agonizante mundo que habitaban los ciegos nuevos, todo él disolviéndose lentamente en la memoria.” Páginas 19-20. Al final de la novela, después de doscientas páginas de frío, aguas negras, hambre, cenizas, desolación y tierras baldías, afirma: “Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio”. Lo dicho: una escritura impecable.
miércoles 23 de enero de 2008Los cúmulos estelaresHay especialidades raras. No digo ya las gastronómicas, porque aún me acuerdo del plato de chinicuiles (gusanos fritos en mantequilla) que me comí en un restaurante carísimo de Puebla: estaban hinchados, huecos por dentro, y con un cierto sabor a ganchitos infantiles, o gusanitos de queso. De segundo, para no desentonar, nos pedimos un plato de saltamontes al horno y hormigas chicatanas tostadas. No, no, yo me refiero a especialidades curriculares, a ramas de estudio, a desvaríos de la mente. Mi hermana Esperanza, por ejemplo, dedicó su tesina a estudiar La rama horizontal de los cúmulos estelares, que son las estrellas más antiguas y calientes del universo, y no esas guarras de Hollywood, las Paris Hilton o Jenna Jameson, porque las estrellas de ese universo que observaba Esperanza a través de los telescopios nocturnos eran mucho más ardientes: por encima de los 200 millones de grados Kelvin, más o menos. Dónde va a parar. Otro de mis profesores, del que guardo un buen recuerdo, fue Francisco Yndurain, padre de Domingo, que más tarde también dio clase allí, aunque con mucho menos ingenio. En segundo éramos casi doscientos alumnos, y don Francisco dividió a toda la clase en grupos de cinco para que, durante todo el año, organizados en cuadrillas para abarcar todas las páginas, cotejáramos las variaciones de los puntos suspensivos en las distintas ediciones hechas en vida del Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez, y dedujéramos consecuencias. Eso sí que era hilar fino. Se ve que don Francisco era el padre de todos los frikis que en el mundo han sido.
martes 22 de enero de 2008Rasputín no quería morirUna noche de finales de diciembre de 1916, el príncipe bisexual Félix Yussupov y su amante, el gran duque Dimitri Pavlovich, de la familia del zar Nicolás II, se confabularon para envenenar a Rasputín, el monje loco, el mayor juerguista San Petersburgo. Faltaban menos de diez meses para que Lenin asaltara el Palacio de Invierno, y para que los soviets fusilaran al zar y a toda su familia. Contra todo pronóstico, los dos amantes devotos del cianuro sobrevivieron a las luchas de bolcheviques y mencheviques. Yussupov tenía entonces 29 años, y Pavlovich 25. Años más tarde, para compensar, Pavlovich se convirtió en un playboy, y ayudó a Coco Channel crear el perfume Channel nº 5 de Marilyn Monroe. Hay personas que se resisten a morir. Para matar a Rasputín fue necesario organizar una fiesta por todo lo alto en el sótano del palacio Moïka, y atiborrar al monje glotón con pasteles y vino saturados con suficiente cianuro y arsénico como para matar a un regimiento. Rasputín comió y bebió hasta reventar, y no dio muestras de que el veneno le hiciera daño. Pidió una segunda botella de vino de Madeira que también estaba mezclada con cianuro, y se puso a cantar, hasta que cansado de esperar, Yussupov buscó un revolver y le disparó por la espalda apuntando al corazón. Pero Rasputín se negaba a morir, así que tuvo que golpearle repetidamente en la cabeza con un bastón lleno de plomo. No moría, y Yussupov subió a buscar a sus amigos para rematar a Rasputín. Lo encontraron a punto de abandonar el palacio, buscando la puerta de salida, y lo acribillaron con cinco balazos en el patio. Después le cortaron el gigantesco pene, de 28,5 centímetros, que aún se conserva en la clínica-museo de Igor Kniazkin, un urólogo de San Petersburgo. Por si acaso aún estuviera vivo, entre todos lo ataron de pies y manos, lo envolvieron a una lona, hicieron un agujero en la superficie helada del río Neva, y sumergieron el cadáver bajo el hielo. Félix Yussupov aseguraba, muchos años después, que vio a Rasputín agitarse bajo las aguas del río helado. Y tuvo que ser así, porque cuando el cuerpo fue recuperado, la autopsia demostró que Rasputín se había ahogado. En realidad, parece que Yussupov estaba enamorado de Rasputín, y que este le correspondió violando a la que después sería su mujer, la princesa Irina Alexandrovna, única sobrina del zar Nicolás II. A veces la realidad es tan inverosímil, que ni un fabulador colombiano es capaz de exagerar tanto como lo hace la historia verdadera.
lunes 21 de enero de 2008Memoria y ausenciaUn alambre se agarrota en mis dedos y me impide escribir. Un viento polar ha congelado el éter que fluía por mi cerebro y me impide pensar. Una lava pétrea ha solidificado mi pensamiento en una fotografía de tono sepia. Y así me ha dejado, con la cara vuelta a la ventana, el mar batiendo incesantemente contra mis pupilas y tus recuerdos anegándolo todo. Pasa un barco, pasan gaviotas sobrehilando con su pico la curva de las olas, y yo no veo nada. En mis manos sólo noto un derrame de tiempo, gota a gota, que me va desangrando irremisiblemente. |