Blog de Enrique Páez,

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sábado 1 de marzo de 2008

El trabajo es lo primero

Curro Vázquez se despertó temprano, le incrustó un destornillador en el ojo a su mujer procurando no despertarla, y bajó a desayunar. En la cocina se encontró con su hija pequeña, a la que degolló con el cuchillo eléctrico mientras se calentaban las tostadas. Antes de salir de casa metió el gato en el microondas para que no enredara, y ahorcó al perro en la rama más baja del sauce del jardín. Con un hachazo exacto en la coronilla convenció a su vecino de que le prestara las llaves del coche, y aceleró para no llegar tarde al trabajo. Por el camino atropelló a cuatro escolares, dos monjas y un policía de tráfico. Se sentó en su mesa de auxiliar administrativo en la Hermandad de Donantes de Órganos, y redactó una solicitud para prolongar su contrato de trabajo seis meses más: tenía información confidencial y fidedigna acerca de próximas donaciones de órganos para trasplantes.

 

 

viernes 29 de febrero de 2008

Tiempo muerto

El foco de luz infectada buscó la pupila de su ojo y se hundió en él perforando el globo ocular a fondo, lentamente, hasta alcanzar la masa cerebral. Una vez allí libró la carga letal de sus entrañas y paralizó toda actividad mental durante horas. Trató de arrancarse el intangible dardo en vano, pero una invisible zarpa de acero le sujetaba el cráneo y le obligaba a mantener los párpados abiertos, sangrando irrecuperables lágrimas en forma de minutos. Un charco de tiempo enfangado se formó a sus pies hasta dibujar el perfil de un encarcelado voluntario. Cuando la jeringuilla de luz le hubo arrebatado todo el tiempo aprovechable que aún pudiera guardar en su cerebro, logró arrancarse la aguja del ojo y desviar la mirada. A trompicones consiguió levantarse del sofá y huyó por el pasillo rumbo al dormitorio. En un último rastro de lucidez, antes de quedarse dormido, se prometió a sí mismo, una vez más, no volver a encender el televisor sin motivos concluyentes.

 

 

jueves 28 de febrero de 2008

Historia de amor

Aquella ballena antártica se enamoró del hidroavión que llevaba y traía cartas y alimentos a los científicos de base Esperanza. El hidroavión no dijo nada, pero a su manera también la amaba. Andrew Schultz, el piloto, dijo que no lo sabía, pero tras el accidente, ya en el hospital, horas después de que un helicóptero lo rescatara de entre los pingüinos, jura que vio a los amantes danzar felices junto al iceberg.

 

 

miércoles 27 de febrero de 2008

Disciplina

No sabes quién ha sido el cerdo que se ha tirado el eructo mientras escribías en la pizarra, pero esos mocosos de mierda no se van a reír de ti, así que ordenas que se pongan en fila por orden de lista, hombro con hombro, que levanten la cabeza, que miren al frente, y que crucen las manos a la espalda. Preguntas, pero no responden. No quieren dar la cara. Ahora están callados, y sabes que te temen. Alguno de estos cobardes está a punto de llorar, pero no acabará el curso sin que hayas hecho de ellos unos hombres de provecho. Antes de empezar te frotas las manos para calentarlas. Notas que una pequeña erección te crece bajo el hábito. Es la santa ira, te dices. Te acercas a un extremo de la fila y empiezas a repartir bofetadas desde Aznar hasta Zaplana.

 

 

martes 26 de febrero de 2008

Apostillas al lector sensible

Basilio anda preocupado, y le dice a Peancha que le ayude, a ver cómo es posible eso que ha leído en el blog de Enrique, porque a él no le salen las cuentas. A la Nena tampoco le convence. Eso es lo malo de estudiar física, informática, u otras materias poco dúctiles de ortodoxia científica. Dicen que hay tres lectores haciendo el trenecito con los libros, pero parece que se suicida primero el que se tenía que suicidar último. ¿Acaso es una causa-efecto invertida? Peancha se calza las gafas de cerca y lo lee despacio, para descubrir en qué línea del código fuente ha saltado el error 479B del que habla Basilio.

--Son cosas de Enrique. Déjale. A veces se le va la pinza, y es que él es de letras, y las cuentas nunca le salen.
--Ya, ya. Pero es que esto no tiene sentido. A ver si es que nos está poniendo a prueba, o nos toma el pelo. Porque yo le conozco, y no creo que sea tan torpe que no se haya dado cuenta de que hay un fallo en la secuencia mortal de los lectores.
--Pues no sé, la verdad. A lo mejor alguien le ha hablado de la matemática del caos, y lo ha mezclado con el efecto mariposa, el gato de Schöringer, Rulfo, las meigas y la astrología. No le hagas mucho caso, que solo está jugando.
--Que no. Que me lo explique.
Vale. Mi respuesta no está en la lógica, ni en la causa efecto, sino entre la metaescritura y la sorpresa. Y digo “mi” respuesta porque la interpretación correcta y única de un texto no existe. Existen varias, entras las cuales puede que la del autor no sea de las mejores. De hecho, suele no ser de las mejores, y en todo caso ni será la única, ni tendrá que ser por obligación la más autorizada. Aunque esté más cerca (o por estar más cerca; la cercanía no siempre mejora la visión).
Y como autor, lo que pretendo evitar es lo obvio. Es más fácil (y lógico) que la secuencia vaya al revés de cómo yo la escribo: Se suicida el personaje del libro que está siendo leído, luego se suicida el lector que está dentro del libro a causa de la impresión, y luego el lector externo. ¿Y luego Basilio, que es muy susceptible? ¿Y después yo, que los he enviado a todos a morir en cadena? Pues no. A veces el efecto precede a la causa. Como en Terminator , o en Regreso al futuro. Y, además, un relato previsible deja de ser un relato, porque ha perdido la narratividad necesaria, y ese sí que es un error de concepto grave. El relato tiene que tener una credibilidad y verosimilitud interna (desde Aristóteles, que ya ha llovido), y sus leyes físicas no son las de Newton ni las de Einstein, sino las internas. Y justamente es ahí, en la ficción narrativa, donde se pueden convivir la verosimilitud y la ruptura de las leyes físicas. ¿Y cuando tiene coherencia interna el texto? Eso depende de la habilidad del dios-autor, que al decir “Hágase la luz”, la luz se haga ante el lector. Así que si los mato en orden inverso consigo que Peancha se divierta, Basilio empiece a echar cuentas, y la Nena proteste. Saldo a mi favor: tres lectores intrigados.
Juro por la tumba de Chéjov que esto es una verdad palmaria.

 

 

lunes 25 de febrero de 2008

El lector sensible

Un lector aprensivo lee un libro sobre un hombre asustadizo que lee un libro el cual trata de un hombre muy impresionable que lee un libro. Cuando casi está llegando al final del libro, el lector aprensivo que está leyendo el libro sobre el hombre asustadizo que lee un libro, se suicida por culpa del libro que está leyendo. Esto sobrecoge al personaje asustadizo del libro que está también leyendo un libro de un hombre impresionable que lee un libro, y también se descerraja un tiro antes de acabar de leer su libro; por lo que el libro queda siempre inacabado, en un limbo de espejos perplejos, como de sobra ha demostrado ya la lingüística del texto.

 

 

domingo 24 de febrero de 2008

Terremotos homosexuales

El pasado jueves en la Knesset, el Parlamento israelí, Shlomo Benizri, uno de los 12 diputados del partido Shass , dijo que la culpa de los terremotos que ha sufrido Israel en los últimos meses la tienen los homosexuales, por menear los huevos donde no debieran. Yo ya se lo dije a Marcelo, cuando se fue de viaje de novios con José a recorrer oriente medio: Cuidado con tocarse los huevos allí, que es una zona muy sensible . Se sabe que el valle del Jordán, el mar Muerto y, más al sur, el desierto de Arava y el mar Rojo, se encuentran sobre la falla sirio-africana, un lugar de frecuente actividad sísmica, pero son los jodidos maricones, que se ponen a dar por culo encima de las fallas, los que provocan la ira de Dios y sacuden la tierra con terremotos. O a lo mejor es que empujan demasiado fuerte, y todos al mismo tiempo. “Dios dijo que sacudiría el mundo para despertaros si meneábais vuestros genitales donde no se supone que no tenéis que hacerlo”, dijo Benizri. Joder, Marcelo, cómo te has pasado. El Parlamento israelí dejó de considerar delito el ser homosexual hace veinte años, así que el diputado ortodoxo quiere que se rectifiquen las leyes para evitar más seísmos. “El Talmud nos dice que una de las causas de los seísmos, que la Knesset legitimó, es la homosexualidad”. Está bien claro.
Pues entre los sismólogos del Talmud, los antidarwinistas de Kansas, los yihadistas del Corán y los sexólogos del Vaticano, ya tenemos el compendio final de la cultura del siglo XXI.

 

 

sábado 23 de febrero de 2008

Lo que no suma, resta

El día que Paco Mañas leyó su séptimo relato, ya llevábamos casi tres meses de clases en el Taller , y casi todos los alumnos eran capaces de localizar los lugares comunes más relevantes en los escritos ajenos. Siempre en los ajenos, porque en los propios es más difícil: están demasiado cerca, han sido cosidos con hilos invisibles de sangre y lágrimas, y están empañados por las vivencias. No recuerdo demasiado del relato, pero sí recuerdo, imposible olvidarlo, que en un momento de la historia Paco presentó a un nuevo personaje ante la audiencia: “Juvenal era un muchacho animoso y optimista”. La carcajada despertó de la siesta al vecino del tercero izquierda. Paco enmudeció, de pronto, sin saber qué había pasado, se ajustó las gafas y nos miró con asombro. Ya éramos amigos, así que habíamos empezado a perdernos el respeto. Isa Cañelles, que era más miope que Paco, pero igual de sensible, le explicó, entre risas, que no podía describir como “animoso y optimista” a un personaje que, para mayor obviedad, se llamara Juvenal, y fuera, qué remedio, un muchacho. “Animoso y optimista”, les recordé, son abstractos, inasibles, imposibles de fotografiar. Don´t tell, show (No lo digas, muéstralo). Demasiadas obviedades, demasiada impostura, demasiados adjetivos innecesarios, demasiadas redundancias, y poca naturalidad. “Pues no sé por qué no voy a poder decir de mi personaje que era animoso y optimista”, se quejaba Paco. Otra carcajada. Paco era un buen tipo, y aguantaba el chaparrón con entereza. Creo recordar que era ingeniero, curtido en ensayos de fatiga de materiales. Celia Herrero, la periodista, trató de calmarlo: “Déjalo, Paco, no discutas, que esta vez no llevas razón”, le decía. Yo intenté convencerle, una vez más, de que en un relato lo que no suma, resta. Que animoso es casi lo mismo que optimista, o está muy cerca, y que son notas propias de cualquier muchacho, que además se llamara Juvenal. Que era parecido a decir que “La pequeña Esther se durmió con una sonrisa infantil en los labios”. ¿Acaso una niña tiene otra opción diferente a la de poseer una sonrisa infantil? Otro asunto sería que la niña Esther se durmiera con una sonrisa perversa en los labios, porque, en principio, la perversión no pertenece al campo semántico de las niñas. Todavía.
“Ponme otro ejemplo”, decía Paco.
Vale. Exageremos un poco, para que lo veas: “La blanca, suave y esponjosa nieve caía mansamente sobre los tejados”. ¿Que qué sobra? Casi todo. Para empezar, los adjetivos “blanca, suave y esponjosa”, porque la nieve, en sí misma, no tiene más remedio que ser blanca, suave y esponjosa. Además, al tener los adjetivos antepuestos al nombre, hacen que la nieve sea aún más blanca, suave y esponjosa. Y para colmo, a la nieve no le queda más remedio que “caer mansamente”, así que sobra todo lo obvio, lo redundante, lo que no hace sino repetir rasgos intrínsecos de la nieve, y que, por lo tanto, enlentecen el relato. Solo con función enfática (lo vi con mis propios ojos ) se podría admitir ese exceso.
Paco tenía paciencia. Aguantó tres años en el Taller de Escritura, y terminó escribiendo buenos relatos. Publicó varios en las antologías del Taller . Y sigue siendo un buen amigo, al que echo de menos. Pero desde entonces, como castigo cariñoso, para nosotros fue el animoso y optimista Paco.

 

 

viernes 22 de febrero de 2008

Mi padre

Si me preguntan qué recuerdo de mi padre, retrocedo en el tiempo, y me encuentro en Doctor Esquerdo, una calle grande, muy grande. Era tan grande como un río vertiginoso y ancho, lleno de peligros, en el que apenas alcanzaba a ver la acera del otro lado (los coches intermitentes me tapaban el horizonte). Demasiados coches, autobuses, sonidos de claxon. Era como un gran foso de cocodrilos alrededor de un castillo. Yo tenía cinco años. Casi podía notar el sonido de las dentelladas cerca de mis rodillas desnudas por los pantalones cortos. Lanzarse a la calzada era como tirarse por un precipicio, la muerte bajo las ruedas de un tranvía. Había demasiados imprevistos a tener en cuenta como para saltar al empedrado y pretender volver con vida. A pesar de ello, mi padre me cogía de la mano, tiraba de mí, y se ponía en marcha arrastrándome al asfalto antes de que el coche que teníamos delante hubiera pasado. Yo estaba aterrorizado. Era como si mi padre quisiera ser arrollado por su parachoques. Yo apretada la mano alrededor de dos dedos suyos, grandes y largos como ramas, y luego me asombraba el difícil cálculo que mi padre había realizado al echar a andar antes de que pasara el coche, porque sus zancadas llegaban hasta la línea de atropello cuando el coche ya había rebasado nuestra trayectoria. Yo pensaba: "Claro, mi padre es ingeniero, y lo tiene todo calculado", y no dejaba de sorprenderme el riesgo que corría y la natural seguridad con que lo afrontaba. Yo veía a mi padre grande como un árbol, y el ligero olor a tabaco que desprendía su mano me emborrachaba. Era un olor masculino y firme, un olor seco a madera y café.

Es imposible, pero siempre era invierno. Lo sé porque de todo ello el recuerdo más nítido que conservo es el del calor de su mano. Era una mano grande y caliente, con dedos largos, huesudos y potentes (no sé si ya lo he dicho). Era la mano de mi padre, y la podría distinguir entre todas las del mundo. El calor que desprendía es lo más tierno que yo recuerdo de toda mi infancia, lo más tranquilizador, lo más protector. Ese calor hacía que yo cerrara los ojos ante el abismo y me dejara arrastrar a una muerte segura, bajo las ruedas de los coches, devorado por los cocodrilos, pero siempre de la mano de mi padre, con un calor que jamás podría nadie arrebatarme.
Mi padre fue una mano que me ayudó a cruzar la calle, y sólo ahora, cuarenta y tantos años más tarde, cuando yo tengo la edad que tenía mi padre entonces, me doy cuenta de que esa mano que calentaba la mía la tengo dentro, y que me sigue ayudando a cruzar calles con la misma seguridad con la que él lo hacía.
Los padres son fuertes como los robles, y no mueren nunca. Casi asombra que enfermen.

 

 

21 de febrero de 2008

Mal de amores III

 

Un rayo de sol se cuela por la ventanilla del avión y me calienta el muslo. El calor y el movimiento semejante al de mecer la cuna me amodorran, y de pronto me acuerdo de ti, así que bajo el tapasol de un zarpazo y maldigo la distancia que crece entre los dos a cada segundo. Me alejo de tu cuerpo a 850 kilómetros por hora, pero al llegar a los 10.000 metros de altitud me pongo a llorar. Mal de altura.

 

 

20 de febrero de 2008

Mal de amores II

Se compró la estufa de butano el mismo día en que su marido la abandonó por aquella puta. Por primera vez no pasó frío aquella noche, pero a la mañana siguiente decidió dejar abierto el gas y apagar el fuego.

 

 

19 de febrero de 2008

Mal de amores I

Pasó la noche observando por el telescopio a Saturno, Andrómeda, la Vía Láctea, Venus y las cinco Pléyades.
Así de grande fue su dolor cuando ella le dijo que no volvería.

 

 

lunes 18 de febrero de 2008

El tigre y el general

Hay dos cuadros que están asociados en mi retina: Isaac van Amburgh y sus fieras , de sir Edwin Landseer, y Durmientes en rosa y gris , de Henry Moore. Ambos hablan del peligro desde dos geometrías distintas.

Isaac van Amburgh era un famoso domador de circo al que le gustaba revolcarse en la jaula con sus fieras. Tenía el cuerpo tatuado con cicatrices de garra de tigre, y la piel teñida de babas de leona. En Londres causaba tal admiración, que hasta la reina Victoria se quedaba con el corazón en vilo cada vez que acudía a visitarlo a la carpa del circo. El retrato ejecutado por Edwin Landseer lo muestra en el interior de la jaula, recostado entre las alimañas, y observando con placer cómo el público, más allá de los barrotes, contiene el aliento cada vez que el tigre muestra las fauces. Pero Isaac no tenía miedo. El peligro estaba afuera. Y lo sigue estando. Es mucho más seguro dialogar con tigres que dejarse asesorar por cualquier Bush. Está uno más a salvo en la jaula que en la penumbra de una sacristía, o en el andén del metro.

El segundo cuadro, el de Moore, llega con la segunda guerra mundial, y en él la nieta de van Amburgh se refugia en un andén del metro de Londres, acosada por las bombas entre fogonazos de luz y sirenas entrecortadas. Tiene la piel arañada por la sangre de los focos, y no puede dormir. Al tigre lo ves venir, él no te engaña. A la bomba lanzada desde un Heinkel-111, no. Es un disparo cobarde, un zarpazo a ciegas. Los marines de Iraq decían: "Esto es como un videojuego, y te dan mil puntos si aciertas con el misil en un mercado, o en una escuela". "He matado a 50 apretando este botón", dice el teniente satisfecho. "Yo firmo sentencias de muerte mientras acaricio con mi mano izquierda el brazo incorrupto de Santa Teresa", decía Franco. Qué valor tiene, mi teniente. Qué gran virtud, mi general. La nieta del domador intenta dormir, y se acuna en el sueño con el gruñido protector del tigre, su mascota de la infancia.

 

 

17 de febrero de 2008

Maytechu mía

Era verano, en 1972. Mis padres se habían ido a vivir a Algorta apenas hacía dos meses, así que en cuanto terminaron las clases yo también me trasladé a la avenida Basagoiti con el resto de mis hermanos. Fernando Esteso cantaba la canción de La Ramona a todas horas por la radio, y Quino dejó de dibujar tiras de Mafalda. Mi hermano Coque se casó con Nieves, y dos semanas después Nacho con Marisa. Cada mañana yo me subía en el tren de cercanías que llegaba desde Bilbao, y me acercaba hasta Plencia, donde me esperaba Mayte-chumía. Lo de Chumía era una coña de mi hermano Javier, porque Mayte no sabía cantar zorcicos ni de lejos. Éramos novios primerizos desde marzo de ese mismo año, cuando los dos cumplimos 18 años. Teníamos tantas ganas de discutir como de besarnos. Si no fuera porque nacimos con dos días de diferencia, podríamos haber sido gemelos dicigóticos enamorados, como Pimpinela .
Pero ella estaba enamorada de su padre.
Y no me extraña, porque incluso yo, que era tan heterosexual que no necesitaba ser homófobo, tenía que reconocer que aquel marino mercante, de rostro cobrizo y complexión etrusca, era un pedazo de tío.
—Todas mis amigas están enamoradas de mi padre. Y me da una rabia… —me decía mientras se untaba de Nivea.

Y yo, que era muy joven pero no tan tonto, ni se me ocurría decir nada contra su padre.
—No, si tu padre está muy bien. No es feo.
Yo tampoco lo era. Quizá porque tenía 17 años, y si alguien es feo con 17 años será que ha nacido torcido. Es la gran oportunidad. Es el momento de vender el pescado. Ahora o nunca.
El caso es que ese día nos fuimos a nadar. Yo con mi bañador de delfines estampados, Mayte con el de una sola pieza (bikini no, qué vergüenza), y su padre con la gorra de capitán, o con lo que le diera la gana, que para eso era el padre.
—Vamos nadando hasta la bocana del puerto —dijo Chumía—. Esa de allí.
En la vida había nadado yo más allá de dos largos en una piscina, pero a ver quién se achanta cuando se estrena novia, y delante de su padre. Aún así lo intenté.
—¿No es un poco lejos? ¿No te cansarás? —pregunté.
—¿Yo? Vamos, anda. ¿No será que no te atreves?
—¿Quién, yo?
Con dos cojones. Eso no lo dije, pero lo pensé. Nadie en toda la playa me oiría la menor queja. Vamos allá.

Llegamos media hora después al extremo de la bocana. Objetivo cumplido. Resoplando. Podíamos regresar a pie, no era necesario regresar a nado.
—Es que me da vergüenza —se quejó Mayte—. No tengo zapatillas, ni nada que ponerme por encima. ¿Cómo vamos a ir así por el puerto?
Tocaba regresar a nado. Yo me tranquilicé pensado que, en caso de peligro, me podía hacer el muerto. A fin de cuentas estábamos en aguas saladas. Regresamos al agua. Lo malo llegó a continuación. Tenía que haberlo previsto. Estábamos justo a la mitad del camino de vuelta, en medio de la bahía, cuando me dio un calambre en el muslo derecho. La pierna se me quedó encogida, y solo podía mover los brazos.
—Socorro. Me ha dado un calambre en la pierna. Me ahogo —conseguí gritar entre bocanadas de agua.
—Ayúdale, papá —dijo Mayte.
Y su padre me ayudó.
—Ponte boca arriba. Hazte el muerto. No te muevas. Yo te llevo. Así, muy bien.
Y me arrastró con suavidad hasta la playa. Después me dio un masaje.
¿Cómo se supera eso? De ninguna manera. El padre salvando de morir ahogado al novio de la niña. Eso no hay Edipo que lo cure. Mayte y yo rompimos siete meses más tarde. La relación naufragó antes de que acabáramos el primer año de Filosofía en la Complutense. Yo sentía que me ahogaba, y a ella le parecía que yo no era lo bastante hombre. No la censuro.
Años después supe que se había casado con un marino mercante, cosas de familia, y que se fue a vivir a las Rías Bajas, en Galicia. A Sanjenjo, creo. Da clases de historia y geografía en un colegio de primaria. Tiene un hijo que se llama Pablo que no conozco. Será guapo, como su madre, y como su abuelo. Digo yo.

 

16 de febrero de 2008

Tres micrometacuentos

La escritura biológica
Soñé que el lápiz con el que escribía era la prolongación de mi dedo, de mi mano, de mi brazo, de mis pulmones, de mi corazón y de mis intestinos. Otro día soñé que me crecía un rotulador de tinta blanca entre las piernas. Y otro más que mi piel era un papel blanco, y mi sangre y mis entrañas un tintero. Pensé que estaba llegando a la verdad y la esencia de la escritura, pero a partir de ese momento dejé de escribir. No hubo modo de volver atrás. Mi psicoanalista dice que es normal, y que a ver si dejo de intentar desangrarme, de provocarme vómitos y diarreas, o de hacerme pajas a deshoras. Puede que tenga razón, y que más allá de mi cuerpo exista gente.

Biografía
Escribió libros sobre escritura para no escribir (para no escribir tenía que escribir muchísimo, y se consolaba convenciéndose que eso también era escribir). Criticaba óleos para no pintar. Besaba haciendo muecas para no besar. No iba nunca al médico para no enfermar. Vivió una eterna infancia para no envejecer. Viajó a decenas de países para no moverse del sitio. Abofeteó a su madre para cumplir su deseo de hacer el amor con ella. Abandonó a sus amigos para que no lo abandonaran. Se suicidó para no morir jamás.

Antes de tiempo
Escribió: “Quiero escribir”, y se dio cuenta de que escribía “quiero escribir” para no escribir, así que rompió la hoja. Escribió: “Quiero escribir sin escribir ‘quiero escribir'”, y de nuevo pensó que era más sutil, pero que era lo mismo, así que volvió a romper la hoja. Renunció después de romper cientos de hojas: aún tendría que esperar un largo tiempo hasta que alguien descubriera la metaescritura.

 

 

15 de febrero de 2008

Medio millón de libros

Recibo una carta de mis editores de S.M., y en ella me dicen que acaban de enviar a la imprenta la cuarta edición de mi libro "Escribir. Manual de técnicas narrativas". Con la edición del Círculo de Lectores, ya suman más de 18.000 ejemplares, que para un libro de ensayo sobre la escritura de ficción, es un buen montón de libros.
Claro, todo es relativo, porque si lo comparo conmigo mismo, con las novelas juveniles que tengo publicadas en las colecciones Alta Mar y El barco de vapor, de Bruño y SM (Abdel; Devuélveme el anillo, pelo cepillo; El Club del camaleón; Un secuestro de película; Renata y el mago Pintón), pues resulta que 18.000 ejemplares no son tantos, porque la suma de ejemplares editados de mis cinco novelas juveniles sobrepasan el medio millón de libros, aparte de las traducciones. Alguna vez he tratado de imaginar a todos los lectores juntos, y acojona. Y si están cabreados, ya ni te cuento. Eso son muchos libros, aquí y en la China de Mao. Es la suma de todas las ediciones de los últimos 16 años, es verdad, pero con eso sí se puede vivir de los derechos de autor, qué duda cabe. ¿Por qué te piensas, si no, que puedo vivir aquí, en el campo, dedicado a escribir? Pues sí, por eso.

Pero me llaman más la atención los 18.000 libros de "Escribir", porque en los años que he estado dando clases en el Taller de Escritura, sumando todos mis alumnos y alumnas, y los alumnos de mis alumnos, no creo que lleguen a 3.000. Es verdad que todos vivían en Madrid (bueno, casi todos, porque hay medio centenar Online , y otros que arriesgaban una vez a la semana su cuerpo en la carretera para acudir a las clases desde Valladolid, Bilbao, Ciudad Real o Cuenca). Quedan por lo tanto, y de eso me alegro más que nadie, unos cuantos miles que escriben por su cuenta, francotiradores anarquistas, que buscan asesoría en los anaqueles de las librerías, leyendo mi libro "Escribir", o "La práctica del relato" de mi amigo Ángel Zapata, o "El arte de la ficción" de John Gardner, o "El gozo de escribir" de Natalie Goldberg, o tantos otros. Eso está muy bien. Es cierto que yo he aconsejado a dos o tres mil, directamente, semana tras semana, y conservo de todos ellos su amistad y sus dedicatorias como el mayor tesoro de mi biblioteca, pero saber que hay 15.000 más, y muchos más, que aprenden día a día directamente de Poe, de Chéjov, de Henry James, de Cortázar, de Rilke, de Vargas Llosa, de Carver, de Stevenson y de Monterroso, me reconcilia una vez más con todos los autodidactas.
No hay caminos cerrados: solo se necesita tener ganas de explorarlos.

 

 

jueves 14 de febrero de 2008

Puesta de largo

A Zulema Gutiérrez la violaron treinta y cinco veces antes de cumplir los quince años. Ella llevaba la cuenta exacta. Dieciocho veces su tío Ambrosio, cada vez que venía para abonar el huerto y cebar a los marranos. Cuatro veces su hermano Alejandro, las cuatro veces que tuvo que sacarlo a rastras de la bodega de Taco para que regresara a casa con su mujer y sus hijos. Tres veces Joao, el portugués amancebado con su madre, que aprovechaba las ausencias de la madre los días de mercado. Otras tres veces el dueño de la tienda de abastos, para pagar las deudas de cerveza acumuladas por su tío y por su hermano. Dos veces el marido de su hermana Flora, cansado de esperar el final del embarazo. Dos veces también su primo Juancho, que pasaba por allí camino del cerro, y le sobraba un poco de tiempo antes de que anocheciera. Una vez el sacristán, mientras ella esperaba el regreso del padre Larreta para recibir la confesión. Una más del señor Fernández, que le regaló a su tío tres botellas de orujo por los servicios. Y una más, que en realidad fue la primera de todas ellas, su propio padre, a los doce años, el día antes de que abandonara la casa y a su madre, y le encargara la tarea de cuidar de todos a su hermano Ambrosio.
Pero al cumplir los quince años el azar los juntó a todos en su fiesta de puesta de largo. Le regalaron un vestido rojo con falda de vuelo, zapatos de charol y unas medias de cristal. Estaba preciosa. Ella preparó una gran jarra de limonada bien cargada con ron de caña, añadió unas hojitas de hierbabuena, un poco de canela, y treinta y cinco cucharadas de estricnina.
—Bueno, chicos, levantad las copas para el brindis —dijo Zulema—. El primero que se termine el vaso, como premio pasará toda la noche conmigo.
Se lo bebieron de un trago.

 

 

miércoles 13 de febrero de 2008

Las secuelas del Taller

Para algunos alumnos, asistir al Taller de Escritura no significó solo un cambio de mirada sobre las cosas, sino un cambio más radical: un cambio de profesión, de vida. Dos semanas antes de inaugurar con la primera clase el primer año del Taller de Escritura , recibí una carta manuscrita por correo postal (ahora hay que especificarlo, pero hace 15 años el correo electrónico apenas existía). La carta, con cinco cuartillas arrancadas de un cuaderno escolar cuadriculado, narraba con letra apretada la historia sanguinaria de la Bella Durmiente , una máquina de matar, una asesina en serie que se ocultaba en el bosque rodeada de sangre y cadáveres descuartizados. Era un relato muy imperfecto, pero con una fuerza descomunal. Lo firmaba un estudiante de 4º de Matemáticas: Carlos Molinero. En la última cuartilla me confesaba que no tenía dinero, que sus padres nunca le pagarían el curso, y que quería asistir al Taller de Escritura por encima de todas las cosas. Para ablandar mi corazón y solicitar una beca, había añadido el cuento sangriento. Yo no tenía pensado conceder becas, pero le contesté que sí, que podía acudir a mis clases sin pagar nada. Durante el primer año acudió puntualmente a mis clases y terminó publicando el relato Megaclean , uno de los mejores del libro Historias para adultos imperfectos . El segundo año, dedicado a la novela, resistió mano a mano con Manuel Martínez Lunar hasta final de curso con la novela macabra de un repartidor de pizzas. Carlos terminó la carrera de Matemáticas ese año, colgó el título universitario en una de las paredes del cuarto de baño de su casa, y se matriculó como guionista en la primera hornada de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid. Ahora que han pasado algo más de diez años, tiene un Premio Goya como guionista de Salvajes , ha dirigido dos largometrajes, ha escrito una buena cantidad de capítulos de series en televisión (Querido maestro, Quart, El comisario, Paco y Veva), y es el vicepresidente de ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales), sindicato de guionistas de España. Las matemáticas me sirven para escribir guiones cuánticos, dice. No hace falta que pague los cursos que recibió gratis, porque desde hace siete años da clase en el Taller de Escritura con Clara Pérez Escrivá. Es el profesor de Guión de cine, pero sobre todo es uno de mis mejores amigos.
Puede que este sea también un efecto secundario del Taller de Escritura , aunque algo más severo que el que describía en mi anterior entrada: un cambio insólito de profesión. También le pasó a Javier Sagarna, que era farmacéutico al entrar en el Taller , y salió como director de la Escuela de Escritores . O a Cristina Cerrada, que trabajaba de informática en El País , y ahora es novelista y profesora de novela en Fuentetaja . O Ignacio Ferrando, que era aparejador, y ahora es profesor de escritura y ganador de todos los concursos a los que se presenta. O Eugenia Rico, la novelista que dejó una deuda acumulada de más de dos años en el Taller (Yo es que no le pago ni a mi psicoanalista, decía). O un gran número de profesores de escritura creativa que imparten sus clases en Madrid ahora mismo, y que aprendieron buena parte del oficio que les cambió la vida en el Taller de Escritura, como es el caso de Carlos Sobrino, Inés Arias de Reyna, Mariana Torres, Magdalena Tirado, Ignacio Ayerbe, Enrique Valladares, Víctor García Antón, Juan Carlos Márquez, Mar Redondo, David Gallego, María José Codes, Chema Gómez de Lora, Isabel Cobo, Elena Belmonte, Clara Redondo, Antonio Rodríguez Menéndez, Alfonso Fernández Burgos, María Tena, Virginia Ruiz, y algunos más que ahora mismo se me escapan de la memoria.
¿Y a Enrique Páez? ¿No le cambió la vida a Enrique? Vaya. Es difícil resumirlo. Para mí el Taller no fue un proyecto empresarial, sino un pulmón a través del cual respiraba en la vida. La biografía del Taller está entretejida con la mía de modo indestructible. No es como un hijo, del que uno se siente orgulloso y por el que daría la vida, porque un hijo es ajeno, por más que se abracen posturas de madre garrapata. Un hijo crece y se independiza, y hasta es capaz de reproducirse, y enterrarnos, sin mayores remordimientos. Pero para mí el Taller fue más bien un cáncer de luz, una pandemia gozosa que logré infectar a unos cuantos. Ahora el virus está descontrolado. Temblad, humanos.

 

 

martes 12 de febrero de 2008

Efectos secundarios

Los alumnos que se matriculaban en el Taller de Escritura sufrían extrañas mutaciones en poco tiempo. Cambios en la percepción de la realidad, y hasta de la visión del mundo. La primera que me lo dijo fue Patricia Rivas, a los dos meses y medio de asistir a clase.
--Enrique, me pasa una cosa rara. Ahora, cuando leo un libro, al tiempo que estoy leyendo empiezo a preguntarme por qué el autor utiliza ese narrador en tercera persona, o por qué describe así el parque que cruza caminando el protagonista. Está bien, me hace gracia, pero temo estar perdiendo parte de la historia.


--Normal --le decía yo--. Puede que se pierda un poco de inocencia lectora, pero se gana en profundidad, y el nuevos niveles de comprensión del texto. Estás empezando a ver no sólo la historia que se narra, sino también los andamios de esa novela, los materiales, la estructura, y hasta los trucos y las trampas, si las tuviera.
Y Patricia se quedaba pensando si esa nueva forma de leer era más o menos placentera. La verdad es que no está muy claro. Es como descubrir, de pronto, que los Reyes Magos son los padres, o que el ratoncito Pérez no es el que te deja una moneda bajo la almohada cuando pierdes un diente de leche. Adiós a la inconsciencia lectora. Es otra forma de mirar, no dijo mejor ni peor, pero tal vez sí más consciente. Los arquitectos también observan las casas con otra mirada que perfora los muros, y los actores acuden al teatro para disfrutar de las obras al tiempo que desnudan los gestos de sus compañeros de farándula.
A los seis meses, ese virus deconstructor nacido de la puesta en marcha a través de la escritura de ficción de diferentes técnicas narrativas, ya contagiaba al cine, y los alumnos descubrían gazapos en los guiones, lugares comunes en la construcción de personajes, y algunas traiciones grotescas en las historias que se narraban en las pantallas por motivos comerciales, por corrección política, y por darle coba a los espectadores blandos.
--No sé si acabaré detestando el cine, y leer, y el teatro --se quejaba Patricia.
--Que no, mujer, que seguirás disfrutando, pero en estéreo. Antes te conformabas con una sola lectura, y ahora eres capaz de ver varias dimensiones. No perderás el placer de la lectura.

Pero yo sabía que mentía. Una vez que se aprende a escribir ficción, a manejar el punto de vista, los adjetivos, los personajes, el tono, y el suspense, la técnica desenmascara buena parte de la magia. Hay un niño que muere en ese aprendizaje, que asimila los rudimentos de la magia, y ya es difícil engatusarle. Sí que se pierde un placer de la lectura. Ese concreto, el de la sorpresa, el de la indefensión, el de la desnudez frente al texto. A partir de ese descubrimiento, es más difícil que una novela romántica nos haga llorar, es casi imposible que una novela de terror nos arranque un grito a media página. Nos convertiremos en críticos sabihondos, y nos protegeremos de la emoción infantil con el escudo del conocimiento. Seremos lectores aguafiestas, pepitogrillos irritantes. Y los perjudicados seremos nosotros mismos. Nos convertiremos en magos, es posible, pero dejaremos de creer en la magia.
Nada es gratis en este mundo. Si ganas algo, pierdes algo. Que lo sepas.

 

 

lunes 11 de febrero de 2008

Diáspora

Me dicen que cómo es que nos hemos ido a vivir tan lejos, en mitad del campo, si siempre hemos sido ratas de ciudad. Hace diez años yo tampoco lo hubiera imaginado, pero tampoco lo pensé de tantos otros. Peancha y Basilio a La Laguna. Berna al Pirineo aragonés. Marina a las Alpujarras. Blanca a Málaga. Nacho a Florianápolis. Tito, Jaime y Coque a Santander. La Nena a Barcelona. Victoria y Salvador a Cuenca. Ramón a Brooklyn. Piti y Esteban a Cáceres. Debes creerme que podría seguir hasta el aburrimiento citando nombres de personas que antes vivían en Madrid, y un día hicieron las maletas. Parece que el destino está repleto de caminos, y ninguno termina en Roma.

 

 

domingo 10 de febrero de 2008

7 x 7 Antología

Cuando vivía en el CMU Chaminade, del 72 al 74, Alberto Pérez Lapastora y yo bajábamos caminando todos los días hasta la facultad, cruzando los colegios mayores y la escuela de Montes, entretenidos en juegos de lenguaje. Cada día memorizábamos unos cuantos sinónimos de necio, del diccionario de Julio Casares. Bodoque. Zampabollos. Agudo como punta de colchón. Zorzal. Maxmordón. Más tonto que un hilo de uvas. Zurrumbático .

Alberto estudiaba filología, y ya era cantante, pero pasarían diez años más antes de grabar La Mandrágora con Joaquín Sabina y Javier Krahe. Los fines de semana Alberto y su hermana regresaban a Sigüenza, y yo me quedaba jugando al mus y escribiendo con Paco y José Luis Morales, dos hermanos culipardos. Entonces José Luis aún salía con Llanos Monreal, que vivía con Amparo Nieto y con Piti Corella a 200 metros de distancia, en el colegio mayor Poveda. Llanos tenía una voz espléndida, así que José Luis tuvo idea de presentársela a Luis Martín, del Nuevo Mester de Juglaría, que también vivía con nosotros en el Chaminade. Aunque no era de Segovia, sino de Albacete, la admitieron en seguida. A los pocos meses Llanos ya había dejado de ser novia de José Luis, se había liado con Fernando Ortiz, y había grabado su primer disco. José Luis lo pasó mal, pero como no teníamos ni 20 años cumplidos, se curó todos sus males con Carmen del Olmo. Recuerdo que un día se pelearon, y le escribió un libro de poemas en una sola tarde, lo tecleó en la máquina de escribir, lo encuadernó con cartulinas negras, le pidió a su hermano Paco que le hiciera una portada (Paco estudiaba Bellas Artes, y trabajaba en la Galería Sen), y se lo regaló esa misma noche a Carmen. Han pasado 35 años, y creo que tienen varios hijos y siguen juntos, dando clases en un colegio al norte de Madrid. José Luis aún escribe poemas, y ha ganado, el año pasado, el premio Vicente Aleixandre por “Evocación de un hombre singular frente a las ruinas de su casa”.
Durante dos años José Luis y yo fuimos uña y carne. Él escogió la especialidad de Historia y Geografía, y yo la de Literatura, pero lo que nos gustaba de verdad era escribir. Nos presentábamos a todos los concursos que podíamos para sacarnos algún dinero extra y seguir comprando libros. En verano se vino a casa de mis padres, en Algorta, y seguimos escribiendo sin parar. Hasta 1982 todos los periódicos de España estaban prohibidos los lunes, porque la fiesta del domingo era obligatoria, y el único diario que tenía licencia para venderse en los kioscos era La Hoja del Lunes. Un día de principios de Julio de 1973 vimos que convocaban un concurso de poemas en La Hoja del Lunes de Bilbao en una columna firmada por Joaquín de Aralar, en página par, abajo, junto al crucigrama. Cada lunes publicaban un poema y varios fragmentos de otros. Los dos nos presentamos, y los dos fuimos seleccionados. Nos divertía presentarnos a los mismos concursos, y ganar unas veces uno, y otras veces el otro. En ocasiones, como esa, los dos. El concurso tuvo tanto éxito de participantes, que Joaquín de Aralar propuso hacer una reunión de poetas en un fin de semana, visitando el monte Aralar y el monasterio de San Miguel in Excelsis, en Navarra. Esa sí que fue una estampa insólita, porque el verano de 1973 logró llenar cuatro autobuses de poetas de Bilbao, todos con sus sonetos a cuestas, rumbo a la sierra de Aralar. Más de 240 poetas armados con endecasílabos y rimas asonantes en el lugar donde hoy se levanta el Guggenheim de Gehry. La mayoría eran poetas jubilados, así que los más jóvenes nos amotinamos al fondo de un autobús buscando versos libres. Éramos seis, y antes de volver a Bilbao ya teníamos el proyecto de una tertulia en marcha: el grupo Iruña. Eduardo Rodrigálvarez, Toty de Naverán, Karmele Larrabe, José Ramón Blázquez, José Luis Morales y yo nos reunimos los viernes por la tarde en el café Iruña. Pronto se nos juntó Rafael Martínez, y poco después Pablo González de Langarika, que era primo de Eduardo o de Ramón, ya no me acuerdo. Poco después del verano, un editor vasco, Valentín Graña, de la editorial Comunicación Literaria de Autores nos ofreció publicar un libro con nuestros poemas. Era una editorial pequeña, en la que había publicado anteriormente Gabriel Celaya, Ramón de Garciasol, Victoriano Crémer y Jorge G. Aranguren. Dijimos que sí, ¿cómo negarnos?, y el libro salió al año siguiente con el título “7 x 7 antología”, mientras Franco agonizaba en el Pardo. Pusimos un tenderete junto al puente del Arenal, a orillas del Nervión, y garabeteamos dedicatorias a todos los despistados que pasaban por allí. Era nuestro primer libro. La primera vez que nuestros nombres entraban en la Biblioteca Nacional. Éramos felices. Luego vinieron muchos más libros de Eduardo, de Rafael, de Toty, de Ramón, de José Luis y míos. Pero el primer libro es el primero, y aún conservo cuatro ejemplares con la cubierta de daguerrotipos quemados y hojas que van amarilleando con el tiempo.


La tertulia se mantuvo durante varios años, José Luis y yo regresamos a Madrid, y los demás organizaron un grupo de agitación poética, Poetas por su pueblo, y editaron una revista mural anónima que empapelaba cada sábado los muros de la Gran Vía de Bilbao, entre El Corte Inglés y el Banco de Vizcaya. Después publicarían varios números de la revista Yambo, y finalmente Zurgai, que aún se sigue publicando (Eduardo fue su primer director, y Rafael está en su consejo de redacción). Hace muchos años que no sé por dónde andan. Sé que Eduardo escribe en El País, y que Paco, el hermano de José Luis, se fue a vivir a una pequeña isla del mar Egeo. Y poco más. De cuando en cuando encuentro un nuevo libro de poemas publicado por alguno de ellos, y el corazón me da un salto de alegría.

 

 

sábado 9 de febrero de 2008

Comisaría

Sueño que me torturan, que me arrojan por la ventana del quinto piso de una comisaría y caigo al vacío. Me golpeo contra el suelo y sé que no estoy muerto, pero tengo demasiados huesos rotos como para poder levantarme. La humedad de la cara debe de ser sangre caliente, pero me despierto y reconozco a Bongo, mi peludo husky, que me lame el rostro tras caerme de la cama. La misma pesadilla de siempre. Me relajo y respiro hondo. Con los ojos cerrados noto una especie de lluvia caliente sobre mi cara. Qué extraño. Abro los ojos y veo a cuatro policías orinando sobre mí. Me espabilo del todo y reconozco por fin el patio interior de la comisaría.

 

 

viernes 8 de febrero de 2008

La Odisea II

En las clases de hermenéutica literaria, Antonio García Berrio siempre le tomaba el pelo a Lili, una alumna china de doctorado, de cuerpo grande y desangelado.
--Lili, usted en China es una belleza, ¿verdad?
--Pues sí --respondía ella, entre digna y recelosa.
--Ahí lo tienen. Un bellezón oriental. Los chinos voltean la cabeza cuando Lili pasa por al calle. La universalidad antropológica es la residencia de la espacialidad estética. A Kant, en cambio, le gustaba el vino de Canarias --decía García Berrio al tiempo que se calzaba sobre la nariz unas gafas de colorines.
Y la pobre Lili llegó a fin de curso confusa, sin llegar a saber si su belleza era libre o adherente, porque la Crítica del Juicio se le atragantó en febrero, así que se fue llorando hasta el departamento de Marina Mayoral.

--Anda, lee este poema de Alberti. Se equivocó la paloma. ¿Se equivocaba? ¿Cómo es posible que confunda el norte con el sur? ¿Se equivocan también los cocodrilos? ¿Acaso Alberti nos toma el pelo?
Y Lili escondía en la mochila el libro de La Guerra Civil Española de Hugh Thomas, porque si no jamás regresaría a Guangzhou con el título universitario. Me lo contó en la cafetería de la planta baja.
--¿Qué hago, Enlique? --me dijo--. No entiendo nada.
--Oriente y occidente hablan dos idiomas distintos --le dije a sabiendas de que era falso--. Tendrás que reescribir la Odisea , como hicieron Cervantes y Joyce.
--De acuerdo --me dijo--, pero si me haces un resumen.
Y lo hice. La verdad es que ya lo tenía escrito, así que no me costó ningún trabajo.

La Odisea II

Ulises sigue buscando las playas de Itaca. Han pasado 28 siglos desde que perdió el rumbo. De vez en cuando le parece que ha llegado, que está de nuevo en la tierra prometida, pero Eolo hace que la patera vuelque, y Poseidón disfrazado de patrulla costera lo recoge y lo devuelve al origen, al mundo perdido, otra vez lejos de Itaca.

 

 

jueves 7 de febrero de 2008

Teología de la soberbia

Matías empezó a llorar el miércoles de ceniza. Bajó por la calle Fuencarral acompañando al entierro de la sardina, rodeado de drag-queens semidesnudas y obispos con tangas de cuero, pero al terminar no supo detenerse, y siguió llorando sin freno. El médico le dio la baja, y le hinchó a Prozac, pero Matías siguió llorando. Al cabo de tres días tenía los lacrimales irritados y la piel de las mejillas reblandecida. Lloraba también por las noches, y amanecía sobre una esponja húmeda por almohada. Estudiaron la posibilidad de cauterizarle los conductos lacrimales, pero desistieron porque habría perdido la visión de los dos ojos. Durante meses un psicoanalista escuchó entre hipos todos los sueños que Matías le narraba, sin descubrir la causa de tanta lágrima inútil derramada. ¿Seguro que hace ruido un árbol si se cae en Siberia y nadie lo escucha? ¿Está todavía vivo el gato de Schrödinger dentro de la caja? Matías no supo contestar, solo lloraba.
Algunos empezaron a especular con sus lágrimas. Es Cristo redivivo, y llora por todos nosotros. Es un profeta, y llora por lo que nos espera. Tiene el séptimo chacra abierto, y llora porque sabe de qué materia estamos hechos. Pero Matías no decía nada, solo lloraba. Al cabo de nueve meses, su padre se derrumbó, y se hincó de rodillas ante él, lleno de remordimientos: Perdóname, hijo mío, yo nunca quise hacerte daño. Luego fue su madre, sus hermanos, sus amigos, los vecinos. El dolor era insoportable, así que Matías levantó los ojos y lanzó la pregunta contra el cielo: ¿Para esto me has creado? Y el cielo se abrió, como una sandía, y la poderosísima voz de Dios tronó desde el infinito rasgando las nubes: Mis designios son inescrutables. Y después lo fulminó, con un rayo de soberbia.

 

 

La otra vida

Cada día, cuando se despierta, Bruno Avendaño, un profesor de autoescuela casado y con dos hijas, descubre que se ha convertido en una nueva persona: un adolescente de 16 años en conflicto con su primera novia; una anciana huraña encerrada en un asilo; un inmigrante sin papeles en una chabola de las afueras; un enfermo terminal en el pabellón de oncología; una violinista en una orquesta de cámara centroeuropea... Cada día, antes de desayunar, Bruno se entera por la decoración del lugar, el interior de los armarios, y los datos que le ofrecen los que le rodean, de quién es él en cada ocasión; y no le extraña que nadie se extrañe, porque todos andamos medios dormidos nada más despertarnos. Bruno ya está casi acostumbrado. Siempre ha sido así, aunque nunca le ha tocado ser Bruno, profesor de autoescuela. Y nadie lo sabe, excepto su mujer y sus hijas, con las que se encuentra cada noche, cuando está dormido.

 

 

miércoles 6 de febrero de 2008

Elías en Nueva York

Elías está en Nueva York con mi cámara de fotos. Ha pedido una semana de vacaciones y se ha plantado en Times Square de la mano de Natalia. Los hijos crecen, y cruzan océanos cogidos de la mano de novias que nunca les hemos presentado. Es una sensación extraña, porque mi primer impulso fue ir a hablar con el comandante del Airbus A340 para exigirle que despegue y aterrice despacito, que le voy a estar mirando a ver cómo lo hace. Y que nada de beber, ni santiguarse, ni mirar el culo de la azafata, ni besar el escapulario de San Cristóbal antes de enfilar la pista. Los pilotos beatos, a descargar maletas, porque cada vez que un iluminado coge los mandos de un avión y dice “que sea lo que Dios quiera”, pasa lo que no tenía que pasar. Al final me he aguantado las ganas y no le he dicho nada para no avergonzar a Elías. Pero me apuntado su nombre y su número de licencia.

Estoy constipado, y dura. Tengo el estómago estrangulado, los ojos inflamados, los músculos desalentados. Un despojo. Solo percibo mi cuerpo cuando estoy lesionado, cuando no me quedan recambios ni cirugía que me reinvente. En estos momentos no me importa la belleza, sino la supervivencia, aunque se trate de una gripe pasajera, de la que podré burlarme el próximo miércoles. Dejo de afeitarme, de ducharme, de lavarme los dientes, de pasear, de leer, de hablar y de comer. Si la muerte viene a buscarme, por lo menos que me encuentre hecho una piltrafa. Que le dé reparo. Me siento tan indefenso que cualquier tirillas puede llegar y tumbarme con soplar un poco, y esa sensación de fragilidad me ahoga. Los consuelos no me alivian, por más que Bea me repita lo de “Sana, sana, culito de rana, si no se cura hoy se curará mañana”, porque el exorcismo no hace efecto, y acabo renegando de San Cosme y San Damián, y pidiendo que los decapiten otra vez con la espada de Essen.
No es un problema de dolor, porque doler no duele tanto, sino de límites. De pronto descubro que mi cuerpo es mortal, que está compuesto de órganos quebradizos, y me asomo un instante a la fosa que aún no está abierta en el cementerio. No se trata de tópicos declamados sobre la barra del bar (Todos moriremos, la vida es una grieta de luz entre dos eternidades de oscuridad), sino de percibir la fugacidad del cuerpo mientras me atiborro a Clamoxil y paracetamol en un malsano intento, nada budista, de desalojar a todos los virus y bacterias que se han apoderado de mi cuerpo.

 

 

martes 5 de febrero de 2008

Una lágrima tatuada

El mismo día que cumplió los 9 años, Camilo presenció la muerte de su hermano Walter, el único en el que confiaba. El flaco Vargas, un debutante de la Mara Barrio 18, le abrió el vientre de arriba abajo, y colgó sus intestinos de la canasta de baloncesto del parque. Esa noche Camilo se tatuó la primera lágrima, y supo que en algún momento tendría que reemplazar el hueco que su hermano Walter había dejado en la Mara Salvatrucha 13. Nada más cumplir los 11, Camilo pidió entrar en la mara, y aguantó “el brincado” durante 13 segundos: la mayor paliza de su vida, de pie y sin caer al suelo. 13 veteranos de la MS13 le golpearon sin piedad con patadas, cadenas, palos, cuchilladas y mordiscos. Sobrevivió gracias a que nunca dejó de pensar en los intestinos de su hermano Walter chorreando de la canasta del parque. En la segunda prueba tuvo que cortarse las venas y confiar en que sus compañeros lo resucitaran. Para completar la iniciación, solo le quedaba matar con pistola o con navaja a un marero de Barrio 18. Eligió el cuchillo, y también a la víctima. Llevaba dos años esperando. Con 11 años la voz de Camilo todavía era lo bastante femenina como para confundir por teléfono al flaco Vargas. Lo citó en el parque, bajo la canasta de baloncesto, con promesas de amor y sexo salvaje. “Soy Carolina, mi amor, y ya no me aguanto las ganas”, le dijo. Lo esperó detrás de un arbusto. “Acércate, flaquito, que estoy aquí”. Le reventó la cara con el bate de béisbol de su hermano, le colocó unas esposas a la espalda, encadenadas a los pies, le tatuó con el cuchillo el nombre de su hermano sobre el pecho, y le cortó uno a uno todos los dedos de las dos manos con unas cizallas de podar viñedos. Lo dejó gritando y desangrándose bajo la canasta de baloncesto, seguro de que nadie acudiría a su llamada hasta después del amanecer. Camilo ascendió rápido en la jerarquía Salvatrucha, pero cuando supo que el flaco Vargas tenía un hermano con una lágrima tatuada, comprendió que la muerte le andaba buscando.

 

 

lunes 4 de febrero de 2008

Jerarquías celestiales

Según el obispo Dionisio Areopagita, discípulo de San Pablo, hay nueve categorías de ángeles, divididos en tres esferas jerárquicas: mensajeros, gobernadores y consejeros. Eso es como en cualquier empresa. Así que si te contratan en el cielo, que sepas que hasta llegar a Dios vas a tener que pasar por los siguientes estratos: ángel de la guarda, arcángel, principado, potestad, virtud, dominación, trono, querubín y serafín. Cuando seas serafín, estarás en lo más alto, tendrás seis pares de alas y podrás salir a cazar unicornios con Dios, porque serás uno de los que están a su lado cantando y comiéndole la oreja todo el día: Santo, santo, santo. Habrás ido perdiendo masa terrenal y aumentando la frecuencia de vibración. O sea, que no se te ve, estás arriba de la escala funcionarial, y ni siquiera es necesario que vayas a fichar. Lógico. Aquí pasa lo mismo: ¿Desde cuándo está el consejero delegado en su despacho? Yo nunca lo he visto. Pues a los consejeros celestiales tampoco. Están soplando la flauta en otro departamento.

Por debajo de los serafines están los querubines (los del fundamento y los del firmamento), capitaneados por el arcángel Gabriel. Parece una contradicción que un arcángel mande más que un querubín, ¿verdad? Pero es que por lo visto los arcángeles son seres superlumínicos, y transportan órdenes directas del Jefe. De hecho, al arcángel Rafael, que cualquiera lo puede reconocer porque trabaja con el rayo verde, dirige a las dominaciones. El arcángel Miguel con su rayo blanco dirige a las potestades, y Uriel a los principados. Todo es cuestión de organizarse.
Desde luego, al obispo Dionisio no le faltaba imaginación. O tal vez consiguió infiltrar un topo, un quintacolumnista, en el consejo de administración del Altísimo. Pero ahora que sé cómo funciona la burocracia celestial, me quedo más tranquilo, porque ya sé en qué ventanilla presentar mi instancia.

 

 

domingo 3 de febrero de 2008

Con una vida basta

Un escorpión se pasea con el aguijón alerta. No es que esté de mal humor, solo que es así. Está en su naturaleza. Vive en el desierto, así que no encuentra a nadie. El sol le ciega. Acaba de leer El extranjero, de Camus, y tiene ganas de descargar su veneno. Al final, harto de no picar a nadie, se clava el aguijón a sí mismo en el lomo y muere. Es un escorpión decente, no como otros. Pinochet, por ejemplo.

Me dice Bea que su hermano está preocupado, porque me lee y dice que hablo mucho de la muerte. ¿No estará deprimido?, pregunta. Ella le dice que no, que debe de ser el constipado, o la muerte de otros, y que soy muy impresionable. Pero no está segura del todo, y me lo pregunta a mí, por si acaso: ¿No estarás deprimido?
Le digo que no, que solo estoy constipado. Y que es verdad que hablo mucho de la muerte, pero que en realidad no es la muerte como tal, sino la dualidad, el sí y el no, vida y muerte, amor y desamor, ser y no ser, femenino y masculino, vacío y todo, yin y yang, escribir y no escribir. Ella me mira, un poco asombrada. Joder, es verdad, no lo había pensado, dice. Y se queda un rato en silencio.
De pronto se me ocurre que la vida es una verbena, llena de chuches y muñecas chochonas que lloran cuando les estrujas una teta. Si tienes mala suerte, viene un manilargo y te quita la cartera. Si la tienes buena, la reina del baile te dice que sí, y tú te arrimas. Y por lo demás, coches de choque, polvo, luces de colores, empujones, el tren de la bruja y niños corriendo de un lado para otro. Entras por una puerta y sales por otra, y parece que la feria es la misma todos los años. ¿Reencarnarse y vivir de nuevo? Qué fatiga. Otra vez al cole, a los deberes, a las collejas en el patio, a los mocos, a los granos, al miedo, a las novias que te engañan, a los padres que se mueren, a los cabrones que te timan, a las enfermedades, a los golpes, al hambre, a las heridas. No me jodas. Yo no estoy deprimido, pero con una, basta.
¿Y todo lo bueno? ¿No hay nada? Pues claro que sí, las cosas buenas son infinitas. Imperdonables. Irresistibles. Como decía Cernuda, “si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”. Y con todo y eso, digo lo mismo: con una vida basta.

 

 

sábado 2 de febrero de 2008

Me he visto en Google

Esta mañana Bea y yo hemos dado un paseo por el Ambroz, a la sombra del monte Pinajarro. Estamos en invierno, y los alisos, las acacias, los chopos y los fresnos han perdido todas sus hojas. Levantan sus ramas famélicas hacia un sol tibio y enfermizo. Los vecinos nos saludan, aunque no nos conocen. Bea me dice que tenemos suerte, que vivimos en un lugar privilegiado, nuestra casa es la más bonita, tenemos dos perros mimosos, nos gusta nuestro trabajo, y somos felices, aunque ahora estemos constipados. Es verdad, le digo, yo no me quejo . Seguimos caminando. Hace fresco, y los dedos de las manos se le quedan fríos. Se los caliento con mi mano. Siempre tienes la mano caliente, me dice. Debe de ser herencia de mi padre, aunque él siempre tuvo los dedos largos y las uñas perfectamente recortadas. Mis manos son un desastre: tengo los dedos cortos y gordos, como mi madre, y me rebano las uñas a mordiscos cada vez que vamos al cine. Pero con estos dedos como porras, gordos y calientes, golpeo las teclas del ordenador, le aparto a Bea el pelo de la cara, me inyecto insulina, sujeto las chuletas de cordero por el hueso, y he volteado las páginas de miles de libros. Qué más quiero. A mí me valen, aunque los de mi padre sean más bonitos.

Jaime y la Nena están en Río de Janeiro, en los carnavales. Es posible que Nacho y Vania estén con ellos. Querían que nos apuntáramos al viaje, pero nos dio pereza. Muchas horas de avión,
mucho dinero, y poco tiempo. Dijimos que no. Además, no tengo el cuerpo de jota, ni de samba. Hace años amanecía cerrando bares en Madrid, y entrando en privados a través de contraseñas, pero ahora tendrían que secuestrarme. Quita, quita. No dudo que en Río existan emociones: puedes despertar en un basurero con una cicatriz de más y un riñón de menos, puedes participar en un ceremonial de vudú, los jíbaros te pueden convertir en un madelman , puedes donar tus corneas involuntariamente a un antiguo torturador brasileño, y perder la virginidad anal antes de que llegue el miércoles de ceniza. Pues mira, casi que me quedo en casa. (No es verdad, a pesar de todo me gustaría estar allí, la vida nunca se debe vivir con miedo).

Dicen que hay muchas personas que teclean su nombre en Google para ver si existen en Internet. Yo lo hago de vez en cuando. Lo malo es que, a veces, me llevo alguna sorpresa desagradable. Hoy me acabo de enterar de que estoy muerto desde hace casi seis años. Me asesinó un vecino harto de escuchar los ruidos que hacía al colocar una ventana. La crónica del diario lo describe así: “Buenos Aires, 15 mayo 2002 (DyN) - Un hombre mató a su vecino de dos balazos porque hacía ruido mientras realizaba refacciones en su vivienda del barrio Villa Barceló, en el partido de Lanús, y luego se presentó a la policía donde quedó detenido, informaron hoy fuentes policiales y judiciales. El hecho se produjo alrededor de las 21 de ayer martes, cuando la víctima, identificada oficialmente como Enrique Páez, de 37 años, colocaba una ventana en su vivienda de la avenida Centenario Uruguayo al 2000, esquina Alvear, en esa localidad del sur del Gran Buenos Aires.”

Estoy seguro de que era yo. Los periódicos no mienten. Llevo muerto cinco años y medio, pudriéndome bajo tierra. No sé si decírselo a mi hijo, y a Bea, pero casi seguro que se van a llevar un disgusto. Y mis hermanos también. No lo sabe nadie. Pero tendré que confesarlo, una cosa así la tienen que saber. Me dirán que cómo es posible, que por qué no lo he dicho antes, que soy un desastre, que cómo es que no me he dado cuenta hasta ahora. Menuda la que me espera. Y no solo eso, sino que después vendrán las preguntas, ¿Quién eres tú?, ¿De dónde has salido?, y las sospechas malintencionadas, ¿No habrás sido tú?, ¿Dónde estabas ese día? Y la verdad es que no voy a saber responder, ni sé a dónde voy a ir después, con ese desconcierto a cuestas, incluso con la duda de si yo habré tenido algo que ver con la muerte de ese pobre hombre.

 

 

viernes 1 de febrero de 2008

A veces me acuerdo

Angelines nos ha dicho que acaba de morirse su cuñado en Hervás. Roberto Bermejo, el fontanero, se compró una moto BMW, y se estrelló contra una furgoneta en menos de dos días. Dejó dos niñas huérfanas. Antonio Guerrero tenía cáncer, y se disparó en el paladar bajo un magnolio en el jardín de la Facultad de Física. Rafael Fortes tenía cirrosis hepática, pero sus hijos no sabían que bebía. Luis Buzón y los dos hermanos Cuevas murieron de sobredosis antes de cumplir los 23 años. La madre de Rosa se ahogó en la piscina. El marido de Graciela Barbieri, ¿cómo se llamaba?, se perdió en el mar hace 30 años, dejando a Lucas huérfano. Carmen Mieza se clavó una espada de cristal al resbalar junto al balcón de su casa. A Gonzalo le falló el corazón antes de que llegara un donante, en el hospital de Valdecilla. Norma murió de pena cuando su padre no quiso hablar con ella. Carlos dejó de fumar, pero ya era tarde. La madre de Chris Debelius se lanzó al vacío desde un piso 14 en Arturo Soria. Ana Seijas murió de sida en Málaga, cuando ya estaba desintoxicándose. Eduardo Haro, el hijo, también murió de sida. Luisa Trigo no sé de qué murió, su madre nunca me lo dijo. Emilia y Pilón tenían cáncer. Samuel y Quico infartos. Qué quieres que haga, ya sé que no estamos en noviembre, pero a veces me acuerdo de los muertos.

 

 

jueves 31 de enero de 2008

Neutrones bisexuales

Nuestro cuerpo no es más que un rebaño de protones egoístas, neutrones bisexuales y electrones hiperactivos. Los luchadores de sumo tienen muchos, y Scarlett Johansson menos, pero mejor repartidos. Pero ante todo nos queda mucho espacio libre. Tenemos entre las órbitas de nuestros electrones, microgalaxias, espacios abismales totalmente despoblados, pendientes de recalificar. Bien reorganizado, y derogando algunas leyes electromagnéticas antidemocráticas, nos cabría otro cuerpo, y cien mil cuerpos más, en el mismo espacio que ocupamos cuando nos sentamos en el sofá. Podríamos, si nuestros electrones no fueran tan exclusivistas, tan xenóbobos, tragarnos una ciudad entera, como en el Aleph de Borges, y recolocarla entre los intersticios de nuestros átomos.


Aumentaríamos de peso, desde luego, porque de golpe tendríamos una densidad acojonante, y no habría suelo capaz de aguantar nuestra masa. Taladraríamos la corteza terrestre, y bajaríamos en ascensor hasta el centro de la Tierra, buscando el núcleo. Al llegar al centro, el núcleo seríamos nosotros. Todos los átomos del planeta girarían a nuestro alrededor. Seríamos algo así como un agujero negro, o como el cajón de un concejal de urbanismo. A nuestro alrededor darían vueltas más átomos que novios alrededor de la reina del Carnaval de Tenerife. Qué agobio.
Lo curioso es que nuestros protones, neutrones y electrones no envejecen. Solo cambian de lugar, y donde antes había un vientre liso, ahora hay un pellejo de piel que camufla una fabada. Es un viejo truco de magia. ¿Ves este bocadillo de panceta? Pues ya no está. Me lo he zampado, y lo escondo en este michelín. E=mc2. Son átomos reagrupados. La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma.
Pero para sacarme el bocadillo de panceta incrustado en el cuarto michelín del abdomen, lo tendré que transformar en calor, en energía, en hambre. Entró a dentelladas por la boca, y saldrá en forma de sudor, haciendo footing por el parque. Tal vez allí se mezcle con un suspiro de Scarlett Johansson, o con otra mentira de Aznar. Quién sabe.

 

 

miércoles 30 de enero de 2008

Joyce: Un pez polar

Los grandes creadores no tienen por qué haber sido necesariamente buenas personas. En su libro de memorias A la caza del viento, (regalo de Ángel Zapata, gracias Ángel) Claire Goll despelleja sin piedad a Tzara, Rilke, Malraux, Picasso, Chagal, Dalí, Einstein, Jung y Henry Miller, entre otros. Ya en la primera página dice: “Entre los grandes, no había ninguno tan agarrotado como James Joyce. ¿Un pez polar? ¿Un bogavante con caparazón de ostra? Respeto demasiado a los animales, aunque sean medusas o moluscos, para compararlos con esa momia disecada, esa cáscara sin savia ni calor, ese fruto seco de Joyce. Desde el punto de vista humano, el fracaso más fúnebre de la creación, por más que se cuente entre los grandes logros de la literatura.”

Hace años, en una macroencuesta realizada en todo el mundo, los críticos y profesores de literatura de decenas de universidades eligieron el Ulises de Joyce como mejor libro de la historia de la literatura universal. Yo lo tengo desde los 18 años, y aún no he podido leerlo. Al principio pensé que la culpa era del traductor de la editorial Rueda. Luego de la edición de Siglo XXI. Luego la de Lumen (José María Valverde). Al final me rendí: yo no había nacido para leer el Ulises. Pude con el Retrato del artista adolescente, y varias veces con Los muertos (una gloria de cuento). Incluso, por separado, he podido leer el monólogo final de Molly Bloom. Pero esa hazaña de leer en 24 horas las 24 horas del 16 de junio de 1904 de Leopold Bloom naufragando por las tabernas de Dublín, no. Algunos cerebros privilegiados (muchos, todos los que votaron por él) han tenido la fortuna de haber disfrutado con el Ulises. Yo no. A mí se me atragantó a los 18 años, y 34 años después le regalo una edición al primero que se pase por casa.
Será un problema de levedad. O de pereza. A veces paso junto al ejemplar intonso de La tierra baldía de T.S. Eliot, o del Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein , y doy un pequeño rodeo para que no me muerdan. Aún no sé qué dicen, pero me dan miedo. Creo que después tendré pesadillas, o haré mal la digestión, así que me tomo un antiácido de Nicolás Parra, y se me pasa:

Asómate a la vergüenza,
cara de poca ventana,
y dame un vaso de sed,
que me estoy muriendo de agua.

Estoy casi seguro de que a esos pobres libros (hay más, pero no quiero aburrir) les pasa lo de aquel anuncio de Schweppes, ese que decía que si no te gustaba, era porque lo habías probado poco. Pues puede que sí, pero ya es que me da un poco de flojera. Es como volver a leer a Berceo y a Juan de Mena, esos dos tíos abuelos que murieron cuando estudiábamos bachillerato.

 

 

martes 29 de enero de 2008

Ten mucho miedo

Hay una ideología carnicera que hace del dolor ajeno una mística. Parirás con dolor a tus hijos, crecerás en un valle de lágrimas, y al final morirás como Cristo, en una agonía lenta y provocada. Leo en el libro La eutanasia , de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que “No debe maravillar si algunos cristianos desean moderar el uso de los analgésicos para aceptar voluntariamente al menos una parte de los sufrimientos y asociarse así de modo consciente a los sufrimientos de Cristo crucificado (cfr Mt 27, 34)." Eso más que una pastoral son instrucciones de uso para torturadores.

Hace tres años el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, destituyó al jefe de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés, y tramitó una denuncia anónima contra él y todo su equipo médico por sospechas de sedaciones abusivas a enfermos terminales. En Leganés los enfermos morían sin dolor, y eso no era decente. No comulgaban con Cristo. No era martirologio. El doctor Montes fue despedido y difamado. Ahora, la Audiencia Provincial de Madrid le da la razón al doctor Montes, no ve delito en sus actos, y exige que su nombre y el de todo su equipo sea limpiado. Mientras tanto, desde hace tres años, los que han muerto en Leganés o en otros hospitales controlados por los beatos seguidores de la Conferencia Episcopal mueren como Cristo, en un éxtasis de dolor, con plena conciencia de que les están ahorrando analgésicos y prolongando el sufrimiento. Yo espero que exista una venganza de ultratumba, y que se ensañe con los políticos fariseos y los médicos sádicos que nos administran la agonía de morir crucificado. A mí que me lleven junto al doctor Luis Montes, por favor. Y con sus colaboradores Frutos del Moral, Miguel Ángel López Varas y Joaquín Insausti. Quiero ser su amigo.
Habrá un día en tu vida que será el último. Lo sabes, aunque no quieras pensar en ello. Morirás de cáncer, de bronconeumonía, de politraumatismo, de asfixia, de cirrosis hepática. Aún no lo sabes. Y es posible que suceda en un hospital regido por beatos de moralidad confusa. Los dolores serán inhumanos, y pedirás calmantes. Ojalá no te toque un médico melindres, un meapilas sanguinario, porque será él quien decida cuándo vas a morir, y cuánto vas a sufrir. En esos momentos, casi sin habla, con los ojos anegados por las lágrimas y el dolor, pedirás clemencia, suplicarás que te alivien el dolor, y tal vez el médico te diga que no, que eso va contra las normas, que seas fuerte, carajo, que el Nolotil y la morfina te debilitan la mente, y quizá aceleren tu muerte, y eso sí que no, porque tú te morirás cómo y cuando Dios y el médico decidan. Prolongarán tu agonía meses, tal vez años, porque la medicina avanza. Te podrán resucitar mil veces. A cambio, eso sí, esos santurrones carniceros te rezarán un padrenuestro y tres avemarías.
Ten mucho miedo. La inquisición y la hoguera están de vuelta.

 

 

lunes 28 de enero de 2008

No es verdad que seas feliz

No es verdad que seas feliz. No te levantas por las mañanas con ganas de volver a vivir la misma vida, una y otra vez. No cantas como antes. La pasta de dientes ya no te sabe a besos robados. No coleccionas postales de los lugares que visitas. No te apetece adoptar un perro. Hace años que no abres un libro de poemas al azar. No eres feliz, y se te nota. No te entra taquicardia cuando suena el teléfono, ni cuando no suena. No vas al cine a ver películas extrañas. No cierras los ojos, en plena calle, para detener el tiempo. No te sorprende tu sonrisa al otro lado del espejo. No das vueltas como un molinillo con los brazos en aspa. No quieres regresar a Venecia, ni a dormir en una tienda de campaña. No te ríes cuando estornudas. No sabes qué te pasa. Dices que te haces viejo, pero no es eso. Debe de ser otra cosa. Puede que hayas dejado de ser un niño, que el ratoncito Pérez no te traiga una moneda cada vez que pierdes otro diente, pero ese no es motivo para ser desdichado. El sabor a derrota en la garganta tampoco. Tu padre ya no es Dios, y Dios ya no es tu padre. Te han expulsado del patio de recreo, y ahora no sabes dónde estás. Vale, tal vez no seas feliz, pero no seas tonto: la vida empieza ahora. Lo anterior solo era el ensayo de la vida plena.

 

 

La pasta es la pasta

El 26 de agosto de 2004, cuando regresaba en bicicleta al camping de Castañares, donde estaba veraneando con sus padres y su hermana, en La Rioja, un chico de 17 años, Enaitz Iriondo, murió atropellado por el Audi A8 de Tomás Delgado Bartolomé, de 43 años, que circulaba a más de 160 kilómetros por hora, y con una tasa de alcoholemia de 0,15 mg hora y media después del accidente.
--Me había pedido un whisky con cocacola para refrescarme.

El impacto lanzó a Enaitz a 18 metros de altura. Inexplicablemente Tomás Delgado nunca fue sancionado, porque el chico no llevaba casco ni chaleco reflectante. El juzgado archivó el caso. Las huellas de los neumáticos frenando estuvieron meses dibujadas en el asfalto.
Enaitz Iriondo estudiaba 1º de Bachillerato, era miembro de la Asociación de Naturaleza de Durango, y enseñaba a pescar y buscar setas a los niños de su pueblo. Vamos, que era un peligro.
Un año y medio después, el conductor denunció a los padres del hijo muerto para que le pagaran 20.000 euros de arreglo del Audi, que había quedado destrozado por el impacto con el cuerpo del joven Enaitz. Para hacerlo, tuvo que acudir a un gran número de abogados, porque ningún colegiado quería interponer esa denuncia. Tomás Delgado siguió buscando, hasta que Santiago Gimeno García aceptó hacerse cargo de su caso.
--Lo del chaval no se puede arreglar, pero lo mío, sí --dijo.
La pasta es la pasta. El Audi había quedado hecho una pena, con abolladuras y sangre por todas partes.
--Soy empresario industrial. No es que los 20.000 euros me hagan falta, pero no tengo por qué renunciar a ellos.
Y como respuesta final a una entrevista de Canal Sur, el conductor apostilló:
--Yo soy el único..., vamos, somos dos los perjudicados, al chaval le pasó lo que le pasó, pero yo soy el segundo o quizá el primer perjudicado.
El juicio, contra los padres, tendrá lugar el próximo miércoles, día 30 de enero de 2008, en el Juzgado número 1 de Haro (La Rioja).
Pobre Tomás. Habría que hacer una colecta.

 

 

domingo 27 de enero de 2008

Tarde de pesca

Hace tiempo que no se ven truchas en el río Ambroz. No es que empiece a mudar en el paisaje post-nuclear de la última novela de Cormac McCarthy, o quizá sí, pero el caso es que los pocos pescadores que antes llegaban hasta aquí, con su chaqueta de lona verde llena de bolsillos, su caña telescópica, su sombrero, sedal, anzuelo y gusanos, han dejado de venir. Ahora agonizan todas las tardes frente al televisor, esperando que un futbolista muera en directo, como en los toros, y así tener un poco de emoción antes de que el lunes amanezca.

A mí no me gusta pescar. Ni el golf. Ni hacer cola en los supermercados. Ni esperar a que llegue el autobús. Todos son tiempos muertos, retenidos, sin emoción alguna. Una microcárcel en el t iempo, un sorbo de aire que no se aspira. Así que miraba a esos pescadores con su caña al hombro, profesionales de la paciencia, y trataba de imaginar qué desesperación, qué oración budista, qué promesa les empujaba hasta las orillas del Ambroz, o a la periferia de cualquier muelle portuario. En las películas americanas, el pescador va de pesca con el hijo varón, diálogo de hombre a hombre, y le enseña a sujetar con mano firme la caña, el trabuco, y lo que haga falta. Es una herencia intangible, la trasmisión de la sabiduría en plano corto.
--A este río venía yo con mi padre a pescar truchas. Una vez pescamos una así de grande.
Pero a mí me da que el padre se iba de putas, al burdel de Manuela, y dejaba al niño amarrado a la caña.
--No le digas nada a tu madre. Esto es un secreto entre tú y yo. Después te invito a una cocacola.
Hasta la generación siguiente, que repite el ciclo. Aunque 20 años más tarde Natalia, hija de Manuela, se resiste a meterse en la cama con el hijo, ya crecido, por una sospecha que le inquieta. La Manuela le desordena el pelo al hijo del pescador, con algo de añoranza.
--Ay, chico, si es que cómo te pareces a tu padre, que en paz descanse.
--¿Conoció usted a mi padre?
--Vaya que sí. A él también le gustaba la pesca. Aún me acuerdo de aquella trucha que pescó. Así de grande. Creo que fue en la misma época en que me quedé preñada de Natalia. Qué tiempos.

 

 

sábado 26 de enero de 2008

El fantasma de Moscardó

Ayer estuvimos en la Biblioteca Regional de Toledo, o sea, en el Alcázar. Mientras Bea contaba cuentos a los niños, yo empecé a dar vueltas por los pasillos y las salas del edificio, donde aún retumbaban las voces de los soldados atrincherados, muertos en la Guerra Civil. En el torreón de la cafetería, en el noveno piso, me encontré con el fantasma magullado del coronel Moscardó. El pobre lleva tanto tiempo encerrado que no sabe que su nombre parece un nombre de calle antigua. Oí voces desde la calle, y nos asomamos los dos a la ventana:

--Moscardó, tenemos aquí a tu hijo Luis. Si no te rindes, lo fusilamos --gritó un miliciano desde más allá del foso que circunda el Alcázar.
--Nunca entregaré la plaza, malditos comunistas. Aquí tenéis mi pistola para ejecutar a mi hijo. ¡Viva Cristo Rey! --dijo el fantasma del coronel desde la almena.
A mí me pareció que eso mismo, cambiando la pistola por un puñal, ya lo había dicho en Tarifa Guzmán el Bueno, otro héroe convertido en glorieta. El caso es pasar por las armas a los hijos antes de que se apolillen en el sofá de casa. Pero, ¿no será más fácil conseguirles una beca Erasmus?
Mientras fusilaban al hijo de Moscardó, vi cómo al oeste el sol se ahogaba en el Tajo.
Imbuido por el espíritu de Moscardó, y aprovechando que estaba en el Alcázar, el único cuartel del mundo convertido en biblioteca (suele ser a la inversa, para qué engañarnos), bajé al sótano para liberar a los libros encarcelados en las mazmorras; pero Miguel, el bibliotecario, me dijo que no estaba autorizado, que solo los familiares directos, hasta segundo grado, pueden visitar a los cautivos.
--Yo tengo cinco libros aquí --le dije--. Acabo de comprobar que están en la lista de fichados, y yo soy su padre.
--¿Su padre? Anda ya, bolo. Todos los libros son huérfanos, hasta que un lector los adopta.
Dudé. Tal vez tenía razón. Me sentí derrotado. Salí del Alcázar y bajé por la cuesta de Carlos V hasta Zocodover. Allí una asamblea de mozárabes, moriscos y muladíes portando lanzas y antorchas me hicieron corrillo.
--Vas a morir, cristiano.

Llegó mi hora, pensé. Iba a pagar el pato por estar bautizado. Por si pudiera servirme de alguna ayuda, agité una ristra de ajos de Chinchón delante de sus narices, hice una cruz con los dedos, dibujé con tiza un pez sobre el asfalto, negué tres veces, me puse en posición de ataque karateca Sanchin Dachi , y cerré los ojos. Estaba a punto de morir.
O no.
Aquellos malencarados eran mis personajes, eran mis siervos.
--¡Noli me tangere! --les dije--. A tomar por culo.
Tenía que salvar el pellejo, y aquella era una muchedumbre enfurecida. Levanté la vista, y vi a Moscardó haciéndome señas desde el Alcázar. En una décima de segundo comprendí lo que me decía. Me acerqué al que parecía ser el cabecilla, y le solté a bocajarro:
--Si queréis matarme, tomad, aquí está mi bolígrafo.
Se quedaron perplejos. No se lo esperaban. Se hizo un silencio de muerte. Un viento helado subió desde las orillas del Tajo, y aquellos hombres, de golpe, se convirtieron en polvo y humo a las puertas del McDonald's.

 

 

viernes 25 de enero de 2008

Libros prohibidos

Tengo sobre una tablilla de teka de Birmania, encima del radiador, trece soldados chinos de terracota: son copias diminutas de los guerreros de Xi'an, que hacían guardia junto a la tumba del emperador Qin Shi Huang, el unificador de China, constructor de la primera Gran Muralla, y dueño del mayor ejército de ultratumba del mundo, 8.000 soldados de terracota. Aunque lo que a mí me llama la atención es otro dato: el emperador Qin Shi Huang era un enemigo de los libros, hasta tal punto que en el año 213 a.C. ordenó quemar todos los libros y todas las bibliotecas del imperio, excepto si versaban sobre agricultura, medicina o profecías. Aquel que tuviera un escrito en su poder, incluyendo aquellos grabados en huesos, conchas de tortuga y tablillas de madera, era condenados a morir en la construcción de la Gran Muralla. El mayor castigo era para los que tuvieran textos de Confucio. Esos sí que lo tenían crudo. Ahora sé en quién se inspiró Goebbels al decir aquello de “Cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola”.

Recuerdo que, antes de la abolición de la censura en España, tenía escondidos en el altillo algunos libros prohibidos de lectura obligatoria: el Trópico de Cáncer de Henry Miller, la Antología rota de León Felipe, La función del orgasmo de Wilhelm Reich, la Tercera residencia de Pablo Neruda, y Los conceptos fundamentales del materialismo histórico, de Marta Harnecker, además de todos los editados por Ruedo ibérico. Menuda sopa de letras. Si te pilla Qin, te envía a la Gran Muralla; y si te pilla la brigada político-social, al Valle de los Caídos. Se ve que la obsesión de los incineradores de libros siempre ha sido cambiar libros por piedras. Dicen que a Franco un despistado le intentó regalar un libro, y que él lo rechazó diciendo: “Gracias, ya tengo uno”. Vete tú a saber si es verdad (que tenía).
Blanca Giles, Piti Corella, Amparo Nieto, Victoria Santesmases, Marina García Álvarez, Jorge Checa, Salvador, Julio, Javier, Esteban, Gloria y yo nos reuníamos por las tardes para repasar los conceptos de Marta Harnecker, y hacer una autocrítica pequeñoburguesa de la lucha de clases. Como diría más tarde mi hermano Jaime, menuda pedrada teníamos. Después llegó la New Wave , la New Age , la movida, el psicoanálisis y Buda. Eso sí que es crecer a través del caos. A Marta Harnecker la conocí muchos años después, en la Casa de América, en una charla que dio junto a Manuel Vázquez Montalbán con motivo de la publicación de Y dios entró en la Habana. Fue una de las mayores decepciones de mi vida. Marta ya no era la rubia despampanante que arengaba masas en la Universidad Central de Venezuela, y la simplicidad de sus argumentos me dejó asombrado. También ella era un tigre con los pies de barro.

 

 

jueves 24 de enero de 2008

Por amor al hambre

Acabo de terminar de leer La carretera, de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007, la novela siguiente a No es un país para viejos (ver la película de Javier Bardem y los hermanos Coen). La carretera es una desolación permanente, un apocalipsis al mediodía, el ángel exterminador, la respuesta de Hiroshima 60 años más tarde, el éxtasis de la muerte. A veces me recordaba a La lluvia amarilla de Julio Llamazares, pero a nivel continental. Una enormidad. Una belleza inhumana. Todavía la boca me sabe a ceniza, y tengo que mirar hacia atrás por si aparecen los caníbales. “Soñó que despertaba en un bosque florido con pájaros volando frente a él y el niño, y el cielo era de un azul dolorido, pero él ya estaba aprendiendo a despertarse de esos mundos de sirena. Tumbado en la oscuridad con un leve y extraño sabor a melocotón de un huerto fantasma en la boca. Pensó que si vivía lo suficiente, el mundo se perdería por fin del todo. Como el agonizante mundo que habitaban los ciegos nuevos, todo él disolviéndose lentamente en la memoria.” Páginas 19-20.

Al final de la novela, después de doscientas páginas de frío, aguas negras, hambre, cenizas, desolación y tierras baldías, afirma: “Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio”. Lo dicho: una escritura impecable.

Hablando de libros y autores, Mila me dice que si estoy tonto o qué, porque anda que no me habrá hablado veces Joseli, José Luis Suárez, el hermano de la actriz Emma Suárez, del colegio concertado donde daba clases en Madrid, dirigido por Víctor Chamorro, y donde daba clase también Teresa, la mujer de Víctor. Será verdad. Al final cerraron el centro, o lo traspasaron, no lo sé, y Víctor y Teresa regresaron a Extremadura con el dinero del Premio Gijón de Novela en el bolsillo, y abrieron una casa rural para asegurarse la jubilación. Porque esa es otra: los escritores no tenemos jubilación, porque no estamos contratados por ninguna empresa que pague la Seguridad Social. Ni siquiera a ratitos, como a los actores. Las editoriales nos pagan el 10 por ciento (en el mejor de los casos), y eso si se vende el libro. Dos años trabajando en un libro, por término medio, y siempre y cuando no te ataque la gripe del bloqueo literario, para al final, si te lo compra una editorial, se publican mil o dos mil ejemplares (esa es la tirada media, no la del Premio Planeta, que es un libro entre los 75.000 que se publican cada año en España), y si se venden mil ejemplares, quedará para el autor mil o mil quinientos euros limpios, a los que tendrá que descontar el 18 por ciento de IRPF, y 220 euros al mes de Seguridad Social, que al final se la tiene que pagar el autor de su bolsillo si quiere ir al médico, o si quiere curarle un catarro a su hijo. A mí, la verdad, no me salen las cuentas. Ni a casi nadie. Y ya vale con lo del Premio Planeta, porque ese premio pactado de antemano, solo se lo dan al que ya no lo necesita, porque hace tiempo que vende libros como churros. Llueve sobre mojado.

¿Y qué hacemos entonces los escritores? Pues la mayoría de nosotros, otras cosas, además de escribir. Algunos pocos, muy pocos, poquísimos, pueden vivir de los derechos de autor, pero para eso tienen que vender no mil, sino más de diez mil libros al año. Todos los años. Y eso es muy raro. La mayoría tiene otro oficio que le deja insatisfecho: dar clases, colaborar en varios periódicos (uno solo no es bastante), vender alpargatas, redactar informes, conducir taxis, servir cubatas, repartir cartas, y un sinfín de oficios más. Cualquier trabajo que permita tener un par de horas libres al día para seguir escribiendo, es válido, al menos hasta que llegue el glorioso día en que gracias a la virtud de la prosa y la fidelidad de los lectores, el autor pueda ganar lo suficiente como para vivir del cuento, o de la novela, o del poema.
Y para colmo, algunos desalmados disfrutan tanto de la lectura, les provoca tanto placer, que aplican la propiedad transitiva, y nos exigen que escribamos sin cobrar, por amor al arte. Será por amor al hambre. Eso es como pedirle a las putas que tampoco cobren, porque sus clientes disfrutan mucho. Tócate los huevos. Mañana me compro un loro para que recite en tu ventana algunas jaculatorias chorras de Paulo Coello, y que te multe la SGAE por no pagar derechos.

 

 

miércoles 23 de enero de 2008

Los cúmulos estelares

Hay especialidades raras. No digo ya las gastronómicas, porque aún me acuerdo del plato de chinicuiles (gusanos fritos en mantequilla) que me comí en un restaurante carísimo de Puebla: estaban hinchados, huecos por dentro, y con un cierto sabor a ganchitos infantiles, o gusanitos de queso. De segundo, para no desentonar, nos pedimos un plato de saltamontes al horno y hormigas chicatanas tostadas. No, no, yo me refiero a especialidades curriculares, a ramas de estudio, a desvaríos de la mente. Mi hermana Esperanza, por ejemplo, dedicó su tesina a estudiar La rama horizontal de los cúmulos estelares, que son las estrellas más antiguas y calientes del universo, y no esas guarras de Hollywood, las Paris Hilton o Jenna Jameson, porque las estrellas de ese universo que observaba Esperanza a través de los telescopios nocturnos eran mucho más ardientes: por encima de los 200 millones de grados Kelvin, más o menos. Dónde va a parar.
Cuando yo estudiaba en la Complutense, una de las posibilidades que tenían los frikis (entonces eran dilettantes ) para cabrear a sus padres, era la de matricularse en la especialidad de Filología semítica, o Bíblica trilingüe, que era declaración firme y clara de que los estudios universitarios no servían para nada. Además había un catedrático, cuyo nombre he olvidado, que impartía la asignatura optativa El código de Hammurabi. Cada año tenía, como mucho, tres alumnos. El profesor estaba especializado en la columna cuarta del Código, y conseguía que los alumnos, durante una año entero, elaboraran un extenso trabajo, o hasta una tesis doctoral, sobre la cuña tercera, o la quinta, de la columna cuarta del Código de Hammurabi. No daba tiempo para más, qué agobio.

Otro de mis profesores, del que guardo un buen recuerdo, fue Francisco Yndurain, padre de Domingo, que más tarde también dio clase allí, aunque con mucho menos ingenio. En segundo éramos casi doscientos alumnos, y don Francisco dividió a toda la clase en grupos de cinco para que, durante todo el año, organizados en cuadrillas para abarcar todas las páginas, cotejáramos las variaciones de los puntos suspensivos en las distintas ediciones hechas en vida del Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez, y dedujéramos consecuencias. Eso sí que era hilar fino. Se ve que don Francisco era el padre de todos los frikis que en el mundo han sido.
Pero no. Qué va. Los hay peores. Un grupo de estudiosos sesudos, capitaneados por el catedrático de latín Agustín García Calvo, y entre los que estaban el escritor Rafael Sánchez Ferlosio, el filósofo Fernando Savater, el psicoanalista argentino Jorge Alemán (ex Grupo Cero), el poeta loco Leopoldo María Panero, y otros cuarenta asistentes más, nos reunimos durante tres años todos los miércoles por la tarde en una cafetería de Juan Bravo, luego en La Aurora (calle Andrés Borrego) y finalmente en el Manuela (Calle San Vicente Ferrer) para estudiar el origen de los deícticos en el castellano, y como consecuencia, la imposibilidad de conjugar el mundo del que se habla con el mundo en el que se habla. Tres años dándole a la pelota con ese tema. Con dos cojones.

 

 

martes 22 de enero de 2008

Rasputín no quería morir

Una noche de finales de diciembre de 1916, el príncipe bisexual Félix Yussupov y su amante, el gran duque Dimitri Pavlovich, de la familia del zar Nicolás II, se confabularon para envenenar a Rasputín, el monje loco, el mayor juerguista San Petersburgo. Faltaban menos de diez meses para que Lenin asaltara el Palacio de Invierno, y para que los soviets fusilaran al zar y a toda su familia. Contra todo pronóstico, los dos amantes devotos del cianuro sobrevivieron a las luchas de bolcheviques y mencheviques. Yussupov tenía entonces 29 años, y Pavlovich 25. Años más tarde, para compensar, Pavlovich se convirtió en un playboy, y ayudó a Coco Channel crear el perfume Channel nº 5 de Marilyn Monroe.

Hay personas que se resisten a morir. Para matar a Rasputín fue necesario organizar una fiesta por todo lo alto en el sótano del palacio Moïka, y atiborrar al monje glotón con pasteles y vino saturados con suficiente cianuro y arsénico como para matar a un regimiento. Rasputín comió y bebió hasta reventar, y no dio muestras de que el veneno le hiciera daño. Pidió una segunda botella de vino de Madeira que también estaba mezclada con cianuro, y se puso a cantar, hasta que cansado de esperar, Yussupov buscó un revolver y le disparó por la espalda apuntando al corazón. Pero Rasputín se negaba a morir, así que tuvo que golpearle repetidamente en la cabeza con un bastón lleno de plomo. No moría, y Yussupov subió a buscar a sus amigos para rematar a Rasputín. Lo encontraron a punto de abandonar el palacio, buscando la puerta de salida, y lo acribillaron con cinco balazos en el patio. Después le cortaron el gigantesco pene, de 28,5 centímetros, que aún se conserva en la clínica-museo de Igor Kniazkin, un urólogo de San Petersburgo. Por si acaso aún estuviera vivo, entre todos lo ataron de pies y manos, lo envolvieron a una lona, hicieron un agujero en la superficie helada del río Neva, y sumergieron el cadáver bajo el hielo. Félix Yussupov aseguraba, muchos años después, que vio a Rasputín agitarse bajo las aguas del río helado. Y tuvo que ser así, porque cuando el cuerpo fue recuperado, la autopsia demostró que Rasputín se había ahogado. En realidad, parece que Yussupov estaba enamorado de Rasputín, y que este le correspondió violando a la que después sería su mujer, la princesa Irina Alexandrovna, única sobrina del zar Nicolás II. A veces la realidad es tan inverosímil, que ni un fabulador colombiano es capaz de exagerar tanto como lo hace la historia verdadera.

 

 

lunes 21 de enero de 2008

Memoria y ausencia

Un alambre se agarrota en mis dedos y me impide escribir. Un viento polar ha congelado el éter que fluía por mi cerebro y me impide pensar. Una lava pétrea ha solidificado mi pensamiento en una fotografía de tono sepia. Y así me ha dejado, con la cara vuelta a la ventana, el mar batiendo incesantemente contra mis pupilas y tus recuerdos anegándolo todo. Pasa un barco, pasan gaviotas sobrehilando con su pico la curva de las olas, y yo no veo nada. En mis manos sólo noto un derrame de tiempo, gota a gota, que me va desangrando irremisiblemente.

Así me cerca tu memoria. Cierro los ojos y te veo ante mí, acerco mi mano para tocarte y un muro de cemento y arcilla cocida me araña la piel, y no son tus labios. Te recuerdo llorando, con ese gesto de abandono y desagüe de ternura. Hoy la noche ha bajado todas las persianas, y sé que duermes mientras te imagino. Y sueñas que te deseo. Te he visto a través de una bola de cristal sonriendo entre tules e incendios, seduciéndome desde el infier­no. Sólo pido que cuando la muerte me alcan­ce, caiga como un fardo no sobre un surco de tierra, sino sobre tu cuerpo desnudo, para sobrevivir atado a ti el tiempo sin fin que se esconde al otro lado de la muerte.

Pasan los minutos como si fueran años. Pasan las horas como si fueran generaciones y dinastías en la historia, y en mis ojos se acumula la nieve de un tiempo inmemorial, rabioso de tu ausencia.