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HAY UNA ANÉCDOTA del pianista Art Tatum que llevo
siempre en la cabeza desde el día en que la leí. Encontré esta anécdota
en un libro de autoayuda del psicólogo norteamericano Sheldon Kopp,
y no me importa confesar que cuando uno se pone a leer este tipo
de libros es difícil que se encuentre en su mejor momento. De hecho,
yo me sentía bastante abatido por la época en que leí el libro.
Estaba más tristón que esos perros de orejas lacias que sacan siempre
en los anuncios, y aparte es que atravesaba por una crisis de creatividad.
Si he de decirlo todo, este tipo de crisis las atravieso muy a menudo
—igual que les ocurre a un buen montón de artistas—, pero en aquella
época decir que estaba seco habría sido un eufemismo.
Las cosas no marchaban bien. Y conste que yo hacía
lo posible por mantener la moral alta... Pero llevaba meses sin
haber escrito una línea, estaba solo, debía dinero, tenía tres jerseys
en el armario y los tres me hacían bolas, e incluso el parquet del
comedor había empezado a levantarse, atacado por la sequedad. No
es sólo ya que no pisara suelo firme. Es que estaba muy cerca de
convertirme en esa clase de persona que a todo contesta «pues anda
que tú» y es capaz de madrugar en domingo para irse a toser a los
conciertos. Fue entonces cuando cayó en mis manos la anécdota de
Art Tatum. Y en sólo un momentito va a quedar claro por qué no me
resisto a contarla.
Según explica Kopp en su libro, el mofletudo Tatum
estaba un día tomándose una cerveza, entre gira y gira, en un bar
de la calle 52. Como corresponde a un músico de jazz, Tatum sostenía
la botella con sus dedos gordos y vertiginosos, y bebía a morro
del gollete. No se daba importancia. Aunque fuese un genio del piano,
Tatum estaba allí, en un bar de la calle 52, feliz con empinar el
codo, como cualquier otra persona. Y así habría seguido probablemente,
de no ser porque en aquel momento una misionera evangelista cruzó
la puerta del bar. Con pasito corto y decidido, la misionera llegó
a la barra, apartó un taburete, y abrazada a su Biblia se plantó
delante de Tatum:
—Su única salvación está en unirse al rebaño —le dijo.
Pero Tatum no contestó nada. Le dio otro trago a la botella, con
su facundia de jazzista gordo.
—Si no se une usted al rebaño —le insistió la misionera— será un
hijo perdido de Dios.
Entonces Art dejó la cerveza en la barra. Quizá estaba cansado del
acoso. Quizá sólo quería seguir tomando su cerveza, mofletudo y
genial, en un bar de la calle 52; pero el caso es que Tatum volvió
la cara hacia la misionera, se encogió de hombros, abrió las manos
como en un gesto de disculpa, y al final respondió con voz suave:
—Todos los hijos de Dios estamos perdidos, pero sólo algunos sabemos
tocar el piano.
Como es natural, no pretendo decir que esta anécdota de Art Tatum
me sacara del bache o cambiara mi vida. Raramente una historia puede
hacer algo así, e incluso es posible que haya exagerado un poco
con los detalles de aquella crisis. También podría ocurrir, por
otra parte, que ahora mismo esté dejándome llevar por puras improvisaciones,
igual que hace Tatum cuando se sienta al piano. Pero pienso que
no.
Después de todo, si puesto a prologar un libro como
«Mareas y laberintos» lo primero que me viene a la cabeza es la
anécdota de Art Tatum, es porque encuentro en ella una idea muy
ajustada en torno al alcance y los fines de la actividad artística.
Y ahora sí creo que no exagero mucho, porque en definitiva
lo que yo olvidaba tenazmente en aquella época de abatimiento —y
lo que vino a recordarme la historia de Tatum— es que todos los
artistas que ha habido en el mundo, durante algún momento o incluso
por largas temporadas, han estado perdidos. Perdidos como artistas
y perdidos como individuos; seguramente porque eso —estar perdido,
sentirse perdido— es una de las experiencias fundamentales en que
consiste vivir. Obviamente, no quisiera ponerme tan serio como un
misionero evangelista. Pero a la vez pienso que es este sentimiento
de extravío y de pérdida —de no saber uno a qué atenerse consigo,
con su vida, con la vida— lo que a muchos de nosotros nos convierte
en productores y destinatarios del arte, en autores y lectores de
historias.
Desde luego, la vida tiene tardes de verbena, puentes
colgantes, osos, hidroaviones, tiene conciertos en los que nadie
tose, y rubias esbeltísimas, con algo de chica del gángster. Tiene
muchachos que se llaman «Jaime» y que llevan patillas de rócker,
y tiene chirimoyas en invierno, barcos que llevan al rompeolas,
y hasta el recuerdo de los chicles «Dunkin», donde salían fieras
de plástico. Y adonde quiero ir a parar, es a que si la vida tuviera
solamente este tipo de cosas ninguno de nosotros escribiría un carajo
—nunca—, ni leería nada de nada. No habría Talleres de Escritura,
y entonces Enrique no podría sentarse en el extremo de la mesa,
con su coleta de bucanero bueno, y hablar de «el narrador» como
de un primo hermano muy famoso, que nunca se le cae de la boca.
Quiero decir que si la vida se limitara a hacerse querer, y fuese
gorda, candeal y simple, igual que un pan de pueblo, todas las historias
estarían de más porque nunca nos sentiríamos perdidos, ni en crisis,
ni solos; y si por algún azar llegásemos a deber dinero, nuestros
acreedores nos mandarían rosas para recordarnos la deuda y entonces
todo sería la leche.
Pero las cosas no son así. O son así muy pocas veces
(y esas veces, muy poco rato); de modo que escribimos y leemos no
para estar menos perdidos (que eso ya digo que no tiene arreglo),
sino por un impulso muy semejante al que hace que Art Tatum se siente
al piano, e indague con sus teclas y sus pedales el misterio profano
del arte: esa otra salvación que no salva de nada, aunque ayuda
a vivir.
Todos los hijos de Dios estamos perdidos, pero sólo
algunos sabemos tocar el piano. Probablemente los 71 autores y autoras
de «Mareas y laberintos» estén tan perdidos como sus lectores...
Pero se sientan al piano, o ante el teclado del ordenador —igual
me da—, y dejan que la música del mundo resuene en sus historias,
en sus mitos, en sus hallazgos y en sus perplejidades. Sus relatos
contienen muchas más preguntas que respuestas; se basan más en el
indicio significativo que en la evidencia atronadora, y por eso
son arte, símbolo, intuición viva y personal, elaborada cuidadosamente
en el espacio de la experiencia estética.
Soy —lo estoy notando ahora, cuando casi termino—
un mal prologuista para este libro. Y esto es así porque me siento
juez y parte. Porque he asistido como alumno a los cursos de Enrique
y he enseñado en ellos. Porque muchos de los autores y autoras que
el lector va a encontrar en estas páginas son también mis alumnos
y mis amigos.
Pero quede muy claro: «Mareas y laberintos» no es
algo así como un libro entre amigos (porque entonces haríamos un
pan como una torta), o no es eso sólo. Este libro es una puerta
abierta a la experiencia que un grupo de artistas compartimos en
el Taller de Escritura de Enrique Páez. Y es también una muestra
del trabajo de 71 escritores y escritoras, que afinan sus recursos
y su imaginación en el terreno del relato breve.Nada menos que eso.
Inventar historias es el modo peculiar de estar perdidos
que tenemos los escritores. No es que formemos un rebaño aparte:
nos tomamos cervezas, como Art Tatum, en un bar de la Plaza de Barceló,
y no nos falta una palabra amable para los pelmas y los predicadores.
Pero seguimos a lo nuestro. Atravesamos épocas de abatimiento. No
queda una costa donde no hayamos naufragado. Y pasamos los fuertes
y fronteras de la desconfianza hacia nuestro trabajo, la desgana
o la desilusión. Allá en el fondo no sabremos nunca si somos escritores,
aunque nos hagan académicos; y somos gente terca y llena de manías.«Mareas
y laberintos» es la carta de navegación de 71 marinos perdidos,
y el empeño tenaz por inventar historias de 71 escritores.
Todos los hijos de Dios estamos perdidos.
Pero sólo algunos sabemos escribir historias.
Ángel Zapata, abril de 1998

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