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Mareas y laberintos
Aquí tienes algunos cuentos de Mareas y laberintos, la antología de relatos de los alumnos publicada en mayo de 1998 por el Taller de Escritura de Madrid.

PRÓLOGO
ÍNDICE DE AUTORES Y ENLACES A LOS RELATOS
 
PRÓLOGO (Ángel Zapata)

HAY UNA ANÉCDOTA del pianista Art Tatum que llevo siempre en la cabeza desde el día en que la leí. Encontré esta anécdota en un libro de autoayuda del psicólogo norteamericano Sheldon Kopp, y no me importa confesar que cuando uno se pone a leer este tipo de libros es difícil que se encuentre en su mejor momento. De hecho, yo me sentía bastante abatido por la época en que leí el libro. Estaba más tristón que esos perros de orejas lacias que sacan siempre en los anuncios, y aparte es que atravesaba por una crisis de creatividad. Si he de decirlo todo, este tipo de crisis las atravieso muy a menudo —igual que les ocurre a un buen montón de artistas—, pero en aquella época decir que estaba seco habría sido un eufemismo.

Las cosas no marchaban bien. Y conste que yo hacía lo posible por mantener la moral alta... Pero llevaba meses sin haber escrito una línea, estaba solo, debía dinero, tenía tres jerseys en el armario y los tres me hacían bolas, e incluso el parquet del comedor había empezado a levantarse, atacado por la sequedad. No es sólo ya que no pisara suelo firme. Es que estaba muy cerca de convertirme en esa clase de persona que a todo contesta «pues anda que tú» y es capaz de madrugar en domingo para irse a toser a los conciertos. Fue entonces cuando cayó en mis manos la anécdota de Art Tatum. Y en sólo un momentito va a quedar claro por qué no me resisto a contarla.

Según explica Kopp en su libro, el mofletudo Tatum estaba un día tomándose una cerveza, entre gira y gira, en un bar de la calle 52. Como corresponde a un músico de jazz, Tatum sostenía la botella con sus dedos gordos y vertiginosos, y bebía a morro del gollete. No se daba importancia. Aunque fuese un genio del piano, Tatum estaba allí, en un bar de la calle 52, feliz con empinar el codo, como cualquier otra persona. Y así habría seguido probablemente, de no ser porque en aquel momento una misionera evangelista cruzó la puerta del bar. Con pasito corto y decidido, la misionera llegó a la barra, apartó un taburete, y abrazada a su Biblia se plantó delante de Tatum:
—Su única salvación está en unirse al rebaño —le dijo.
Pero Tatum no contestó nada. Le dio otro trago a la botella, con su facundia de jazzista gordo.
—Si no se une usted al rebaño —le insistió la misionera— será un hijo perdido de Dios.
Entonces Art dejó la cerveza en la barra. Quizá estaba cansado del acoso. Quizá sólo quería seguir tomando su cerveza, mofletudo y genial, en un bar de la calle 52; pero el caso es que Tatum volvió la cara hacia la misionera, se encogió de hombros, abrió las manos como en un gesto de disculpa, y al final respondió con voz suave:
—Todos los hijos de Dios estamos perdidos, pero sólo algunos sabemos tocar el piano.
Como es natural, no pretendo decir que esta anécdota de Art Tatum me sacara del bache o cambiara mi vida. Raramente una historia puede hacer algo así, e incluso es posible que haya exagerado un poco con los detalles de aquella crisis. También podría ocurrir, por otra parte, que ahora mismo esté dejándome llevar por puras improvisaciones, igual que hace Tatum cuando se sienta al piano. Pero pienso que no.

Después de todo, si puesto a prologar un libro como «Mareas y laberintos» lo primero que me viene a la cabeza es la anécdota de Art Tatum, es porque encuentro en ella una idea muy ajustada en torno al alcance y los fines de la actividad artística.

 

Y ahora sí creo que no exagero mucho, porque en definitiva lo que yo olvidaba tenazmente en aquella época de abatimiento —y lo que vino a recordarme la historia de Tatum— es que todos los artistas que ha habido en el mundo, durante algún momento o incluso por largas temporadas, han estado perdidos. Perdidos como artistas y perdidos como individuos; seguramente porque eso —estar perdido, sentirse perdido— es una de las experiencias fundamentales en que consiste vivir. Obviamente, no quisiera ponerme tan serio como un misionero evangelista. Pero a la vez pienso que es este sentimiento de extravío y de pérdida —de no saber uno a qué atenerse consigo, con su vida, con la vida— lo que a muchos de nosotros nos convierte en productores y destinatarios del arte, en autores y lectores de historias.

Desde luego, la vida tiene tardes de verbena, puentes colgantes, osos, hidroaviones, tiene conciertos en los que nadie tose, y rubias esbeltísimas, con algo de chica del gángster. Tiene muchachos que se llaman «Jaime» y que llevan patillas de rócker, y tiene chirimoyas en invierno, barcos que llevan al rompeolas, y hasta el recuerdo de los chicles «Dunkin», donde salían fieras de plástico. Y adonde quiero ir a parar, es a que si la vida tuviera solamente este tipo de cosas ninguno de nosotros escribiría un carajo —nunca—, ni leería nada de nada. No habría Talleres de Escritura, y entonces Enrique no podría sentarse en el extremo de la mesa, con su coleta de bucanero bueno, y hablar de «el narrador» como de un primo hermano muy famoso, que nunca se le cae de la boca. Quiero decir que si la vida se limitara a hacerse querer, y fuese gorda, candeal y simple, igual que un pan de pueblo, todas las historias estarían de más porque nunca nos sentiríamos perdidos, ni en crisis, ni solos; y si por algún azar llegásemos a deber dinero, nuestros acreedores nos mandarían rosas para recordarnos la deuda y entonces todo sería la leche.

Pero las cosas no son así. O son así muy pocas veces (y esas veces, muy poco rato); de modo que escribimos y leemos no para estar menos perdidos (que eso ya digo que no tiene arreglo), sino por un impulso muy semejante al que hace que Art Tatum se siente al piano, e indague con sus teclas y sus pedales el misterio profano del arte: esa otra salvación que no salva de nada, aunque ayuda a vivir.

 

Todos los hijos de Dios estamos perdidos, pero sólo algunos sabemos tocar el piano. Probablemente los 71 autores y autoras de «Mareas y laberintos» estén tan perdidos como sus lectores... Pero se sientan al piano, o ante el teclado del ordenador —igual me da—, y dejan que la música del mundo resuene en sus historias, en sus mitos, en sus hallazgos y en sus perplejidades. Sus relatos contienen muchas más preguntas que respuestas; se basan más en el indicio significativo que en la evidencia atronadora, y por eso son arte, símbolo, intuición viva y personal, elaborada cuidadosamente en el espacio de la experiencia estética.

Soy —lo estoy notando ahora, cuando casi termino— un mal prologuista para este libro. Y esto es así porque me siento juez y parte. Porque he asistido como alumno a los cursos de Enrique y he enseñado en ellos. Porque muchos de los autores y autoras que el lector va a encontrar en estas páginas son también mis alumnos y mis amigos.

Pero quede muy claro: «Mareas y laberintos» no es algo así como un libro entre amigos (porque entonces haríamos un pan como una torta), o no es eso sólo. Este libro es una puerta abierta a la experiencia que un grupo de artistas compartimos en el Taller de Escritura de Enrique Páez. Y es también una muestra del trabajo de 71 escritores y escritoras, que afinan sus recursos y su imaginación en el terreno del relato breve.Nada menos que eso.

Inventar historias es el modo peculiar de estar perdidos que tenemos los escritores. No es que formemos un rebaño aparte: nos tomamos cervezas, como Art Tatum, en un bar de la Plaza de Barceló, y no nos falta una palabra amable para los pelmas y los predicadores. Pero seguimos a lo nuestro. Atravesamos épocas de abatimiento. No queda una costa donde no hayamos naufragado. Y pasamos los fuertes y fronteras de la desconfianza hacia nuestro trabajo, la desgana o la desilusión. Allá en el fondo no sabremos nunca si somos escritores, aunque nos hagan académicos; y somos gente terca y llena de manías.«Mareas y laberintos» es la carta de navegación de 71 marinos perdidos, y el empeño tenaz por inventar historias de 71 escritores.

Todos los hijos de Dios estamos perdidos.

Pero sólo algunos sabemos escribir historias.

Ángel Zapata, abril de 1998

ÍNDICE DE AUTORES

Elisa Agudo: ENJUAGE BUCAL PARA HIPERESTESIAS DENTINALES
Mª José Alonso Bidarte: EL ARCANO y PADRE NUESTRO
Daniel Argote Pérez: REALISMO MÁGICO
Diana Arrastia: GOLIAT, EL 0,7 y UN SOFÁ BIPLAZA
Ignacio Ayerbe: ANUNCIOS POR PALABRAS
Clotilde Bandera: LA MUÑECA ROTA y VESTIRSE EN LA OSCURIDAD
Paloma Barrientos L.: BAJO LOS NENÚFARES
Ángela Beato: OJALÁ
Elena Belmonte: DESTINOS EQUIVOCADOS
Nacho Biosca: MELOCOTÓN
Mercedes Blázquez: LOS BUENOS DESEOS
Sonia Bueno: UN GRITO DE DESPEDIDA
Isidro Bustamante: EDEMA DE ARITENOIDES
David Carretero: LA VUELTA DE LA TORTILLA
Patricia Cereijo: PERPETUO y PORRAS PARA DESAYUNAR
Rafa Cervera: UNA CIERTA DINÁMICA y BRISA
Chris Christoffersen Santana: PLUS ULTRA
Carmen Cifredo Martín: UNO O NINGUNO
Miguel Corral Anuarbe: LA RESISTENCIA A MORIR
Mila Dorado: ADIÓS A LA MADRE y DUDAS
Marisa Fresno: LA PRÓXIMA, POR FAVOR
Clara García Fernández-Muro: LO MÁS PROFUNDO DEL HOMBRE
Mª Carmen García-Roméu: UN DÍA EN PARÍS
Gabriela García Salzmann: DESDE MEDELLÍN
Chema Gómez de Lora: EL CÍRCULO DE LAS EDADES
Francisco González Cueto: RECUERDOS DE GUERRA
Óscar González García: QUIERO RECORDAR QUE
Susana González: SIN TÍTULO y A ROSE MARIE
Josheras: EL RAMO y UN DÍA FELIZ
Inés Hernández Ramiro: SILENCIO DE UNO y LA LÁGRIMA
Pedro Herrasti: MUERTE
Celia Herrero Medina: CELDA
Nuria Izquierdo: LA LINTERNA DE ARISTÓTELES y SINGAMIA
Ana Lamela: DOS GARDENIAS
Arogin Large: EL ABUELO
Victoria Lizcano Sacristán: DESPUÉS, GUSTOS y 15 DE MARZO
Gabriela Llanos: TRES, MIERDA, TRES y ÁGUILA-ÁNGEL-DEMONIO
Arantxa Llorente González: LOS HIJOS DEL VIENTO
Lara López: TÉ EN EL SAHARA
Paco Mañas: EL DESCENSO
Rosa Márquez de la Orden: LA PRÓXIMA VEZ
Dori Martínez Monroy: Y YO CON ESTOS PELOS y QUE NADIE LO SEPA
Ernesto Melcón: AQUELLOS DÍAS y PUM
Lola Merino Viana: PACO, LA MASA Y YO
Diana Molina Aguirre: TRES MONÓLOGOS PARA ESTHER
Carlos Molinero: MADREYONQUI CONTRA EL APRENDIZ
Amparo Mota Feo: LA CASA DE LOS TRES BALCONES
Miguel Muñoz Baeza: EL NAUFRAGIO y DIME QUE ME QUIERES
Guillermo Muñoz: SIMATHA DIPASANNA
Francisca Navarro: LA CARIDAD DEL COBRE
Jackie Navidad: AKUAC
Lucía Núñez García: ¿IMAGEN PERFECTA?
Daniel Odevaine: EL ENEMA DE CAFÉ
Ismael Perpiñá: LLUEVE
Elena Ramos Fernández: MI DIARIO y EL PESO DE LA VIDA
Clara Rosa Reyes: REGRESAR
Enrique Robles Gamazo: LA CARTA MUERTA
César Rodríguez Casado: ILUSIÓN SIN TREGUA
Pilar Rodríguez Collell: COLLIGUE, VIRGO, ROSAS
Miguel Salmerón López: UTILEZAS
Luis Sánchez de Enciso Valero: LA MUCHACHA DE LA LLUVIA
Patricia Teixidor Monsell: LA APRENDIZ
Magdalena Tirado: LISBOA
Patricia Ureta: SUCESOS DE BARRIO y SU PRIMERA EXPERIENCIA
Leticia Vargas: MAÑANA y LA LUZ ROJA
Mayte Vázquez: BULI, EL PESCADITO VIAJERO y DOS
María Vila San José: TAL VEZ
Marisa Villén Fiz: LA SEÑORA MINGALE MAYLEE y LA CLASE

Cubierta:  Marcela De Gregorio y Alfredo Casaccia
Primera edición:    mayo de 1998.
© Taller de Escritura de Madrid, 1998
ISBN:   84-921531-2-1
Impreso en España / Printed in Spain

 

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www.tallerdeescritura.com
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