Pasado

 Germán Bayón


Las calles de mi vieja ciudad castellana son estrechas e invitan al andar pausado y al encuentro. Lo natural en ellas es parar y hablar. Cuando yo era un niño, a mi padre le gustaba llevarme con él a todas partes. Siempre aprecié que no presciendiese de mí, un chiquillo, cuando se paraba a hablar con alguien, e incluso que me presentase con evidente satisfacción. «Éste es mi hijo», decía, y me incluía en la charla si era posible. Normalmente la otra persona no tenía nada que decirme, claro, y sólo me daba unas palmaditas, o me preguntaba cuántos años tenía. Yo, por mi parte, no esperaba otra cosa. Casi siempre le paraban personas que yo no conocía, pero que mostraban un aprecio real por mi padre y que él se encargaba de trasmitirme.

Un día se produjo uno de esos encuentros cerca de la calle comercial más importante, hoy peatonal. Sé que yo tenía seis años, porque iba mi padre contándome sus planes para una finquita que acababa de comprar a unos kilómetros de la ciudad. Recuerdo que fui yo el primero que vio a aquel hombre cruzar la calle y dirigirse hacia nosotros. Era algo más bajo que mi padre, ancho de espaldas y rubio, con poco pelo. También recuerdo su expresión de alegría franca mientras se acercaba a nosotros. La calle era estrecha, así que el hombre la cruzó en cuatro pasos, se paró delante de mi padre y habló con voz clara y alegre:

—¡Teniente Bayón! Mi teniente...

Mi padre se quedó parado un segundo, pero en seguida reconoció al hombre y vi que el encuentro había sido una sorpresa agradable.

—¡Hombre! ¿Cómo está usted? Cuánto me alegro de verle bien ¿Qué es de su vida, a qué se dedica?

—Me va bien, gracias a Dios. Y a usted, mi teniente. Me va mejor que a muchos, no puedo quejarme. Soy conductor, transportista. Estoy en Valladolid de paso y ya ve, también es casualidad...

—Sí que lo es, sí. Usted era de Valencia, ¿verdad?

—De Burjasot, mi teniente. Allí tiene usted su casa, en el número doce de la calle de Las Viñas.

—Muchas gracias. Pues usted tiene la suya en la calle Fray Luis de León, número treinta y uno. ¿Y tiene usted familia?

—La tendré pronto. Cuánto me alegro de verle, mi teniente.

—Yo también, yo también.

Y era evidente que los dos se alegraban del encuentro. Recuerdo que los ojos del hombre brillaban. Observé que retenía un poco la mano de mi padre, como si quisiera decir algo y no atinase. A mi padre no le gusta el contacto tan cercano y yo sabía que él sería el primero en romper el saludo.

En esta ocasión mi padre no había dicho aquello de «éste es mi hijo...» y yo, no sé bien por qué, lo eché de menos.

Seguimos caminando por la acera estrecha, pero enseguida me detuve y le hice la pregunta de siempre:

—¿Quién es ese señor, papá?

—Uno que conocí en la guerra.

—¿Era de tu batallón?

—No.

—¿Pues de dónde? ¿De dónde era?

—Era del otro bando.

¡Un enemigo! Esto era algo nuevo.

—¿Y cómo le conociste?

—Es que casi no le conozco. Ni me acuerdo cómo se llama.

Eso sí que me desconcertó. Uno del otro bando que conocía a mi padre y sabía su nombre. Que le paraba en la calle y le saludaba tan efusivo Aquello necesitaba explicación y mi padre me la dio:

—Era en abril del 39 y ya estaba claro que los nacionales ganaban la guerra —nunca oí a mi padre decir «ganamos»—. Mi batallón bajaba de la serranía de Cuenca hacia Valencia. Todos los días encontrábamos soldados republicanos que huían, solos o en grupos pequeños. Había desolación por todas partes...

—¿Qué es desolación?

—Desolación es tristeza, abandono. Había una desbandada general. A los prisioneros se les enviaba a la retaguardia y no volvíamos a saber de ellos. Lo normal era que fuesen a parar a campos de prisioneros hasta el final de la guerra.

—Pero presos, ¿no? Presos y ya está.

—Sí, claro, presos. Pero es que la vida en los campos era muy dura. En los campos murió mucha gente. Los que se habían significado por algo, o tenían denuncias, lo pasaban peor. A veces, no muchas, cuando cogíamos a alguien, había partidarios de «despacharlos». El comandante de mi batallón, que era un caballero, siempre los envió a la retaguardia, cada uno con un informe lo más favorable posible.

—Para que los trataran bien y no los despacharan, ¿no?

—Eso es. Bueno, pues cerca de Albarracín yo iba delante del batallón con mi sección cuando el sargento, que iba de descubierta, trajo dos prisioneros. Los pobres venían deshechos, casi descalzos. Se notaba que no habían comido en varios días. Uno era moreno, un poco gallito y un poco bruto. Bueno, bastante bruto. El otro era rubito, de aspecto más inteligente.

—Ese señor es rubio y tiene cara de listo.

—Claro, como tú —dijo mi padre; y siguió con su historia—. Bueno, pues les pregunté los nombres, me los dieron y les dije: «Son ustedes pasados al bando nacional». El moreno se engalló, así, muy digno. «Nosotros no chaqueteamos...» Pero el rubio le dijo «no seas animal», o algo así. Y a mí me dijo: «Gracias, mi teniente». Y se me cuadró y me saludó.

—¿Y dio el taconazo?

—Lo dio. Con los pies descalzos, con los harapos, con el hambre y todo. Yo les dije: «Acompañen al sargento, que llevará al comandante mi informe firmado.» Y luego les dimos de comer. Los pobres, ya te digo, estaban muertos de hambre. Y ya no les vi más.

—¿Y qué pasó con ellos?

—Pues me imagino que lo mismo que a los pasados. Si el informe lo decía así, no iban al campo de concentración; les encuadraban en algún batallón y así hasta el final de la guerra. Pero ya se combatió poco. Y fijate qué casualidad, encontrarnos aquí.

Todo este tiempo habíamos estado parados en la acera. Terminada la historia, mi curiosidad de niño me hizo volverme y vi al hombre otra vez. Estaba en la esquina de la manzana. Había estado allí todo el tiempo, se conoce que mirándonos. Al volverme hacia él me sonrió, me saludó con la mano, dobló la esquina y desapareció.

Al final, él me había incluído en la conversación, con algo más que una palmada.

—¿Y hubo más pasados así? —pregunté a mi padre.

—Bastantes —dijo.

Yo me imaginé entonces un hombre en cada esquina. Un hombre sonriendo y enviándome un saludo con la mano.

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