Lluvia en el avión

 Juan Crespo



Le había tocado un asiento al lado de la ventanilla, y Felicia ojeaba el folleto de emergencias del avión mientras el pasaje embarcaba. Para ella todos los aviones eran iguales, con la única diferencia de que los asientos de las clases superiores eran más anchos y cómodos. Pensó que en el futuro rehusaría cualquier invitación que no incluyese alguna de estas categorías. En esto de volar no era primeriza, y nunca había sentido miedo. El único miedo que tenía era quedarse atascada, porque sus 150 kilos de peso se aglutinaban, sobre todo, alrededor de sus caderas. Tenía 30 años, y su obesidad no le impedía disfrutar de la vida porque estaba acostumbrada a su cuerpo. Además lucía siempre una sonrisa que iluminaba su cara redonda, con dos hoyuelos en sus mejillas. Su pelo era de leona, como las pelirrojas de las películas antiguas, y su paso al andar era rumboso.

Cada vez que se aproximaba a la puerta de entrada de un avión, las azafatas miraban al pasillo y después a ella, como midiendo las posibilidades de que lo franqueara, y le devolvían la mirada deseándole buenos días, pero con tono lastimero de resignación, dando a entender que se haría lo que se pudiese. Siempre esperaban a que el pasillo estuviera despejado. La entrada era en solitario, casi como un paseo triunfal, pero cuando el pasaje embarcado la veía entrar, se producía un silencio absoluto, porque nadie creía que pudiera llegar a su destino.

Felicia era consciente de que las miradas estaban centradas en ella y trataba de hacer su papel de primera actriz lo mejor posible. Había descubierto que entraba mejor de lado, apoyándose con las manos en los respaldos de los asientos, que no eran seguros, porque se movían y eran abatibles. Poco a poco se acercaba a su asiento, perseguida por la azafata, por si el pasillo tuviera que ser desatascado. Después se sentaba, pero esto era una ardua tarea porque sus asentaderas no cabían entre los reposabrazos. En sus primeros vuelos, había descubierto que se levantaban y permitían que sus dimensiones pasaran por el hueco. Luego se volvían a poner en su sitio y quedaba prisionera y asegurada, no solamente por el cinturón, sino por los brazos que la sujetaban. El problema era de caderas.

El vuelo la llevada a Sevilla. Había sido invitada por la Editorial Satélite para dar una conferencia sobre cuentos infantiles. Felicia era una de las mejores cuentistas de España, y esta vez incluiría en su repertorio algunos consejos sobre la conveniencia de hacer deporte regularmente cuando se tiene la profesión de escritor, porque el ejemplo de lo que podía pasar estaba en su redondez.

Una anciana de pelo blanco, que abultaba su tercera parte, se sentó al lado suyo. Felicia hizo votos para no tener que salir durante el vuelo, porque la viejita parecía verdaderamente achacosa. El viaje era corto y esperaba aguantar sin tener que salir para ir al servicio.

Felicia apoyó la cabeza en el cristal para ver el paisaje mientras el avión se elevaba sobre las montañas que rodean Madrid por el norte. Sabía que en algún momento giraría, porque Sevilla estaba en el sur. De pronto Felicia apartó la cabeza de la ventanilla. Una gota se había posado en el cristal. Estaba lloviendo, y se dio cuenta rápidamente del problema que le ocasionaría la lluvia. Cuando esto ocurría, el deseo de orinar se le subía a la cabeza. Sabía que el recuerdo estaba anclado en su niñez, cuando su abuela le cantaba lo de los patitos que flotan en el estanque cuando iba a hacer las mayores, y lo de la lluvia cuando hacía las menores. Y ahí estaba sentada la compañera de viaje que no entendía español, porque la azafata le había dirigido la palabra en inglés, pero irremediablemente tenía que salir. Se quitó el cinturón y, señalando con el dedo al servicio, le dijo: «piiiis», alargando con finura la palabra para que no lo confundiera con las mayores. Lo entendió perfectamente, porque se levantó a duras penas para dejarla pasar. De esta forma emprendió Felicia su peregrinaje hasta el servicio. Tambaleándose golpeó con sus caderas a todos los pasajeros que estaban sentados al lado del pasillo. Por fin llegó a la puerta del servicio que abrió para ver descorazonada un pequeño habitáculo plastificado, con un agujero en su parte derecha, y el espejo sobre el lavabo en la otra. Entró de lado y cerró la puerta, dándose cuenta de que los ingenieros aeronáuticos americanos habían pensado en ella, porque cabía y quedaban cuatro dedos de espacio para que pudiera subirse las faldas, que siempre llevaba de vuelo, y bajarse las bragas que nunca se le caían porque estaban ancladas en su ancha cadera. Se sentó en el pequeño agujero y comprobó que parte de sus carnes se metían en el orificio y las otras se caían en forma de cascada alrededor del círculo exterior. Por fin Felicia hizo la lluvia, pero cometió el error de tirar de la cadena, mejor dicho, apretar el botón, que estaba rodeado de una amplia palabrería anglófila, antes de levantarse. Esto supuso poner en acción la insuficientemente probada modernidad. Esta vez los ingenieros no habían pensado en ella, porque su culamen fue atraído al agujero con violencia y pensó asustada que acabaría siendo aspirada y expulsada fuera del avión. Su imaginación de escritora le hizo pensar: ¡vaya cuento! Y se vio volando sobre los campos de España como la Mari Popins española. Pero la realidad no fue esa, peor aún, estaba pegada, ¡no podía levantarse! Había quedado atrapada por el agujero que en este caso no era negro, sino de acero inoxidable. Allí estaba sin saber qué hacer. Trató infructuosamente de levantarse, pero la succión del aparato la había dejado pegada en forma de ventosa. El vuelo era de corta duración y tenía que hacer algo, porque era una forofa de las medidas de seguridad y no quería aterrizar sin el cinturón. No le quedaba más remedio que accionar el botón de llamada de azafata para conseguir ayuda. Al poco tiempo la puerta se abrió y apareció una azafata entrada en años que le preguntó si se encontraba mal. Le explicó su situación y la azafata, que tenía muchas horas de vuelo, no se extrañó de nada. Le asió de los sobacos y empujó hacia arriba. Todo fue inútil. En aquel vuelo no iba a ningún tripulante auxiliar masculino, pero la azafata se dirigió a la cabina de mando y explicó a la tripulación técnica el problema surgido. Una emergencia de este tipo no se reflejaba en ningún simulador de vuelo, ni siquiera en los de última generación. El mecánico de vuelo se prestó para colaborar, porque ninguno de los pilotos podía dejar los mandos ya que se estaba realizando las maniobras de aproximación. Felicia, al ver al mecánico, un hombre pequeño de unos cincuenta años con todos los pelos de su cabeza en el bigote, enrojeció de vergüenza, pero agradeció al hombre su ayuda y se dispuso nuevamente a colaborar con su esfuerzo para salir del atolladero. También él la izó de los sobacos, pero la succión era tan perfecta que sus bajos no se despegaban y el dolor era intenso como si la pellizcaran todo el pompis. Empezó a gritar porque el mecánico quería demostrar su buen estado físico y la aupaba con frenesí. El pasaje próximo se alertó, pero la azafata les tranquilizó asegurando que la pasajera estaba enferma. En estos momentos el comandante anunció la proximidad de aterrizaje y el mecánico aplicó todos sus conocimientos matemáticos, físicos y químicos para quitar presión al asunto. Pidió a la azafata que le trajese algo para hacer palanca, porque una palanca y un buen punto de apoyo mueven el mundo. La azafata regresó visiblemente alterada con un paraguas rojo y blanco. El mecánico lo miró con rapidez y tomó la determinación de introducirlo por la punta, ya que el mango era de madera gruesa corvada, y en el movimiento que iba a ejercer podría rozar otras partes de Felicia. Se acercó a ella con el paraguas en la mano dispuesto a clavarlo en algún sitio. Felicia creyó desmayarse al verle venir, porque todavía no sabía para qué debía ser utilizado el largo paraguas. Miró al mecánico, rogándole que no le hiciera daño porque vio en el hombre una determinación que la asustó. Notó enseguida cómo le tocaba con sus dedos y con la punta del frío paraguas entre los muslos buscando una parte blanda entre ellos. La encontró porque metió la punta y buscó apoyo para hacer palanca que no encontró. No había tiempo para más, y hurgó con todo el paraguas entre las piernas hasta que un ruido prolongado y lastimero, en forma de ventosidad mantenida anunció que la acción había tenido éxito. Felicia notó el alivio y pudo levantarse. Se subió las bragas y se dirigió a su asiento con una rapidez inusitada que dejó asombrados a todos los pasajeros. Después de oprimir a la compañera con sus nalgas, levantó los reposabrazos, se sentó, los bajó, se ajustó el cinturón y aterrizó con las medidas de seguridad requeridas.

El avión rodó lentamente por la pista de aterrizaje del aeropuerto hacia la terminal. Allí también llovía, y Felicia se prometió solemnemente que la lluvia nunca más le haría pasar un rato como el vivido en ese vuelo. Aunque «la lluvia en Sevilla sea una pura maravilla» y su abuela tuviera que ser olvidada.

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