Rompecabezas
 Carlos Hidalgo


A Madrid.

Se estaba fraguando el mono
cazador, el mono apto para matar 
Desmond Morris

Martes, 31 de octubre de 2000.11:20 p.m. 

Acabo de llegar del trabajo. He tomado un baño prolongado y finalmente he decidido acudir a la fiesta sado que empieza a la 1:00 a.m. en Zortex, uno de los garitos de la calle Pelayo. Escojo metódicamente el código de ropa: calzoncillos rojos de licra ajustados a los muslos, pantalones de cuero negros con cremallera de botones, camiseta de redecilla negra sin mangas que se acopla perfectamente al torso y permite entrever mi arete de oro blanco perforando la tetilla izquierda. Muñequera de cuero de dos correas en la mano derecha. Botas de militar negras. Chupa de cuero cruzada con chinchetas también negra. Pañuelo rojo intenso inspirado en las manzanas de Cezzane. Pelo hacia atrás sin engominar. Gorra con cadena alrededor plagiando a la Gestapo de la Alemania Nazi.

Salgo a la calle. Tomo el primer taxi que aparece por Serrano. Llego al club. Un gorila de cráneo rapado, pantalones de camuflaje y camiseta militar caqui me da la entrada. Bajo las escaleras y dejo la chupa en el ropero que está a la izquierda. Una loca con los ojos maquillados a lo egipcio me devuelve la ficha. El número es el 669. Paso a la barra del centro flanqueada por dos jaulas gigantescas donde dos chicos se contonean eróticamente. Ambos encapuchados. Ambos en “shorts” de cuero y botas. Pido un Beefeter con tónica. Me la sirve el camarero. Tomo dos tragos. Me voy y la dejo allí. Es garrafón. Me adentro hacia la zona del laberinto. Antes de entrar un chico joven en vaqueros y camiseta blanca con cara pálida me mira. Me mira a los ojos. Le miro y aparta la mirada. Se aleja. Es un tipo con suerte. Paso al laberinto. Delante de mí aparece un rompecabezas difícil de componer. Pasillos lineales se pierden por curvas a los dos lado que a la vez se introducen en pequeños cuartos que se conectan con otros. La transición a la penumbra y el humo gris ralentizan mi adaptación. Oigo fustas, cadenas que se arrastran, sollozos de placer. Huelo lubricantes, afrodisíacos. Tomo el pasillo de la izquierda. Camino y me apoyo contra el marco de una puerta arrancada. Le veo. Nos miramos, nos sonreímos, nos volvemos a mirar. Se acerca.
—Hola, soy Eduardo —me dice.
—Hola, soy Telmo.
—¿Cuántos tiros te has metido esta noche? 
—Ninguno. ¿Por qué? —le digo.
—Cualquiera lo diría...

Seguimos hablando. Comenzamos a acariciarnos, nos besamos, nuestros cuerpos se unen. Le empujo mi lengua contra la suya mientras tímidamente me araña la espalda. Me suelto. Dejo pasar una pausa. Le sonrío, le cojo la mano y nos metemos dentro de una de las cabinas cuyo techo es de metal.
—¿Qué te gusta? —pregunta.
—Todo —respondo—. ¿Y a ti? —le pregunto yo ahora
—Todo también, no tengo fronteras. 

Me doy cuenta que he acertado y comienzo el ritual. Le quito la camiseta gris ajustada y seguimos besándonos salvajemente. Me quita mi camiseta de redecilla. Empieza a lamerme la anilla del piercing. Estamos calientes, sudorosos. Le desabotono los vaqueros y se los bajo con furia. Le rompo los calzoncillos. Comienzo a chuparle la polla. Suspira. Simultáneamente saco una navaja de once centímetros de hoja con tres dientes de sierra en la punta. La abro. No nota nada. Sólo tenemos un haz de luz que cruza el cubículo y estamos en una esquina. Me incorporo. Le retuerzo el pezón izquierdo acariciándole esa zona del pecho. Agarro bien el mango de la navaja y le hundo la hoja entera en el corazón. La sangre que salta me salpica en la muñequera. La saco y la vuelvo a empujar con furia. Eduardo se tambalea, quiere decir algo, pero sus palabras se ahogan por el torbellino melódico de los Smashing Pumpkins. Se limita a abrir la boca. Le doy dos tajos en la parte trasera de las piernas. Se desploma. Sigo acuchillándolo en los dedos, en el dorso de las manos, en el cuello. Le abro el ojo derecho con los dientes de sierra y le saco la retina. La escena ha durado veinte minutos, pero me parecen horas. Me noto excitado, feroz. Tengo la polla tiesa y empiezo a masturbarme rítmicamente. Eyaculo en su cara y me bebo mi propio esperma mezclado con su sangre. Miro al reloj. Es tarde. Necesito dormir. Salgo de la cabina dominado por el pánico. Las luces estroboscópicas, ya en el pasillo, me indican la salida. Todo me deslumbra. Hay cola para recuperar la chupa. Espero trece minutos. La loca no para de hablar en femenino. Llego. Observa la muñequera con manchas de sangre. Se sonríe. Pensará que me he pasado con los azotes. Me sangra la nariz. Tengo que plantearme muy seriamente hacer algo al respecto. Salgo y tomo un taxi. De vuelta en casa me desnudo en el salón, meto toda la ropa en la chimenea y la rocío con gasolina. La quemo. Tengo que dormir. Me acuesto.

Martes 5 de diciembre de 2000. 

Estoy en mi oficina. En la cuarta planta de un mastodóntico edificio que Xerox tiene en Campo de las Naciones. Aturdido y confuso veo pasar los coches intermitentemente por la M-40. Llueve. Ha llamado Ra confirmando su cita conmigo esta noche en Gabana. Me levanto. No recojo nada de la mesa. Me coloco la gabardina y tomo el paraguas. Despido a mi secretaria. Ya en mi apartamento hago distintos ejercicios para relajarme. Me bebo un litro de agua mineral y paso a la ducha. Pongo en el stereo el último álbum de los Dandy Wharhols. Alargo la ducha hasta que me noto completamente relajado. Cojo el albornoz y me preparo una copa. No me sangra la nariz ahora. Me siento en el salón mirando fijamente el ventanal que da la calle Serrano. Es hora de salir, Gabana 1880 está a la vuelta de la esquina, en Velázquez. Calzoncillos de raso blancos, camiseta a la caja de algodón también blanca, pantalones grises de una sola pinza, con jersey de cuello cisne en un tono azul inspirado en Matisse. Mocasines. Chaqueta negra de lana. Pelo engominado con raya en medio. Abrigo negro de alpaca. Es el vestuario que llevo. Salgo a la calle, subo por Jorge Juan, tuerzo a la derecha y cruzo a la calle. Un hipopótamo con un traje pésimamente cortado me hace reverencias para que pase. Dejo el abrigo en el ropero y entro al bar. A estas horas de la noche todos los oligofrénicos están viendo el fútbol. Apenas hay nadie. Sólo Ra sentada en un taburete junto a la barra con las piernas cruzadas. Lleva una blusa blanca, pantalones de terciopelo azul y zapatos dorados. Pelo rubio muy corto. Nos sonreímos y me encamino a saludarla. 
—¿Qué tal todo? —me pregunta.
—Bien, bien, muy bien.
—¿Siempre eres tan puntual?
—No, sólo con gente especial, como tú —le contesto.

Dudo entre si tomar una Pepsi light o un Absolut con zumo de frutas. Me decido por el vodka. Nos retiramos a sentarnos. Se oye de fondo el “music” de Madonna. La conversación discurre sobre nuestras tareas en el trabajo. Ra me aburre con sus chismes en la Agencia Tributaria, sección Aduanas. La miro, la observo y me gusta su cuello elegantemente adornado con un collar de perlas blancas. Al cabo de un rato comenzamos a besarnos con cuidado, con pausa. Saboreándonos los labios. Le acaricio el cuello con la mano derecha.
—¿Te vienes a mi apartamento —pregunto resolutivo.
—No suelo hacerlo, Telmo.
—Hoy es un día especial. Mañana no tenemos que trabajar y vivo a la vuelta de la esquina —insisto lo más seductor que puedo.
—Está bien, vámonos —suspira ella.

En el salón de casa le preparo un Johnnie Walker etiqueta negra con un hielo. Nos sentamos juntos. Nos acariciamos, nos besamos. La tomo de la mano hasta mi dormitorio. Nos desnudamos. En la cama le acaricio sus pechos infantiles pero duros. Sus pezones están firmes. Tengo la polla muy dura. La pongo a cuatro patas y comienzo a meterle el dedo por el ojo del culo. Se contrae. Con la otra mano le masajeo el coño. Comienza a gemir. Le froto el clítoris rápidamente hasta que empieza a dar saltos. Le meto dos dedos. Está tan mojada que parece como si le hubiera echado algo brillante en la parte de arriba de los muslos. Paro. Le digo que voy a ponerme un preservativo para sodomizarla. Me pongo de pie. Agarro de debajo de la cama un hacha de seis centímetros de grosor y le asesto un golpe seco en mitad de la cabeza. Donde había tejidos y huesos unidos, ahora están separados. La descuartizo en cuestión de segundos. Coloco la cara mirándome. Tarda veintitrés minutos en desangrarse. Me toco la polla y rápidamente se arquea hacia la izquierda. Me masturbo en su cara. Cuando acabo me sangra la nariz. Necesito dormir. Estoy muy cansado. No puedo pensar. Me acuesto a dormir.

Lunes, 10 de diciembre de 2000. 11:19 a.m. 

Me he quedado dormido. Mi habitación está pulcramente recogida. Estoy bloqueado, perdido. En el cuarto de baño me echo agua por toda la cara. No hay toallas ¿Dónde están? Tengo varios mensajes en el buzón de voz. Dos son de Eva recordándome que tengo que comer con un ejecutivo de Airtel en Paparazzi. No puedo comer. Ayer serré y cocí los huesos de David y no pude comerlos. Estaban demasiado duros. Tengo dolor. No quiero ir a la cita Llamaré a mi secretaria para cancelar la cita. Prefiero quedar con Marta. Marta me gusta. Sí, eso es lo que haré. Me sangra la nariz...

 
Volver al índice