La línea gris / mi mamá
Alice Kekejian Hernando


María cerró la puerta tras de sí y miró a un lado y otro de la calle. Nunca había salido tan tarde de la oficina. Comenzó a caminar y, después de callejear durante cinco minutos y mirar hacia atrás unas cuantas veces, llegó al metro. Se agarró fuerte el bolso, miró a los lados, y con el abono transporte preparado en la mano desde que cerró la puerta de la oficina, comenzó a bajar las escaleras. Nadie delante y nadie detrás. Continuó por el pasillo. Por supuesto, nadie en la taquilla. María comenzaba a tener calor. Seguía caminando por los pasillos que recorría todos los días dos veces, y mientras subía y bajaba las escaleras pensó lo de siempre: “esta maldita línea gris parece que va directa al infierno”. Ya estaba en el andén y fue hasta el final, porque el último vagón era el que la dejaba más cerca de la salida. Mientras lo recorría a paso muy lento, fue fijándose en cada una de las vallas publicitarias que conocía de memoria, leyendo las pintadas nuevas, aunque también aprovechó para dar un vistazo rápido a la gente que esperaba con ella. Un estudiante de unos 22 años con sus walkman y dos hombres de unos cincuenta años con sus bolsas de trabajo y apestando a vino tinto. Estaba tranquila, parecían inofensivos.

Por fin llegó el tren. Se sentó. No había mucha gente y se colocó enfrente de tres hombres. De momento decidió sólo mirarles a los pies. Más adelante miraría a las caras. El de en medio llevaba zapatos de cordones negros, ejecutivos del mismo color y pantalón gris. Esos zapatos no se movían, estaban tranquilos, pensó. Los de los lados llevaban zapatillas de deporte y vaqueros parecidos. Estos pies se movían de arriba abajo, pero sin despegarse del suelo. Parecían jóvenes e inquietos ¿Serían padre e hijos? Decidió que podía ir levantando la cabeza. No parecían peligrosos, pero era tan tarde que María no se fiaba de nadie.

Levantó la cabeza y echó un vistazo rápido. Le pareció que iban demasiado juntos para todo el espacio que había. Los hombres de los lados iban inclinados hacia el hombre que les separaba, por lo demás todo le pareció normal. Sonó el silbato y se cerraron las puertas. Ella estaba sola en la fila de asientos. El señor de en medio la miraba y ella apartó la vista. Al final del vagón había dos señoras con un montón de bolsas que no se dejaban hablar una a la otra. “Debí sentarme allí”, pensó. Volvió a mirar al frente y aquel hombre seguía mirándola. Volvió a desviar la vista, esta vez más incómoda. Empezó a pasar su mano por el bolso como si estuviese sucio, aunque no lo estaba. Después de unos segundos levantó la cabeza, y ese hombre seguía mirándola muy fijamente. Parecía que hubiera entrado en trance. Los otros dos también la miraron, pero de pasada. Se volvieron a abrir las puertas. Estuvo a punto de levantarse, pero no lo hizo. Intentó pensar fríamente. “Será un viejo verde, ni caso”. Un hombre de unos 35 años se sentó a su lado. Se cerraron las puertas y María se tranquilizó algo. Miró sus pies, unos buenos mocasines bien combinados con los calcetines y el color del pantalón. El hombre recién llegado tenía buena pinta, y todavía no le había mirado la cara. Antes de hacerlo levantó la vista y volvió a encontrarse con aquella mirada fija del hombre de en medio que seguía como estaba y sin parar de mirarla. La miraba de forma obsesiva, sin pestañear, con la boca ligeramente abierta. María ya no sabía dónde mirar. Sus manos estaban inquietas. ¿Qué quería ese hombre? Y no sólo eso. Eran tres. Aunque los otros no la miraban así, también estaban algo inquietos. María quería llorar o gritar, cuando el hombre de los mocasines le preguntó: 
—¿Tiene usted hora? —y en tono muy bajo le dijo—: salga del vagón 
—No, lo siento, no tengo reloj.

¿Por qué le había dicho eso aquel hombre? No entendía nada. ¿Estaría compinchado con los otros tres? De todos modos ella no pensaba quedarse ahí ni un minuto más. Volvió a comprobar que el hombre estático no había dejado de mirarla. Agarró su bolso, se levantó y fue hacia la puerta a esperar. El hombre que estaba a su lado se fue hacia otra de las puertas. “Por fin llegamos”, se alegró María, ya que los otros tres continuaban sentados. Se abrieron las puertas y salió disparada hacia las escaleras mecánicas. El hombre la siguió con paso tranquilo. María subía las escaleras cada vez más rápido. Cuando se había ido el tren, el hombre aceleró su paso.
—¿Sabe por qué la miraba ese hombre tan fijamente? 

María paró y se dio la vuelta con lágrimas en los ojos. No entendía nada. El corazón le latía a mil por hora. El hombre se acercó: 
—Soy médico, y ese hombre que la miraba estaba muerto. No he tardado mucho en darme cuenta, por cómo tenía los ojos y cómo le sujetaban los que supongo serían sus asesinos.

María se apoyó en la pared y se dejó caer al suelo hasta quedarse sentada y con la mirada perdida.

Mi mamá

Ésta es mi madre, se llama Antonia, es muy buena, mucho, ahora me está peinando, dice que al cole tenemos que ir muy limpios y muy, pero que muy bien peinados, me da tirones y yo veo como se me arruga la nariz en el espejo, ¡jo! ¡Es que me hace daño!, yo creo que me arranca algún pelo, pero no se lo digo, porque todas las mañanas, cuando me está peinando, está muy contenta y se ríe, y a veces hasta canta, y cuando canta yo canto con ella. Hoy hemos cantado “las muchachitas de aquí”, y cuando ha terminado de hacerme las coletas he ido por mi cartera y mi abrigo, he abierto la puerta de su habitación para que viera que estaba preparada y me he dado cuenta de que mamá no tiene pelo.

 
Volver al índice