María
cerró la puerta tras
de sí y miró a un lado y otro de la calle. Nunca había salido tan tarde
de la oficina. Comenzó a caminar y, después de callejear durante cinco
minutos y mirar hacia atrás unas cuantas veces, llegó al metro. Se agarró
fuerte el bolso, miró a los lados, y con el abono transporte preparado
en la mano desde que cerró la puerta de la oficina, comenzó a bajar
las escaleras. Nadie delante y nadie detrás. Continuó por el pasillo.
Por supuesto, nadie en la taquilla. María comenzaba a tener calor. Seguía
caminando por los pasillos que recorría todos los días dos veces, y
mientras subía y bajaba las escaleras pensó lo de siempre: “esta maldita
línea gris parece que va directa al infierno”. Ya estaba en el andén
y fue hasta el final, porque el último vagón era el que la dejaba más
cerca de la salida. Mientras lo recorría a paso muy lento, fue fijándose
en cada una de las vallas publicitarias que conocía de memoria, leyendo
las pintadas nuevas, aunque también aprovechó para dar un vistazo rápido
a la gente que esperaba con ella. Un estudiante de unos 22 años con
sus walkman y dos hombres de unos cincuenta años con sus bolsas de trabajo
y apestando a vino tinto. Estaba tranquila, parecían inofensivos.
Por
fin llegó el tren. Se sentó. No había mucha gente y se colocó enfrente
de tres hombres. De momento decidió sólo mirarles a los pies. Más adelante
miraría a las caras. El de en medio llevaba zapatos de cordones negros,
ejecutivos del mismo color y pantalón gris. Esos zapatos no se movían,
estaban tranquilos, pensó. Los de los lados llevaban zapatillas de deporte
y vaqueros parecidos. Estos pies se movían de arriba abajo, pero sin
despegarse del suelo. Parecían jóvenes e inquietos ¿Serían padre e hijos?
Decidió que podía ir levantando la cabeza. No parecían peligrosos, pero
era tan tarde que María no se fiaba de nadie.
Levantó
la cabeza y echó un vistazo rápido. Le pareció que iban demasiado juntos
para todo el espacio que había. Los hombres de los lados iban inclinados
hacia el hombre que les separaba, por lo demás todo le pareció normal.
Sonó el silbato y se cerraron las puertas. Ella estaba sola en la fila
de asientos. El señor de en medio la miraba y ella apartó la vista.
Al final del vagón había dos señoras con un montón de bolsas que no
se dejaban hablar una a la otra. “Debí sentarme allí”, pensó. Volvió
a mirar al frente y aquel hombre seguía mirándola. Volvió a desviar
la vista, esta vez más incómoda. Empezó a pasar su mano por el bolso
como si estuviese sucio, aunque no lo estaba. Después de unos segundos
levantó la cabeza, y ese hombre seguía mirándola muy fijamente. Parecía
que hubiera entrado en trance. Los otros dos también la miraron, pero
de pasada. Se volvieron a abrir las puertas. Estuvo a punto de levantarse,
pero no lo hizo. Intentó pensar fríamente. “Será un viejo verde, ni
caso”. Un hombre de unos 35 años se sentó a su lado. Se cerraron las
puertas y María se tranquilizó algo. Miró sus pies, unos buenos mocasines
bien combinados con los calcetines y el color del pantalón. El hombre
recién llegado tenía buena pinta, y todavía no le había mirado la cara.
Antes de hacerlo levantó la vista y volvió a encontrarse con aquella
mirada fija del hombre de en medio que seguía como estaba y sin parar
de mirarla. La miraba de forma obsesiva, sin pestañear, con la boca
ligeramente abierta. María ya no sabía dónde mirar. Sus manos estaban
inquietas. ¿Qué quería ese hombre? Y no sólo eso. Eran tres. Aunque
los otros no la miraban así, también estaban algo inquietos. María quería
llorar o gritar, cuando el hombre de los mocasines le preguntó:
—¿Tiene usted hora? —y en tono muy bajo le dijo—: salga del vagón
—No, lo siento, no tengo reloj.
¿Por
qué le había dicho eso aquel hombre? No entendía nada. ¿Estaría compinchado
con los otros tres? De todos modos ella no pensaba quedarse ahí ni un
minuto más. Volvió a comprobar que el hombre estático no había dejado
de mirarla. Agarró su bolso, se levantó y fue hacia la puerta a esperar.
El hombre que estaba a su lado se fue hacia otra de las puertas. “Por
fin llegamos”, se alegró María, ya que los otros tres continuaban sentados.
Se abrieron las puertas y salió disparada hacia las escaleras mecánicas.
El hombre la siguió con paso tranquilo. María subía las escaleras cada
vez más rápido. Cuando se había ido el tren, el hombre aceleró su paso.
—¿Sabe por qué la miraba ese hombre tan fijamente?
María paró y se dio la vuelta con lágrimas en los ojos. No entendía
nada. El corazón le latía a mil por hora. El hombre se acercó:
—Soy médico, y ese hombre que la miraba estaba muerto. No he tardado
mucho en darme cuenta, por cómo tenía los ojos y cómo le sujetaban los
que supongo serían sus asesinos.
María
se apoyó en la pared y se dejó caer al suelo hasta quedarse sentada
y con la mirada perdida.
Mi
mamá
Ésta
es mi madre, se llama
Antonia, es muy buena, mucho, ahora me está peinando, dice que al cole
tenemos que ir muy limpios y muy, pero que muy bien peinados, me da
tirones y yo veo como se me arruga la nariz en el espejo, ¡jo! ¡Es que
me hace daño!, yo creo que me arranca algún pelo, pero no se lo digo,
porque todas las mañanas, cuando me está peinando, está muy contenta
y se ríe, y a veces hasta canta, y cuando canta yo canto con ella. Hoy
hemos cantado “las muchachitas de aquí”, y cuando ha terminado de hacerme
las coletas he ido por mi cartera y mi abrigo, he abierto la puerta
de su habitación para que viera que estaba preparada y me he dado cuenta
de que mamá no tiene pelo.
Volver al índice