Sí,
sí, lo oí de su propia boca.
Claro que ella no sabía que la escuchaba. Estaba sentada tomando un
café con su amiga Sofía, que no me conoce, y ella, Marta, estaba completamente
absorta en su taza cuando yo entré en aquel café. Suelo ir mucho. Me
gusta el ambiente que tiene, tan acogedor, con las velitas en las mesas,
y tan tranquilo. Yo no vi a Marta al llegar, y casualmente me senté
en la mesa de al lado, prácticamente espalda con espalda. Y claro, yo,
concentrada primero en mi periódico no me di cuenta de quién era la
que hablaba justo detrás de mí, hasta que la voz empezó a sonarme familiar,
y a medida que iba hablando me iba interesando más y más lo que contaba.
Ya ves. Quién se creería que estuve dos horas leyendo el periódico,
Claro que yo, de cuando en cuando, pasaba las hojas para no levantar
sospechas y en fin, pasar desapercibida.
Pues
sí, lo que te digo, Marta ya no le quiere. Se lo oí de su propia boca.
Contaba
Marta que cuando le conoció no le pareció nada excepcional. Bueno, esto
fue cuando se lo presentaron, ya que no parecía ni más guapo ni más
feo que cualquier otro que hubiera conocido. Pero muy pronto empezó
a interesarse por él. Dice Marta que cuando sonríe le brillan los ojos
y se le suaviza cada línea de su cara… Que te interroga con la mirada,
mezcla de timidez y seguridad, y que no puedes más que deslizar la vista
por su boca, tratando de poner atención a sus palabras y olvidar ese
antojo que tiene al lado del labio y que le da un aspecto tan sensual,
todo dulzura, todo sinceridad.
Fíjate
cómo hablaría de él que yo misma pensé que empezaba a enamorarme, y
eso que jamás lo he visto, pero siguió contando.
Marta
contaba cosas de las primeras veces que se vieron.
Decía
Marta que al verlo caminar hacia ella, con su pelo negro revuelto y
la piel morena, le temblaba todo el cuerpo, y tenía que bajar la mirada
para recobrar el control, y le escuchaba hablar pensando unas veces
en lo que le decía y otras en la casualidad de haberse cruzado sus vidas,
y no lo podía comprender. Apenas se conocían, pero Marta sonreía sin
venir a cuento porque notaba que de nuevo volvía a correr la sangre
por sus venas, que le calentaba el corazón, que le daba un giro a su
vida planificada y tranquila en la que sólo ella llevaba las riendas,
sin dar cuentas, sin pedir nada, sin esperar más que lo que la vida
le fuera regalando a diario. Y Marta, sin planearlo siquiera, de la
noche a la mañana se vio dándolo todo, y pidiendo… pidiendo más de lo
que dictaba la razón, exigiendo algo que todavía no le correspondía.
Pero se crecía de tal forma al ver cómo la miraba que no se imaginó
otra alternativa. Era un sueño. Fue su imaginación lo que la traicionó,
porque la dejó volar más allá de la realidad y quiso acariciarla, darle
un cuerpo y una cara, quiso ver lo que tantas veces había imaginado
en sus sueños, alguien con más alma que cuerpo. Y Marta acarició su
cuerpo y deseó su alma y se dejó llevar sin querer saber cuánto estaba
soñando y cuánto era realidad, y cohibida ante la grandeza del descubrimiento,
ante el despertar de todos sus sentidos, que el mundo pasó a un segundo
plano, sólo estaba él, él y ella, y apenas lo podía creer. Y conoció
esa felicidad plena de saberse completa y siempre tan ligada a la tristeza
de no tener suficiente.
Marta estaba segura de que no hablaría así de él si lo hubiera conocido
más, pero como todo acabó casi antes de que se diera cuenta, dice que
ahora sólo lo recuerda como esos sueños que no pueden ser verdad, que
son demasiado bonitos, que no existen y jamás han existido, y ella seguía
jurando que ya no le quería. Y se lo decía a Sofía, que le escuchaba
cada palabra muy interesada, claro, como yo, porque contaba su historia
con tal detalle que se te revolvía el estómago y deseabas haber sufrido
amor y desamor o lo que hiciera falta, pero sentirte, en fin, tan viva.
Contó
que un día, subiendo en el ascensor a su casa, él no dejaba de mirarla,
con esa mirada que no se puede retirar ni retener porque no se controla.
Y se fue acercando poco a poco con los ojos clavados en los de ella,
con un gesto dulce, y siguió acercándose hasta arrinconarla en el lateral
del ascensor, rozando apenas su cuerpo con el de ella, ocupando todo
el espacio que había entre ambos. Suavemente le retiró el pelo de la
cara y con cuidado se lo colocó detrás de la oreja, y en este gesto
aprovechó para acercarse más, sintiendo ella su respiración en el cuello.
“Quiero recordar tu perfume siempre”, le dijo él como excusa para rozar
con sus labios el ángulo descubierto entre el cuello y el hombro, pero
cuando se acercó a besar el lóbulo de su oreja se paró el ascensor de
golpe y en unos segundos volvieron a separarse de nuevo, justo en el
momento en el que se abrían de par en par las puertas.
Y
te juro que deseé conocerlo, pero Marta no dijo su nombre en ningún
momento. Debe ser que su amiga Sofía lo conoce bien.
Pero
Marta insistía en que ya no le quería. Y yo, mientras escuchaba en la
mesa de al lado, no podía comprender qué habría ocurrido entre los dos,
y Marta contó que sus llamadas empezaron a distanciarse y con ellas
la atención de sus ojos, la sonrisa en sus labios y también su conversación,
y se instaló un frío y cordial trato que no la hubiera herido más que
si le hubiera dejado con cualquier excusa… Y cuanto más pensaba ella
que era su imaginación, que no era posible ese repentino desinterés,
que estaría pasando una mala racha… todavía por las noches se mecía
en sus dulces palabras que ahora tenía que recordar porque ya no se
repetían; y por las mañanas, al despertar, notaba un sabor amargo en
sus labios, un peso en el pecho y pesadumbre en el corazón y se volvió
irascible. Y cuando él le llamaba, porque casualmente esos días ya no
podía verla, se intercambiaban educadas frases y saludos, o se contaban
de forma aséptica sus vidas, cada uno la suya, porque dejaron de tener
una en común, y se llenó de rabia y orgullo pensando cómo se había troncado
su historia.
Y
dice que desde entonces ya no le quiere, que sólo quiere ese recuerdo,
que es bonito, que se lo queda, pero que ahora su imagen empieza a escurrirse
entre los dedos como arena, porque empezó a parecerle cobarde y débil.
Porque dice que no puede mantener la idea que tenía de él, y que éste,
para escudar la falta suficiente de sentimientos hacia ella, se volvió
mudo y frío, y sobre todo correcto, dolorosamente educado, lo que a
Marta le parecía vacío y frívolo, pasando horas muertas a su lado, sin
interés, simplemente estando allí, haciendo más patente el abismo que
empezaba a tenderse entre ambos. Y dice que es ruin, que ya no le quiere,
porque a parte de su dulzura le atrajo su sinceridad, y que no puede
confiar en él porque después de todo no fue sincero, no fue valiente,
y ya no le quiere.
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