A
los niños de los cincuenta.
“Quien
bien te quiere, te
hará llorar”. Tanto me querían las monjas que me dejaron sin lágrimas.
Pero la mejor era la otra, esa que decía: “Las letras con sangre entran”
Mi sangre se helaba cada vez que alguna de las monjas soltaba la “frasecita”.
Me ponía a imaginar cómo chorrearía por mi cara la sangre cuando un
palmetazo abriera mi cabeza, cosa bastante probable a tenor de cómo
había comenzado el segundo trimestre.. El insoportable segundo trimestre
del curso de ingreso al Bachillerato. Se me atragantó.
Sin
apenas disfrutar de mi muñeco de “goma” Carlitos, ni de la cocinita
que me habían dejado los Reyes, ya estaba sentada otra vez en el pupitre,
al lado de Mariuca.
En
la clase todo seguía igual, hasta el olor a patata y col hervida. Allí
estaba la cruz de madera de castaño y el rostro desencajado del Crucificado
dominando la clase. Y a cada lado, como fieles guardianes, las fotografías
de José Antonio a la izquierda y Franco a la derecha, con esa sonrisa
forzada. No sé, era como si el fotógrafo les obligara a sonreír y ellos
hubieran olvidado cómo se hacía. Al menos esa era la impresión que me
producían entonces, tal vez porque me resultara agobiante soportar sus
miradas durante las cinco horas que duraban las clases. Y para hacerlo
más llevadero, imaginé que esos señores estaban allí clavados con la
misión de advertirme de que, al menor descuido, la ira de la hermana
Felicidad caería sobre alguna de nosotras en forma de estirón de orejas
o de pelo —según la alumna, mostraba unas u otras preferencias—. Claro
que, cuando de verdad brillaban los ojos de la hermana Felicidad, era
con la regla de madera en la mano. Comenzaba palmeándose la mano izquierda,
casi como una caricia, mientras recorría el pasillo, y de pronto, ¡zas!
Se escuchaba el sonido seco de la madera que con maestría golpeaba la
cabeza de una niña. Por el llanto que seguía conocíamos a quién le había
tocado, porque ninguna nos atrevíamos a levantar la cabeza. Si acaso,
elevábamos la mirada hacia la imagen de la Inmaculada que presidía la
mesa de la hermana Felicidad, allí, junto al tintero y el secante que
nunca usaba. La Inmaculada, pasara lo que pasara, mantenía el rostro
sereno y hermoso. Daba gusto mirar su melena dorada, más dorada que
las pesetas bruñidas que mi madre guardaba en la caja de nácar y que
ella llamaba arras. Claro que la Inmaculada de túnica blanca y manto
celeste bastante ocupación tenía con elevar sus dulces ojos al cielo
para pedir perdón por nosotras, miserables pecadoras, niñas impías que
no habían cumplido los diez años y ya casi estaban condenadas al Fuego
Eterno. Ella, la Inmaculada —lo decía la hermana Mª Luisa— pisaba con
Sus pies puros la cabeza de la serpiente para redimir nuestros pecados.
El mes de enero transcurrió sin grandes novedades; entre la algarabía
del recreo y el miedo a los palmetazos, entre la rutina de la Visita
al Santísimo y el comentario picante de las alumnas de sexto, entre
la clase de lectura (mi preferida) y la de labores (la detestada).
Más
de una docena de castigos e infinidad de sudores, me habían costado
terminar el paño de bordados el trimestre anterior. Los bodoques, los
pespuntes y los matizados combinando el rosa fuerte con el pálido, me
dejaron agotada. Además, el bastidor se me escurría, la tela de batista
no quedaba bien tensada, y encima mi postura necesitaba continúa corrección.
No me comportaba como una auténtica señorita. Eso ya lo tenía asumido:
Nunca llegaría a ser una señorita al gusto de la hermana Felicidad.
Dos cursos escuchando cada tarde la misma cantinela resultaron más que
suficientes para convencerme de que era la niña más torpe, tosca y distraída,
no del colegio, si no del mundo entero. Pero después de tantas dificultades,
allí estaba mi pañito, expuesto en la pared, por supuesto no en el lugar
de Matrícula de Honor, no, qué va: estaba en el sitio de las torpes,
pero estaba.
La
hermana Felicidad era diferente a las demás monjas. La única que no
tenía niñas preferidas y también la única que no quería chivatas, ni
pelotas en su clase. Nadie se había atrevido nunca a medirse con ella.
Nadie, hasta que, aprovechando la festividad del Miércoles de Ceniza,
decidí romper mi paño de punto de cruz y engañarla.
La
hermana Felicidad era muy guapa y muy alta. Morena, con unos ojazos
negros que te traspasaban. Mi madre decía que era igualita que María
Félix, hasta en el lunar. El caso es que no tenía aspecto de monja.
Nunca hablaba de ella durante las clases, ni fuera. Nunca nos contaba,
como hacían otras monjas, anécdotas de su familia, de su juventud y
de su niñez. Nada. La hermana Felicidad era hermética hasta cuando rezaba
en la capilla o se acercaba a comulgar. Jamás la vi inclinar la cabeza
al arrodillarse en el banco. Jamás miraba al altar con cara de éxtasis,
como hacía la hermana Petra. Ella se mantenía erguida, desafiante, como
si en esos instantes cumpliera una desagradable obligación. Era distinta
al resto de las monjas. Sin embargo, a pesar de que zurraba de lo lindo,
como si con cada golpe que las niñas recibíamos aliviara un terrible
sufrimiento interior, yo la quería un poquito y le temía más que a ninguna
otra.
Cuando
ella entraba en clase me encogía detrás de mi pupitre de pino. ¡Hasta
la madera enmudecía! El polvo escapaba asustado por la ventana y los
papeles desaparecían. Era la hora de las labores. Y yo, después de más
de un mes de fracasos diarios, de intentar con todas mis fuerzas dar
las puntadas a gusto de la hermana Felicidad, de hacer y deshacer la
cenefa ondulada, porque a ella se le antojara decir cada tarde, que
las puntadas resultaban largas, o torcidas, o feas y desorganizadas,
decidí que nunca vería en el centro del paño “Pilarín García Ortega,
1959”. Rompí el paño de punto de cruz y me presenté ante la hermana
Felicidad sin costura.
—¿Dónde está tu labor, Pilarín?
—Es que no encuentro el paño, hermana, lo he debido perder.
¿Cómo
pude ser tan ingenua como para pensar que la hermana Felicidad iba a
contestar? “No te preocupes, pequeña; si has perdido el paño de costura,
y hasta que tu madre te compre otro, aprovecha la clase de lectura;
elige tu libro preferido de vidas de santos y pásatelo bien”.
La Cuaresma, tiempo predilecto de las hermanas para hacernos comprender
el valor del sacrificio, acababa de comenzar. Me escocían las palmas
de las manos de los palmetazos. No recuerdo cuantos recibí, muchos,
pero eso era lo de menos. Aguanté las lágrimas como pude, y soporté
el rechinar de dientes como una chica mayor, mientras pedía, a ratos
a la Inmaculada, a ratos al Crucificado, que me perdonaran mi gran pecado,
al tiempo que les ofrecía el terrible castigo que me esperaba, por los
pobres niños infieles que no conocían a Dios, ya que habitaban unos
países tan salvajes y dejados de Su mano, que no había curas ni monjas
santos dispuestos a sacrificar sus vidas para enseñar a los pobrecitos
niños el camino de la Salvación Eterna. A pesar de nuestras huchas con
cara de niño infiel, muchos de ellos se morían sin haber sido bautizados.
Se me erizaba el cabello al pensar lo que les esperaba, y por toda la
Eternidad. Casi nada.
La
peor parte del castigo comenzó cuando la hermana Felicidad encajó sobre
las mías unas horribles y enormes orejas de burra ¡Qué dolor! La goma
que sujetaba las orejas de burra era áspera y cortante, y destrozaba
mi piel a cada movimiento. Yo sentía que la vergüenza enrojecía mis
orejas más que los palmetazos recibidos, y eso que todavía no había
comenzado el recorrido por las clases de primaria. Sentía unas ganas
tremendas de morirme allí mismo. Era tan humillante presentarse así
en las clases de las mayores. Odiaba las estúpidas risitas de las chicas
de quinto y sexto. Sin embargo, aguanté las lágrimas y el dolor y, acompañada
en todo momento por la hermana Felicidad, recorrí una tras otra todas
las clases del colegio, desde párvulos hasta sexto y reválida. Una hora
larga duró el paseo. Soporté con dignidad las burlas, casi obligadas,
de mis compañeras. Sólo las muy “pelotas” disfrutaban con el espectáculo,
y bien caro que lo pagaban durante el recreo...
Ya
sólo quedaba oír el rapapolvos de la Madre Superiora, mostrar arrepentimiento,
y demostrar cierta tendencia a una posible vocación religiosa, lo que
suponía, si ese día estaba de buenas, en vez de seguir en el pasillo,
volver antes a mi clase. Aunque sabía muy bien que allí me esperaban
dos horas, por los menos, de aguantar los brazos en cruz, de cara a
la pared y, si mis brazos desfallecían, pues allí estaba la regla de
madera de la hermana Felicidad calentándoles hasta volverlos a colocar
en horizontal. Y lo peor de todo era que ni por lo más remoto pensaba
pedir perdón. Aunque me cortaran en trocitos —como yo había hecho con
el paño de punto de cruz— no pediría perdón, ni descubriría mi secreto.
Jamás se enteraría la hermana Felicidad de que el paño de punto de cruz
había desaparecido por la taza del váter de mi casa, y tampoco sabría
nunca cuánto había disfrutado haciéndolo. Tanto que aún me quedaban
fuerzas para soportar un castigo superior.
Al
día siguiente tuve dolor de tripa. No me subió fiebre, pero mi madre
se apiadó de mí y me quedé en cama. Al séptimo día de fingida enfermedad
recibí una carta muy cariñosa de la hermana Mª Luisa en la que me decía
que me echaba de menos en la clase de lectura, y que esperaba mi pronto
restablecimiento, ya que contaba conmigo para interpretar uno de los
papeles principales de la función de teatro del Domingo de Resurrección.
También me decía en su carta que la hermana Felicidad partiría el lunes
siguiente rumbo a la casa de Misiones que la Congregación mantenía en
El Congo. Por lo visto había decidido dedicar el resto de su vida a
salvar a muchos infieles del infierno.
P.
D.: “Dice la hermana Felicidad que tu paño de punto de cruz ha aparecido,
y que la cenefa ondulada y tu nombre están tan bien terminados que este
trimestre recibirás un sobresaliente en labores”.
Los
milagros existían. También en eso tenían razón las monjas.
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