Abel y Caín / microcuentos
Emilio de Miguel


Abel y Caín podían pasarse tardes enteras jugando a hacer puntería con piedras contra los gorriones o bañándose en la poza que había detrás de la cabaña o persiguiendo a las gallinas que picoteaban junto al hórreo. El mundo era un lugar nuevo y había cantidad de cosas con las que divertirse. 

Por las noches se acostaban en la misma cama y Eva les contaba alguna historia para que se durmieran, aunque habían pasado tan pocos años desde la Creación que eran muy pocas las cosas que les podía contar. 

Caín era siempre el primero en dormirse. Cuando Abel notaba que su hermano respiraba despacito, aprovechaba para preguntar a su madre todas las cosas que en presencia de Caín le daba vergüenza preguntar. 

Aquella noche, apenas sintió que su hermano dormía, le dijo a su madre: “Mamá, quiero mucho a mi hermano, pero, sinceramente, hubiera preferido que se llamase Rodolfo”.

Microcuentos

Noé aguarda

Noé miró al cielo con desaliento. Nada. Ni una nube. Así llevaban una semana. Y lo peor era saber que aquella tarde volvería el tipo que le vendió la madera del Arca para reclamar su deuda.

Emma y Anna toman el té

En septiembre de 1875 el conde Vronski y su amante Anna hicieron una escapada a París. La noche del 24 asistieron a la Ópera. Allí, un viejo conocido del conde les presentó a Rodolphe Boulanger y a su amante Emma Bovary. La común condición de adúlteros generó una corriente de simpatía entre los dos hombres y se dieron cita para cenar la noche siguiente.

En la cena Rodolphe y el Conde hablaron de caballos, castillos y, cuando sus amantes no les oían, de mujeres hermosas. Las mujeres, en cambio, se aburrieron. Anna encontró a Emma vulgar y desde el primer momento exigió que le llamase Madame Karenina y le tratase de usted. Emma, humillada, accedió sólo por amor a Rodolphe. Al despedirse y darle tres besos hipócritas en las mejillas, la maldijo mentalmente: “Así te atropelle un tren, desgraciada”.

Indecisión

Al salir de clase fueron caminando juntos hasta la boca de metro de Bilbao. Charlaban animados, riéndose de las excentricidades del profesor de Filosofía. En el cruce de San Mateo les pitó un coche, porque de puro distraídos habían cruzado sin mirar. “Ni que fuéramos el de Filosofía”, comentó ella, y su risa le contagió y soltó una carcajada. Cerca de Tribunal había tanta gente que tuvo que pegarse a ella para andar y sintió su olor y el tacto de su brazo, y le divirtió el contraste entre las dos pieles, la negra de ella y la blanca suya, y le entró como un calambre en el estómago. 

Se despidieron en Bilbao. Le dio dos besos rápidos en la mejilla y se alejó. Se volvió luego un momento porque quería verla bajar por las escaleras dando esos saltitos, que parecía una bailarina, pero ya había desaparecido. 

En el autobús, de regreso a casa, se preguntó por qué no se decidía a decirle que le gustaba. Era inteligente, era divertida, bailaba genial, le gustaba el montañismo, le encantaba Dashiell Hammett, era guapísima, era tan exótica... Sí, no lograba explicarse porqué tanta indecisión. 

 
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