Los frasquitos de penicilina / ¡todo es una mierda!
Chelo Morales


V
iví mis primeros años
en la calle Iriarte n.º 8, en el 3.er piso, el último de una casa sin ascensor, con un portal oscuro que tenía pequeñas baldosas de colores apagados formando figuras geométricas, como las que se ven a través de un caleidoscopio, tapizando el suelo y los escalones de madera.

Olía a humedad y a lejía, pero era el olor de mi casa. En el 3.er piso, frente a mi puerta, había otra vivienda, interior y más oscura porque nunca entraba el sol por el balcón como en la mía. Allí vivía la señora Tomasa y su hija Pacita, que estaba enferma, siempre despeinada y acostada en una cama que se levantaba y se bajaba con una manivela. No sé cuántos años tenía Pacita. Era mucho mayor que yo en aquel entonces, pero no sabía hablar. Tenía la boca siempre abierta y torcida como si se estuviera riendo. Reírse sí sabía. Reía muy fuerte y babeaba.

Cada vez que iba a verla me regalaba los frasquitos vacíos de sus medicinas.

Yo pasaba a su casa un día sí y otro no, acompañando a mi madre que era quien le ponía a Pacita las inyecciones. Mientras la jeringa y las agujas relucientes hervían en un hornillo enchufado junto a la cama, yo miraba a Pacita y a la muñeca desnuda que siempre tenía entre las manos. La agitaba arriba y abajo, agarrándola de los pelos, cuando me veía junto a su cama. La muñeca tenía los ojos huecos y, a veces, la señora Tomasa, para hacernos reír, acercaba la bombilla de la lamparita de noche a la tripa de la muñeca y, si mirabas a través de los ojos vacíos, veías el interior oscuro que se iluminaba cuando la señora Tomasa encendía la bombilla, como si hubiera un corazoncito brillante en el interior de la muñeca.

A mí me daba pena siempre de esa muñeca desahuciada.

Con unas pinzas colocaba mi madre la aguja en la jeringa y la vaciaba de agua en el cazo apretando el émbolo hasta el final. Luego pinchaba el tapón de goma del frasquito, volcándolo boca abajo y tirando del émbolo hacia fuera para llenar la jeringa del líquido milagroso. Después ponía otra aguja diferente para pincharle a Pacita en el culo, y el frasco vacío con tapón de goma iba a parar a mis manos.

Tenía muchos, más de los que sabía contar.
—¿Para qué los quieres, mi niña? ¿Qué haces con ellos?
—Los guardo, señora Tomasa. Les quito y les pongo el tapón. Mira cómo suena. No era sólo el ruido que hacía la goma al liberarse de la presión del frasco lo que me gustaba; sobre todo me gustaba el olor a medicamento que salía de él.

Pacita olía igual, y la habitación donde ella estaba, igual que la caja donde yo guardaba los frasquitos vacíos. Penicilina decía mi madre que era.

Una tarde paró una ambulancia en la entrada del portal n.º 8 y todos los balcones se llenaron de vecinas asomadas por encima de los geranios, atraídas por la sirena. Me separé del balcón buscando a mi madre, y vi la puerta de mi casa abierta y a la señora Tomasa llorando en un pañuelo, hablando con mi madre. Hasta allí subieron una camilla vacía, y en ella bajaron a Pacita por los escalones desvaídos, como en procesión, hasta la calle.

Pacita murió en el Francisco Franco después de algunos días, no sé cuántos, ni sé de qué.
—Se le paró el corazón, mi niña, se le apagó como una bombilla —me dijo la señora Tomasa.

Durante un tiempo, hasta que nos cambiamos de calle, pasaba a su casa un día sí y otro no, aunque ya no hubiera que pinchar a Pacita. En la cama vacía la muñeca apoyaba la cabeza despeinada sobre la almohada.

Yo siempre llevaba uno de mis frasquitos vacíos. Lo dejaba junto a la cama, abierto, y entonces... olía a penicilina. Parecía que nada había cambiado. Nada, si cerrabas los ojos.

¡Todo es una mierda!

César cierra el libro de Sociales harto de estudiar y da una patada a la papelera que hay debajo de su escritorio, esparciendo por el suelo papeles arrugados y virutas de lapicero. Su madre tarda, mucho más que otros jueves. A veces le parece oír la llave en la cerradura, pero no, son ya más de las diez y tiene hambre. Coge una lata de cocacola de la nevera y tropieza con el cubo de la basura a rebosar de desperdicios, pero el pensamiento de sacarla al contenedor no llega a convertirse en propósito. Pone un disco de Reincidentes a todo volumen mientras espera a su madre, dando vueltas por la casa vacía, tocando una guitarra imaginaria y cantando a voz en grito para apagar el silencio.

Al rato empieza a buscar el teléfono de Telepizza, abriendo cajones revueltos llenos de folletos de instrucciones, pilas gastadas, clips, trozos de corbata cortados en alguna boda, sellos matados y otras cosas guardadas por su madre con buena intención y que, de forma muy vaga, hacen que César se sienta miembro de una familia. Encuentra toda la propaganda de comidas a domicilio dentro de la agenda. Llama, y luego se mete en la ducha mientras espera su cena sin dejar de cantar.

Se acuesta tarde y, mientras intenta dormir, se mantiene alerta procurando oír el ascensor en el silencio de la escalera o la luz cuando se enciende en el descansillo. Pero lo que le sobresalta de pronto es la rabia al recordar que su madre tendría ya que haberle firmado la autorización para ir al teatro con el colegio al día siguiente. Mañana tendría que falsificar las firma, otro día más, y tendría que recordarle que no hay colacao... ni champú.

Le despiertan ruidos de risas reprimidas al abrirse la puerta de la casa, siseos cómplices que piden silencio, suspiros de placer y besos en el pasillo, jadeos interminables. Cuando la puerta del dormitorio de su madre se cierra la habitación entera cruje. Otra vez risas y cuchicheos.

El desamparo de la oscuridad envuelve a César inmóvil en su cama, con los ojos abiertos mirando para adentro sin ver nada que no sea su propio rencor. Comprueba al darse la vuelta que son las 4 y 23 mientras se tapa la cabeza con la almohada en un intento de volver a la inconsciencia perdida desde hace tiempo. Hace calor y el olor de la basura que rebosa el cubo inunda la casa. Olor dulzón de fruta pasada, de sudor de amantes.

Apaga el despertador en cuanto empieza a sonar y se levanta cansino y desgreñado, con ganas de orinar. Se viste abriendo cajones, buscando calcetines limpios que no encuentra. “¡Qué más da!”, piensa. Estira el edredón sobre la cama y sale del cuarto sin hacer ruido, temeroso de encontrar a algún desconocido al abrir la puerta del baño, de enfrentarse con la voz extraña del que está demás, aquel azarado “buenos días, chaval” de mirada huidiza y perpleja.

El ruido de la cisterna al tirar de la cadena le espabila más que el agua con que apenas se lava. Va a la cocina y mete el tazón de leche en el microondas.“No hay colacao”, piensa mientras desayuna con prisas, de pie, rodeado de vasos sin lavar, de pizza reseca.

Mira la botella casi vacía de vodka, la besa en el boca y le da un largo trago de despedida antes de marcharse. Le reconforta el calor en el pecho y el olor de su madre. Ya se empieza a sentir mejor.

Coge la mochila, pero recuerda la bolsa negra repleta, así que vuelve a la cocina y la saca del cubo. Sin que César se dé cuenta, la basura va chorreando por el pasillo dejando un rastro de porquería detrás de él.

 
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