En la ventana
Dolores Morán Carrillo

 

Antonio volvía siempre cuando llegaban las vacaciones. Su hermana Lucía también. Nuestras casas estaban una enfrente de la otra, separadas sólo por una calzada por la que, entonces, apenas pasaban coches. Desde la ventana de mi cuarto de estar se veía el suyo, y yo era la primera en enterarme de que llegaban.

Lucía era mi amiga, teníamos la misma edad. Antonio dos años más.

Desde que estaban en un internado, él en Barcelona y ella en León, yo esperaba su vuelta al llegar las Navidades, o Semana Santa, o fin de curso. Deseaba intensamente que Lucía volviera y me contara un montón de historias, que me trajera ese mundo de complicidades, envidias, camaradería, peleas... Un mundo de chicas solas al que yo hubiera dado varios años de vida por pertenecer.

Yo esperaba a Lucía. Antonio era un suceso simultáneo e inevitable. Pero aquellas Navidades, las de mis trece años, yo estaba esperando a Antonio.

Entonces no sabía muy bien por qué. Pensaba que quizás era porque cuando me despedí de ellos en septiembre, Antonio me dio dos besos por primera vez y me dijo “Adiós, vecina”. Quizás porque de repente había descubierto que tenía el pelo ondulado y los ojos negros. Quizás porque yo había crecido y me había vuelto triste.

La tarde del veintidós de diciembre llegó Lucía. Me llamó a gritos desde la ventana de su cuarto de esta. Yo le contesté de la misma manera. Tenía muchas cosas que contarme, pero yo sólo quería saber una. Cuando ya nuestras madres protestaron porque estábamos enfriando la casa, me atreví a preguntar “¿Ha llegado Antonio?” “No”, me dijo, “vendrá esta noche, a eso de las doce”.Esta noche. A las doce. Todavía quedaban cuatro horas. Cuatro eternas horas que tenía que llenar no sabía cómo. Me fui a mi cuarto. Saqué el diario. “Hoy llega, a las doce”, escribí. No puse más. Hubiera querido llenar hojas y hojas explicando todos los sentimientos que me sacudían, pero el diario siempre me ha parecido un traidor, un confidente, pero no mío, sino de los demás; alguien que podría dejarme desnuda delante del enemigo. Por eso no le dije nada más. “Hoy llega, a las doce”.Puse los Cuarenta principales. Todo eran canciones alegres, preludio de las fiestas. Yo necesitaba algo más acorde con mi espíritu melancólico, no sé, Sellado con un beso, Melodía encadenada, algo así, pero Lucky se había empeñado en reventarme la noche con Los Diablos, Fórmula V, incluso Raphael y su maldito Tamborilero. Sólo de vez en cuando caía algo de los Beatles. Por fin encontré un sucedáneo en Los Brincos con su Lola. Ya imaginaba a Antonio apartándome el pelo de la cara para susurrarme la canción al oído, cuando mi madre me llamó para poner la mesa. A desgana, como siempre, obedecí. Con el mantel en la mano retiré el visillo para mirar por la ventana. Al otro lado de la calle pude ver a Lucía, sentada a la mesa, cenando con sus padres. Ella hablaba y hablaba, movía las manos como si también hablara con ellas, como si supiera que yo estaba mirando y me quisiera decir algo en el lenguaje de los mudos, pero yo no entendía nada. Tampoco entendía cómo era posible que su madre, e incluso su padre, la mirasen sonriendo. ¿Por qué yo nunca hablaba de esa manera? ¡Era tan sosa! Yo no sabía mover las manos así, ni captar la atención de la gente.

Un grito de mi madre me devolvió a la realidad, y terminé de poner la mesa. Cuando ya estábamos sentadas, oímos el llavín en la puerta. Mi padre volvía. “Ya era hora”, murmuró mi madre. Nos pusimos los tres a cenar en silencio, mirando la tele, hasta que un pequeño incidente, no recuerdo bien, salsa vertida en el mantel o un vaso volcado, da lo mismo, hizo que empezaran a discutir.

Recogimos todo sin terminar de cenar. Ayudé a mi madre a fregar y secar los cacharros mientras mi padre veía el Telediario. Como todo el mundo estaba de mal humor, por decreto, nos fuimos a la cama. Esta vez me alegré. Era lo que yo quería, que se acostaran para poder esperar a Antonio, verle llegar. Con un poco de suerte igual hasta se asomaba y me decía “Hola, vecina”.

Esperé un tiempo eterno hasta que todo estuvo en silencio. Salí de mi dormitorio en pijama, fui al cuarto de estar y puse una silla delante de la ventana. Con la barbilla apoyada en los brazos y la frente en el cristal, me dispuse a esperar la media hora que quedaba hasta las doce. La madre de Lucía estaba sentada cosiendo. Era una mujer guapa, siempre parecía de buen humor. Habían apagado la luz central y una lámpara de pie con la pantalla de color verde le enviaba reflejos verdosos al moño rubio. Me parecía que bajo aquella luz, por fuerza, todos se tenían que sentir cómodos y dichosos.

La veía levantar la vista de la costura de vez en cuando y decir algo a alguien a quien yo no veía ¿Habría llegado Antonio antes de la hora? No. Era Lucía que, con una bata azul claro que yo no le había visto nunca, iba y venía por el cuarto sin dejar de hablar. Al padre no se le veía.¡Cómo me hubiera gustado estar con ellas!

Abrí la ventana para mirar si venía algún coche. Nada. Caían gotitas de aguanieve que bajaban despacio demorándose en la luz de las farolas lejanas. Tuve que cerrar porque me moría de frío.

Si estuviera allí, en su casa, pensaba, podríamos comentar “ya falta poco, estará a punto de llegar”; y la madre me contaría: “Ha llamado antes de salir y me ha dicho que no nos preocupemos si tarda”, o me enseñaría una foto que él habría enviado con sus compañeros de curso y me contaría alguna gamberrada que habría hecho, porque Antonio ¡es tan ocurrente! Todo eso si Lucía dejaba de hablar de una vez. Pero yo también tendría muchas cosas que contar porque, por supuesto, acabaría de volver del colegio de Lucía y las dos juntas habríamos armado allí la mundial y con las notas habría venido un escrito de la directora diciendo que aunque éramos las alumnas más listas del colegio nos iban a terminar echando. Entonces los padres de Lucía nos habrían montado la bronca un ratito, pero luego nos habrían abrazado y nosotras habríamos prometido que no volvería a ocurrir.

Me estaba quedando helada. Fui a mi habitación a por las zapatillas y una rebeca. Yo no tenía bata. Acababa de situarme en la ventana de nuevo cuando oí abrirse la puerta del cuarto de mis padres. Era mi madre que iba al baño. Cuando sonó la cisterna retuve la respiración pero creí que los latidos del corazón me iban a delatar. La puerta de su dormitorio se volvió a cerrar y dejé escapar un suspiro de alivio.

En la ventana sólo estaba la madre de Lucía que seguía cosiendo. Ya no parecía hablar con nadie. Lucía se habría acostado. Miró al reloj y yo también lo hice. Ya eran las doce y cinco. Abrió la ventana y se asomó. Yo me retiré, no quería que me pillara espiando. Estuvo un rato mirando arriba y abajo de la calle y se volvió a meter dentro. Sacó de la caja de costura un rosario y se quedó recostada, con los ojos cerrados, moviendo ligeramente los labios. A pesar de la rebeca, yo daba diente con diente. Las doce y cuarto.

Lucía había dicho a las doce. El tren o el autocar seguro que llegaba con retraso. Pero también podría haber ocurrido un accidente. Entonces llegaría el padre de Antonio solo en un taxi y al rato le vería entrar en el cuarto de estar y abrazarse llorando a su mujer, y Lucía también se abrazaría a ellos. Yo entonces, sin importarme que pensaran que les espiaba, saldría de casa en zapatillas y pijama, con la rebeca, o tal vez no, tal vez me pondría el abrigo por encima y subiría a la casa para sumarme a su dolor y les diría que yo quería mucho a Antonio y que a partir de ese momento me podrían considerar como a una hija, porque le lloraría hasta mi propia muerte.

Cuando el taxi se paró en la acera yo tenía dos lagrimones llegándome a la boca. Aunque los árboles no tenían hojas, las ramas y la poca luz de la calle no me dejaron ver bien. A pesar de que abrí la ventana de par en par y me asomé todo lo que pude, solo alcancé a distinguir dos sombras que se metían en el portal de enfrente.

La madre seguía adormilada con el rosario en la mano. Un par de minutos después se levantó sobresaltada, guardó el rosario en la caja de costura y... ¡bajó la persiana!

A la mañana siguiente me dolía la garganta y tenía escalofríos. Vino el médico y confirmó que había cogido unas buenas anginas. Lucía vino a verme, pero se quedó muy poco rato porque su madre tenía miedo de que le pegara algo.

Cuando la fiebre me permitió levantarme, pude ver a Antonio a las horas de las comidas y poco más, porque no paraba en casa.

Se marchó después de Reyes sin que nos hubiéramos dirigido la palabra, y cuando volvió en Semana Santa yo ya no estaba muy interesada, porque uno de cuarto me había pedido prestado el bolígrafo en el recreo para apuntar un teléfono. Al devolvérmelo, me dijo “Gracias, preciosa”, y aunque ya no me había vuelto a hablar, yo tenía guardado el bolígrafo como un tesoro en mi caja de música.

 
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