A Nana, con un beso de feijoa
Todas
las mañanas Pablo Viento
salía de su casa por el camino sinuoso que llevaba al pueblo. Su mujer,
Marielarubia, se refugiaba detrás del humo azul de los fogones de piedra.
Luego se daba una vuelta por el jardín, recogía raíces y hierbas aromáticas
y volvía al rancho entrada la mañana, mientras regaba las flores del
balcón.
Vivían
en un pequeño rancho, en medio del rigor del viento y de la niebla.
El rancho estaba puesto bien arriba, en la montaña, justo en la pendiente,
lo que lo hacía ver como si hubiera sido sembrado más que haberlo construido
ladrillo con ladrillo.
Cuando
Pablo Viento hablaba de su mujer, se le iluminaban los ojos. Sólo había
una cosa que él no entendía. Y es que siendo tan bonita, no saliera
de su casa, y escondiera sus ojos y sus largas trenzas a la vista de
la gente. Se preguntaba siempre por qué ella era tan tímida, y ni a
las ferias del pueblo, ni a los campos vecinos se atreviera a salir
nunca en los años que habían compartido. A veces pensaba que sería porque
una mujer como ella era como la tierra misma donde vivía con el corazón
y los sentimientos hacia adentro. Se preguntaba también si tuviera que
ver el hecho de haber sido una mujer acostumbrada a vivir en los rigores
del viento y el campo, sin haber aprendido nunca siquiera a leer o a
escribir números ni letras.
Por
las mañanas compartían un café mientras un sol bajito despuntaba el
horizonte, y él se despedía con un beso en la frente mientras ella lo
acompañaba hasta el balcón. Se llevaba a su mula “Mentira” bien cargada
de leña, de verduras o botellas de miel para ir a vender al pueblo.
Y ella se quedaba en la casa dejando pasar las horas para verse con
él luego bajo la luz amarilla de la lumbre y calentarse los pies antes
de quedarse dormidos los dos bien junticos, como tratando de llenar
el mismo espacio para poder vencer el frío de la montaña.
Un
día, como todos, Marielarubia se despidió de él y comenzó a barrer el
patio, mientras jugaba con sus recuerdos en el silencio mañanero. Luego
se iba para la cocina y cantaba en voz muy baja en frente del fogón,
y el humo se llevaba lentas sus canciones por la ventana de arriba.
Pasaba la escoba de hojas de eucalipto sobre el suelo y se iba a la
habitación pequeña, de techos bajitos, donde dormían los dos. Primero
era poner las botas de Pablo debajo de la cama, luego enderezar el Cristo
detrás de la barandas, y después recoger las sábanas y dejar sobre el
colchón el cojín y la manta de lana de colores. Fue en ese momento cuando
Marielarubia vio el espejito de su esposo sobre la mesa de noche y lo
cogió para guardarlo. Y allí la encontró, justo en la parte de arriba
del cajón. Era una carta rosada, en un sobre perfumado, sin nombre ni
remitente.
Marielarubia
la abrió indignada, pensando en las amantes que debía tener él abajo
en el pueblo. En las manos temblorosas se abrió el papel, y fue peor
descubrir que no podía descifrar nada de lo que estaba escrito. Por
su cabeza fueron pasando nombres de mujeres, frases, comentarios, y
se fueron enredando sus pensamientos como en una maraña hasta tomar
la decisión: cogió la carta, la metió en un bolso y se fue caminando
al pueblo mientras los pies la llevaban a un ritmo como de galope en
medio de la niebla y del viento. Al llegar supuso que él estaría en
la plaza de mercado; entonces se fue al convento y compró una cartilla
de esas de aprender a leer. Le daba vergüenza que las monjas le leyeran
la carta, y le parecía también una traición a medias que ella no aceptaba.
Desde ese día comenzaron a pasar lentas las mañanas. No bien se perdían
Pablo y “Mentira” por el camino de abajo, ya estaba Marielarubia intentando
descifrar aquellas paticas de mosca que aparecían en la cartilla. Primero
fue entender que las letras se dibujan, y que aquellos dibujos juntos
forman las palabras. Luego fue volver al convento y preguntar más sobre
las letras y los puntos, las comas y las frases. Así pasaban los días,
y Marielarubia iba comprendiendo cómo se mezclan las letras para formar
las palabras, y los meses, y las palabras iban formando frases. Y luego
ver cómo al poco tiempo ya leía retazos, ideas y frases en los periódicos
viejos que guardaba en la cocina. Fue una noche como a los tres meses
de haber bajado al pueblo. Una noche de luna llena, con una luna grande
que alargaba las sombras del camino. Pablo Viento llegó tarde al rancho
y en la cena apenas si se cruzaron la palabra. Luego él se despidió
con un beso en la frente y Marielarubia entró con él al cuarto y le
quitó las botas para ponerlas debajo de la cama. Él se fue acomodando
en su lado, puso su cabeza sobre la almohada y se dio la vuelta un par
de veces hasta quedarse dormido. Ella salió al corredor con una vela
y la carta debajo del brazo mientras le temblaba todo y se iba sentando
en medio del silencio de la noche. Entonces prendió la vela y acercó
el papel a la llama:“Perdoná la manera de hacerlo, amor, pero era la
única manera de que apriendieras a leer. Aprovecho pa´ decirte que no
te priocupés más, pues nunca he amado, ni habré de amar a nadie tanto
como lo he hecho con vos.”Más tarde terminaba la carta, en una caligrafía
que se torcía, barroca y sucia:
“Tuyito siempre..., tu Pablo.”
Brevedades
La
apuesta perdida
En
una fría habitación,
un hombre jugaba cartas con su sombra y su reflejo. La sombra, ya desnuda,
estaba al borde de la ruina. El pálido reflejo hacía acopio de sus últimas
monedas. De repente, una mínima distracción del hombre dio lugar a que
la sombra y el reflejo dieran un rápido soplo a la llama de la vela.
Y cuando el hombre la encendió de nuevo, ya era demasiado tarde...
Un
disparo a destiempo
El
segundo disparo de
Cupido dio justo sobre el lomo del ángel de la guarda. La pobre mujer
bajó rodando las escaleras y cayó muerta. El enamorado la llevó al hospital
llorando, pero era tarde. Los dos ángeles se abrazaron y la miraron
elevarse, mientras se llevaba para siempre la pregunta sobre el significado
de la palabra amor.
Haiku
Mirando
nubes.
Cuántas tardes vacías
juego este juego.
Volver al índice