La carta en la niebla / brevedades
Diego Parra



A Nana, con un beso de feijoa

Todas las mañanas Pablo Viento salía de su casa por el camino sinuoso que llevaba al pueblo. Su mujer, Marielarubia, se refugiaba detrás del humo azul de los fogones de piedra. Luego se daba una vuelta por el jardín, recogía raíces y hierbas aromáticas y volvía al rancho entrada la mañana, mientras regaba las flores del balcón.

Vivían en un pequeño rancho, en medio del rigor del viento y de la niebla. El rancho estaba puesto bien arriba, en la montaña, justo en la pendiente, lo que lo hacía ver como si hubiera sido sembrado más que haberlo construido ladrillo con ladrillo.

Cuando Pablo Viento hablaba de su mujer, se le iluminaban los ojos. Sólo había una cosa que él no entendía. Y es que siendo tan bonita, no saliera de su casa, y escondiera sus ojos y sus largas trenzas a la vista de la gente. Se preguntaba siempre por qué ella era tan tímida, y ni a las ferias del pueblo, ni a los campos vecinos se atreviera a salir nunca en los años que habían compartido. A veces pensaba que sería porque una mujer como ella era como la tierra misma donde vivía con el corazón y los sentimientos hacia adentro. Se preguntaba también si tuviera que ver el hecho de haber sido una mujer acostumbrada a vivir en los rigores del viento y el campo, sin haber aprendido nunca siquiera a leer o a escribir números ni letras.

Por las mañanas compartían un café mientras un sol bajito despuntaba el horizonte, y él se despedía con un beso en la frente mientras ella lo acompañaba hasta el balcón. Se llevaba a su mula “Mentira” bien cargada de leña, de verduras o botellas de miel para ir a vender al pueblo. Y ella se quedaba en la casa dejando pasar las horas para verse con él luego bajo la luz amarilla de la lumbre y calentarse los pies antes de quedarse dormidos los dos bien junticos, como tratando de llenar el mismo espacio para poder vencer el frío de la montaña.

Un día, como todos, Marielarubia se despidió de él y comenzó a barrer el patio, mientras jugaba con sus recuerdos en el silencio mañanero. Luego se iba para la cocina y cantaba en voz muy baja en frente del fogón, y el humo se llevaba lentas sus canciones por la ventana de arriba. Pasaba la escoba de hojas de eucalipto sobre el suelo y se iba a la habitación pequeña, de techos bajitos, donde dormían los dos. Primero era poner las botas de Pablo debajo de la cama, luego enderezar el Cristo detrás de la barandas, y después recoger las sábanas y dejar sobre el colchón el cojín y la manta de lana de colores. Fue en ese momento cuando Marielarubia vio el espejito de su esposo sobre la mesa de noche y lo cogió para guardarlo. Y allí la encontró, justo en la parte de arriba del cajón. Era una carta rosada, en un sobre perfumado, sin nombre ni remitente.

Marielarubia la abrió indignada, pensando en las amantes que debía tener él abajo en el pueblo. En las manos temblorosas se abrió el papel, y fue peor descubrir que no podía descifrar nada de lo que estaba escrito. Por su cabeza fueron pasando nombres de mujeres, frases, comentarios, y se fueron enredando sus pensamientos como en una maraña hasta tomar la decisión: cogió la carta, la metió en un bolso y se fue caminando al pueblo mientras los pies la llevaban a un ritmo como de galope en medio de la niebla y del viento. Al llegar supuso que él estaría en la plaza de mercado; entonces se fue al convento y compró una cartilla de esas de aprender a leer. Le daba vergüenza que las monjas le leyeran la carta, y le parecía también una traición a medias que ella no aceptaba. Desde ese día comenzaron a pasar lentas las mañanas. No bien se perdían Pablo y “Mentira” por el camino de abajo, ya estaba Marielarubia intentando descifrar aquellas paticas de mosca que aparecían en la cartilla. Primero fue entender que las letras se dibujan, y que aquellos dibujos juntos forman las palabras. Luego fue volver al convento y preguntar más sobre las letras y los puntos, las comas y las frases. Así pasaban los días, y Marielarubia iba comprendiendo cómo se mezclan las letras para formar las palabras, y los meses, y las palabras iban formando frases. Y luego ver cómo al poco tiempo ya leía retazos, ideas y frases en los periódicos viejos que guardaba en la cocina. Fue una noche como a los tres meses de haber bajado al pueblo. Una noche de luna llena, con una luna grande que alargaba las sombras del camino. Pablo Viento llegó tarde al rancho y en la cena apenas si se cruzaron la palabra. Luego él se despidió con un beso en la frente y Marielarubia entró con él al cuarto y le quitó las botas para ponerlas debajo de la cama. Él se fue acomodando en su lado, puso su cabeza sobre la almohada y se dio la vuelta un par de veces hasta quedarse dormido. Ella salió al corredor con una vela y la carta debajo del brazo mientras le temblaba todo y se iba sentando en medio del silencio de la noche. Entonces prendió la vela y acercó el papel a la llama:“Perdoná la manera de hacerlo, amor, pero era la única manera de que apriendieras a leer. Aprovecho pa´ decirte que no te priocupés más, pues nunca he amado, ni habré de amar a nadie tanto como lo he hecho con vos.”Más tarde terminaba la carta, en una caligrafía que se torcía, barroca y sucia:
“Tuyito siempre..., tu Pablo.”

Brevedades

La apuesta perdida

En una fría habitación, un hombre jugaba cartas con su sombra y su reflejo. La sombra, ya desnuda, estaba al borde de la ruina. El pálido reflejo hacía acopio de sus últimas monedas. De repente, una mínima distracción del hombre dio lugar a que la sombra y el reflejo dieran un rápido soplo a la llama de la vela. Y cuando el hombre la encendió de nuevo, ya era demasiado tarde...

Un disparo a destiempo

El segundo disparo de Cupido dio justo sobre el lomo del ángel de la guarda. La pobre mujer bajó rodando las escaleras y cayó muerta. El enamorado la llevó al hospital llorando, pero era tarde. Los dos ángeles se abrazaron y la miraron elevarse, mientras se llevaba para siempre la pregunta sobre el significado de la palabra amor.

Haiku

Mirando nubes.
Cuántas tardes vacías
juego este juego.

 
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