El muerto
Ismael Perpiñá

 

Para Ramón, el protagonista de esta historia.

Hemos salido de la ciudad hace quince minutos. Vamos en la furgoneta por la autovía. Me siento fatal. Hoy es el cumpleaños de Marina, y no vamos a celebrarlo juntos, de eso estoy seguro. Anoche hablé con Rafa por teléfono. Me dijo que estuviera tranquilo. Me dijo que hoy vendría conmigo. Le dije que no hacía falta. Le dije que podía pasar solo por el mal trago, pero Rafa insistió. Se lo agradecí y quedamos para hoy.

Hemos salido de la autovía. Llegamos a una avenida recta. La avenida tiene una pendiente muy larga. Al final está la urbanización con los chalets adosados de un modo simétrico. Desde allí arriba se ven los tejados marrones. Rafa no habla mucho, sólo sujeta una mochila grande y negra en el lado de su puerta. Esta mañana, cuando ha aparecido en su portal, con los hombros caídos y la mochila grande y negra en la mano, me he extrañado; no vamos de excursión ni nada parecido.
—Joder, tío, tengo un buen nudo en la garganta y el estómago, parece que tuviera dentro un hormiguero.
—Tienes que intentar calmarte. Será sólo un momento. Recogemos tus cosas y las metemos en la furgoneta. Luego empiezas de nuevo.

Empezar de nuevo. Rafa es mi amigo, pero no me gusta que me diga que tengo que empezar de nuevo.

Estamos bajando la cuesta. Voy mirando el cielo mientras conduzco. El cielo está cubierto de una cortina gris de nubes altas. Todavía no llueve pero desde nuestra derecha puedo ver, a través de la ventanilla, un batallón de nubes negras que no tardará en dejarlo todo perdido de agua. Nubes bajas. Ya lo dijeron ayer en la tele. Dijeron que iba a llover en la ciudad toda la tarde. Rafa sujeta la mochila grande y negra, pero no dice nada. Se sentirá violento. Le dije ayer por teléfono que podía pasar solo por el mal trago.
—¿Sabías que hay tres tipos de nubes? —Rafa me mira como si hubiera dicho algo estúpido—. Están las nubes altas, las nubes medias y las bajas. Ésas que vienen por allí son bajas —le señalo con el dedo a su derecha—, lo van a dejar todo perdido de agua.
—Entonces tendremos que darnos prisa en recoger tus cosas.

Nos volvemos a quedar en silencio.

Tenía que haber venido solo, porque Rafa es mi amigo, pero no ayuda. Me pregunto qué llevará en la mochila.

Las hormigas me suben por toda la espalda hasta los hombros. Todavía no sé si tengo que felicitar a Marina por su cumpleaños. Estamos a punto de entrar en la urbanización. Llegamos a una glorieta y piso el freno: un coche de la funeraria pasa por delante nuestro, avanza muy despacio. Es un coche largo y negro, como la mochila de Rafa. Brilla de limpio por todos lados. La parte de atrás está repleta de flores. Entre las flores se puede distinguir el féretro. También reluce.

Otros coches siguen al de la funeraria. Todos avanzan muy despacio. De repente las hormigas de los hombros y de la espalda regresan a su agujero. El dolor desaparece de mi estómago.
—Ya puedes pasar —dice Rafa.

Respiro aliviado y seguimos la marcha. Bordeo la glorieta y avanzo por la avenida recta. Adelanto a la caravana y al coche de la funeraria. Estamos dentro de la urbanización. En la siguiente rotonda, a unos doscientos metros, distingo la casa donde vivía con Marina hasta hace una semana. Reconozco el sitio por la fuente. Hay una fuente de mármol blanca y redonda: Parece una tarta grande de cumpleaños.
—¿Sabes que hoy es el cumpleaños de Marina? 
—Me he acordado. El año pasado cenamos juntos, los tres. Luego hubo una fiesta.
—Pues no sé tú, pero este año no creo que yo esté invitado a ninguna fiesta —me echo a reír y golpeo el volante con las dos manos.

Rafa no se ríe. Esconde la mochila grande y negra en su costado derecho. Ahora me da la impresión de que es él quien tiene que conservar la calma. Bordeo la rotonda con la fuente de mármol blanca y redonda. Subo la furgoneta en la acera, delante del garaje. Tiro del freno de mano y salimos de la furgoneta. Rafa va delante. Lleva su mochila grande y negra. El timbre suena antes de que llame al telefonillo. Empuja con el hombro la puerta y pasa hasta el jardín. Yo le sigo.

Sobre la hierba hay dos cajas grandes de cartón y tres más pequeñas: están embaladas. Rafa deja la mochila debajo del porche. Luego dice:
—Está empezando a llover, será mejor que nos demos prisa.

Es la primera vez en toda la mañana que Rafa me mira a los ojos. Luego se acerca hasta las cajas. Se coloca una grande sobre el hombro y sale por la puerta. Se ha puesto a llover con fuerza. El batallón de nubes negras está justo encima: lo va a dejar todo perdido de agua. Nubes bajas. Marina no ha salido a recibirnos, pero no creo que sea por lo de la lluvia. Está detrás del cristal, en la ventana de la cocina. No va a salir para invitarme a su fiesta de cumpleaños, pero no me importa demasiado. Rafa entra en el jardín. Se acerca para coger otra caja. Entonces le pongo un brazo sobre su hombro.
—Ya me encargo de las cajas —Rafa no dice nada, se queda de pie pero no dice nada.

Se dirige hasta el porche con los hombros caídos. Lleva la camisa empapada. Me agacho por la caja grande y salgo del jardín. Mientras abro las puertas traseras de la furgoneta me fijo en la fuente de mármol blanca y redonda: parece una tarta grande de cumpleaños; entonces me imagino a Rafa y Marina con la cabeza incrustada dentro de la fuente, como dos velas.

Cuando entro al jardín para recoger el resto los veo detrás del cristal, en la ventana de la cocina. La mochila grande y negra está apoyada al fondo, en la encimera que hay junto a la pila. Marina le está gritando algo a Rafa. Él está de pie, con los hombros caídos y la camisa empapada. Yo también me estoy mojando, pero no me importa demasiado. Pongo las cajas pequeñas una encima de las otras y las llevo a la furgoneta. Luego tiro de la puerta de la casa y cierro.

Arranco la furgoneta. Pongo los limpiaparabrisas. Bordeo la rotonda con la fuente de mármol blanca y redonda. Avanzo por la avenida recta mientras miro el cielo: nubes bajas. Enseguida salgo de la urbanización. Subo la pendiente que lleva hasta la autovía, pero antes de llegar arriba me adelanta un coche largo y negro: es el coche de la funeraria.

Ahora no le siguen otros coches. Tiene la carrocería manchada de barro por todos los sitios. En la parte de atrás no hay rastro del féretro ni de las flores. Cuando llega arriba de la cuesta pone el intermitente derecho en dirección a la ciudad, pero no le sigo.

Salgo a la carretera más adelante. Leo un cartel que dice: “Autovía del Mediterráneo”. Entonces acelero. Ayer dijeron en la tele que iba a llover toda la tarde. Además, yo tengo que empezar de nuevo.

 
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