Homenaje a Oscar Wilde
Sharon E. Smith

 

A última hora de la tarde, cuando la luz se desvanecía del ventanal, Juan Pedro recogía los pinceles, limpiaba la mesa de pintura y se dirigía al estudio contiguo. Era un rito. Se sentaba en la mesa inclinada de dibujo, ajustaba la lámpara con la bombilla azulada hasta que la luz cayese directamente encima de la plancha de cobre dejando el resto de la habitación en penumbra. Siempre pintaba por las mañanas, pero por las tardes le gustaba más dedicarse al grabado. Agradecía el cambio de soporte, dejar la tela que cedía un poco con sus pinceladas y recoger la plancha dura y resistente al rayado del punzón. Y también el cambio de la suavidad de la luz natural a la dureza de la bombilla. Solía quitar la radio y poner algún que otro CD cuando se entregaba al quehacer, semimecánico, de rayar la plancha barnizada según el dibujo colocado a su izquierda. Siempre le había parecido que su afición al grabado como actividad complementaria a la pintura le venía por su tesón. Hay que tener tesón para grabar.

Se trataba de un grabado complicado. Un paisaje. Un paisaje de los suyos, fantasmagórico, de cipreses y sombras. Insistía en hacer las sombras oscuras a la antigua usanza, rayando la plancha en diagonal y luego cruzando esas mismas rayas con otras. Juan Pedro, que en los cursos de grabado que impartía de cuando en cuando enseñaba todas las técnicas modernas del grabado, prefería la técnica tradicional del aguafuerte para sus propios trabajos.

Cuando apagó la lámpara, quedándose un momento en la oscuridad antes de alcanzar el interruptor de la luz general, se dirigió a la pila donde tenía las cubetas y eligió una de tamaño medio. Con precisión colocó tres taquitos de gomas en el fondo. Vertió el ácido en la cubeta y colocó la plancha boca abajo encima de las gomas. Solía quedarse unos instantes perplejo ante el milagro del proceso de la mordida del ácido en los surcos que su propia mano había trazado. La experiencia le había enseñado que no se podía confiar en ninguna regla. Cada plancha y cada mordida era diferente.

Antes de volver a la mesa de dibujo anotó el tiempo que había de estar la plancha en el baño de ácido y giró el temporizador para que sonara dentro de una hora, y de nuevo se entregó al dibujo de la serie de “Las musarañas”.

El timbre interrumpió su ensueño, ese soñar despierto que tanto le gustaba, ese estado entre la realidad y el sueño, el hilo fino del equilibrio. Volvió al estudio de grabado y sacó la plancha del ácido. La lavó con abundante agua y la secó con un viejo secador de pelo. Limpió la plancha del barniz con aguarrás y se dispuso a sacar una prueba. Entintó la plancha con tinta negra mezclada con un poco de sepia para que no resultara tan fría la estampa. Después limpió la tinta sobrante con una bola de tela de tarlatana, dejando la tinta tan sólo en los surcos rayados por él y mordidos por el ácido. Esto también tenía su parte de ritual. Juan Pedro procedía con lentitud y esmero, y a pesar de tener las manos manchadas de tinta cuidó de no manchar ni las mantas del tórculo ni el papel húmedo de color marfil. Al girar la manivela del tórculo sintió pasar la pletina lentamente debajo del rodillo hasta el final del recorrido. Retiró las mantas y con dos pinzas metálicas levantó la estampa y la colocó sobre unos papeles secantes. Siempre era un momento emocionante, a pesar de que la primera mordida sólo indicaba el trabajo que aún necesitaba la plancha. Pero esta vez se quedó sin respiración, pálido, sorprendido. La estampa que aparecía ante sus ojos representaba su propia cara, su barba, su pelo largo, sus cejas. Era un autorretrato y no el paisaje que había dibujado. Sabía que esto era imposible. Pasó sus dedos por el papel aún mojado de la estampa y efectivamente la tinta era fresca. Asustado decidió no pensar más en ello. Llevaba muchas horas trabajando y lo mejor sería descansar. Colocó otro secante encima de la estampa y volvió a su mesa de dibujo. Se fijó en el dibujo que seguía en el lado izquierdo de su tablero. Buscó la lupa grande en el cajón derecho y la colocó encima del dibujo. Los trazos de los cipreses eran finos, muy negros. Allí no había rostro alguno. Era imposible. Dejaría secar la prueba y volvería a ella por la mañana.

Pero por la mañana no tuvo valor para levantar el papel secante y mirar el grabado. Pasó por la mesa contigua al tórculo pero no pudo alargar la mano hacia ella. Entró directamente en el estudio de pintura para seguir con aquel tríptico que era ya como un viejo amigo. Juan Pedro había compartido seis meses con su cuadro “La galería de los prestigios usados”. Todas las mañanas se sentaban frente a frente. Primero era la tela en blanco, luego la imprimación de la tela, después los fondos y el trazado, y finalmente pincelada a pincelada. Los personajes se habían hecho viejos amigos, le daban seguridad, allí le esperaban por la mañana tal como los había dejado la tarde anterior. Hoy se entretuvo, siempre minucioso, con pinceladas finas en los toques finales de un pie en el panel derecho. Se le pasó la mañana y parte de la tarde sin recordar aquel misterioso grabado de la noche anterior, o por lo menos eso es lo que quería creer. Pero cuando la luz se iba haciendo gris en el ventanal y los colores se oscurecieron sabía que tendría que volver a encontrarse con aquella estampa.

Juan Pedro recogió los pinceles más lentamente que de costumbre, cerró el estudio de pintura y finalmente pasó al de grabado. No levantó aquel papel secante que cubría la estampa y siguió hasta la mesa donde estaba la plancha de cobre del día anterior. Encendió la lámpara con la misma parsimonia de todos los atardeceres hasta que el círculo de luz enfocara la plancha. La examinó detalladamente y tenía razón, allí estaba el paisaje; un calco del dibujo que tenía a su izquierda. Sin embargo no tuvo el valor de mirar de nuevo la estampa y optó por llamar a Rafael, su amigo, compañero de Bellas Artes, para invitarle que pasara a verla.

Juan Pedro colgó el teléfono negro de bakelita que le habían regalado las navidades pasadas y volvió su atención al tablero. Apartó la plancha y su correspondiente dibujo y dio rienda suelta a su imaginación una vez más con un nuevo dibujo de la serie de “Las musarañas”.El sonido del timbre de la puerta, como el del temporizador la tarde anterior, le volvió al mundo real. Se levantó de la mesa de dibujo a regañadientes para abrir la puerta a Rafael. Apenas le puso el vino prometido, le arrastró al estudio de grabado para enseñarle la plancha y el dibujo del paisaje que tanto le inquietaban. Rafael los estudió con detenimiento y miró a Juan Pedro con confusión,

Pero no entiendo lo que te inquieta. Tanto el dibujo como la plancha son espléndidos, bien planteados, bien realizados, las sombras son prodigiosas. Grabas como Dios, cabrón.

Bueno, te voy a ser sincero, no es eso lo que me preocupa sino la estampa. Debe pasarle algo al tórculo porque no reconozco la estampa.¿Qué dices, Juan Pedro? No te entiendo.

Ahora verás.

Juan Pedro le adelanta la mano para que pase a la mesa al lado del tórculo y levanta los papeles secantes que cubren la estampa. Rafael se acerca, levanta la estampa con las dos manos y la acerca a la luz de la mesa.¿Y qué es lo que te inquieta? Para ser una primera prueba es fabulosa. Apenas necesita retoque. La verdad que no entiendo tu preocupación.

Juan Pedro, desconcertado, arranca la estampa de las manos de Rafael.

Su retrato le devuelve la mirada.

 
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