Tic-tac / la pared
Teresa M. Sotillos Rubio

 

Alicia entró en el salón con su teléfono móvil en la mano. El ruido de sus tacones retumbó en el interior. Faltaban trece minutos para las ocho. “Pero esta tarde no van a sonar las ocho campanadas”, pensó con una sonrisa maliciosa en la cara. Todas las manecillas de los seis relojes colgados de las paredes del salón marcaban las 2:30. Esa misma mañana los había parado ella. Coleccionar relojes era una de las aficiones de su marido que peor llevaba. Alicia se ponía de los nervios cada vez que sonaban todos los relojes a la vez. Le producían dolor de cabeza. “¿Por qué habré aguantado tanto?”, pensó mientras se sentaba. Un escalofrío le corrió por la espalda al sentir la piel fría del sofá. La falda corta y ajustada que llevaba se le había subido, dejando al descubierto sus muslos. El escote de su chaqueta roja permitía ver el sujetador negro de encaje que hacía juego con sus medias. Se quitó los zapatos, y puso los pies encima del sillón. “Si me viera ahora Luis”, pensó tocándose el pelo. Aquella misma mañana había cambiado su larga cabellera por un corte de media melena. Luis adoraba el pelo largo. Además, llevaba el traje que había tenido que guardar desde que Luis le hizo aquella escena de celos, como era habitual en él, en una de sus cenas de trabajo; un compañero estaba hablando con ella y Luis, que había bebido más de la cuenta, se acercó para soltar aquel comentario ridículo: “Alicia, con ese traje cualquiera diría que no tienes suficiente conmigo; pareces una loba en celo, por no decir una puta de barrio”. Ella, indignada, le había arrojado el contenido de su copa de champán a la cara, y Luis de una bofetada la tiró al suelo. Aquella noche Alicia deseó matar a Luis.

Consultó de nuevo los mensajes de su móvil. Esperaba uno del Balas. En su reloj de pulsera quedaban diez minutos para las ocho. Dejó el móvil sobre su regazo, para poder abrir el paquete de tabaco que se había comprado esa misma tarde. Hacía tiempo que no fumaba en el salón. La última vez que lo hizo, Luis le había tirado el cartón de tabaco y los ceniceros a la basura. Alicia dio pequeños golpecitos con el cigarro sobre el móvil, antes de encenderlo y llevárselo a los labios pintado de rojo a juego con el traje. Buscó en los bolsillos de su chaqueta la caja de cerillas del Copacabana; arrancó una cerilla que se partió en dos al intentar encenderla. Cogió otra y consiguió encender el cigarro justo antes de que la llama de la cerilla llegara hasta sus dedos. La apagó con una bocanada de humo que se dispersó ante sus ojos. Separó la funda de plástico del paquete para poder utilizarlo de cenicero. Echó de nuevo una ojeada a su reloj de pulsera. Las agujas apenas se habían movido. Mientras observaba cómo el humo de su cigarro ascendía lentamente, se preguntaba qué estaría haciendo el Balas. Fue al camarero del Copacabana a quien el Balas había dejado la llave de la consigna de la estación de autobuses para que depositara el dinero. Ella le había ofrecido por adelantado doscientas mil pesetas. El resto del dinero lo estaba reuniendo. Estaba dispuesta a vender hasta la casa si fuera necesario. Además, contaba con el seguro de vida de Luis. A Alicia le corrió otro escalofrío por la espalda. Pensó que un poco de música le relajaría. Tras echar la ceniza, dejó sobre la mesa el plástico que usaba de cenicero, y cogió el mando de la cadena. Al encenderla, comprobó con el ceño fruncido que la música que sonaba a todo volumen era el Réquiem de Mozart. Luis lo ponía a todas horas. Apagó la cadena y cogió el móvil de nuevo para comprobar que seguía sin tener ningún mensaje pendiente. “Ese maldito cabrón no va a tener cojones para hacerlo”, dijo en voz alta. Se puso de nuevo los zapatos, se levantó del sofá y comenzó a dar vueltas por la habitación pendiente de no perder la cobertura del móvil. El humo de su cigarro se esparció por todo el salón. Dio una última calada, y dejó que la ceniza cayera sobre la alfombra. Alicia volvió a mirar su reloj, eran casi las ocho en punto. Apagó el cigarro. Su teléfono móvil comenzó a sonar.
—¿Diga?
—Alicia, soy yo. Estoy en medio de un atasco en Plaza Castilla.
—¡Luis! ¿Y eso?
Ha habido un tiroteo cerca de la oficina. Lo acabo de oír por la radio. Un tipo con una pistola. Debía estar pirado. El caso es que los coches ni se mueven. No sé a que hora llegaré, pero vete haciendo la cena.

La cara de Alicia se había estremecido. Su mano libre buscaba temblorosa la melena que ya no cubría su cuello.

La pared

La música de la radio no permitió a Berta escuchar el comienzo de la discusión. Su cuarto de estar estaba separado por una fina pared del de los vecinos. No era la primera vez que oía gritar al matrimonio, aunque estos llevaban poco tiempo en el piso. Apagó la radio, y siguió zurciendo los calcetines de su marido, poniendo toda su atención en escuchar lo que el vecino decía.
—Ven aquí. ¿Ésta es la mierda de cena que sabes hacer?

Berta oyó con cierta dificultad la voz más baja de la mujer.
—Con el dinero que me das no pretenderás que te haga salmón con caviar. Si no te gusta lo que hay, no cenes.

Un golpe seco interrumpió la conversación. Berta imaginó que él había golpeado la mesa con su puño. Oyó un ruido de sillas.
—¡Ven aquí te digo! Eres una jodida puta que no sabes más que malgastar el dinero que te doy.

Berta oyó como ella chillaba. Supuso que él debía haberla agarrado. Dejó los calcetines a medio zurcir sobre la caja de la costura y se acercó a la pared para oír mejor.
—¡Déjame!
—¿Que te deje, dices? Eres una maldita zorra y a las zorras hay que enseñarles a fuerza de golpes si es necesario. Me estás hartando y un día de estos voy a explotar... ¡Joder! No te vas a volver a atrever a escupirme a la cara.

Berta apoyó las manos y la cabeza en la pared para no perder palabra.

En ese momento Juan, el marido de Berta, entró en el cuarto de estar:
—Pero mujer, ¿ya estás otra vez?

Berta se volvió hacia él y sin atreverse a levantar la cabeza, fue hasta el sillón, se sentó y continuó zurciendo los calcetines.
—Es que hoy van en serio 
—Como te vuelva a pillar, me vas a cabrear. Anda, mujer, ya va siendo la hora de la cena, y ese olor a guiso me ha abierto el apetito. ¿Qué hay para cenar?

Juan se había sentado en la mesa donde se encontraban ya puestos los platos sobre el mantel.
—He hecho un guiso aprovechando el pollo del mediodía

Su voz se perdió entre los chillidos que empezó a dar la vecina. Se le cayeron los calcetines de las manos. Oía cómo la vecina jadeaba como si la estuviera ahogando. Se imaginó que él la habría cogido por el cuello y estaría estrangulándola.
—¡Por Dios, Juan, tenemos que hacer algo! ¡Va a matarla!

Juan se había puesto la servilleta enganchada al cuello de la camisa, y había comenzado a partir el pan.
—Mujer, no es asunto nuestro; olvídate de ellos. En su casa cada uno sabe lo que se hace. ¿Quieres traer la cena de una vez? Tengo hambre.

Berta se levantó del sillón y se dirigió hacia la cocina cuando sonó el timbre de los vecinos. En dos zancadas llegó hasta la puerta y miró por la mirilla. Era Pedro, el vecino de abajo. Entreabrió la puerta para oír lo que decían:
—Mire, sólo quería avisarle. Si siguen montando este jaleo, llamo a la policía.

El rugido de la voz del vecino de al lado no se hizo esperar:
—Yo hago en mi casa lo que me sale de los cojones, y usted no es nadie para decirme lo que tengo que hacer dentro o fuera de ella.

Oyó de nuevo la voz firme de Pedro:
—Se lo vuelvo a advertir. O se calman o llamo a la policía

Berta vio por la mirilla como Pedro se marchaba, mientras el portazo del vecino hizo cerrar su propia puerta. Entró en el salón; se quedó mirando a su esposo. Juan estaba comiéndose la rebanada de pan que había cortado, ajeno a los sollozos entrecortados de la vecina.
—Berta, pon las noticias y vamos a cenar de una puta vez.

Berta por un momento sintió como si le ardieran las mejillas, bajó la cabeza y en silencio se dirigió a la cocina.

 
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