Para
Alicia
Marcela
salió del trabajo en
dirección a su casa. Como cada tarde pasó por delante de la tienda de
mantelerías. Como cada tarde, desde hacía varios días, se paró delante
del escaparate.
El
mantel de rombos y flores lucía en primer plano. Estaba sujeto por alfileres
estratégicamente colocados.
La
caída de la tela era suave y ondulante. Las servilletas, unas pinchadas
alrededor y otras sobre el mantel, eran ocho.
Marcela
las contaba todas las tardes. No podía evitarlo.
Miraba
la mantelería expuesta y las contaba: una, dos, tres... También, como
cada tarde, miraba el precio y recitaba los números: cinco, siete, cuatro,
cinco, cero.
Estaban
encajados en un rectangulito blanco. Eran negros, pequeños. El rectángulo
blanco con la cifra en negro estaba pinchado sobre un rombo rosa.
Marcela
suspiró y siguió su camino.
En
su casa pasó un trapo húmedo sobre el hule y puso encima la tortilla
francesa y la sopa de fideos, sonaba en la radio una música suave y
en el centro de la mesa estaba encendida una vela en forma de estrella.
Todavía
no había tomado la decisión, pero algo dentro de ella le decía que estaba
cerca. Era una pequeña inquietud en la boca del estómago.
No
siempre, sólo cuando pensaba en la mantelería.
Tampoco
cuando se paraba a mirarla en el escaparate. Entonces sólo la miraba,
se fijaba en los alfileres que la sostenían pegada a la pared, en los
pliegues ondulantes que hacía la tela, hacia abajo, un poco en triángulo,
se fijaba en las servilletas puestas encima o alrededor y las contaba:
una, dos, tres... Se fijaba en los números negros y pequeños y los recitaba:
cinco, siete..., pero en esos momentos no sentía inquietud, más bien
una especie de paz.
La
gratitud vino después.
El
primer día que vio la mantelería fue casualmente. Se había parado delante
del escaparate como hacía muchas veces al recorrer el camino del trabajo
a casa.
Unas
veces se paraba en unos y otras en otros, al azar. Caminaba tranquila,
revisando los acontecimientos del día. Al día siguiente no quedaría
ya casi nada de lo vivido. Por eso los repasaba con cuidado cada tarde.
No
les dedicaba mucho tiempo, sólo los repasaba diciéndose a sí misma que
eso era lo que había ocurrido; después lo olvidaba.
El
primer día que vio la mantelería paseaba la mirada por los diversos
artículos que había en el escaparate: juegos de cama, mantas, edredones...;
mientras, recordaba las palabras del jefe, su piel ligeramente enrojecida,
el pelo un poco ralo, las manos nerviosas que se agitaban delante de
ella.
Fue
en ese momento cuando sus ojos se detuvieron en la tela de rombos y
flores. Entonces sintió una agradable calma y puede que hasta sonriera
un poco.
Recorrió
despacio los dibujos y colores de la tela, los alfileres que estratégicamente
la sujetaban a la pared, un poco en triángulo, los pliegues ondulantes
que caían, las servilletas que, encima o alrededor del mantel, contó
hasta ocho. Incluso recorrió la trama de los hilos que la componía,
como si leyera las líneas de un libro. Después vio los números pequeños
y negros y los recitó en silencio.
Se
fue a casa con el paso ligero, divertida.
A
partir de entonces todas las tardes se paraba a mirarla unos minutos.
No
buscaba nada, ni la paz ni el placer de contemplar.
Poco
a poco empezó a sentir la gratitud; es un sentimiento más profundo,
más complejo, más pleno.
Creyó
que sería pasajero.
No
aparecía en el momento de estar frente al escaparate, sino después,
en casa, en la calle, al salir del cine, en el trabajo. En los momentos
y sitios más insospechados.
Era
lento y llegaba ascendiendo; en unos minutos la inundaba.
Ya
había pensado que la mantelería podía desaparecer del escaparate. Afortunadamente
era muy cara, no la iban a vender enseguida, pero podía ocurrir.
Se
asustó un poco ante la posibilidad.
En
parte por eso iba todas las tardes a mirarla un rato.
También
alguna noche se había acercado a verla. La tienda estaba en una calle
céntrica y a la salida del cine o después de tomar un café y despedirse
de los amigos, se acercaba hasta la tienda a contemplarla. (No se lo
había contado a nadie. No estaba tan loca). Normalmente a esas horas
las luces del escaparate estaban apagadas: los rombos rosa y las flores
verdes tenían un brillo especial a la luz de las farolas; los alfileres
que la sujetaban apenas se distinguían y daba la sensación de que la
mantelería flotaba en el aire formando esos pliegues ondulantes que
caían un poco en triángulo; también las servilletas, encima o alrededor
del mantel, parecían flotar.
Una
tarde ocurrió lo que había temido: en lugar de la mantelería estaba
pinchado en la pared un vulgar mantel de cuadros.
No
lo pensó dos veces, entró en la tienda y preguntó.
—No, no se ha vendido —le dijeron—. Es que hemos cambiado el escaparate.
La tenemos aquí; ¿quiere que se la saque?
Marcela
asintió con la cabeza.
La
dependienta abrió la caja. Marcela pudo tocar la tela y mirarla por
el revés. No le habría hecho falta, lo hizo por placer: sabía que el
bordado era idéntico por ambos lados.
—De este tipo es la única que nos ha llegado —aclaró la dependienta
innecesariamente.
Fue
a partir de entonces cuando la pequeña inquietud en la boca del estómago
empezó a anunciar la decisión.
Lo
que hizo fue muy sencillo: ese mes no pagó el alquiler de su piso. Cuando
llamara el administrador le diría que había sido una situación excepcional,
al mes siguiente reanudaría los pagos con normalidad.
El
mismo día que le ingresaron la nómina se pasó por la tienda al salir
del trabajo; iba un poco nerviosa.
Compró
la mantelería.
Aquella
noche la extendió sobre la mesa del comedor (había quitado el hule).
La mesa era pequeña y el mantel colgaba, suave, ondulante, formando
cuatro triángulos que llegaban hasta el suelo; los colores de los rombos
y las flores flotaban por encima de la tela.
Puso
los platos con la tortilla francesa y la sopa de fideos.
Se
sentó a cenar. Sonaba una música suave en la radio y en el centro de
la mesa estaba encendida una vela en forma de estrella.
Marcela
sonreía mientras cenaba y cuando se limpiaba los labios con la servilleta.
Después
de cenar recogió la mesa, sacudió el mantel, lo dobló y lo guardó en
el cajón.
Cuando
se durmió aquella noche se sentía profundamente agradecida.
Había
tenido mucha suerte.
—Quizá no todo haya sido suerte —se dijo con una sonrisa cómplice, en
el umbral del sueño.
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