Unos ojos negros
Nuria Vallina

 

A Isaac, por no tener los ojos negros

Manuela nunca había sido supersticiosa, pero una vez soñó que se despeñaba con el coche al doblar una curva y que caía al mar. Fue un sueño que la persiguió hasta la muerte.

Se despertaba antes de caer al agua, con la impresión nítida de que acababa de vivir su último instante de vida, asombrada aún de seguir respirando. Sin embargo, lo más desagradable del sueño era no poder recordar. Al despertar apenas le quedaban la imagen de unos ojos negros muy cerca de ella y la visión de una gran sombra surgiendo de repente en la carretera. No sabía quién conducía el coche, ni hacia dónde se dirigía, ni si alguien viajaba con ella.

Aquellos ojos negros la obsesionaban: si tenía que morir, prefería morir sola. Por esa razón, apenas cumplió los dieciocho años, Manuela se sacó el carné de conducir. Así podría viajar sola adonde quiera que fuese.

Y también por esa razón, la noche en que conoció a Mateo lo apuntó mentalmente en su lista de Descatalogados. Desde que tenía el sueño huía de todo ser vivo cuyos ojos recordaran vagamente al color negro. Por desgracia, Mateo tenía unos ojos negros enormes. Era imposible pasar por alto el detalle del color.

Sin embargo, aquella noche quedaron para el día siguiente, y una semana después ya dormían juntos. A Mateo le gustó mucho la historia del sueño y le pareció divertido que Manuela pusiera como condición para seguir viéndose el hecho de que nunca, pasara lo que pasara, viajaran juntos en el mismo coche. No le costó acostumbrarse a esta nueva forma de viajar. Él siempre conducía detrás de Manuela. Le gustaba hacerle muecas cuando creía que ella le miraba por el retrovisor.

Decidieron pasar su luna de miel en la playa. La mañana del viaje Manuela se levantó con una sensación extraña:
—Parece como si todavía no me hubiera despertado —le comentó a Mateo mientras desayunaban.
—Eso me pasa a mí todas las mañanas —contestó él—. Tómate el café y luego me cuentas.

Manuela forzó una sonrisa.

Faltaban sólo veinte kilómetros para llegar a la casita que habían alquilado en la costa. Conducían por un pequeño puerto de montaña. El cielo tenía un color azul muy intenso. Mirándolo no parecía que ese invierno hubiera sido tan lluvioso. Manuela podía oler el mar y pensó que tenía que aparecer de un momento a otro, al doblar una curva. Por el espejo retrovisor Manuela veía a Mateo que le sonreía y le hacía muecas de vez en cuando, guiñando sus ojos negros. Un enorme camión pasó en dirección contraria. Y entonces lo recordó: en fracciones de segundo, el camión que acababa de pasar por su lado, se estrellaría contra el coche de Mateo. Ella ni siquiera se bajaría para saber si seguía vivo, porque antes de morir él le habría dicho adiós con la mirada. Y ella seguiría conduciendo, casi entre sueños, hasta la siguiente curva, la primera en que por fin se vería el mar. Entonces giraría el volante. Y no tendría miedo, porque ya había muerto otras veces.

 
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