Siempre
tuvo la certeza de que algo
en él cambiaba, no por nada en concreto, sino por un cúmulo de hechos
irrefutables que alumbraban su conciencia mientras regaba el jazmín
que presidía la terraza. Regar el jazmín en los primeros bostezos del
ocaso, cuando el sofocante calor del verano madrileño da una tregua
vespertina a los supervivientes de la diáspora de Agosto, era una acción
tan automática como esperada. Todas las rutinas que acaparamos a lo
largo del tiempo son consecuencia de la perseverancia en un placer o
una necesidad. Para Santiago Larra, aquello era una necesidad. Prácticamente
era el único momento del día en el que realmente, “pasmaba”, dejaba
que su mente retozara en libertad como un lirón jugando con un merengue
de papilla informativa en el cesto de su cerebro. En esos tiempos muertos
de la conciencia había tenido sus mayores iluminaciones.
El
jazmín, un plantón despeinado de más de dos metros, cuajado de pequeñas
flores blancas de aroma meloso y persistente, escalaba el mecanotubo
que sostenía el toldo verde de la terraza desde el macetón de terracota
hasta precipitarse al vacío del séptimo piso. El utillaje del aquel
rito era una regadera azulona y la planta que agradecía el riego con
un despliegue de aroma intenso, algunas tardes estivales, casi voluptuoso.
Un
cinco de agosto regando el jazmín, atufado de aroma, húmedo de sudor
y con un pantalón de chándal verde y viejo, Santiago comprendió hasta
que punto era imposible continuar su relación con Ana.
No
tenía duda de que la quería, aun a pesar del desgaste que suponían doce
años de convivencia. Sin embargo se dio cuenta de que la ilusión se
había mantenido hasta entonces por la creencia de que lo que tanto había
demandado y ésta no le daba en la forma y momentos que él esperaba,
era simplemente porque ella o no lo sabía dar así o lo daba a su manera.
No era sólo la espera abortada de una propuesta sexual que nunca llegaba
con la espontaneidad que él esperaba, eran muchas cosas más; sus hábitos,
sus gustos, sus intereses que hasta entonces creyó compartir los empezaba
a percibir como un espejismo, más como un deseo de él que como una realidad
compartida.
La
exuberancia del jazmín hizo que al rozarlo con la regadera unas decenas
de florecillas cayeran sobre el terrazo dejando algunas ramas vacías
de flor, entonces lo comprendió: en realidad, Ana no le daba lo que
él quería, no porque no supiera o fuera cicatera con sus deseos sino,
simplemente, porque no lo tenía.
La
posibilidad de una vida por delante con esa certeza se le antojó imposible
de vivir y la tuvo que dejar.
Sobrepasaba
escasamente los cuarenta cuando se separó de Ana y pensó que no habiendo
tenido hijos con ella, debía apresurarse en encontrar otra mujer con
la que mantener viva la ilusión de una paternidad; al mismo tiempo la
desilusión había sido tan grande que encontrar otra mujer que despejara
completamente la duda de no tropezar de nuevo con el mismo vacío se
hacía cada día más difícil. La angustia le aplastaba bajo dos formas
fantasmales: la de la soledad y la de la permuta —posiblemente errada—
de la descendencia por la intrascendencia de una nueva relación vacía.
Por otro amor borroso.
Un
atardecer púrpura de finales de primavera, cuando el jazmín dejaba escapar
la fragancia de las primeras flores abiertas mezcladas con capullos
sonrosados, como si fuera un frasco de perfume volcado por algún mirlo
torpe y manazas, apareció en su mente la siguiente conclusión: “renuncio
a la paternidad”. Y renunció. Renunció porque la única salida era elegir,
y elegir entre algo que quizás no existía más que en su cabeza de mirlo
manazas le pareció una torpeza. Al fin y al cabo: ¿Quién le aseguraba
que un hijo se parecería a él? ¿Cómo saber si la renuncia a buscar una
mujer como soñaba por la premura de encontrar una reproductora de sus
genes no iba a ser una desilusión más grande? ¿Era seguro que un hijo
sería un bastón y no una carga? La mayoría de sus amigos eran padres
y lo único que había notado en ellos era una resignación y un envejecimiento
prematuros, como le ocurría a las flores más inquietas y tempraneras
del jazmín. Lo vio claro y prefirió arriesgarse a terminar en una soledad
arrepentida, que renunciar a la travesía hacia su Ítaca personal.
Fue
en un otoño refunfuñón pero entrañable, de apacibles ocres y lluvia
escasa, en el que Santiago Larra procedía a cumplir el rito vicioso
de regar el jazmín ya maduro de sol, cuando elaboró una nueva reflexión:
hacía tiempo que el desarrollo y progreso conseguido dentro de su carrera
profesional no le producían el suficiente placer como para mantener
encendida la ilusión y, con ella, la juventud. No entendía bien porqué.
Al igual que su jazmín, se había esforzado tanto en llegar a la cumbre
de mecanotubo del éxito y ahora, una vez coronada, se sentía así de
vacío. Intentó tenazmente avivar la llama del estímulo que le animaba
a seguir escalando en esa línea que se señalaba como socialmente deseable,
pero nada conseguía quitarle la sensación cierta de estar equivocado
de nuevo. Una vez más la misma duda. La misma necesidad de una renuncia.
Ya
bien entrado un invierno, el jazmín se quedó ralo. Apenas unos cuantos
brotes despistados daban una pincelada de verde al esqueleto vacío de
la planta, Santiago había dejado de “pasmar” hacía semanas y llenaba
las horas de riego con horas de alcohol y televisión basura. Ni una
sola iluminación, ni una sola duda, ninguna renuncia a la que hacer
frente.
El
calor artificial de la calefacción central, el aroma artificial del
ambientador de pino, la luz artificial de las bombillas de bajo consumo,
el color verde mentira de las paredes, quizás el aburrimiento, compusieron
el instante exacto en el que —sin ninguna duda— tomó la decisión de
deshacerse del jazmín y sustituirlo por una yuca. No daba tanto trabajo.
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