Noche de baile
Carmen García-Roméu


Cuando él llamó
eran las diez y cuarto de la mañana. Tan sólo dijo: 
—Soy Rodolfo.

Luego se cortó la línea. Miriam se quedó pensativa. ¡Rodolfo! ¿Qué Rodolfo?

El timbre volvió a sonar cuando Miriam salía de la habitación. Tropezó con el sofá y cogió el teléfono. De nuevo su voz:
—Que se ha cortado el teléfono. Que soy Rodolfo...
—Sí, sí, te oigo. ¿Qué? ¿Qué?

Pero de nuevo había desaparecido la voz bronca de Rodolfo. Se había ido perdiendo entre pitidos intermitentes y clics descompensados.

Miriam se sentó junto al teléfono e intentó recordar. Quizás sí lo recordaba, pensó, sería aquel señor que le había pedido el número de teléfono después de haber bailado con ella en el club. Tenía el pelo rizado y rubio de los Rodolfos. ¿Y la nariz? Sí, tenía nariz, lo recordaba perfectamente, y llevaba pantalones. Se encendió un cigarrillo y se tumbó en el sofá. Luego expulsó el humo muy lejos y siguió con el hilo de sus pensamientos. Fue en el club. Era la primera vez que acudía a un sitio así. Era un club de separados, o de solos, o de desilusionados. Era un club de los de enamorarse un ratito con música suave y palabras tiernas. Y ella, que estaba sola, se había decidido por fin a ir. Había ido un poco por curiosidad, y otro poco por la vecina. 

Hacía dos años que estaba sola y que veía la tele, y que sacaba la basura a las nueve de la noche todos los sábados, porque los sábados se sacaba antes. Pero aquella noche, al ir a sacar la basura vio a la vecina, impecable y perfumada, cerrando la puerta de su casa con sigilo, como si temiera ser sorprendida en su intimidad. Fue entonces cuando el cubo de su basura le pareció inmenso y cuando vio agujeros en sus zapatillas y una mancha de grasa en su bata celeste. Y fue en ese mismo instante cuando se acordó de que en el armario todavía guardaba unos zapatos de aguja tan negros como los de su vecina, unas medias doradas y una falda de serpiente. 

Se preparó un baño de sales. Se bebió un cubata y se puso una mascarilla hidratante en la cara. Luego se fue poniendo las medias doradas despacito, sintiendo el nailon rozar su piel. Y la falda de serpiente, y el jersey negro, y los zapatos de aguja. Se miró en el espejo y se encontró extraña. Sí, extraña y sexy, como la vecina. Volvió a sonar el teléfono. Esta vez habló ella. 
—¿Rodolfo?
—Sí, no sé qué es lo que está pasando. Esto se corta.
—Sí, sí, te escucho. ¿Rodolfo? ¿Rodolfo?

Otra vez la línea se había quedado muda. Miriam apretó los dientes, y encendió otro cigarro, y continuó pensando en el hombre que intentaba hablarle. 

Aquella sala estaba en penumbra y ella se había sentado en un taburete de la barra. Él se le había acercado con un vaso de güisqui en la mano derecha y le había sonreído, o quizás sólo le había mirado a los ojos sin parpadear. Tenía el pelo liso y negro, y estaba ahí con sus pantalones y con su nariz. Ella había cruzado sus piernas de medias doradas y él había vuelto a sonreír. Ella bebió un sorbo de su cubata y luego se pasó la lengua por los labios, lentamente, con suavidad, sin prisas. Y sus labios se habían quedado mojados, brillantes, entreabiertos. Un sonido de trompetas se escuchó allá en el fondo, trompetas de jazz. Y él la sacó a bailar. Ella había descruzado las piernas y contoneado sus caderas mientras se dirigía hacia la pista de baile. Él la había seguido con sus pantalones y su nariz. 

Habían pasado la noche riendo y hablando. Ella había estado ingeniosísima. Le encantaba todo lo que había sido capaz de decir mientras Rodolfo la miraba. Él había seguido enamorándose más y más de ella, con su calva suave, y su pantalón. Bailaron lento, bailaron salsa, bailaron tangos, y bailaron, y bailaron, con sus medias doradas y su falda de serpiente. Hasta que se encendió la luz de la sala y ella salió deprisa del club. Lo dejó allí, sin explicación, sin aliento, sin su conversación y sin sus labios. Era demasiada luz. Era una luz blanca que hubiera puesto siglos a su rostro. Y así había acabado todo. 

Ya no era sábado cuando Miriam llegó a su casa. Pero él, el tal Rodolfo, le había pedido el teléfono unos minutos antes. Y ahora estaba allí, detrás de la línea, intentando volverla a ver.

El teléfono se cortaba una y otra vez. Y él, Rodolfo, con su pelo cano y su pantalón, no conseguía decirle lo feliz que se sentía de haber conocido a una mujer como ella. El teléfono volvió a sonar.
—Soy Rodolfo, del banco. Para decirle que ya tiene el talonario en la oficina. Que puede venir a recogerlo cuando quiera.
—Pasaré esta misma noche —dijo Miriam.
—¿Cómo? No, verá, nuestro horario es...

Pero Miriam no quiso seguir escuchando, colgó el teléfono y se dirigió al baño mientras pensaba las excusas que buscan los hombres para conquistar a una mujer atractiva. Después se metió en la bañera llena de sales intentando recordar si Rodolfo era rubio, moreno, o calvo. Luego pensó que quizás llevara sombrero la noche en que se enamoró de ella.

 
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