Luces / daniel
Nuria Izquierdo


Para mis niñas Maxi Dos. 
Hoy es un buen día: Isabel pinta, 
Elena se ha cortado el pelo y 
Azu ha estado en Londres.

La gente guapa ya no se pincha. Lo sé porque trabajo en la empresa que limpia los cines de plaza de España y hace muchos años que quitaron las lámparas azules de los baños. Pero cuando vuelvo a casa y salgo de la Renfe, a veces me encuentro con sombras que se meten en las alcantarillas o debajo del puente. Entonces me acuerdo de lo de las lámparas azules y me da por pensar que a las sombras que me cruzo no les hace falta luz para pincharse. No puedo quitarme todo esto de la cabeza, pero cuando quiero darme cuenta ya está anocheciendo y aprieto el paso para llegar a casa. Sé que mi hija me espera. Siempre miro en el parque, pero casi es de noche y la vecina ya se ha subido a las niñas. Nunca llego a tiempo para sentarme un rato con ellas. En el portal llamo al telefonillo, recojo a mi hija, subimos a casa y le preparo el baño. Mientras se llena la bañera la niña me enseña lo que han hecho en el cole o me cuenta lo que ha pasado en el parque. Enseguida la baño y saco algo del congelador para cenar. Luego me toca perseguirla un rato hasta que la convenzo de que hay que irse a la cama. Siempre la espero en su cama con el cuento del caballito. A veces estoy tan cansada que me quedo un buen rato mirándome las manos. Con la luz de la mesilla soy capaz de ver mis venas azules, pero no distingo bien las letras del cuento. Cuando la niña termina de cepillarse los dientes salta sobre la cama y me pide el cuento del caballito. Me acerco el libro a los ojos y comienzo a leer... El caballito se quedó impresionado ante tanta belleza y comenzó a galopar por la playa de marfil. Al poco escucho su respiración tranquila, cierro el libro y espero un rato. Sé que pronto empezará a hacer preguntas y tendré que contarle otro cuento. Tu padre nunca pudo encontrar la belleza y el caballo comenzó a galopar por sus venas de marfil. Puede que así lo entienda. Apago la luz de la mesilla, arropo a mi hija y cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad salgo de la habitación.

Daniel

Las tormentas no asustaban a Daniel. Desde su piso en pleno Serrano se asomaba a la ventana sacando medio cuerpo fuera para poder coger las gotas de lluvia. Le encantaba sentir el contacto del agua, primero en sus manos, después en su cara y por último empapando su pelo. Al principio su madre corría asustada hacia él y le apartaba de un empujón. Después estallaba en gritos. Su padre salía del despacho y comenzaba a discutir con ella, chillando incluso más fuerte. A partir de ese momento Daniel podía volver a su juego favorito sin el riesgo de que alguien le molestara. Contaba una tras otra las pequeñas gotitas que iban chocando contra la palma de su mano y, si se concentraba lo suficiente, podía olvidarse de sus padres. —Una, dos, tres...—¡Esto es de locos, así no hay quien trabaje! ¿Pero qué le pasa ahora a tu hijo? ¿Es que no puede jugar con cochecitos como cualquier niño normal?—¡Para eso haría falta que tuviera un padre normal, no un fantasma que vaga de la oficina al bar y que cuando llega a casa se encierra en su despacho!—Siete, ocho, nueve... Al rato su madre salía corriendo y su padre daba un portazo. El portazo y la huida quedaban flotando en la habitación, y entonces Daniel no podía soportar el aire de su casa. Necesitaba respirar, salir a la ventana y que el agua le recordara que estaba vivo. Se sentía como aquel pez que había tenido hacia años. Su padre había olvidado meterlo en el coche antes de que se fueran de vacaciones. Cuando regresaron, el agua se había evaporado y el pez estaba muerto. Daniel intentó rellenar la pecera para salvarle, pero antes de que pudiera hacerlo, su padre ya había tirado el pez por el desagüe. A él no le iba a pasar lo mismo.Una noche su padre no llegó a casa y su madre se olvidó de hacer la cena. Se acostó con el estómago vacío y al final consiguió quedarse dormido. Soñó que su padre estaba borracho y que su madre no paraba de llorar, mientras fuera empezaba a llover. Se vio a sí mismo coger una silla y acercarse a la ventana para que el agua tocara sus manos, su cara, su pelo y pensó que sería bonito caer como una gota. 

 
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