Ir al índice de Libros del Taller


El verano de las libélulas

Lara López


El amor, me dijiste mientras ponías el intermitente de la derecha. Hay que poner gasolina a este trasto, continuaste. Pensé que cambiarías de tema, pero no. ¿Sabes?, dijiste, cada vez estoy más convencido de que eso del amor es una tontería. No me quedó más remedio que intentar una frase tonta. Creo que dije algo sobre el verdadero motor del mundo, y que bajé del todo la ventanilla del coche, y que el sol estaba muy alto y empezaba a agobiarme tanto calor. Tú seguías. Nos mueven un montón de cosas, pero te aseguro que ninguna de ellas es precisamente el amor. No es el amor. En todo caso el miedo. La confusión. Permaneciste en silencio unos segundos, como si no hubieras terminado la frase, pero pusiste el intermitente para girar hacia la gasolinera. Recuerdo que agradecí que aparcaras a la sombra, al lado de un surtidor de gasolina sin plomo. No se veía un alma. La cinta que te había grabado se había puesto nuevamente en marcha, pero apagué el radiocasete. Justo en ese momento, pasaron dos trailers llenos de coches a los que acababas de adelantar. Los miré pasar, sin bajar del coche. Giré la cabeza cuando salías con un hombre vestido con un mono azul. Tenías cara de haber ganado una batalla. El hombre del mono te preguntó si querías que nos limpiara el parabrisas. Estaba sudando. Mientras limpiaba, le miré las manos. Las tenía ennegrecidas. Al acabar nos hizo un gesto de despedida con una de sus manos negras, mientras gritaba algo sobre marzo y el calor que hacía, y volvió a entrar a la oficina. Pensé que la gasolina olía más fuerte con el calor. Y entonces fue cuando te pusiste el cinturón de seguridad y me preguntaste si había oído hablar del verano de las libélulas. Me dijiste ¿Has oído hablar del verano de las libélulas? Pues imagina un día así, como el de hoy, soleado, dijiste, en pleno marzo. Las libélulas salían de sus huevos, pensando que ya podían nacer. Pero al llegar la noche... Cuando llega la noche, ¿qué?, te pregunté, y creo que me empezaba a doler el estómago. Mirabas al frente, a la carretera desdibujada con la neblina del calor por la que ya no pasaban los trailers. Nada, me dijiste. Que se mueren. Kaput. Así de simple. Que se habían equivocado. Y yo te miré y te pregunté si se habían equivocado de día, y dijiste que tú lo habrías llamado equivocarse de vida. Y con un golpe seco, como si hubieras matado a una libélula, golpeaste el intermitente y comenzaste a maniobrar para salir de la gasolinera vacía.

 
Volver al índice