Nada normal (2002)

Hoy es mi día

Juan Ramón Cañadas

Cuando sonó el despertador llevaba ya una hora con los ojos abiertos. Lo apagué inmediatamente, pegué un salto de la cama y fui directo al cuarto de baño. Mi vejiga estaba a punto de reventar. Mientras meaba los ojos se me humedecieron por la intensa luz de los empotrados, pero sobre todo por conseguir librarme de la pesada carga nocturna. “El mejor momento del día”, pensé. Mi mujer se quedó en la cama intentando robarle al día unos minutos más.

Estaba nervioso. Me duché a toda velocidad, tanto, que acabaron por dolerme los brazos al enjabonarme tan rápida y concienzudamente. Siempre sigo el mismo orden aunque nunca me he parado a pensar porqué: primero los genitales y el culo, luego los brazos, el cuello, el pecho, la tripa, las piernas y los pies, y por último la cabeza. “¡Mierda!”, exclamé al darme cuenta de que el bote de champú estaba completamente vacío. Cuando ocurre esta fatalidad me jode tanto que hace que me duela la úlcera. Cerré el grifo de un golpe. Sentí frío. Salí tan malhumorado como mojado de la bañera dando pequeños saltos hasta el armario bajo el lavabo. Empecé a tiritar. “Buff... ¿dónde coño está ese maldito bote?” El radiador del baño llevaba estropeado más de dos meses. Nunca encontraba tiempo para arreglarlo, pero sí para quejarme de ello cada mañana. “Aquí está, ¿tanto te costará reponerlo cuando lo terminas?”, dije en voz alta. Al volver a la bañera, como el suelo estaba empapado y yo descalzo y con prisas, resbalé, y creí que allí mismo encontraría mi final después de todo, pero tuve suerte, conseguí sujetarme en uno de los toalleros, que no tuvo tanta suerte y acabó arrancado de cuajo en mi mano. Lo tiré despectivamente encima del bidé y volví a intentar terminar lo que ya me parecía tarea imposible.

Al rato, mientras tomaba café, mi mujer apareció en la cocina con los ojos hinchados y un gesto amargo en la cara, como cada mañana.

—Buenos días —dijo con la voz todavía pegada a la garganta—. ¿Has podido dormir algo?

No le contesté. No me apetecía. No quería hablar con nadie.

—Ya veo que no. Me voy a la ducha —y se largó.

“En un día como hoy puedo ser egoísta. Hoy es mi día” —me aseguré a mí mismo.

De camino a la consulta el tráfico estaba como nunca, mejor dicho como siempre. Alicia no era capaz de pasar de segunda. Primera. Parados. Primera, segunda. Parados. Primera. Frenazo. “¡Gilipollas!”, gritamos al unísono al taxista. Yo estresado. No aguanto ir de copiloto. “No frenes tan brusco”, le indicaba. “Metes mal las marchas.” “¡Ten cuidado con el que va a cruzar!”. Así durante los 45 minutos que duró el viaje. Ella no dijo nada.

Cuando entramos en la sala de espera tuve deseos de salir corriendo. Me ponen todavía más enfermo. Toda esa gente haciendo como si hablasen en voz baja, pretendiendo ser educados, formando en realidad un estruendoso e insoportable rumor con sus susurros. Y luego ese calor, y ese humo, y todas las ventanas cerradas, opacas y húmedas por la condensación de vaho y sudor. Yo angustiado y atrapado, sin poder escapar de esas paredes ennegrecidas por las pisadas, de las papeleras llenas de basura y colillas mal apagadas, que creaban un ambiente irrespirable al mezclarse con el olor a medicina que flotaba en la sala. Todas estas cosas me recordaron que vivo en un país de imbéciles y esto para mi desgracia reavivó la úlcera que crece en mi estómago.

Teníamos cita a las diez y ya eran las diez y diez. Ya no me quedaban padrastros que morder, los dedos que no tenía ensangrentados estaban doloridos. Por fin se abrió la puerta, apareció la enfermera y ni aún así se hizo el silencio. “¡El número nueve!”, gritó la enfermera con una escandalosa voz de gallo, tan desagradable como aguda, que apedreó mi cabeza sin compasión. “¡A ver, el número nueve!”, repitió, esta vez con mala leche.

“Yooo”, se oyó débilmente al final del pasillo. Un anciano, su abrigo oscuro y su bastón se arrastraban lastimosamente tras el enérgico brazo de su esposa en dirección a la enfermera. Respiraba rápidamente y haciendo mucho ruido. Realmente pensé que se iba a quedar en el intento. Al llegar, y antes de entrar, todos le miraron como luego me mirarían a mí, con curiosidad y morbo, analizándole, comparándose, sintiéndose por una vez más afortunados que otro, fabulando esperanzas, a la postre vanas, para hacer más soportable la espera, para retrasar, aunque sólo mentalmente, el destino que nos esperaba tras la maldita puerta.

Poco después llegó mi turno. Cuando entramos el doctor estaba estudiando unos papeles sentado en su mesa. Me jode que no se dignen ni siquiera a levantarse para saludarte. “Pasen, por favor, señooor...”, comenzó sin mirarnos, buscando mi nombre entre los expedientes “...Montano”. Después nos miró con una pequeña e inoportuna sonrisa, que pretendía ser cariñosa pero que acabó siendo estúpida. “Por favor, siéntense.” Nos sentamos. “¿Cómo están?”, y continuó sin dejarnos contestar: “Es mejor que no les haga esperar. Voy a ir al grano”. No paraba de mover desordenadamente los papeles de su mesa buscando algo. Entonces se detuvo delante de uno cualquiera y me miró, por primera vez a la cara y por única vez a los ojos, con una expresión que estoy convencido tienen muy estudiada y aprendida, y dijo:

“Ya tengo los resultados de los análisis. Lamento decir que no han hecho sino confirmar lo que les avancé en su anterior consulta: el tumor es maligno”. Alicia apretó mi mano aun más fuerte, me hizo daño. “Tal y como les advertí en la primera consulta los síntomas son muy claros, no hay duda en el diagnóstico. Ahora lo que hay que hacer es operar cuanto antes. Debo añadir que en principio no parece que se haya extendido a otros órganos vitales.”

“¿O sea, que no hay metástasis?”, le interrumpió Alicia, intentando dejarle claro que sabíamos de lo que estaba hablando. En realidad estaba completamente sus manos.

“Efectivamente”, contestó, “aunque debo advertirle que este hecho no se confirmará hasta después de la operación, cuando se analicen muestras de tejidos extraídas de su organismo. Para su tranquilidad les diré que este tipo de operaciones son muy habituales y...”

Después siguió hablando, pero no le presté atención. Ya sabía todo lo que quería saber. Alicia no paraba de llorar, un tanto escandalosamente. Me incomodaba. Acabé con el estómago revuelto pero, extrañamente, yo no me sentía triste, sino más bien aliviado. Por fin empezaba a vislumbrar un final para la espera, tan nociva, de los últimos días. En el coche, de vuelta a casa, parados en un cruce, me envolvía el ruido metálico de la lluvia al caer sobre el techo. En la calle todos hacían su vida normal ajenos a mi desgracia. Les envidio. Me ha tocado a mí y no a ellos.

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