Nada normal (2002)

Un día de estos

July Echevarría

—Calle del Sauce, número 9, de la urbanización Pradoverde, en Galapagar. Sí, exacto, una paella para seis personas. Llamé ayer para reservar, soy Ana Lerchundi, envíemela a las diez. Sea puntual, por favor, tenemos una celebración familiar y es muy importante cenar a la hora acordada. Mis invitados son ingleses. Ya sabe. Bueno, muchas gracias.

¿Quién me mandaría a mí comprarme un adosado? “Fantástico chalet de 150 m2, adosado pero con jardín individual, situado en las faldas de la sierra madrileña, a quince minutos del centro”? Qué mentiroso aquel vendedor. No sé cómo me dejé convencer.

—Sí, sí, ¿ve usted aquella rama que sobresale del árbol?, pues allí estará su habitación, ¿se imagina qué vistas? Y siendo como son jóvenes, en seguida vendrán los niños. Esto es perfecto para los chavales. Además la urbanización contará con todos los servicios, entre ellos guardería infantil.

Se le olvidó contarnos varios detalles como que los 150 m2 estaban repartidos en cuatro agotadoras plantas, que la guardería tiene un horario demencial: abren de 9 a 5, y yo tengo que dejar a Anita a las 7 de la mañana; y que lo de “a 15 minutos del centro”, simplemente era una manera de hablar. A John, sin embargo, vivir en la sierra le parece que bien vale un esfuerzo. Sin embargo, tampoco él me avisó que el esfuerzo lo tenía que hacer sobre todo yo.

Trabajo en un Ministerio y tardo exactamente una hora y cuarenta minutos en llegar a mi trabajo. En teoría disfruto de jornada intensiva pero debido a mi cargo padezco la extensiva.

—Ana, comprenda que por ser mujer y madre no podemos hacer excepciones. Hay mucha gente preparada que está dispuesta a ocupar su cargo, o sea que usted verá. Tenemos mucho trabajo.

Y decidí que al director del banco en el que tengo la hipoteca le parece muy adecuado que trabaje a destajo. En consecuencia, a Anita no puedo recogerla hasta pasadas las 7 de la tarde.

No encontramos a nadie que nos ayude en los trabajos de la casa y, aunque no debiera ocurrir, lo sé, me toca a mí hacerme cargo íntegramente de estas tareas. Él está ocupadísimo y además le acaban de ascender a Consultor Senior de una importante multinacional con sede en Londres, con lo cual si existía alguna esperanza, ha desaparecido totalmente. Hoy celebramos este ascenso con cuatro compañeros de oficina, tres de ellos ingleses. ¡Con lo mal que se me dan a mí los idiomas!

Bueno, salgo volando de la oficina intentando llegar a todos los recados. Hoy es viernes y la carretera de La Coruña está de película de Hollywood, que bien podría titularse: El gran Atasco, o El atasco de sesión continua.

El coche está que abrasa. En pleno verano la temperatura madrileña alcanza los 35 grados. Y mi coche todo el día al sol. El único consuelo es que como no puedo ir al gimnasio, entre las escaleras de mi casa y la sauna del coche, me voy manteniendo.

—Ana, qué bien te conservas después de lo de la niña.

—Es que me cuido.

Si ellas supieran. ¿Qué vi en John? Tengo que bucear en mi memoria porque no acabo de estar segura. Lo que más me gustó de él, cuando le conocí, fue su nombre: John Smith. Estaba convencida de que era un nombre falso, algo así como un alias, y que detrás de semejante vulgaridad se escondía una historia electrizante. ¿Por qué habré sido siempre tan fantasiosa? Ya me lo decía mi amatxu:

—Anne, aterriza, que otra vez te has quedado como ida.

¿Por qué pienso en esto, precisamente ahora, que me dirijo a celebrar lo que él más desea, su ascenso? ¿Será por aquel gran trailer con el logotipo John Smith que veo más adelante, en el atasco? ¡Qué cosas!

Todos mis compañeros de Económicas eran unos burros. Yo siempre soñaba con mi príncipe azul: un hombre dulce y delicado que me tratara como una reina. Y apareció. Alto, delgado, rubio, con ojos azules e inglés. Hablaba fatal el español pero tenía un acento que me seducía y me quedaba muda, como hipnotizada. ¡Qué tontería! Lo de no entendernos ya viene de lejos.

Él es cinco años mayor que yo, que tengo 32, y se enamoró de mí al instante. Nos casamos en seis meses. Yo creo que le influyó que fuera de San Sebastián. Como es tan aficionado al cine, había asistido durante varios años a la Semana del Cine y siempre le había cautivado la belleza de las mujeres de mi tierra.

Bueno, esto parece que despeja. Llevo una hora de embotellamiento. En cuanto pueda me compro un coche con aire acondicionado.

—Señora, Anita parece que está un poco estreñida. Se ha quejado de la tripita. No parece importante porque acaba de merendar con ganas. Por lo demás todo bien.

¡Vaya por Dios! Pues tenemos que ir a por la merluza a la koskera al restaurante del pueblo. Los amigos de John creen que cocino muy bien y no tengo ni idea. Tampoco lo he intentado nunca, cierto.

—Mami, caca.

—Espera un poquito, mi amor, que enseguida llegamos a casa.

Se me acaba de caer parte de la salsa en la tapicería del coche. Pues ahí se queda. Anita pesa mucho y está muy mimosa. Nada más abrir la puerta de casa suena el teléfono. Parece que el mundo se confabula para sacarme de quicio, hoy precisamente.

—Hola, amatxu, espera un momento que le voy a poner a la nena en el baño y ahora hablamos, no me cuelgues.

—¿A que no sabes lo que me ha hecho tu padre hoy? Pues nada, que vino el padre Wilfredo a tomar el té y al despedirnos, mientras le daba la mano en la puerta de casa, tu padre se tiró un pedo. ¡Qué horrible! Como no oye nada piensa que los demás tampoco y cada día le importan menos las formas, le da todo igual, es como si se estuviera riendo de todos. El pobre cura ha disimulado como ha podido pero se le ha notado.

—Ama, perdona pero tengo una cena y no te puedo atender, hablamos mañana por la mañana, ¿vale? Un beso, y mucha paciencia. Dale otro a aitá.

Yo no recuerdo haber dejado la casa así de desordenada cuando salí esta mañana. En fin, lo recogeré a toda velocidad porque se me echa el tiempo encima.

El mantel de flores de color naranja me queda estupendamente en la mesa de plástico del mini jardín. Parecería un jardín muy elegante si no fuera por estas puñeteras hormigas. Pero, ¿quién las ha invitado? Se van a enterar. Les voy a atizar con un bote entero de mata-hormigas. Espero que funcione, ya que lo compré de oferta.

¡Pero si ya son las nueve y media! Me tengo que arreglar. ¿Dónde habré puesto aquel maquillaje que me regaló John por mi cumpleaños? ¡Qué detalle! Él siempre tan austero y práctico. ¿Y las medias de fantasía? Están llamando a la puerta.

—Hola, Ana. ¡Qué guapa estás! Enhorabuena también a ti por lo de John. Nos hemos adelantado un poquito. ¡Qué bonito jardín! Y qué bien huele, se nota el aroma del campo. En cambio en Madrid, no tiene nada que ver.

—¿Os apetece algo mientras llega la paella? La he encargado a un sitio especial, ya veréis. A mí sólo me ha dado tiempo de preparar un plato típico de mi tierra, espero que os guste.

—Pues yo me muero de sed, tomaré una cerveza muy fría.

—Yo otra.

¡Las cervezas! Se me ha olvidado meterlas en la nevera.

—John, ¿qué te parece si sacamos aquellas botellas de sidra que trajimos de nuestro viaje a Oviedo? Seguro que están buenísimas.

—No, deja, yo también prefiero cerveza.

Pero, ¿por qué no se dará cuenta de que mis ojos están fuera de las órbitas por algún motivo, que no padezco de ninguna enfermedad ocular y que la patada en la espinilla es para que me siga la corriente?

—Pues no, hoy me toca decidir a mí. Vais a probar una sidra fresquita muy especial. Luego os pondré unas cerveza, ¿vale?

Me va a dar algo, las diez y cuarto y la paella sin llegar. Y encima el animal del vecino del chalet de al lado está otra vez atacando a su mujer como lobo en celo. Como está en paro se aburre de muerte. Ella es azafata y vuela varios días seguidos a la semana y en cuanto llega a casa él no puede esperar ni un minuto y zas, cualquier sitio es bueno. Ahora están en el jardín y se oye un buen escándalo.

—Ana, no pongas la música tan alta que no nos oímos.

Un día de estos voy a preparar un código de signos para poder comunicarme con John porque no me entiende. O mejor aún, un día de estos voy a preparar un lista de cosas que me gustan de él y de cosas que no me gustan y se la voy a enviar por e-mail, para que se entere, ya que será la única manera en que se lo lea entero. O mejor aún, un día de estos...


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