Leí el diario de un extraño (2003)

Microrrelatos

Álvaro Acevedo Tarazona


El niño no dejaba de mirar la fuente. Sus ojos se encontraban un poco más abajo del hilo que vertía en la pileta. Su padre y yo no hacíamos más que contemplarlo; la madre también trataba de llamar su atención. Pero el niño no dejaba de mirar el agua; estaba ensimismado, sólo él y la fuente. Era como un Dios contemplando su creación.

El binomio cuadrado perfecto es muy fácil, dice Melena. Los adverbios de tiempo también, y la división celular sí que más. Mañana hay examen de Álgebra, control de Biología y tarea de Español. Interrogo de nuevo a Melena. Mi octavo año. “El más fácil”, agrega Melena. El mismo que ha repetido por cuarta vez.

Caliento el cocido y enciendo el televisor. El vino está en su punto y el atún también. Pasaré los canales hasta muy tarde; llamaré a mi novia y a uno que a otro amigo. Después iré por un vaso de leche que acompañaré con un bocadillo. Dormiré en el sofá y mañana me levantaré muy tarde. ¿Acaso hay algo que puedan envidiarle los seres humanos a los ángeles?

Ahí estabas. Todos lo sabían menos yo. Así lo habías querido. Ahora que te veo con tu risa de mujer aún niña y tus mejillas pálidas, en ese cajón, reprocho tu silencio y las miradas cómplices de tus amigos, porque yo te hubiese salvado, porque sólo yo sabía que podías ser tan fuerte como una palmera y tan frágil como un cedro expuesto al viento.

Todas las mañanas te levantas con el canto del gallo. Vives con la noche y el día, y a veces no comprendes: tu padre se muere y tu hija, tu hija ya no llora. Pero tú sí ríes y juegas como un niño. Ahí estarás por siempre, mi amigo por siempre, porque eres caliza, tamajaco, piedra y mármol. Trabajarás de sol a luna en una árida tierra, pero poco te importa que los ricos disfruten de la buena tierra y las grandes casas. ¡Qué te debe importar si eres la misma vida!


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