Prólogo de Carlos Molinero
No, no pienso escribir el prólogo. Que no,
Enrique, que no. Que yo no sé hacer eso, que ni siquiera
sé la diferencia entre preludio y prefacio como para meterme
con un prólogo. Ni que estuviera loco. Y no me digas eso
de que como los otros profesores han escrito ya uno, ahora me
toca a mí, porque no cuela. Ellos son profesores de Escritura
yo soy de Guión, así que... Sí, sí,
no lo digas, que todo tiene que ver. O nada tiene que ver. Pero
vamos, que no escribo el prólogo y punto.
Además, si es que la gente no se lo lee.
Yo no conozco a nadie que se lea los prólogos. Son como
los malos trailers: no aportan nada y te machacan la película.
Y ahora me vas a decir que tú te lees los prólogos.
Serán los que has escrito tú, porque nadie que no
necesite medicación se sienta con un libro delante y dice:
Qué ganas tengo de leer el prólogo o
Está tarde que no tengo nada que hacer me voy a leer
unos cuantos prólogos.
Y más para este libro, que todo el mundo
sabe de qué va, que los que los compran, o han escrito
en él o son amigos y parientes de los que escriben. Y aunque
sea uno que lo coge en la Casa del Libro, se lee la contraportada
y ya está todo contado. El prólogo es una redundancia,
un tostón. No quiero parecer malvado, pero tengo que decírtelo:
Los tuyos tampoco se los leían. Ya está. Ya lo he
soltado. No se los leían. Todos esos que hablaban con sonrisa
de ultracuerpos y comentaban cosas como: El de este año
sí que ha quedado bien, Tiene mucha gracia,
Lo mejor es el final. Vaguedades, circunloquios; vamos,
trolas cochinas porque no se lo habían leído y no
tenían ni idea de qué iba el asunto.
Que la gente sabe que va morirse y no puede perder
el tiempo con un prólogo. Está el relato del colega
que se ha metido en un taller literario y que te ha regalado el
libro lleno de emoción. Pues a saco a por su escrito. A
ver si con un poco de suerte es malo y me quedo tranquilo, no
sea que tenga de amigo a un escritor de verdad, porque
si él puede hacerlo, yo, que sacaba mejores notas en los
dictados, Vargas Llosa como poco. Que porque no quiero, ni tengo
tiempo, que si no...
Por no hablar de los compañeros de clase
del Taller. Lo primero que necesitamos es saber qué ha
escrito la chica guapa que curra de diseñadora y que apenas
dice nada en clase. Vas a su cuento y rezas para que no sea mejor
que el tuyo. Porque si no, es la leche y la injusticia cósmica.
Guapa, rica y encima escribiendo mejor. O te vas a por el del
tío que parece esquizofrénico, pero que sabes que
es muy cachondo y que te vas a reír leyendo lo que ha escrito,
sea lo que sea.
En resumidas cuentas, que nadie lee el prólogo.
Que la gente sabe de qué va este libro, que ya son diez
y que hay que ser muy corto para no pisparse; y que el que lo
vea por primera vez se lee las pastas y fin. Sí, que este
año es eso de todos los relatos en primera persona. Vamos,
no creo que haya que ser el de CSI para después de ver
en la portada Leí el diario de un extraño
y leer cinco relatos discernir que todos tienen algo en común.
Va a ser eso de la primera persona.
Además es que el título está
muy bien y cuenta muchas cosas. Así que lo que yo escriba
es innecesario, y como se sabe en esto de juntar letras, especialmente
guiones, todo lo que no suma, resta. Y me temo que más
que restar voy a dividir por veinte si me pongo a hacer comentarios
sobre los diarios, la intimidad, la extrañeza, la curiosidad
por lo ajeno y la desnudez del escritor. Al final lo mismo acabo
pensando demasiado sobre estos temas y después de escribir
el prólogo me da un ataque de pánico, me hago del
Hare Krisna y te quedas sin un profesor de Guión.
Y no me digas lo de que es una tradición,
que me da un ataque de ansiedad y acabo en el Doce de Octubre.
Bastante sé yo que el Taller tiene diez años. Si
estaba allí cuando empezó, en los tiempos primigenios
en los que ni siquiera había Sugus. Y nada de chantaje
emocional con eso, porque lo que pasa es que me acuerdo de lo
viejo que soy, de que ya no puedo acostarme a las ocho de la mañana
sin estar catatónico al día siguiente, que el peine
empieza a parecerse más a una segadora capilar, y que ya
no me hacen gracia Martes y 13. ¿Ves?, ya me ha dado el
bajón. Diez años de Taller. Si no hace una semana
que repartiste los papeles del "binomio fantástico"
en el Pepe Botella. Que sí, que podría escribirlo
en plan nostalgia. Hablar de Patricia, José María,
Manolo y todos los compañeros del primer año. De
los amigos tan cojonudos que te he vampirizado y de cómo,
debido al caos del mundo, más de un colega acabo ennoviado,
enrollado y hasta casado gracias al Taller (no pienso decir nombres).
Del sudor frío que cae por la columna vertebral la primera
vez que se da clase. De que mientras más tiempo llevas
escribiendo más complicado parece todo; y bueno, podría
acabar con violines melifluos haciendo una oda a la creatividad,
la literatura y el devenir perpetuo del arte. Pero vamos, que
yo paso de nostalgia, me cago en lo de envejecer y mucho menos
escribo el prólogo. No es por vagancia, es por convicción.
El que quiera leer el libro que se vaya a la chicha,
a despellejar al compañero, a gozar con el colega, a descubrir
que ese primo que no habla en las bodas resulta que escribe como
dios, a blasfemar porque su nieto ha contado esa historia familiar
intocable y encima se ríe de ella, a descubrir cómo
ese que te cae tan mal adjetiva tan bien y el que se ríe
siempre de tus gracias no lo ha pillado todavía, pero al
final todos han tenido redaños y han escrito. Porque de
eso se trata. De permitir que toda la humanidad lea la página
más escondida de tu diario de adolescente. Dejar que el
mundo vea esa foto de cuando eras pequeño y estabas vestido
de marinerito con la cara pringada de donuts de chocolate. De
que la gente escuche esa grabación de los diecisiete ensayando
una declaración de amor que nunca tuviste el valor de hacer.
En fin, de mojarse, dejar un trozo de las tripas en el papel.
Algunos podrían hacerlo, si tuvieran tiempo, si tuvieran
ganas, si quisieran. El hecho es que en el libro están
los que han escrito, los que han gastado tiempo, ganas y cerebro.
Y sobre todo vísceras. Los médicos lo hacen con
bisturí y lo llaman estirpar. Con boli suena menos desagradable:
escribir. Una actividad que duele y divierte y pone cachondo.
Si se tiene tiempo y ganas, y sobre todo si se quiere.
Hay que ir a los relatos, ver cómo los médicos
han hecho sus intervenciones quirúrgicas, descubrir sus
neuronas en funcionamiento. Poner algo delante es igual que comentar
una operación de páncreas: Inútil, grimoso
y hasta ridículo. No digas nada, que no voy hacer caso.
Así que lo siento Enrique, pero no pienso estirpar, digo,
escribir el prólogo. Ni de coña.
Carlos Molinero,
Madrid, abril de 2003