Leí el diario de un extraño (2003)

Hoy no tengo escaleras para subir a buscarte

Sonia Aldama Muñoz

Me gustaría subir a las estrellas y gritar tu nombre, encontrarte entre las nubes cantando feliz, pero no puedo subir. Hoy no tengo escaleras. ¿Por qué no bajas tú y me aúpas como cuando era niña?

Sí, puedes hacerlo. Pasearemos juntos buscando piedras por la orilla del mar, caminaremos por el puerto, viendo a los pescadores, bailaremos como entonces, navegando en busca del infinito, sin dejar que nadie nos moleste, sin parar de reír y de soñar que nunca nadie nos separará. Volaremos por los continentes visitando todos los países que prometimos ayer. ¿No fue ayer? Parecía tan cercano, cuando planeábamos tantas cosas.

¿Dónde estás? No puedo verte, pero puedo sentirte acurrucándome entre tus brazos. Puedo olerte, puedo pensar en ti, siempre pienso en ti, a todas horas, pienso en volverte a ver, te susurro al oído lo orgullosa que estoy de ti, que te quiero, te anhelo y te echo de menos.

¿Vendrás a buscarme? Te estaré esperando y no me cansaré de hacerlo aunque todos me digan que no volverás. ¡Qué sabrán ellos! Sí volverás. Te quedarás conmigo para demostrar al mundo que la vida es vida mientras uno de los dos respire y sienta que todo puede ser. Si tú no vienes a buscarme, encontraré la manera de hacerlo yo. Aunque hoy no tenga escaleras para subir a buscarte.

 

Vuelve a ser primavera


Querido Maestro:

En la mañana desperté preocupada. El sonido del viento fue la causa de un sueño terrible que se convirtió en una constante pesadilla.

Traté de levantarme para cerrar la ventana, pero un aire violento me tumbó y la habitación se llenó de hojas secas que arañaron mi rostro.

Intuí que unas sombras me acechaban y busqué tu recuerdo, pero no podía sentir tu piel.

Un olor de otoño rancio impregnó mi garganta.

Saqué un brazo de las sábanas, alcancé a tientas un antiguo calendario que marcaba otro siglo, y coloqué la vida en primavera.

Cesó el viento, las hojas cayeron sobre la alfombra y la luz amaneció en mis ojos, que te buscaron, maestro.
Me incorporé despacio, desnuda, cansada.

Encontré la percha de madera que sostenía la vieja camiseta agujereada por el tiempo. Me empapé en su olor y caminé sola por el pasillo hasta llegar a la puerta. La abrí deprisa, buscando respuestas.

Una mujer sonreía con un gesto dulce en el descansillo.

—¿Cómo estás, cariño? —me dijo, encontrando mis ojos.

—Vuelve a ser primavera —contesté confusa.

—Ya lo sé —replicó ella. Observé cuánto nos parecíamos.

—¿Viste el Sol? —pregunté ilusionada.

—No, está nublado, pero tu mirada ya no está triste —concluyó sosegada.

La mujer entró en la casa y me dejó sola junto a las escaleras.
Agarrada a la barandilla cerré los ojos y respiré tranquila: estaba preparada para la próxima tempestad.

Me enseñaste que hay muchas hojas en el calendario, maestro. Sólo cuatro estaciones, pero siempre vuelve a ser primavera.


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