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Leí el diario de un extraño (2003) |
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La lista |
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Myriam Anguiano García |
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Ayer se murió mi abuelo. Yo estaba soñando algo muy bonito cuando de repente sonó el teléfono. Eran las siete de la mañana. Oí hablar a mi padre y cuando colgó dijo: Cariño, lo siento. Es tu padre. Mi madre se puso a llorar muy fuerte y yo me di cuenta de lo que había pasado. Me asusté, porque nunca la había oído llorar así. Me tapé la cabeza con la sábana y estuve un rato pensando en el abuelo, en que ya no le volvería a ver nunca más. Al rato mamá se metió en la ducha y cuando salió fui a verla a su cuarto. Me dio un abrazo y me dijo: Se ha muerto el abuelito, y yo hice como que no sabía nada y no supe qué decir. Me dijo que me vistiera y fue a despertar al enano, y luego nos llevó al colegio como todos los días. Por el camino casi nos chocamos con un taxista que se puso a pegar gritos como un loco, y mamá empezó a llorar otra vez y ya no paró. Le conté a Santi lo del abuelo y me dijo que no me preocupara, que estaba en el cielo que era el Paraíso. No pude concentrarme en todo el día, no dejaba de pensar en lo que había pasado. Él tenía mucha tos, tanta que si alguna vez íbamos a un restaurante la gente le miraba y todo, pero yo no pensaba que se iba a morir. Todos los domingos íbamos a su casa, nos daba chocolatinas y nos contaba historias de la guerra que yo no entendía muy bien mientras mamá preparaba la comida y papá leía los periódicos. A mí no me gustaba mucho ir porque me aburría, y ahora, mientras pienso que no sé qué vamos a hacer este domingo, sí que me dan ganas de llorar. Todo el tiempo he estado un poco preocupado porque no he llorado, y me pregunto si será que yo no quería de verdad al abuelo. Bueno, yo le quería, estoy seguro, pero no he llorado, no sé por qué. A las cuatro vino la señorita Delia a clase y me dijo que había venido mi padre a buscarnos al enano y a mí. Nos llevó al hospital y entramos por una puerta que decía Salas velatorio. Allí estaban mamá y mis tíos y alguna gente que no conocía. Vinieron unas señoras a darme besos y a decirme que estaba muy mayor y que era igual que mi padre. Mamá me pidió que me sentara en una silla al lado de la puerta con el enano y que cuidara de él. Desde allí yo veía que la gente se asomaba a una sala donde estaba el abuelo, supongo que para despedirse de él. Entraban un rato y salían, y luego volvían a entrar. Yo también quería despedirme, pero me daba miedo acercarme a aquella puerta, y además sabía que mamá no me iba a dejar. Un señor muy mayor con gafas se acercó y se sentó a mi lado. ¿Qué pasa, chavales? ¿Ya no os acordáis de mí? Estuve un día en vuestra casa con mi perro, Ator, dijo poniéndome la mano en el hombro y pellizcando después el moflete del enano. Yo me acordaba del perro, muy grande y de pelo largo, pero del señor no. Cogió su billetera del bolsillo de la chaqueta, la abrió con mucho cuidado y sacó un taquito de papeles. Los fue mirando uno tras otro, una foto en blanco y negro de una señora antigua muy guapa, un carné de no sé qué, una tarjeta de visita, hasta que apareció un trozo pequeño de papel, viejo y desgastado por los bordes, y me lo enseñó, sin decirme nada más. Estaba escrito a máquina y en la parte de arriba ponía en color rojo Mis diez mejores amigos. En primer lugar aparecía el nombre de mi abuelo: Julián García de la Peña. Enseguida miré al señor y vi que estaba llorando, aunque trató de disimular. Yo quería mucho a tu abuelo, vivimos muchas cosas juntos y siempre fue mi gran amigo, el mejor, ya lo ves ahí. Le devolví su lista y él la guardó de nuevo en su billetera junto con el resto de los papeles. Se quedó un rato callado, mirando a la pared de enfrente, y luego se levantó con dificultad y dijo: Me alegro de veros, chavales, y se fue a la otra sala a ver al abuelo. Yo me quedé allí sentado pensando en cómo habría sido el abuelo cuando era joven y en lo importante que es ser el número uno de una lista de mejores amigos, y me sentí muy orgulloso de ser su nieto. Un rato después se fueron todos al cementerio menos el enano y yo que nos fuimos con la tía Elena a su casa. Vi salir al señor mayor y fui a decirle adiós, pero se metió en un coche y no me oyó. Me arrepiento de no haberle dado las gracias por enseñarme su lista. Por la noche se lo conté a mamá y ella sonrió y me dijo que el señor se llama Vicente, y que durante la guerra se hizo pasar por militar y sacó al abuelo de la cárcel. Hoy es sábado. Lo primero que he hecho al despertarme es rezar por el abuelo, para que esté en el Paraíso y sepa que le quiero y le voy a echar de menos. También he pedido que mamá se acuerde de que me dijo que hoy me llevaría a casa de Santi, que celebra su cumpleaños, porque yo no me atrevo a decírselo. Después he escrito una
lista de mis diez mejores amigos y he puesto a Santi el primero y a Sergio
en el dos. Al señor Vicente le he puesto en el tres, por haber
salvado la vida de mi abuelo. En los demás a lo mejor hago cambios,
ya veremos. He guardado la lista en el bolsillo de la mochila, y a partir
de hoy pienso llevarla conmigo a todas partes.
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