Leí el diario de un extraño (2003)

Me muero sin ti

Emilio Ayanz

Me fugué de madrugada aprovechando el vuelo de una mariposa azul. Fue de esta manera, que huí del abecedario. Y en ausencia de mí, la letra “M”, no hubo mañana, y al sol le tocó seguir en camisón y a la tierra en penumbra. A la “P”, tan perezosa le dio igual el ajetreo que se vivió entre las calles del alfabeto cuando todas las letras se dieron cuenta horas más tarde de mi fuga... Fue la “C”, curiosa, quién encontró mi carta de despedida y la leyó a las demás letras: “Me marcho. Sí, me voy, ya no habrá más muertos ni mortificados, ni malvados, ni malhechores, ni mezquinos, ni miserables, ni melancólicos, ni maleficios, no habrá maltratados ni maltratadores, no se marchitarán las margaritas, desaparecerán los mendigos, los misiles, las metralletas, las mentiras y las murallas...”. La “L” lloraba; la “D” se desmayó desconsolada; la “B” bostezaba; la “N”, tan noctámbula y nostálgica, no dudó en encontrarle el romanticismo a la situación; la “R” cambió las risas y las rosas por los rezos... Sigilosa, serpenteante, siseando se acercó la “S” y sentenció:

“Esto es terrible, tenemos que buscarla”.

Y vaya si lo hicieron. Menos la pequeña “ñ”, todas las letras me buscaron en las montañas, en los valles, en las alcantarillas, y los buzones, en el océano, preguntaron a las mariposas, a las estrellas, a la luna, y al sol aburrido, descorrieron las cortinas del horizonte, desalfombraron los campos y miraron bajo la roca y entre el trigo..., hasta que finalmente la valiente “V” me encontró al pie de un acantilado, moribunda, muda, malherida, deshojando memorias y con la mirada perdida en el mar embravecido. Y para convencerme todas las letras me hicieron un regalo, un par de zuecos con alas, un yo-yo relleno de estrellas, un verso inagotable, un unicornio pintado de arco iris, una diadema de rosas, un sueño de azúcar... y así, letra por letra, hasta la “A”, que me ofreció su mano amiga... Pero yo no quería volver, estaba decidida... Y fue entonces cuando la pequeña y ñoña “ñ”, que se había escapado de casa, se acercó y gritó con voz de niña: “¡Vuelve, Mamá!”

Y el mar se sacudió las olas y amaneció por fin.

 

No cabe duda

Las últimas gotas de la tarde caen a plomo sobre Madrid, asfixiado de calor y tráfico... Desde el interior de un autobús que enfila al trote la Gran Vía las calles pasan con olor a desierto, los edificios se desabrochan las ventanas mientras cientos de coches en procesión sobre el asfalto emblandecido desgarran el aire con sus afónicas letanías...

De pronto, el autobús pega un frenazo para no chocar contra un taxi con tubo de escape tuberculoso y una enorme pegatina en la luna trasera que dice “I love Atleti”, provocando en el interior un espasmo de olores a desodorante caducado y sudor fresco, miradas anudadas, erráticas, nalgas flácidas chocando contra manos apretadas, una lotería improvisada de pisotones en las costillas, y un arrítmico oleaje de brazos y espaldas...

A mi derecha, un bolso rueda con angustia de fugitivo, al que le sigue una mujer de perfil cetáceo que es salvada de encallar en el suelo por un joven de palidez trasnochada, con la cara enjuta, casi sifilítica y una cicatriz en la mejilla izquierda, con la mirada alcohólica y el aliento solitario con regusto a cigarro sin filtro, barba de cuatro días, sonrisa de cenicero, y una camiseta gris con manchas de todos los meses con la palabra “AnarKa” escrita en rojo...

—El monedero, el monedero... que no encuentro el monedero... —grita la señora.

—A ver, ¿están todos bien? —pregunta el conductor deteniendo el autobús—. Cago en la madre del taxista, coño, y además del Atleti.

—Por aquí una señora dice que no encuentra el monedero —apunta otra señora

—Lo mismo se lo han robado —añade un jubilado.

—Pues habrá sido el “rogradicto” este —se anima un obrero enfundado en un mono azul salpicado con costras de pintura.

—Si es que con esas pintas... —añade una chica joven envuelta en finas sedas de Zara y que huele a frutas del bosque.

—Y además es rojo —dice el jubilado.

—Mamá, ¿quién es Anarka? —le pregunta un niño con dientes de conejo a su madre.

—Pues hijo, no sé, será un político muy malo, y cállate ya, y ten cuidado, no te acerques a ver si va a tener una jeringuilla, te la clava, y luego te tengo que llevar a Urgencias, y hoy me viene fatal que todavía tengo que hacer la cena, lavar la ropa y plancharle a papá el traje...

—Oiga, ¿va para mucho?, que tengo entradas para el cine y se me hace tarde —grita un ejecutivo maduro de los de pelo engominado, y gafas con montura al aire de efecto rejuvenecedor...

—¿Y qué vas a ver? —pregunta una chica, de labios postizos.
Hundiendo la mirada en el escote de la chica, también postizo, el ejecutivo intenta responder con emocionada indiferencia:

—Eh..., Lucía y el Sexo.

La chica le devuelve la indiferencia, descafeinada de emoción, “Ah”, responde...

—¡Mi monedero, que no encuentro el monedero, hagan algo por el amor de Dios, que venga la policía...! —vuelve a chillar histérica la señora.

—Pues de aquí no puede haber salido... —dice la chica de Zara y frutas del bosque.

El obrero vuelve a la carga:

—Seguro que ha sido el mierda-yonqui éste, pero si se le ve en la cara...

—No cabe duda, está clarísimo —dice el jubilado...

Alrededor del joven se conglomeran miradas inquisidoras, el aire se hace espeso, y huele condena, y él no se defiende, simplemente calla, yo lo observo con cierta lástima. Seguramente piensa: “Joder, ya estamos como siempre...” Miro por el cristal del autobús cómo las luces de neón le van haciendo una diadema de colores a la noche, mientras a él las treinta pupilas de quince almas con caries le asesinan con la eficacia del zumbido de una mosca.

El conductor se sube el pantalón, se seca el sudor con la mano, se acomoda sus partes y dice con cierta solemnidad: “A ver, todos quietos, y tú —le grita al joven—, te bajas conmigo que ahí fuera hay una par de agentes a los que les vas a tener que dar unas cuantas explicaciones, y deprisita que no estamos para tonterías”. “A ver, señora, venga usted también con nosotros...”

Se abren las puertas y el autobús vomita una nueva corriente de espaldas y brazos... En la orilla de la acera recojo mis extremidades, en una esquina una pareja de policías esposa al joven a una soledad de zapatos viejos, mientras con paciencia de pingüino, el jubilado llega hasta la puerta de un bar de la calle San Bernardo, donde se encuentra con un conocido...

—Pero bueno, hombre de Dios, dónde te has metido, que llevamos ya tres anisetes esperándote...

—Nada, nada, empieza a repartir, Manolo..., ¡ah!, y hoy jugamos con dinero de verdad, que como me salga una buena mano me llevo a mi señora al “Benidor” ese a que vea el mar...

—Di que sí, Julián, pero qué callado te lo tenías, ¿eh?, tú sí que sabes, no cabe duda, eres todo un caballero...

—Gracias, gracias... oye, por cierto, Manolo, ¿qué es AnarKa?

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