Leí el diario de un extraño (2003)

Un deseo

Sonia Barahona Fernández

—¿Me concedes un deseo? —me susurró él al oído.

—¿Como si fuera un genio salido de una botella? —le dije entornando los párpados.

—¡Uf, si pudiera pedirte tres, me volvería loco!

—No, no, tres no; sólo uno.

—Pues, entonces, cierra los ojos y no te muevas.

—Pero, ¿cuál es el deseo? —le pregunté intrigada.

—Ah, no, yo te he preguntado si me concedías un deseo, y tú me has dicho que uno sólo...

Entonces cerré los ojos y permanecí inmóvil. Al rato noté su respiración acercándose a mi cuello y un beso húmedo y caliente.

¿Cuántos años habían pasado desde entonces? Nueve, diez..., tal vez más. Andábamos aún en cuarto de carrera. Recuerdo que estábamos sentados en una de estas mesas, en este mismo lugar, que habíamos bebido unas cuantas copas de vino y que era Nochevieja. Todos los demás se acababan de marchar a cenar a casa con sus familias. Nosotros aún pedimos una copa de vino más.

El sonido de la cucharilla que removía dentro de la taza de café me hizo volver al presente. Tenía las manos heladas y agarré la taza caliente con más fuerza. Siempre me pasa lo mismo cuando estoy nerviosa: se me quedan las manos frías. Miré el reloj por quinta vez. Sólo cinco minutos y la puerta giratoria del café me devolvería a un Carlos diez años mayor que el de aquel beso. Eso si no llegaba tarde, como era su costumbre. Luego resultaba imposible enfadarse con él, una vez que desplegaba todos sus encantos deshaciéndose en mil excusas.

Me quedé hipnotizada mirando la puerta que no paraba de girar como una peonza enloquecida con el trasiego de gente a aquella hora de la tarde. Esperando. A las cuatro giraría para mí como una ruleta, quién sabe si para traerme la suerte o para llevársela. El café de El Parnaso debía de ser uno de los pocos de Madrid que aún conservaba aquel tipo de puerta. Le daba la apariencia de un viejo vestíbulo de hotel, uno de esos hoteles de provincias venidos a menos, con su araña en el techo y un reloj de pared con su péndulo de cobre. Era allí donde hacía años nos solíamos reunir todo el grupo de amigos de la Facultad. Carlos había intentado localizar a algunos de ellos para que vinieran también aquella tarde, pero después de tantos años a la mayoría les habíamos perdido la pista.

Las cuatro y cuarto. Ya estábamos como siempre, a ver con qué historia me venía ahora. Bueno, parecía que, por fin, estaba allí.

No me costó trabajo reconocerlo en cuanto lo vi entrar con su gesto apresurado de siempre. Quizá tenía menos pelo y un poco más de barba, pero seguía llevando puesta la misma sonrisa en los labios, una sonrisa leve, como si la vida no le pesara, como a punto siempre de desdibujarse pero que nunca se borraba del todo.

—¿A que no sabes a quién me acabo de encontrar? —me preguntó mientras me pegaba un par de besos como si nos acabáramos de ver antes de ayer—, No te lo vas a creer, tía.

—¿A quién? —pregunté yo, dejándome arrastrar por la ilusión no compartida de su voz.

—Pues al Pelos.

—¿El Pelos?

—Sí, hombre, el Pelos, joé, el de la Facul, ese que llevaba los pelos por aquí —me dijo señalando con su mano el final de su espalda— y que se quedaba dormido siempre en las clases de álgebra.

—Ah, ya, espera, espera... ¿cómo se llamaba? ¡Ramírez, Jorge Ramírez!

—Pues lo tenías que ver ahora, está como una oveja trasquilada. Si no llega a ser por él, yo no lo reconozco. Con su trajecito, su corbata... Por eso he llegado tarde. Porque se ha puesto a contarme que si el trabajo, que si se ha casado, que si patatín...

—Ya, ya —fruncí los labios.

—Que sí, en serio —me pellizcó el moflete—. Si le he dicho que no podía entretenerme más, que precisamente había quedado contigo esta tarde para tomarnos un café y charlar. ¡Qué casualidad! Pues se acordaba de ti, ¿sabes? “Ah, sí, Marta Reyes, me ha dicho, la empollona de la clase que siempre sacaba dieces y tenía un cuerpo que te pasas.”

—Sí, ya, qué tonto eres —le dije haciéndole burla.
—Sí, sí, eso me ha dicho. Un café con leche, por favor —le pidió al vuelo al camarero que pasaba por su lado—. Bueno, dos, que veo que el tuyo ya te lo has tomado.

—Sí, me ha dado tiempo a todo.

—Bueno, a ver, venga, cuéntame, que me muero por saber algo de tu vida. ¿Sigues trabajando en el mismo sitio?

Por supuesto que seguía trabajando en el mismo sitio. Él ya había cambiado cuatro o cinco veces de trabajo, pero yo seguía en el mismo. Hablando con él, de repente, tenía la sensación de que el tiempo no había corrido igual para los dos, como si mi vida se hubiera quedado estancada en el justo instante en que nos dejamos de ver y la suya hubiera seguido su ritmo imparable. De vez en cuando, mientras me hablaba, buscaba con la vista la mesa dónde estuvimos sentados aquella noche de Navidad. Me preguntaba si él aún se acordaría de aquello o, tal vez, lo había olvidado ya. Lo cierto es que, después de aquella noche, nunca más volvió a besarme y jamás volvimos a comentar lo sucedido. Las vacaciones de Navidad se terminaron y los dos volvimos a la rutina de antes, las clases, las pellas, las partidas de mus con el loco de Trucharte y con el primer pardillo que encontrábamos para transformar en rectángulo nuestro triángulo.

No sé bien en qué momento había dejado de hablarme, pero ahora él también miraba a las mesas de alrededor, como siguiendo el vuelo de mi vista, y su voz me sonó más cálida cuando comenzó a hablar de nuevo.

—¿Te acuerdas... —y entonces pensé que ya estaba allí, que él también lo recordaba, que en ese preciso instante se le estaba viniendo a la mente, que no lo había olvidado en todos estos años. Pero, no— …te acuerdas de María Canales?

—Ah, sí, María Canales —me desinflé.

—Bueno, pues resulta que hace unos meses coincidimos en un curso de Técnicas Directivas, sí, ya sabes, uno de esos cursitos chorras que dan las empresas.

—Ah, ya, uno de esos —dije, intentando masticar la decepción.

—Pues, nada, con la excusa del curso empezamos a quedar y, al final... nos enrollamos. La verdad es que no sé cuánto durará esta historia, pero, ya sabes, nos seguimos viendo... Va, nada serio, pero nunca se sabe...

—María Canales —repetí como una autómata, como si al decir su nombre en voz alta intentara convencerlo de que tenía que haber un error.

A partir de ese momento su voz empezó a sonarme más cercana, pero ya apenas le escuchaba.

El reloj de El Parnaso dio las ocho con su péndulo oscilando de un lado a otro. Salimos por la puerta giratoria. Él delante y yo detrás, como hacía siempre para dejarme atrapada dentro de la puerta haciéndola girar conmigo dentro. Era su broma preferida, con la que antes me hacía reír, pero entonces me sentí como una de esas bailarinas en miniatura de las cajas de música, clavada sobre un eje con su tul desplegado, bailando al son de un vals cada vez que alguien levanta la tapa. Nos despedimos en la calle jurándonos mutuamente que no volverían a pasar diez años sin volvernos a ver. Lo vi alejarse calle abajo con sus grandes zancadas, como si volviera a llegar tarde a la siguiente cita. Y pensé que me hubiera gustado acercarme a su oído y haberle susurrado muy despacio: “¿Me concedes un deseo? Y si me concedes tres, me muero”.

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