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Leí el diario de un extraño (2003) |
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Milagro en Buenos Aires |
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Gustavo Basz |
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De golpe, es como si hubiera sucedido un milagro en Buenos Aires. O, si preferís, como si hubiera corrido una orden secreta de boca en boca y todos nos hubiéramos decidido a acatarla: olvidar el sueldo que no existe o que no alcanza, gastar las pocas monedas sobrevivientes en el bolsillo. En síntesis, comportarnos como si mañana se presentara alguien un mesías, un ángel a saldar nuestras deudas y a pagar el alquiler atrasado de dos meses. Así, los bares y los cines empiezan a llenarse. No hay lugar y tenemos que conformarnos con una mesita redonda en medio del salón, lejos de las ventanas, camino al baño. En el cine aceptamos mansamente que el acomodador nos indique en las primeras filas las únicas butacas disponibles, cuya cercanía a la pantalla nos avisa de tortícolis y ojos rojos al final de la función. Pero no nos importa o nos importa poco, porque esa presencia tupida y silenciosa que ocupa los mejores lugares, desde el medio hasta el fondo de la sala, nos hacer recordar lejanas y mejores épocas. Y cuando salimos a la calle para continuar con nuestras actividades cotidianas, y encontramos las tiendas repletas de clientes que se prueban las blusas y pantalones, los extienden con los dos brazos y en la cara se dibuja la pregunta: ¿Le quedará bien a Martita?, ¿Será el talle de Marcelo? Esa vieja época volvió de verdad, y de nuevo somos la París o la Nueva York del Cono Sur. Yo mismo entro en un negocio y elijo un par de zapatillas que necesito; unas azules con el borde blanco, la suela gris, y de esta manera gasto el último dinero a disposición. No importa si en el escaparate exhibían un modelo mejor. Como no importaba antes si debía compartir la gaseosa con otros tres, o si la película a mitad de precio por un ciclo de cine escandinavo resultaba a menudo un rollo. Aspiro profundamente el oxígeno del aire acondicionado, y así, refrescado, como si recién hubiera salido de una piscina, me preparo a continuar con otra asfixiante jornada del verano porteño. Ya vendrán, me digo,
tiempos mejores.
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