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Leí el diario de un extraño (2003) |
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La última vez |
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Joaquín Bernal |
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Para mí, todo tiene su sabor. Cada ciudad, cada momento, incluso cada persona. Y hablo del verdadero sabor que puedes sentir cómo te llena la boca y te roza el paladar. Gloucester siempre me sabe
a sal en la lengua, de forma tan intensa que me paso varios días
masticando hojas de perejil cada vez que vuelvo al pueblo. Los chillidos
de las gaviotas me saben a gambas que han estado dos minutos de más
sobre la plancha caliente. El puerto sabe a tabaco de picadura nada más
prenderlo. Los abrazos de Munnie saben a eucalipto con un poquito de limón.
Las risas de Cline saben a sandía helada. Los telegramas a goma
quemada, los frenazos a regaliz, los cumpleaños a sacarina sobre
la lengua, un brazo dormido a algodón dulce, la mirada ladeada
de Teent a pollo con mucho curry, mis paseos nocturnos a bourbon añejo
y caliente. Cada despedida suya era un chorrito de vinagre sobre ellas, y poco a poco empecé a odiar el vinagre, pues siempre me anunciaba un sufrimiento ansioso, sordo y contundente, hasta su vuelta. La última vez, abrazada a él en el puerto, con los gritos de fondo de los estibadores y su macuto verde a nuestros pies, las moras me supieron más intensas, más dulces que nunca. Quizá demasiado maduras, como pasadas, con el vinagre sobre ellas. Miré sus ojos grises y alguien gritó el último aviso a nuestras espaldas. Él, más pálido que de costumbre, me besó en los labios. El sabor a moras dejó paso a una extraña combinación que me aturdió, como un puñetazo en plena cara. Jeem me sabía a algas, a pescado blando y pasado, a algo verde e indefinible, oscuro y turbio, a crisantemos, a llave oxidada, a cera derretida. Sentí una náusea breve y al instante la boca se me vació por completo dejándome sin aliento. Él cogió su macuto y subió al barco. Yo, desde el muelle, le saludé con una mano tan pesada que no parecía mía, sin derramar aún ni una sola lágrima. Un regusto a tabaco recién
encendido me inundó por completo. En ese momento supe que estaba
sola. Tendría que acostumbrarme a vivir sin el sabor de las moras
con vinagre.
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