Leí el diario de un extraño (2003)

La espuma de mar

Silvia Callejón

—Cuéntame por qué volviste —exigí colocando los codos sobre la mesa, observando sus ojos amigos, tan juntos, la expresión de su boca entreabierta, el labio superior cubierto por un bigote desconocido que le daba un aire de pesada madurez. Aún no podía creer que el destino hubiera querido este reencuentro, este repentino regreso al pasado, a las horas perdidas mirando con melancolía al mar, antes de que llegaran el cansancio y la apatía. Él había sonreído al descubrirme detrás de la barra y yo supe que había venido a buscarme, como tantas otras veces, y esa sonrisa me hizo recuperar imágenes antiguas, palabras que creía borradas mucho tiempo atrás, recuerdos del roce leve de sus dedos sobre mi espalda, que ahora me sorprendían por su viveza. ¿Cómo estás? Me había susurrado al oído dejándose envolver en un abrazo desolado.
Ahora, sentada frente a él en la mesa, intentaba recuperar los momentos perdidos, tomar el barco en que no me atreví a embarcar y rememorar tantos otros sueños que no llegaron a cumplirse.
—Cuéntame.
Y él cerraba los ojos y hablaba como quien cuenta una historia antigua que le cuesta trabajo recordar, y su voz sonaba a regreso, a suspiros pasados, a irrealidad. Nada resultó ser como había soñado, me dijo. Era joven y se moría de ganas de vivir, de descubrir nuevos lugares en los que escapar de su destino, del dolor de la sal en las manos agrietadas y la amargura de las redes vacías. Desembarcó en una ciudad que enseguida se le reveló como un terrible monstruo de hormigón, enorme, imperturbable, que luchaba por engullirlo en sus eternas mareas de gente que lo arrastraban de un lado a otro y de las que apenas podía zafarse. Las calles, amuralladas por enormes bloques grises, apenas dejaban pasar la luz del sol y carecían de rótulos de comercios o mobiliario urbano que le permitieran identificarlas y distinguir una entre las otras. Ningún parque donde trinaran los pájaros, ningún banco sobre el que descansar a la sombra de un árbol. También el aspecto de las personas le resultaba inquietante, sus ropas unas túnicas descoloridas, sus rostros aburridos que le lanzaban esquivas miradas de desagrado. Durante sus primeras semanas de estancia en aquel país su tristeza y su desilusión eran tan grandes, que no podía quitarse de la cabeza la sensación de haber cometido un terrible error. En el transcurso de esta dura época de adaptación apenas tuvo la oportunidad de intercambiar unas palabras con alguien, lo que le llevaba a un aislamiento que nunca había conocido. Pocos días después de su llegada empezó a acostumbrarse a permanecer encerrado en el diminuto apartamento donde residía, un habitáculo mal ventilado en que pasaba las horas suspirando por el pasado. Era en estos momentos de soledad cuando regresaba a su tierra con el pensamiento, y sus recuerdos era tan intensos que muchas veces creyó oír el murmullo de las olas tendido sobre la arena de la playa.
Durante un instante, los dos quedamos en silencio. Tantas horas había yo perdido frente al mar añorando su presencia, tantas veces me habían llevado mis pasos a la arena desde donde vi aquel barco fundirse con el horizonte y llevárselo para siempre, y nunca supe que acudía a una cita, que respondía a su llamada desde otra tierra. Nuestras miradas se encontraron y él me sonrió con dulzura. Cuando comenzó a hablar, sus palabras ya no eran pesadas, y sus ojos brillaban con el recuerdo.
Aquel día, nada le hizo suponer que su vida iba a cambiar por completo. Despertó y se desprendió de las mantas apolilladas que cubrían su cuerpo. Desayunó café frío y se calzó las botas pensando en cómo iba a ocupar las horas que le separaban de la noche. Fue al abrir el portal de su casa cuando descubrió los murales en las paredes, la resaca de los disfraces y el confeti sobre el suelo. Caminando por las calles transformadas de color, no daba crédito a sus ojos y a los acontecimientos que estos le descubrían, las ropas festivas de las gentes, sus rostros alegres y las felicitaciones que entreoía en las conversaciones. Fue así como se le reveló la forma de vida del extraño país, donde las gentes trabajaban durante todo el año en la preparación de la Gran Fiesta, la fiesta que les unía y les alentaba, su orgullo nacional. Ahora entendía a qué dedicaban su tiempo aquellas personas en una ciudad donde no existía un solo comercio, ni una taberna como punto de encuentro, a dónde se dirigían con sus caras malhumoradas y sus túnicas apagadas, retirándose un poco cuando pasaban a su lado. En el ambiente festivo, no tardó en conocer a quien más tarde le introduciría en el taller de costura, donde sus habilidades con las redes le fueron de utilidad. Y, a su vez, este acercamiento le llevó a comprender la rigidez de las normas de aquel lugar, la motivación de las gentes en sus tareas, la austeridad de sus vidas y la total dedicación a una actividad. Él mismo aprendió a variar sus hábitos, a concentrar sus esfuerzos, y pronto se apasionó con la nueva cultura. A pesar de ello, en el transcurso de todos los años que pasó en la ciudad, tejiendo disfraces en el silencio armonioso del telar, no hubo un solo día en que no pensara en volver. Esta era su casa, aquí había conocido el hambre y el frío, pero también la risa y el consuelo de las palabras amigas. Hablaba y cerraba los ojos y parecía que respirara la brisa del mar entre los humos de la taberna.
—Cuéntame por qué volviste —exigí colocando los codos sobre la mesa.
—Tuve miedo de perderlo todo —respondió levantando la vista de sus manos anchas para sonreirme de nuevo, casi con timidez, y yo sentí su abandono y su soledad en la ciudad de cemento y pensé que no eran tan diferentes del abandono y la soledad que yo había sentido sentada frente al mar, cuando él ya se había marchado y sólo me quedaba esperar su regreso.

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