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Cuéntame
por qué volviste exigí colocando los codos sobre la
mesa, observando sus ojos amigos, tan juntos, la expresión de su
boca entreabierta, el labio superior cubierto por un bigote desconocido
que le daba un aire de pesada madurez. Aún no podía creer
que el destino hubiera querido este reencuentro, este repentino regreso
al pasado, a las horas perdidas mirando con melancolía al mar,
antes de que llegaran el cansancio y la apatía. Él había
sonreído al descubrirme detrás de la barra y yo supe que
había venido a buscarme, como tantas otras veces, y esa sonrisa
me hizo recuperar imágenes antiguas, palabras que creía
borradas mucho tiempo atrás, recuerdos del roce leve de sus dedos
sobre mi espalda, que ahora me sorprendían por su viveza. ¿Cómo
estás? Me había susurrado al oído dejándose
envolver en un abrazo desolado.
Ahora, sentada frente a él en la mesa, intentaba recuperar los
momentos perdidos, tomar el barco en que no me atreví a embarcar
y rememorar tantos otros sueños que no llegaron a cumplirse.
Cuéntame.
Y él cerraba los ojos y hablaba como quien cuenta una historia
antigua que le cuesta trabajo recordar, y su voz sonaba a regreso, a suspiros
pasados, a irrealidad. Nada resultó ser como había soñado,
me dijo. Era joven y se moría de ganas de vivir, de descubrir nuevos
lugares en los que escapar de su destino, del dolor de la sal en las manos
agrietadas y la amargura de las redes vacías. Desembarcó
en una ciudad que enseguida se le reveló como un terrible monstruo
de hormigón, enorme, imperturbable, que luchaba por engullirlo
en sus eternas mareas de gente que lo arrastraban de un lado a otro y
de las que apenas podía zafarse. Las calles, amuralladas por enormes
bloques grises, apenas dejaban pasar la luz del sol y carecían
de rótulos de comercios o mobiliario urbano que le permitieran
identificarlas y distinguir una entre las otras. Ningún parque
donde trinaran los pájaros, ningún banco sobre el que descansar
a la sombra de un árbol. También el aspecto de las personas
le resultaba inquietante, sus ropas unas túnicas descoloridas,
sus rostros aburridos que le lanzaban esquivas miradas de desagrado. Durante
sus primeras semanas de estancia en aquel país su tristeza y su
desilusión eran tan grandes, que no podía quitarse de la
cabeza la sensación de haber cometido un terrible error. En el
transcurso de esta dura época de adaptación apenas tuvo
la oportunidad de intercambiar unas palabras con alguien, lo que le llevaba
a un aislamiento que nunca había conocido. Pocos días después
de su llegada empezó a acostumbrarse a permanecer encerrado en
el diminuto apartamento donde residía, un habitáculo mal
ventilado en que pasaba las horas suspirando por el pasado. Era en estos
momentos de soledad cuando regresaba a su tierra con el pensamiento, y
sus recuerdos era tan intensos que muchas veces creyó oír
el murmullo de las olas tendido sobre la arena de la playa.
Durante un instante, los dos quedamos en silencio. Tantas horas había
yo perdido frente al mar añorando su presencia, tantas veces me
habían llevado mis pasos a la arena desde donde vi aquel barco
fundirse con el horizonte y llevárselo para siempre, y nunca supe
que acudía a una cita, que respondía a su llamada desde
otra tierra. Nuestras miradas se encontraron y él me sonrió
con dulzura. Cuando comenzó a hablar, sus palabras ya no eran pesadas,
y sus ojos brillaban con el recuerdo.
Aquel día, nada le hizo suponer que su vida iba a cambiar por completo.
Despertó y se desprendió de las mantas apolilladas que cubrían
su cuerpo. Desayunó café frío y se calzó las
botas pensando en cómo iba a ocupar las horas que le separaban
de la noche. Fue al abrir el portal de su casa cuando descubrió
los murales en las paredes, la resaca de los disfraces y el confeti sobre
el suelo. Caminando por las calles transformadas de color, no daba crédito
a sus ojos y a los acontecimientos que estos le descubrían, las
ropas festivas de las gentes, sus rostros alegres y las felicitaciones
que entreoía en las conversaciones. Fue así como se le reveló
la forma de vida del extraño país, donde las gentes trabajaban
durante todo el año en la preparación de la Gran Fiesta,
la fiesta que les unía y les alentaba, su orgullo nacional. Ahora
entendía a qué dedicaban su tiempo aquellas personas en
una ciudad donde no existía un solo comercio, ni una taberna como
punto de encuentro, a dónde se dirigían con sus caras malhumoradas
y sus túnicas apagadas, retirándose un poco cuando pasaban
a su lado. En el ambiente festivo, no tardó en conocer a quien
más tarde le introduciría en el taller de costura, donde
sus habilidades con las redes le fueron de utilidad. Y, a su vez, este
acercamiento le llevó a comprender la rigidez de las normas de
aquel lugar, la motivación de las gentes en sus tareas, la austeridad
de sus vidas y la total dedicación a una actividad. Él mismo
aprendió a variar sus hábitos, a concentrar sus esfuerzos,
y pronto se apasionó con la nueva cultura. A pesar de ello, en
el transcurso de todos los años que pasó en la ciudad, tejiendo
disfraces en el silencio armonioso del telar, no hubo un solo día
en que no pensara en volver. Esta era su casa, aquí había
conocido el hambre y el frío, pero también la risa y el
consuelo de las palabras amigas. Hablaba y cerraba los ojos y parecía
que respirara la brisa del mar entre los humos de la taberna.
Cuéntame por qué volviste exigí colocando
los codos sobre la mesa.
Tuve miedo de perderlo todo respondió levantando la
vista de sus manos anchas para sonreirme de nuevo, casi con timidez, y
yo sentí su abandono y su soledad en la ciudad de cemento y pensé
que no eran tan diferentes del abandono y la soledad que yo había
sentido sentada frente al mar, cuando él ya se había marchado
y sólo me quedaba esperar su regreso.


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