Leí el diario de un extraño (2003)

Gestos de amor

Cecilia Canal

En homenaje a Virgilio Piñera,
Cuba 1912-1979

Temo obsesivamente no responder al afecto. No al afecto que te tiene la familia —si es que te lo tiene—, ni a los afectos que buscan respuesta: el amante, el amigo, el colega; sino a ese sentimiento espontáneo que no espera llevarte a la cama, ni de paseo, ni exige atención; sino, como he dicho, al sentir que surge espontáneo. Una pasión latente sumergida en el inconsciente. Y se fija en una mirada. ¿Qué afecto es ese? ¿Cómo se identifica?
Mario hizo revivir en mí esa emoción misteriosa. Los más tibios lo llaman cariño, los implacables, química. Para mí, ¿qué es un afecto? Es un sentimiento que “percibo”, una mirada, un gesto, alguien quizás extraviado. A veces reparo en esa angustia sin principio ni final, estancada en el tiempo, y siento la necesidad de responder. Creo en ese afecto imprevisible, reconozco el alcance de una lucha constante. Y como por arte de magia alguien decide compartirla conmigo. Camino por la calle e intento analizarlo. Y así, rodeada de movimiento y ruido, me resulta difícil. La emoción prevalece al recordar la mirada de Mario, el gesto de afecto, que desconoce, que presiente. La tenue luz de los faroles ilumina la calle. Sigo andando con prudencia, más tarde aparece la Luna que sugiere espejismos; me vuelvo reflexiva.
Una imagen perfecta de la mirada aparece en mi mente, y me pregunto por qué durante estos meses no la he reconocido, hasta ayer, cuando Mario me sujetó suavemente el brazo. Lo miré y me pareció que le salía a borbotones el afecto. Sé que no es una pasión impetuosa, sé que es un sentir contenido, lo vi en su mirada.
Continúo por la calle, en un deambular iluminado cada vez más prudente. De pronto el corazón palpita hasta tal punto que la respiración empieza a acelerarse. Soplo desalojando el pecho, me llevo el puño a la boca y soplo con más insistencia, entonces reconozco el miedo en mí, brota cuando me escucho por dentro. Mi mente —lógica, racional, crítica— exige que sea real el afecto. ¿Estaré confundida? ¿El reconocimiento será equivocado? Dudo, reacciono con un chirriar de dientes, rasco el abrigo como un gato encrespado.
Respiro profundamente. Y todo por algo que he pensado. Para que esto ocurra debe ser eso que temo obsesivamente —en mi caso, un afecto negado— confundido con nada. Y allí, en medio de la calle, el movimiento, el ruido, la confusión.
Después del sobresalto, el análisis se hace una estupidez. Decido mirar escaparates —siempre evasivos—. Me detengo en la agencia de viajes, imagino ver navegar a un velero exaltado por la osadía, y a lo lejos otros anclados en aguas tranquilas, resguardándose en el tiempo.
Intento recuperar la imagen del gesto de Mario, pero se pierde en la luz clara y penetrante que fijó su mirada. Quizás para muchos se trate de un reconocimiento ingenuo de pasiones escondidas. La inseguridad se instala: surge la duda en los hechos, soliviantadora me invade, y todo lo invade.
Otra vez la confusión hasta que lo pienso lejos y prefiero negarlo. No puedo sino que seguir reconociendo en Mario un sentimiento detenido. Pide a gritos que lo descubran, yo puedo verlo, pero antes tengo que saber si él siente el afecto, o si sólo fue el recuerdo del valor conocido lo que me hizo verlo en su mirada.
Quedo con Mario en un bar. Yo sigo aferrada al sentir sereno, al gesto de ayer, cuando me sujetó suavemente el brazo y le salía a borbotones el afecto. Nos sentamos en una mesa. “Un poco más de café”. “No, no me voy fuera este puente”. “Qué buenas estas pastas”. Y el afecto rondando. Y se lo digo. También él debe reconocer la naturaleza generosa de sus sentimientos. Pero que no se angustie, le hablo con conocimiento. Y entonces quedo aferrada a la explicación —terrible— de la respuesta. En efecto, era una estratagema, dicha con desenfado, mientras sonreía alterado por una inminente satisfacción en su ánimo.
Angustiada, en suspenso, con la cuerda al cuello, estoy a punto de extenderme en una larguísima explicación acerca de las categorías de afectos.
Se muestra hermético, decido compartir el recuerdo de una pasión manifiesta, victoriosa, consciente. ¿Acaso un sentir paralelo? ¿El de abstinencia, el del retraimiento no cuenta?
Como si me pillara en un renuncio, me sonrojo.
Intento romper el hielo, aproximarme a sus sentimientos.
Y tanto aspaviento, porque temo obsesivamente no responder a un afecto. Todo se hace tan absurdo que doy un giro y le invito a analizar los afectos. No, no puede.
Mi extraño comportamiento lo aturde. Veo que mis preguntas lo acobardan. A él le asusta el afecto, pero le apremia salir de sí, viajar en el afecto, a mí me impide cualquier movimiento. Mi serenidad lo tranquiliza. Sentados uno frente al otro, como rivales que se miden con una mirada, esa mirada que no surge espontánea. Y el botín —en este caso el afecto— empieza a desmoronarse. A mí por agotamiento, a él por agrandamiento. Entonces nos entregamos a explicar nuestras posturas frente al afecto, o contra el afecto. Las suyas pretenden negar, terminan por hacerme sonreír. Las mías lo dejan pensativo. ¿Todo no está perdido, entonces?
Tan demoledora es su negación que miramos a nuestro alrededor tratando de descubrir la respuesta en otros que están en el bar.
Me espera otra evidencia más del absurdo: Mario palidece, y de un salto, se dirige a la barra, donde un conocido acaba de instalarse. Vuelvo la cabeza y veo que se trata de un cliente del estudio, mas me levanto mientras conversan. Tienen aire de encantados, tanto que parecen no verme. Y controvertiéndose. Toda una controversia oculta en los planos de un chalet. Presiento que se sienten incómodos. No hago ni un solo gesto. Me dirijo al aseo y trato de descubrir de qué hablan.
Al poco rato, volvemos a la mesa, intento mostrarme serena, cautelosa. Él regresa con la certeza de un comportamiento astuto. Confirma mi sospecha: Le ha justificado nuestro encuentro. No alcanzo a comprender por qué.
Él, que tiene una vida ordenada, casi perfecta, en lucha constante, y así, de repente, el miedo. Y el afecto rondando, ese que surge a borbotones, espontáneo, mientras existe enquistado, engullido por la existencia. “Otra coca-cola”. “Sí, yo tomaré un café, con la leche no muy caliente”. “No, no he terminado la planta alta…” Le escucho y siento el afecto, le siento sintiéndolo.
Minutos después, cubiertos con elegantes abrigos, envueltos en bufandas de seda, sujetos a portafolios de piel, suelas de goma en los zapatos, cada uno bajo su paraguas, nos vamos a terminar el plano. Y todo es plano.

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