Leí el diario de un extraño (2003)

La inmobiliaria feliz

Carmen Dolz

“Al carajo con todo”, me dije la mañana en que decidí abandonar mi trabajo de periodista deportivo en Madrid. El resto del día, entre hablar con el jefe en la redacción para presentarle la renuncia y darle la noticia a los amigos, no dejé ni un momento de sentirme fuerte y decidido. Estaba haciendo lo que llevaba tiempo deseando hacer.
Lo primero fue elegir una ciudad mediana. “¿Tú? ¿En provincias? ¿A qué?”, me preguntaron escépticos mis colegas mientras tomábamos unas cervezas. No sabiendo muy bien cómo contestarles, me decanté por dejarlos con la oreja abierta, y desaparecí. Ya entraría en contacto cuando me hubiera asentado en esa nueva vida.
¿Era una relación seria lo que buscaba o simplemente más responsabilidad en el trabajo? ¿Necesitaba preocupaciones sociales o darle más sentido metafísico a mis devenires existenciales? ¿Iba a buscar trabajo allí o me iba a dar un respiro de unos meses haciendo uso de mis ahorros? En estos menesteres estaba, divagando entre un sorbo de café con leche y un bocado de valenciana humedecida, estribado en la barra de un bar, cuando me topé con este mensaje: “¿Quieres que te encuentre casa? Llámame.”
Buscar casa ya no buscaba, porque no hacía ni una semana que había llegado y, dispuesto a tomarme unas pequeñas vacaciones, había alquilado un apartamento frente al mar. No era la vivienda lo que reclamaba mi atención sobre aquel anuncio. Era su simpleza. Era el hecho de que no tuviera ningún gancho más, ningún otro reclamo gráfico. En un cuadrito pequeño, entre dos anuncios de cibercafés, ocupaba un mínimo espacio en una de las páginas del periódico local. Pregunté en el bar donde estaba desayunando si conocían el anuncio. “Ah, sí, ésa es la inmobiliaria feliz. ¡Llámela, llámela, y verá cómo le encuentra casa en un santiamén!”, exclamó el dueño del establecimiento asintiendo con la cabeza. Al oír el comentario, los tres clientes que en corrillo a mi lado tomaban unas copitas, me dijeron que también la conocían. El encantamiento que mostraban me resultaba extraño y al mismo tiempo genuino, por lo que seguí indagando. “¿Cómo podía un cartel así atraer a algún cliente?”, les pregunté con mi típica cara de incrédulo, la que usaba cuando salía a cazar información para un artículo. Al invitarlos a otra ronda me enteré de que las otras inmobiliarias de la ciudad habían contratado los servicios de un abogado y un detective (en esto último no coincidían todos) para averiguar si realmente era profesional y seria la práctica de una mujer que en unos años había revolucionado la localidad. Se rumoreó que la corredora era en realidad una mujer muy rica que no necesitaba el dinero y se limitaba a ayudar a los recién llegados y necesitados por puro entretenimiento y deleite lingüístico. Al preguntarles cómo sabían ellos todo aquello me comentaron que incluso había salido en La Voz del Pueblo, por lo que decidí acudir a la biblioteca local para comprobar que aquellos simpáticos vecinos no me estaban tomando el pelo. Todavía receloso, de camino a la biblioteca, paré a preguntar en otros establecimientos. Todos coincidían. Se trataba de la inmobiliaria feliz.
¿Quién era aquella mujer? ¿Cómo hacía para que sus clientes encontraran casa tan fácilmente? Recordé que al hacer esta última pregunta se había hecho el silencio en el bar, y tras unos segundos de dilación, uno, desde la puerta, había mencionado la palabra “bruja”, lo que había provocado las risas de los demás. Más tarde, hojeando los periódicos, comprobé que no se comentaba nada sobre su método. Las dos noticias, cortísimas, se limitaban a informar sobre un contencioso que había sido archivado por falta de pruebas. Fue precisamente este vacío de información el que me demostró que estaba ante el reto que necesitaba. “Periodista perdido busca entrevista con corredora de fincas”, leí en mi cabeza. Desde uno de los muchos locutorios abiertos en la ciudad marqué el número impreso y quedé en pasarme por su oficina esa misma tarde.
Berta no era nada como me la imaginaba. Alta, más bien espigada, como si durmiera colgada de la pared, me recordaba a los personajes del Greco, excepto por lo de la sonrisa, que no se la quitaba de encima así lloviera en su Suzuki descapotable. Berta sonreía, feliz de tenerme delante para que le contara lo que necesitaba. Pero era al revés. Era ella la que me tenía que contar su historia. Pero claro, ella no sabía que yo era periodista porque, desde el primer contacto telefónico, yo había fingido que necesitaba vivienda. Ella me miraba, esperando pacientemente a que dijera algo. ¿Por dónde iba a empezar? “A ver, señora, ¿cómo se las había ingeniado para tener tanto éxito profesional en un ramo saturado de profesionales y agencias?”, me moría de ganas de preguntarle, pero me contuve. En vez de eso, nos centramos en mi petición. Con parsimonia de terapeuta se dispuso a rellenar un impreso al son de mis respuestas.
Por su corpulencia me recordaba a una de esas masajistas que si te mueves a destiempo es capaz de darte un azote en el culo. Sin embargo, era su capacidad de sugestión, tan sutil y natural, lo que más me impresionaba. En aquel rato en el que estuve en su oficina, me encasquetó un té verde que siempre me había negado a probar, y me instó, con éxito, a visitar dos apartamentos que sabía no iba a alquilar. “¡Caray, qué fuerza!”, pensé mientras trataba de descubrir lo que podía deducir de los enseres anodinos que me rodeaban.
Al observar a Berta con un jersey de lana sin teñir, y unos pantalones caquis que parecían sacados de un almacén de intendencia, le pregunté si siempre iba preparada para salir al campo. Su respuesta me dejó claro que manejaba de todo, apartamentos, chalets, casas de campo, si era eso lo que el cliente necesitaba. Hubo algo en su entonación que me dio pie a preguntarle por su acento. Me confesó que había aprendido el castellano hablando con la gente. Como Gerald Brennan, Ian Gibson, Laurie Lee, seres fascinados por nuestro país y sus costumbres, Berta se había enamorado de nuestro país y vivía aquí desde hacía unos años. Lo que ahora necesitaba averiguar era lo que la había convertido en todo un personaje. Al despedirme y darle las gracias por mostrarme dos viviendas que yo rechacé por no tomar una decisión precipitada, le pregunté si le gustaría salir a cenar conmigo.
—Creo que tengo ante mí a una perfecta cicerone —dejé caer con timido entusiasmo. La invitación cayó bien y quedamos en vernos más tarde en una taberna del casco antiguo.
Sobre unos choricitos picantes y numerosos vasos de vino nuestra conversación se alargó durante horas. Conforme iba conociéndola me daba cuenta de que tenía algo de especial. De normal, unos ahorros y el deseo de una vida nueva en tierras acogedoras. De sorprendente, su hipnótica sonrisa y una especie de poder extrasensorial. En varias ocasiones mientras cenábamos, se adelantó a adivinar mis respuestas antes de oírlas de mis labios.
—Entonces, lo del litigio, ¿de qué iba? —le pregunté con sinceridad al enterarme de que me había descubierto.
—Se enteraron de que hace años, cuando trabajaba de terapeuta, practicaba la hipnosis (“Sabía que era terapeuta”, respiré orgulloso) y me denunciaron alegando que lo usaba para reclutar clientes y ultimar contratos. Pero ninguno de mis clientes se ofreció a declarar en mi contra, por eso se cerró el caso, por eso y para no hacerme más publicidad. No se aireó.
—Pero, ¿era verdad? —la miré picarón esperando la misma mueca.
—No, por supuesto que no. Reconozco que tengo un no sé qué para acomodar a la gente según sus necesidades, pero nadie pudo probar que eso fuera ilegal. Caigo bien, ¿qué quieres? Los de las otras agencias no podían soportar que yo tuviera tanto éxito convenciendo a propietarios para que alquilaran pisos cerrados y resolvieran disputas familiares, y quisieron retirarme.
—¡Conque la madre Calcuta del mundo inmobiliario!
—Si tú lo dices... pero tengo la conciencia tranquila… puedes preguntar a mis clientes…
—No, si no hace falta. Con la popularidad que tienes en los bares, yo hasta había llegado a pensar que eras una alcohólica.
—Hombre, ¡alcohólica! Reconozco que me gusta el tinto, pero de ahí a la adicción…Lo que sé por experiencia es que en este país, los bares son los mejores centros de información, de información casera ¿eh?, de esa que sirve para cubrir las necesidades básicas. En ellos, siempre encuentro algo.
Me quedé mirándola devolviéndole esa sonrisa que lucía constantemente. No entendía cómo un periodista había podido pasar por alto la personalidad arrolladora de esta mujer que ayudaba a los demás con una convicción y entrega dignas de relato. Obnubilado, lo reconozco, por su fuerza de persuasión, después de aquella noche decidí realquilar las dos habitaciones del apartamento de la playa que no utilizaba. A partir de ahí, mi situación vital e inmobiliaria cambió enormemente. Pasó a ser feliz y animada. Como Berta.

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