|
Esa noche dormí
sola.
El repiqueteo
de mis propios tacones me acompañó hasta la puerta.
La protección estaba asegurada: los nardos treparon por mi garganta
con avaricia.
Tres mariposas revolotearon alegres al verme y juntaron las alas para
darme la bienvenida.
Sincopada música thai regía movimientos lentos.
Mi ropa superficial voló con las mariposas y me abrazó un
soplo de suave felpa.
El agua y el champú se aliaron, con la ayuda de diez lagartijas,
que correteaban juguetonas, por el bosque de mi cabello.
Eran diez mullidas y cálidas almohadillas, que se aventuraban por
fuera del territorio y, presionando con suavidad y energía, llegaban
a lugares remotos.
Murmullos desconocidos, a los que era inútil que prestara atención,
me impedían entender mi propio idioma, adornado de encantadoras
risas orientales.
Fuera, la cálida
noche tropical nacía, iluminada por torpes luces falsas.
Otras niñas, también de encantadora risa oriental, esperaban
a sus clientes.
Bajo la ducha,
mi bien moldeado cabello y yo, lloramos juntos el asco, la pena y la impotencia.

Los
guateques
Me acuerdo de
los discos de vinilo, cuando los guateques eran inocentes.
Recuerdo que entonces la gramola empezó a llamarse picú.
El milagro se producía cuando el negro y brillante hilo se deslizaba
por la misteriosa aguja y la melodía abrigaba los susurros de los
primeros amores.
La carga sonora contenida en aquellos frágiles singles nos hacía
palpitar al ritmo trepidante de Elvis Presley que, poco a poco, desplazaba
las suaves cadencias de Charles Aznavour.
Con el rock-and-roll se entremezclaba el colorido de la crujiente
envoltura de las vírgenes casaderas.
Ellas sabían que el peso social de su libertad no les permitía
sobrepasar el límite prohibido que marcaba el desgarrado lamento
de la francesa Edith Piaf.

En Navidades
Recuerdo que lo primero que
hacía al despertarme, todas aquellas frías y cálidas
mañanas, era seguir el rastro de sus silenciosas almohadillas,
entre el serrín y el musgo.
Yo ignoraba sus razones, pero no podía enfadarme, porque no rompía
nada.
Creo recordar que alguna noche, pude ver sus deslumbrantes ojos, pero
en realidad yo sólo podía intuir sus gráciles movimientos.
Lo que sí recuerdo claramente era su ronroneo satisfecho.
La gata de mi infancia, melosa y sensual, hollaba en secreto el Nacimiento
para adorar al Niño Jesús.

Los gorriones
Añoro, con nostalgia
placentera, el pequeño jardín.
Pequeño, pero lleno de vida, que mi curiosidad inocente, iba descubriendo.
Recuerdo las soleadas tardes
de domingo, en otoño, cuando se detenía el tiempo, alargando
la luz, para que pudiéramos seguir jugando con los caracoles o
las hormigas, sobre la tierra cosida con hojas de acacia.
Desde el familiar seto, los
elegantes lirios, mostrando orgullosos la suavidad doliente de su frágil
seda ni Salomón se vistió tan ricamente como ellos
observaban nuestros juegos silenciosamente.
¿Hay lirios en otoño? Eso ya no lo recuerdo...
Cuando el día, ya cansado,
decidía retirarse, apagándose suavemente, los atrevidos
clochards de pardo plumaje comenzaban la gran algarabía, buscando
su acomodo nocturno en las ramas del frondoso castaño de indias.
¿Dónde irían a cobijarse cuando lo talaron?

Taking off
Eternamente
perseguiremos la infinita línea roja.
Danza en los nimbos grises.
Subimos.

Sin título
Sobre la almohada, un pelo
negro dormía. En un movimiento reflejo, las aletas de la nariz
se me abrieron, tratando de olfatearte.
Paralizada, fija en el tranquilo pelo, mi cerebro procesó antiguas
vivencias y, durante unos minutos, volví a ser feliz.
Por eso te dedico este recuerdo, compañero.
Voy a dejarme un recado
en el contestador
para acordarme de que existo.
Quedó mi vientre hendido
por la cesárea
y lo muestro con orgullo.
Le agradezco a mi vida
las cicatrices que me va dejando.
Cayó de su pedestal
el bello
pero frágil jarrón de porcelana:
el amor no se puede recomponer.
Recuerdo aquellos años
en que la primavera
era silenciosa.


|