Leí el diario de un extraño (2003)

En una peluquería de Bangkok

Carmen Escohotado Ibor

Esa noche dormí sola.

El repiqueteo de mis propios tacones me acompañó hasta la puerta.
La protección estaba asegurada: los nardos treparon por mi garganta con avaricia.
Tres mariposas revolotearon alegres al verme y juntaron las alas para darme la bienvenida.
Sincopada música thai regía movimientos lentos.
Mi ropa superficial voló con las mariposas y me abrazó un soplo de suave felpa.
El agua y el champú se aliaron, con la ayuda de diez lagartijas, que correteaban juguetonas, por el bosque de mi cabello.
Eran diez mullidas y cálidas almohadillas, que se aventuraban por fuera del territorio y, presionando con suavidad y energía, llegaban a lugares remotos.
Murmullos desconocidos, a los que era inútil que prestara atención, me impedían entender mi propio idioma, adornado de encantadoras risas orientales.

Fuera, la cálida noche tropical nacía, iluminada por torpes luces falsas.
Otras niñas, también de encantadora risa oriental, esperaban a sus clientes.

Bajo la ducha, mi bien moldeado cabello y yo, lloramos juntos el asco, la pena y la impotencia.

Los guateques

Me acuerdo de los discos de vinilo, cuando los guateques eran inocentes.
Recuerdo que entonces la gramola empezó a llamarse picú.
El milagro se producía cuando el negro y brillante hilo se deslizaba por la misteriosa aguja y la melodía abrigaba los susurros de los primeros amores.
La carga sonora contenida en aquellos frágiles singles nos hacía palpitar al ritmo trepidante de Elvis Presley que, poco a poco, desplazaba las suaves cadencias de Charles Aznavour.
Con el rock-and-roll se entremezclaba el colorido de la crujiente envoltura de las vírgenes casaderas.
Ellas sabían que el peso social de su libertad no les permitía sobrepasar el límite prohibido que marcaba el desgarrado lamento de la francesa Edith Piaf.

En Navidades

Recuerdo que lo primero que hacía al despertarme, todas aquellas frías y cálidas mañanas, era seguir el rastro de sus silenciosas almohadillas, entre el serrín y el musgo.
Yo ignoraba sus razones, pero no podía enfadarme, porque no rompía nada.
Creo recordar que alguna noche, pude ver sus deslumbrantes ojos, pero en realidad yo sólo podía intuir sus gráciles movimientos.
Lo que sí recuerdo claramente era su ronroneo satisfecho.
La gata de mi infancia, melosa y sensual, hollaba en secreto el Nacimiento para adorar al Niño Jesús.

Los gorriones

Añoro, con nostalgia placentera, el pequeño jardín.
Pequeño, pero lleno de vida, que mi curiosidad inocente, iba descubriendo.

Recuerdo las soleadas tardes de domingo, en otoño, cuando se detenía el tiempo, alargando la luz, para que pudiéramos seguir jugando con los caracoles o las hormigas, sobre la tierra cosida con hojas de acacia.

Desde el familiar seto, los elegantes lirios, mostrando orgullosos la suavidad doliente de su frágil seda —ni Salomón se vistió tan ricamente como ellos— observaban nuestros juegos silenciosamente.
¿Hay lirios en otoño? Eso ya no lo recuerdo...

Cuando el día, ya cansado, decidía retirarse, apagándose suavemente, los atrevidos clochards de pardo plumaje comenzaban la gran algarabía, buscando su acomodo nocturno en las ramas del frondoso castaño de indias.
¿Dónde irían a cobijarse cuando lo talaron?

Taking off

Eternamente
perseguiremos la infinita línea roja.
Danza en los nimbos grises.
Subimos.

Sin título

Sobre la almohada, un pelo negro dormía. En un movimiento reflejo, las aletas de la nariz se me abrieron, tratando de olfatearte.
Paralizada, fija en el tranquilo pelo, mi cerebro procesó antiguas vivencias y, durante unos minutos, volví a ser feliz.
Por eso te dedico este recuerdo, compañero.

 

Voy a dejarme un recado
en el contestador
para acordarme de que existo.

 

Quedó mi vientre hendido por la cesárea
y lo muestro con orgullo.

 

Le agradezco a mi vida
las cicatrices que me va dejando.

 

Cayó de su pedestal el bello
pero frágil jarrón de porcelana:
el amor no se puede recomponer.

 

Recuerdo aquellos años
en que la primavera
era silenciosa.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro