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Inteligencia
militar son dos términos contradictorios.
Groucho Marx
Enfermera, por
favor, necesito una pastilla. He vuelto a hacerlo. Otra vez. Sí.
Ya sé, ya sé que debo evitarlo. Estaba funcionando bien,
lo sé, no comprendo cómo he vuelto a caer. El mar parecía
tranquilo y mecía sus olas con pereza. La espuma iba y venía
hacia la orilla empapando mis pies desnudos para después retirarse
sigilosa, una vez detrás de otra. Inspirar, expirar, inspirar,
expirar. Lo estaba consiguiendo. Era el mar de mi infancia y su leve balanceo
marcaba el ritmo de mi respiración. Llenaba mis pulmones de aire
y sentía el agua helada deslizarse entre mis dedos; lo expulsaba
y notaba su abandono, mis pies cada vez más hundidos al áspero
contacto de la arena.
No he sido yo quien ha roto esta pauta, enfermera. Una ola llegó
con más fuerza y alcanzó a mojar mis rodillas, incluso salpicó
mi entrepierna. ¿Y qué culpa tengo yo si esto me ha desconcentrado?
Ahora mi respiración se acelera y comienza a faltarme el aire.
Y esa luz, otra vez esa luz como el flash de una cámara fotográfica,
atrapando el instante eterno, reteniendo para siempre aquel segundo maldito.
Estoy sudando de nuevo y noto el corazón desbordado, sus latidos
inconstantes agujereándome el pecho para anticipar en mis oídos
el eco de aquel estruendo.
Siento trepar por mis rodillas la flojera, mientras contemplo el paisaje
desde las alturas. No, no voy a marearme, parece mentira. Debajo descansa
la ciudad como sumida en un sueño. No sé por qué
estoy tan nervioso. Hasta nueva orden, todo va bien, aunque ya presiento
el momento cercano mientras mis dedos tiemblan al girar la esfera del
reloj para poder comprobar la hora. Debo de estar adelgazando mucho porque
el reloj ya no se ajusta a mi muñeca. Si la correa tuviera más
agujeros podría cambiarlo en este momento y así evitar que
me quedase holgado. Pero sólo tiene uno, qué carajo, debería
tener más porque para eso se inventaron los diversos agujeros en
las correas de los relojes, para hacernos la vida más cómoda,
igual que el velcro se inventó para que los astronautas en órbita
no se volvieran locos peleándose con las cremalleras.
Pienso en lo que harán las gentes que se encuentran a mis pies.
Desde esta perspectiva aérea todo cobra el aire irreal de una maqueta
minuciosamente organizada, pero tan estática que da la impresión
de que sólo sirve para ser contemplada, si acaso cambiar de posición
alguna ficha o, como mucho, transformarla por completo hasta crear otra
nueva a mi antojo. Podría mover el río y colocarlo a la
izquierda, o mejor llevarlo a la derecha del todo, junto a aquellos campos
de cultivo. Podría prescindir de aquella masa uniforme de casas
apiñadas que desde aquí sólo se aprecia como una
mancha marrón. Y eso de ahí que debe de ser una torre. Podría
estar aquí o allá, orientado al norte o al sur, o sencillamente
no estar.
Me sacude un ligero escalofrío, al tiempo que mi estómago
se retuerce como una bayeta mojada a la que escurrimos el líquido.
No puede quedar mucho tiempo. Ahí debajo continúa avanzando
la imagen de esta ciudad aletargada. De verdad que cuesta creer que haya
gente en su interior, tan fantasmal y silenciosa como se percibe. Será
cuestión de asumir que todos somos personajes de una misma película
dirigida por unos cuantos, quienes han ideado un guión con diferentes
decorados en el que cada uno desempeña su papel. Si te toca el
del común de la humanidad, ya puedes darte con un canto en los
dientes porque entonces lo tienes muy fácil: vivir y sobrevivir
sorteando mal que bien los problemas que se van a alzando al paso, sin
la responsabilidad de tomar resoluciones trascendentes, pero con el convencimiento
absoluto de que podemos elegir el rumbo por el que queremos transitar,
que para eso lo llaman libertad, aunque finalmente acabemos dando tumbos
por un camino perdido en el que no nos queda más remedio que acatar
las órdenes que vienen de arriba.
Y eso, ya digo, en el mejor de los casos. Porque lo chungo es que te toque
ese otro papel de figuración, en el que simplemente tienes que
existir para que sean los demás quienes se luzcan. Como el de todas
estas gentes de aquí abajo a las que nadie va a preguntar, a las
que nadie va a pedir permiso antes de que, en un segundo, todo se vaya
a la mierda.
Debe de ser duro, sí, pienso mientras dirijo mi mirada hacia las
calles desiertas de esta ciudad desolada. Imagino su vida cotidiana, su
movimiento, sus ruidos y sus olores. Imagino fábricas que vomitan
humo contaminado, hombres apurados por llegar a fin de mes, escuelas,
cines, parques donde tumbarse al sol de primavera. Imagino hospitales
inundados de tristeza, pero también ilusiones, proyectos, mercados.
Imagino madres preocupadas por el futuro incierto de sus hijos y jóvenes
que se saltan la clase de física para correr tras las faldas de
las muchachas...
Pero no puedo despistarme tanto. ¿Qué hora será ya?
Otra vez el reloj se ha dado la vuelta en mi muñeca, en cuanto
llegue a casa le haré un par de agujeros. Me sudan las manos y
siento un gorgoteo que asciende desde el vientre hasta la garganta. Empiezo
a cansarme de estar aquí, pero no debo descuidar mis reflejos.
Echo una ojeada a los mandos y compruebo que no falla nada. Al fin y al
cabo, todo será muy sencillo y tan rápido que apenas me
daré cuenta. Está todo controlado, no pasa nada, no es la
primera vez que se hace, joder, y tampoco va a ser a última.
Si no fuera por este silencio... Debajo la ciudad fantasma permanece en
su sigilo, oculta como ese secreto que juras no contar a nadie. Las piernas
se me resienten de mantener la misma postura y noto toda la tensión
acumulada en las cervicales. Pienso en el sofá de mi apartamento,
los pies sobre la mesa y un café con leche calentito con Tom Waits
sonando de fondo. Pienso en una mañana luminosa con un desayuno
abundante mientras ojeo el periódico. O en el placer de darse un
baño de espuma al llegar a casa una tarde de lluvia. Pienso en
la fabada con almejas de mi madre, en una borrachera con mis amigos de
siempre o en una de esas noches locas haciendo el amor con mi chica...
Y sin embargo el cinturón me aprieta cada vez más y la cabeza
me da vueltas. Quisiera estar con lo míos, muy lejos de todo este
circo. Desde dentro de la cabina apenas puede adivinarse el frío
que sacude el exterior, presagio de un horror que se anuncia gratuito
e inevitable. Un frío que intuyo seco, de esos que cortan el aire
como cuchillos afilados. Un frío estremecedor y desgarrado, definitivo
y cruel. Un frío que cala hasta los mismos huesos porque trae consigo
ráfagas de pánico.
Supongo que a estas alturas no sirve de nada preguntarse qué coño
estoy haciendo aquí, donde no sólo no llega el frío,
sino que sudo de tal manera que la camisa se me pliega a la piel. Ya no
queda casi tiempo y tengo que estar preparado. Vamos a ver, todo bien,
debe de quedar muy poquito. Será un segundo, es cuestión
de aguardar a las órdenes. ¿Funcionará este aparato?
Claro que sí, qué hora es, otra vez el puñetero reloj...
No pasa nada, repito en voz alta, mientras me pregunto si realmente éste
es el mundo que queremos, un mundo sembrado de odio. En cualquier caso,
lo haré rápido para desprenderme cuanto antes de esta lacra.
Sólo será un segundo, ¿qué peso puede tener
un segundo en toda la vida? Sí, claro que es ésta la realidad
que elegimos, trato de convencerme, aunque tengo la certeza de que nos
lamentaremos mucho más tarde, después de toda barbarie,
cuando miremos hacia el pasado con la nostalgia de lo irrecuperable, cuando
soñemos con lo que perdimos, con lo que nosotros mismos destruimos,
y nos levantemos llorando...
Sí, recibido.
Voy a hacerlo. Las gotas de sudor empapan mi frente, me tiembla el pulso,
la adrenalina me sube desorbitada para estallar en mis sienes, no consigo
controlar mi agitación. Nueve, ocho, siete. Tengo que hacerlo,
son las órdenes que vienen de arriba, me falta el aire, ellos están
figurando, es lo que les ha tocado, mis pulsaciones van a mil por hora.
Seis, cinco, cuatro. Tengo que hacerlo, pronto acabará todo esto
y volveré al sofá de mi apartamento, me ahogo, voy a hacerlo,
espérame mamá, no sufras que ya acabo, me he comprometido,
por todo aquello en lo que no creo, por lo que ganaré con todo
esto. Tres, dos, uno...
...¡Esa luz, enfermera, esa luz que me ciega!... No puedo abrir
los ojos... Me vuelve loco el estrépito. No, otra vez ese estallido
que retumba en mis oídos... ¿Por qué lo hice? No
veo nada, me muero, la ciudad a mis pies es una nube de polvo... Me está
dando otra vez, enfermera, ya no puedo pensar en el mar, no, no funciona
lo de respirar al ritmo de las olas... ¿Por qué lo hice?
Siento la sombra de la muerte acercándose a rendirme cuentas. Me
estoy volviendo loco, ¿es que no hay nadie que me oiga? Enfermera,
por favor, necesito una pastilla...


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