Leí el diario de un extraño (2003)

La mirada inocente

Ascensión García Nuño

Cae la nieve despacio, suave, suave, sin pausa. Caen los copos grandes, espesos, muy juntos, muy blancos. Desde niña me parecía un fenómeno casi sobrenatural y no podía dejar de mirar caer la nieve despacio sobre el suelo, como ahora. Grandes copos que en unos minutos cubrirán todo de una espesa capa de nata esponjosa.
¿De nata esponjosa?
Enseguida la preciosa nieve se convertirá en sucias paparruchas que harán intransitables las calles. ¡Y qué frío hace! Subo un grado la calefacción.
Hace veinte años, una tarde como ésta, incluso más fría, recuerdo que fuimos mis hermanos y yo a los robles de mi pueblo, a recoger musgo y piñas para adornar el Belén. Durante más de tres horas no dejamos de reír y disfrutar. Las manos moradas, los pies helados dentro de esas botas que eran de mi hermana mayor y la nariz con témpanos de mocos, pero qué bien lo pasamos. El frío era lo de menos, la nieve nuestro mejor regalo y nada podía pararnos. Qué tiempos aquellos. ¡Pero si sólo tengo treinta y un años!
Sigue nevando. Lo veo desde la ventana, no puedo dejar de mirar la calle y a esos pequeños diablillos lanzarse bolas de nieve.
Se encienden las luces de Navidad, una estrella de colores aquí, unas campanas un poco más allá. Llega la Navidad. Se me llenan los ojos de lágrimas y se me hace un nudo en la garganta, no puedo evitarlo. Apoyo la frente en el cristal que está frío, muy frío, y estas imparables ganas de llorar que me ahogan se pasarán en unos días, cuando me compre esos pendientes que vi ayer y que no puedo permitirme. Pero qué importa, es Navidad.
Cómo se ha esfumado la ilusión de la Navidad con el paso de los años. Esa alegría decorando el árbol y esparciendo un paquete de harina en el Belén, esos ojos como platos viendo las luces navideñas, esa risa nerviosa escribiendo con faltas de ortografía y una letra ilegible la carta a los “Relles Majos” y ese pequeño milagro que, siempre, en estas fechas, me transformaba en la mejor niña del mundo. No pegaba a mi hermano pequeño, no contestaba y obedecía a la primera, me dejaba desenredar el pelo y me comía hasta las espinacas. Que fácil era todo entonces.
Enciendo un cigarro y abro la ventana. El aire helado entra en mis pulmones recordándome que el próximo año dejaré de fumar, una promesa que no cumpliré, como todas las anteriores. Qué extraña fuerza nos empuja a proponemos cambiar de hábitos, de trabajo, de aspecto y de vida con la llegada de un nuevo año. Y que fácil nos olvidamos de nuestros propósitos que se quedan guardados en las cajas de cartón con los adornos navideños hasta el año que viene.
El pitido del tren me devuelve a la realidad. Es el Talgo. Le veo venir desde el paso a nivel anterior. La caravana de coches espera ante las vías y algunos conductores se ponen nerviosos y suman las bocinas al pitido del tren. Cómo me gustaba de pequeña ver pasar el tren y cómo me molesta ahora. Cómo disfrutaba entonces viajando en tren y cómo disfruto ahora.
Mi primer viaje en tren fue impresionante. Me tuve que pegar con mi hermano para sentarme al lado de la ventanilla, pero fue todo un triunfo. Veía pasar los campos, los coches y camiones paralelos al tren, y cuando llegábamos a una ciudad era lo mejor. Veía las casas, las calles, algún edificio muy alto que me preguntaba que sería. Siempre se asomaba la torre de alguna iglesia o algún campanario y preguntaba a mi padre qué ciudad era esa. Con una sonrisa le repetía a mi hermano pequeño el nombre de la ciudad y añadía:
—Cuando sea mayor vendré a conocerla.
Y así una tras otra todas las ciudades y pueblos grandes por los que el tren transitaba. Pero lo mejor de todo era ver pasar esos rostros anónimos, esas gentes tan distintas y tan parecidas a las que yo conocía, esas miles de historias que me inventaba en cada persona que observaba desde el viejo tren.
Y aún sigo haciendo lo mismo.
Y ver pasar el tren desde las barreras no deja de ser igual de maravilloso. Intentar descubrir hacia dónde va, qué sueños y aventuras esconden los pasajeros en sus maletas, cuántas despedidas, cuántos reencuentros, cuántos besos, cuántas lágrimas en esos ojos que desde los vagones nos contemplan.
A sus majestades los Reyes Magos de Oriente quiero pedirles sólo una cosa, como bien me enseñaron de pequeña, y es que, aunque sólo sea en esta fechas, me devuelva esa mirada de niña inocente que me hacía percibir todo de otra manera. Y en estos momentos lo veo claro. No quiero que el tren desaparezca, ni que lo entierren. Con estos ojos de niña estoy imaginando un tren elevado que cruza la ciudad sin obstaculizar la vida y el bullicio de la ciudad. Un tren que desde lo alto permita a los pasajeros descubrir las ciudades por donde les lleva el ferrocarril e imaginar en sus gentes historias cotidianas o increíbles. Un tren que desde arriba nos deje descubrir todas las historias de sus pasajeros y que quizás alguno de ellos nos sonría y salude con la mano.
El frío me debe estar congelando las neuronas. ¡Vaya ideas! ¿Qué hago pensando en Reyes Magos y en trenes futuristas? Cierro la ventana y sonrío.
Un apunte, Sus Majestades: haced extensible esa mirada inocente, esa ilusión contagiosa y esa vuelta a la niñez a todas las gentes de Burgos, no vayan a tomarme por una loca.

Feliz Navidad,

Aurora

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