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Cae la nieve despacio,
suave, suave, sin pausa. Caen los copos grandes, espesos, muy juntos,
muy blancos. Desde niña me parecía un fenómeno casi
sobrenatural y no podía dejar de mirar caer la nieve despacio sobre
el suelo, como ahora. Grandes copos que en unos minutos cubrirán
todo de una espesa capa de nata esponjosa.
¿De nata esponjosa?
Enseguida la preciosa nieve se convertirá en sucias paparruchas
que harán intransitables las calles. ¡Y qué frío
hace! Subo un grado la calefacción.
Hace veinte años, una tarde como ésta, incluso más
fría, recuerdo que fuimos mis hermanos y yo a los robles de mi
pueblo, a recoger musgo y piñas para adornar el Belén. Durante
más de tres horas no dejamos de reír y disfrutar. Las manos
moradas, los pies helados dentro de esas botas que eran de mi hermana
mayor y la nariz con témpanos de mocos, pero qué bien lo
pasamos. El frío era lo de menos, la nieve nuestro mejor regalo
y nada podía pararnos. Qué tiempos aquellos. ¡Pero
si sólo tengo treinta y un años!
Sigue nevando. Lo veo desde la ventana, no puedo dejar de mirar la calle
y a esos pequeños diablillos lanzarse bolas de nieve.
Se encienden las luces de Navidad, una estrella de colores aquí,
unas campanas un poco más allá. Llega la Navidad. Se me
llenan los ojos de lágrimas y se me hace un nudo en la garganta,
no puedo evitarlo. Apoyo la frente en el cristal que está frío,
muy frío, y estas imparables ganas de llorar que me ahogan se pasarán
en unos días, cuando me compre esos pendientes que vi ayer y que
no puedo permitirme. Pero qué importa, es Navidad.
Cómo se ha esfumado la ilusión de la Navidad con el paso
de los años. Esa alegría decorando el árbol y esparciendo
un paquete de harina en el Belén, esos ojos como platos viendo
las luces navideñas, esa risa nerviosa escribiendo con faltas de
ortografía y una letra ilegible la carta a los Relles Majos
y ese pequeño milagro que, siempre, en estas fechas, me transformaba
en la mejor niña del mundo. No pegaba a mi hermano pequeño,
no contestaba y obedecía a la primera, me dejaba desenredar el
pelo y me comía hasta las espinacas. Que fácil era todo
entonces.
Enciendo un cigarro y abro la ventana. El aire helado entra en mis pulmones
recordándome que el próximo año dejaré de
fumar, una promesa que no cumpliré, como todas las anteriores.
Qué extraña fuerza nos empuja a proponemos cambiar de hábitos,
de trabajo, de aspecto y de vida con la llegada de un nuevo año.
Y que fácil nos olvidamos de nuestros propósitos que se
quedan guardados en las cajas de cartón con los adornos navideños
hasta el año que viene.
El pitido del tren me devuelve a la realidad. Es el Talgo. Le veo venir
desde el paso a nivel anterior. La caravana de coches espera ante las
vías y algunos conductores se ponen nerviosos y suman las bocinas
al pitido del tren. Cómo me gustaba de pequeña ver pasar
el tren y cómo me molesta ahora. Cómo disfrutaba entonces
viajando en tren y cómo disfruto ahora.
Mi primer viaje en tren fue impresionante. Me tuve que pegar con mi hermano
para sentarme al lado de la ventanilla, pero fue todo un triunfo. Veía
pasar los campos, los coches y camiones paralelos al tren, y cuando llegábamos
a una ciudad era lo mejor. Veía las casas, las calles, algún
edificio muy alto que me preguntaba que sería. Siempre se asomaba
la torre de alguna iglesia o algún campanario y preguntaba a mi
padre qué ciudad era esa. Con una sonrisa le repetía a mi
hermano pequeño el nombre de la ciudad y añadía:
Cuando sea mayor vendré a conocerla.
Y así una tras otra todas las ciudades y pueblos grandes por los
que el tren transitaba. Pero lo mejor de todo era ver pasar esos rostros
anónimos, esas gentes tan distintas y tan parecidas a las que yo
conocía, esas miles de historias que me inventaba en cada persona
que observaba desde el viejo tren.
Y aún sigo haciendo lo mismo.
Y ver pasar el tren desde las barreras no deja de ser igual de maravilloso.
Intentar descubrir hacia dónde va, qué sueños y aventuras
esconden los pasajeros en sus maletas, cuántas despedidas, cuántos
reencuentros, cuántos besos, cuántas lágrimas en
esos ojos que desde los vagones nos contemplan.
A sus majestades los Reyes Magos de Oriente quiero pedirles sólo
una cosa, como bien me enseñaron de pequeña, y es que, aunque
sólo sea en esta fechas, me devuelva esa mirada de niña
inocente que me hacía percibir todo de otra manera. Y en estos
momentos lo veo claro. No quiero que el tren desaparezca, ni que lo entierren.
Con estos ojos de niña estoy imaginando un tren elevado que cruza
la ciudad sin obstaculizar la vida y el bullicio de la ciudad. Un tren
que desde lo alto permita a los pasajeros descubrir las ciudades por donde
les lleva el ferrocarril e imaginar en sus gentes historias cotidianas
o increíbles. Un tren que desde arriba nos deje descubrir todas
las historias de sus pasajeros y que quizás alguno de ellos nos
sonría y salude con la mano.
El frío me debe estar congelando las neuronas. ¡Vaya ideas!
¿Qué hago pensando en Reyes Magos y en trenes futuristas?
Cierro la ventana y sonrío.
Un apunte, Sus Majestades: haced extensible esa mirada inocente, esa ilusión
contagiosa y esa vuelta a la niñez a todas las gentes de Burgos,
no vayan a tomarme por una loca.
Feliz Navidad,
Aurora


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