Leí el diario de un extraño (2003)

Maletas

Belén Herranz

Mi madre ponía las maletas sobre la mesa del comedor, una mesa de caoba, enorme, que sólo se utilizaba para comer cuando la señorita Cecilia venía a visitarnos, una vez cada dos o tres años, y mi madre vestía la mesa con la mantelería más elegante que tenía y sacaba la cubertería y la vajilla con las salseras. La señorita Cecilia era una solterona de Oviedo. Mi madre había sido su doncella durante casi diez años, hasta que se casó con mi padre, y todavía se sentía orgullosa de haber servido en casa de una señora “tan exquisita y tan llena de virtudes”, como ella decía. “Se aprende mucho de las personas tan respetables. Además, es tan cariñosa”, decía. Así pues, la mesa del comedor sólo se usaba para eso, para la señorita Cecilia o para hacer el equipaje. Si no, el comedor sólo se abría para mostrárselo a alguna visita y después permanecía cerrado hasta que se acercaban las vacaciones de verano y mi madre extendía las maletas vacías sobre la mesa.
En la maleta roja ponía sólo la ropa y en la maleta negra metía el resto de las cosas. Las cosas de todos y la ropa de todos. Decía que las cosas se acoplaban mejor en la maleta negra porque era de fuelle y, así, la ropa podía ir extendida dentro de la maleta roja sin ninguna otra cosa que le estorbase: ni los zapatos, ni las chanclas de la playa, ni los sombreros de paja. En la maleta roja sólo iba la ropa y, de ese modo, la ropa llegaba impecable, como recién planchada, tan estirada que luego mi madre alardeaba ante quien fuera de no llevar jamás una plancha en la maleta negra, donde metía el resto de las cosas. “A mí nunca se me arruga nada”, decía con la misma arrogancia que exhibía la mesa de caoba del comedor a alguna visita.
Nadie discutía su criterio a la hora de seleccionar las cosas de todos y la ropa de todos. Ni siquiera mi padre. Al contrario, él no sólo lo acataba como nosotros, mi hermano y yo, sino que, además, parecía admirar esa maestría que mi madre decía haber adquirido de la señorita Cecilia para vestirnos a todos como es debido según la ocasión, igual que ponía la mesa del comedor cuando era oportuno con el mejor mantel de su ajuar, la cubertería, los platos y las salseras. Nunca faltaba de nada. Como nunca faltaba de nada en la maleta negra ni en la maleta roja.
La maleta negra era como un desván de viaje, y la maleta roja, un inmenso ropero portátil. Las dos maletas eran tan grandes que mi hermano y yo cabíamos juntos en cualquiera de ellas. A mi madre le gustaban las maletas muy grandes. “Así cabe lo mucho y lo poco”, decía. Porque era muy previsora. Cuando íbamos de vacaciones le gustaba llevarse todo lo necesario y algo más, “por si acaso”. Por eso, en la maleta negra, entre los zapatos, los gorros y toda esa clase de accesorios tan difíciles de acoplar, no faltaba una linterna, un infernillo, un trozo de cuerda, ni medicinas, ni un poco de pegamento; y en la maleta roja, además de la ropa corriente, mi madre siempre añadía alguna prenda “un poco más especial”, casi siempre sin estrenar, por si tuviéramos que ir al médico o encontrarnos con alguien en alguna parte. Pero el verano que fuimos a Asturias mi madre consideró necesario llevar tanta ropa “un poco más especial” y tantos accesorios “de por si acaso” que tuvo que comprar una maleta nueva, enorme y llena de compartimentos; la maleta donde sólo colocaría “eso sí, bien separadas a un lado y a otro” la ropa y el resto de las cosas para cuando fuéramos a visitar a la señorita Cecilia en Oviedo. Ya teníamos tres: la maleta negra, la maleta roja y la maleta nueva. El desván de viaje, el ropero portátil y el arca del tesoro, siempre cerrada como el comedor de caoba.
“Si un día venís a Oviedo, os llevaré a muchos sitios”, había dicho la señorita Cecilia, dirigiéndose a mi hermano y a mí la última vez que mi madre utilizó las salseras. Las salseras me gustaban tanto como los moldes para hacer flanes de arena en la playa. Y mi madre no dejó de planear las vacaciones en Asturias desde ese momento, con gran excitación a pesar de que todavía faltaba mucho para el verano. Le gustaba tenerlo todo previsto. Decía que así era más fácil tomar las decisiones de última hora como, por ejemplo, si sólo llevaría en la maleta roja, con el resto de la ropa, los impermeables y las gabardinas sin estrenar; o si, a lo mejor, era conveniente meter también los chubasqueros viejos en la maleta negra, con las cosas, y reservar impecables los impermeables y las gabardinas nuevas para cuando nos encontráramos con la señorita Cecilia, en cuyo caso, tendría que guardarlos en la maleta nueva.
Daba la casualidad que las cosas que más nos gustaban a mi hermano y a mí siempre eran las que mi madre consideraba que sólo debían utilizarse en determinadas ocasiones, y si era estrictamente necesario, como la mesa de caoba del comedor y la mantelería bordada, o la ropa y los accesorios de la maleta nueva. Pero aquel verano, desde que salimos de casa, los cuatro soñábamos con los tesoros que nos aguardaban dentro de esa maleta. Mi madre era la primera que estaba deseando ponerse el abrigo de entretiempo que se había comprado con mucha ilusión para estrenarlo en Asturias, ya que en Madrid nunca hacía la temperatura adecuada para usar esa clase de abrigos. Eso decía. Mi padre, aunque siempre daba la impresión de que sólo se dejaba llevar, era como si se sintiera más orgulloso de sí mismo cada vez que mi madre lo disponía todo para estar a la altura de las circunstancias, como ella decía, y en esta ocasión, él también parecía cada día más excitado según se acercaba el momento de poder gozar de tanto placer como mi madre tenía reservado. Por mi parte, yo estaba impaciente por estrenar los zapatos de charol desde que me los probaron en la tienda y soñaba con que mi madre me recogiera el pelo con unos prendedores de perlitas que le había visto guardar en la maleta nueva, dentro de un saquito de terciopelo, como si fueran una joya. Y por último, estaba mi hermano que, harto de llevar pantalones cortos y sandalias con hebillas, estaba deseando que mi madre considerara oportuno, de una vez, que él pudiera ponerse unos pantalones largos y unos zapatos con cordones.
En Cadavedo, en Candás, en Colombres, en Ribadesella, en cualquiera de los lugares en los que parábamos antes de ir a visitar a la señorita Cecilia en Oviedo, cuando mi hermano y yo sugeríamos a mi madre que abriera ya la maleta nueva, ella nos respondía: “No tengáis prisa, que aquí no nos conoce nadie”. Y al llegar a cada pensión mi padre sólo descargaba del coche la maleta negra y la maleta roja hasta que, la víspera de llegar a Oviedo, en Cangas de Onís, mi madre llamó por primera vez a la señorita Cecilia. Una voz le dijo que la señorita no estaba, que volviera a llamar más tarde. Pero, de todos modos, mi madre indicó a mi padre que subiera las tres maletas a la habitación. Era mejor estar preparados por si la señorita Cecilia quisiera vernos temprano al día siguiente. Mi hermano y yo, tan ansiosos como estábamos por comprobar que los tesoros de la maleta nueva permanecían intactos, empezamos a corretear alrededor de mi padre hasta que depositó la gran maleta sobre una cama y mi madre la abrió. Ella sólo quería comprobar que no había que retocar nada después de tantos días de viaje, como así fue: era tan buena haciendo maletas que ésta vez tampoco hizo falta pedirle la plancha a la patrona de la pensión. Llena de orgullo, volvió a llamar por teléfono. Pero la misma voz de antes le dijo que la señorita Cecilia todavía no había vuelto, que le daría el recado. Y mi madre siguió organizándolo todo para el día siguiente. Primero se lavó las manos y luego eligió meticulosamente un vestido para ella y otro para mí, los pantalones y las camisas para mi padre y para mi hermano y después sacó unos prendedores para recogerme el pelo, no los de las perlitas, sino otros mucho más discretos. “No te preocupes”, intentó explicarme, “ya sabes que la señorita Cecilia dijo que nos llevaría a muchos sitios. Habrá ocasión de ponérnoslo todo.”
Con esa ilusión nos fuimos a dormir. La noche se me hizo tan larga como la noche de Reyes hasta que, por fin, llegó el día siguiente y con él, la ocasión de ponernos los trajes nuevos, los zapatos nuevos, los impermeables nuevos. Mi padre y mi hermano se peinaron con fijador, mi madre se recogió el pelo en un moño y a mí me puso los prendedores discretos. Estábamos resplandecientes, como soñados. Mi madre se desenvolvía como una auténtica señora con aquel abrigo nuevo. Mi padre nos miraba con satisfacción, creo que nunca he vuelto a verle en ese estado de euforia. Con cuidado de no mancharse, volvió a cargar en el coche la maleta negra, la maleta roja y la maleta nueva. Mientras tanto, mi madre volvió a llamar a la señorita Cecilia, pero tampoco pudo hablar con ella en ese momento. “Tal vez sea demasiado temprano”, dijo mi madre a la vez que se estiraba bien el abrigo para entrar en el coche.
Íbamos camino de Oviedo, tan elegantes, tan impecables, que a mi padre se le ocurrió aprovechar la ocasión para hacerle una visita a la Virgen de Covadonga. En la gruta, ante la Virgen, le pidió a una señora que nos hiciera una fotografía a los cuatro, justo antes de que mi madre volviera a llamar a la señorita Cecilia. Pero esta vez, aquella voz le comunicó definitivamente que la señorita no podría recibirnos. Mi madre se quedó encogida dentro de su abrigo de entretiempo como si éste ya no sirviera para nada. Mi padre, en cambio, hasta nos compró unos dulces al salir de la gruta, como si pretendiera alargar aquel gran momento de tanta satisfacción personal; y mi hermano y yo dábamos saltos de alegría por estar disfrutando del tesoro sin tener que soportar a cambio los remilgos de la señorita Cecilia. Pero nada más llegar a Oviedo mi madre consideró que la ocasión se había terminado. Guardó otra vez la ropa y los accesorios en la maleta nueva y no volvió a abrirla hasta que regresamos a casa.
Hace tiempo que ya no viajamos juntos. La señorita Cecilia no ha vuelto a visitarnos y mi madre ya sólo abre el comedor para mostrárselo a las pocas personas que todavía no lo han visto y para limpiarle el polvo. Encima del aparador está la fotografía que nos hicimos en la gruta ante la Virgen de Covadonga. Mi madre frota muy bien el marco de alpaca para que brille.

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