Cientos de días, miles
de pasos, millones de pensamientos. Ya no recuerdo cuantas veces tomé
este camino para acercarme a la playa. El recorrido se ha hecho mío.
Colgado del abismo, el estrecho sendero me obliga a seguirlo sin alternativa.
La naturaleza impone su voluntad. El atajo sólo puede seguir
una dirección; así ha de ser y así es. En el vértice
del precipicio el mar colosal, majestuoso, domina la escena. Durante
el descenso el rumor se hace turbulento y profundo. El resol del atardecer
enciende el verde del musgo. Hace frío; hoy el viento viene cargado
de norte.
La playa es inmensa, desde la cima la altura la empequeñece,
pero una vez en las rocas ya nada confunde la realidad. Los acantilados
gigantes son el marco de una escena magnífica. Desde allí
uno puede ver los horizontes finitos de un planeta inviolado. El hombre
no existe. Con osadía me atrevo a dibujar mis pasos en un manto
de aparente limpia arena. Me acerco a la orilla. Una vez más
me diluyo en el entorno. Me siento enormemente pequeño, diminutamente
enorme.
Una bofetada me despierta. El aire no huele a sal. Es el aura de la
muerte. La arena se ha visto obligada a mentir; bajo una apariencia
de pureza, no esconde sino el putrefacto señuelo de un veneno
ahora aferrado a mis botas.
Mis pasos, antes decididos, se frenan en un intento de ahorrarme la
imagen intuida, temida. Voy hacia las cuevas. Un mar obstinado necesitó
un millón de años para labrar estas cavernas. Un bulto
amorfo parece hacer guardia ante una de las cavidades. Parecen algas,
pero no; es un albatros. Su plumaje lleva la insignia de la ignominia,
su pico no tuvo fuerzas para cerrarse tras el último graznido
de la dolorosa agonía, y sus ojos, reteniendo el último
brillo de la vida, parecen querer preguntar un porqué cuya respuesta
conocida me avergüenza.
Siento la angustia del equilibrio roto, del matrimonio forzado: no nació
el mar para mecer petróleo. No voló el albatros para pescar
en fuel.
La playa rezuma muerte. Las olas de un mar denso ya no declaran su fuerza;
suenan a agónico gemido. No se oyen las gaviotas. Las gaviotas
muertas no vuelan.
Y la mentira... Ahora me siento engañado. Burlado por aquel al
que la tragedia le parece un pequeño incidente, por quien a la
densa ponzoña le llama galleta. Por quien, hablándome
como a un niño me pretende ingenuo. Por quien en la más
ingrata de las muestras de desprecio no valoró el daño,
porque el daño al despreciado no es daño. Por quien al
pretender comprar el dolor, no hace sino alimentar el odio. Por quien
pagando al mensajero lo prostituye. Burlado por quien de mí se
burla con infernal soberbia.
En seis meses esto habrá pasado. Y el albatros, ¿volverá
a volar? ¿Volverá el erizo a su roca? ¿Lo harán
en cinco lustros o en cien siglos?
¡No me engañen! ¡Nunca! ¡Nunca más!
Nunca más volverá a ser igual. Nunca nada volverá
a ser igual.
La codicia ha salido de su guarida. Cabalga desbocada. La alegría
de su trote es la señal de su victoria. Nos ha matado un poco
a todos.
Llueve en Galicia. Las gotas sobre mi rostro limpian el pensamiento.
Anochece y debo regresar. Oigo el mar. El viento se cuela en un zumbido
dentro de mi oído. Camino entre pinos. Luciérnagas. Olor
a eucaliptos. Puedo ver a Venus entre dramáticas nubes. Y allí,
imperturbable, una estrella me dice que a millones de kilómetros,
estando muy lejos está muy próxima, porque el universo
es tan inmenso que solo cabe en el infinito. Entonces, en un viaje sin
moverme, como intentando encontrar en mi interior la célula más
primaria para hacerme consciente de la partícula más diminuta,
entiendo que no soy nadie, que no somos nadie.
Mirar las estrellas nos coloca en nuestro sitio, dijo una
mujer sabia. Su recuerdo me tranquiliza y pienso que en un billón
de años todo volverá a estar en el lugar que le corresponde,
y yo ya no seré yo, para ser en mi lugar, mar, erizo y albatros.