Leí el diario de un extraño (2003)

Cortes

Pablo Insua

Esa mañana, un domingo frío y lluvioso de enero, bajé a comprar el periódico. Los olores de la cafetería y el puesto de flores que había junto a mi portal se mezclaban con resultado extraño y difícil de soportar. El quiosquero de toda la vida, al que llamaba el amputado desde que hacía años se lo había oído a don Claudio, estaba sentado sosteniendo un cigarrillo entre los labios con su barba canosa de tres días y sus ojeras negras a pesar de los somníferos. Cruzamos unas rápidas palabras mientras le pagaba y volví a casa caminando despacio sin tan siquiera reparar en las noticias de primera plana.
Al entrar de nuevo en mi portal vi a don Claudio subiendo por las escaleras. Su mirada luminosa y su canturreo sutil me resultaron desconocidos e incomprensibles. Al pasar junto a él levantó el sombrero a modo de saludo cortés y me dijo:
—Buenos días, Tomás ¿qué, de dar un paseito?
—No, don Claudio, de comprar el boletín de malas noticias como usted lo llama.
—Ya veo, ya, bueno, seguro que no es para tanto, hombre —me respondió.
“Seguro que no es para tanto”. Me pregunté qué querría haber dicho con eso mientras abría la puerta de casa. Al pasar por la cocina miré de reojo los fogones y me pareció percibir el olor de las rosquillas de Elena, pero en ese mismo instante el estómago me devolvió el regusto amargo del queso y el vino de la noche anterior. Con pasos cortos y la mirada fija en el suelo caminé hasta el butacón verde y me dejé caer sobre él dispuesto a leer la prensa. Casi sin prestar atención comencé a pasar con agilidad las páginas de deporte y del mismo modo los anuncios por palabras. Me detuve en las esquelas. Leí despacio cada nombre de la primera página entristeciéndome de una forma falsa y autocomplaciente. Antes de pasar a la segunda escuché un golpe. Aparté a vista del periódico y agucé el oído, pero no hubo más golpes.
De pronto comencé a sentir un extraño picor en la lengua que me recordó al que me provocaba el gas al cargar el mechero que me regaló Elena por mi cumpleaños. No lo había vuelto a utilizar desde que ella se fue, pensé mientras recordaba imágenes de aquella fiesta. Había sido todo tan bonito que no pude imaginar que me dejaría poco después. El olor se hacía cada vez más intenso. Arrugué la nariz y me rasqué, era como ese olor a picapica de cuando era niño. Dejé el periódico sobre la mesa de madera ya vieja y fui a la cocina a comprobar que todo estaba en orden. Según me iba acercando ese olor picante se hacía cada vez más intenso, y se separaba más de mi cocina. Provenía del descansillo, así que abrí al puerta y salí. Parecía venir de la casa de don Claudio. Estaba casi seguro, así que fui hacia su puerta y la golpeé varias veces con el puño esperando sin conseguirlo escuchar algo distinto al latido de mi corazón. Cómo una visión nefasta recordé la feliz y descansada sonrisa que había visto por primera vez en muchos años a don Claudio esa mañana, y sin pensarlo arranqué a patadas contra la antiquísima puerta de la casa que apenas opuso resistencia.
La casa estaba completamente a oscuras. El insoportable olor a gas me hizo tambalearme y querer salir de allí, pero tenía que encontrar a don Claudio antes de que fuera demasiado tarde. Me tapé la nariz y la boca con el jersey y entré apenas guiado por la claridad del descansillo. La puerta de la cocina estaba cerrada. Intenté abrirla y tuve que empujar más fuerte. La puerta fue cediendo al tiempo que escuchaba el chirrido como de una silla al ser arrastrada por el suelo. Cuando tuve espacio suficiente asomé la cabeza y gracias a la creciente luz del día que entraba por el ventanal pude ver el cuerpo de don Claudio en el suelo con la silla que segundos antes bloqueaba la puerta volcada sobre él. Abrí del todo y entré. A los pies de don Claudio una toalla de baño taponaba la rendija entre la puerta y el suelo. Desvié un instante mis ojos de él para mirar los fogones, los cerré aprisa y me arrodillé junto a don Claudio. Aparté la silla y zarandeándolo lo llamé a gritos sin que reaccionara, así que lo arrastré por los pies fuera de allí. Sin saber bien que hacer lo metí dentro de mi casa y corrí al teléfono para llamar a una ambulancia. Una voz gélida y ausente me fue interrogando sobre lo ocurrido y yo cada vez más cerca de la histeria grité hasta conseguir que me jurara que había una ambulancia en camino.
Dejé en el hall de mi casa el cuerpo de don Claudio sin atreverme a tocarlo. En el baño empapé una toalla en agua y ciñéndomela al rostro volví a su casa para intentar abrir alguna ventilación. La humedad de la toalla atenuaba bastante el olor a gas pero aun así no pude controlar el ataque de tos. Entré en el salón de don Claudio intentando no tropezar con los muebles que vislumbraba por la claridad que salía de la cocina y fui hacia el ventanal para abrirlo. Retiré las cortinas con un tirón seco y al ir a echar mano a ciegas del tirador de las persianas me di cuenta de que no estaba tenso. Cada vez más nervioso fui bajando la mano por él hasta encontrar un corte limpio como de unas tijeras. Pasé mis dedos por el corte unos instantes intentando asimilarlo y finalmente corrí hacia el resto de las habitaciones pero en todas encontré lo mismo. No sabía que más hacer para salvar a don Claudio, así que salí al portal huyendo de aquel olor.
Una vez abajo, me senté en las escaleras que daban a la calle y respiré profundo para intentar recobrar la calma. El olor a gas pareció perseguirme. Cerré los ojos y resonó en mis oídos la frase de don Claudio: “Seguro que no es para tanto, hombre”. Luego le recordé abrazándome la última vez que tomando un café juntos me dijo “olvídate de ella o acabarás amargado como yo”. Rompí a llorar, me cubrí la cara con ambas manos y sollocé casi sin fuerzas hasata que sentí un golpecito en el hombro. Alcé el rostro y vi a un hombre joven con un peto de la Cruz Roja. Me levanté y comencé a intentar explicarme sin conseguirlo.
Se identificó como el doctor Robles y me acompañó escaleras arriba mientras trataba de contarle lo que había visto. Entró en mi casa y observó el cuerpo de don Claudio ya sin vida.
Volvimos al descansillo y el doctor llamó por radio a la policía. Mientras él hablaba, me giré y me quedé mirando por última vez a don Claudio y a mi casa.

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