Esa mañana, un domingo
frío y lluvioso de enero, bajé a comprar el periódico.
Los olores de la cafetería y el puesto de flores que había
junto a mi portal se mezclaban con resultado extraño y difícil
de soportar. El quiosquero de toda la vida, al que llamaba el amputado
desde que hacía años se lo había oído a
don Claudio, estaba sentado sosteniendo un cigarrillo entre los labios
con su barba canosa de tres días y sus ojeras negras a pesar
de los somníferos. Cruzamos unas rápidas palabras mientras
le pagaba y volví a casa caminando despacio sin tan siquiera
reparar en las noticias de primera plana.
Al entrar de nuevo en mi portal vi a don Claudio subiendo por las escaleras.
Su mirada luminosa y su canturreo sutil me resultaron desconocidos e
incomprensibles. Al pasar junto a él levantó el sombrero
a modo de saludo cortés y me dijo:
Buenos días, Tomás ¿qué, de dar un
paseito?
No, don Claudio, de comprar el boletín de malas noticias
como usted lo llama.
Ya veo, ya, bueno, seguro que no es para tanto, hombre me
respondió.
Seguro que no es para tanto. Me pregunté qué
querría haber dicho con eso mientras abría la puerta de
casa. Al pasar por la cocina miré de reojo los fogones y me pareció
percibir el olor de las rosquillas de Elena, pero en ese mismo instante
el estómago me devolvió el regusto amargo del queso y
el vino de la noche anterior. Con pasos cortos y la mirada fija en el
suelo caminé hasta el butacón verde y me dejé caer
sobre él dispuesto a leer la prensa. Casi sin prestar atención
comencé a pasar con agilidad las páginas de deporte y
del mismo modo los anuncios por palabras. Me detuve en las esquelas.
Leí despacio cada nombre de la primera página entristeciéndome
de una forma falsa y autocomplaciente. Antes de pasar a la segunda escuché
un golpe. Aparté a vista del periódico y agucé
el oído, pero no hubo más golpes.
De pronto comencé a sentir un extraño picor en la lengua
que me recordó al que me provocaba el gas al cargar el mechero
que me regaló Elena por mi cumpleaños. No lo había
vuelto a utilizar desde que ella se fue, pensé mientras recordaba
imágenes de aquella fiesta. Había sido todo tan bonito
que no pude imaginar que me dejaría poco después. El olor
se hacía cada vez más intenso. Arrugué la nariz
y me rasqué, era como ese olor a picapica de cuando era niño.
Dejé el periódico sobre la mesa de madera ya vieja y fui
a la cocina a comprobar que todo estaba en orden. Según me iba
acercando ese olor picante se hacía cada vez más intenso,
y se separaba más de mi cocina. Provenía del descansillo,
así que abrí al puerta y salí. Parecía venir
de la casa de don Claudio. Estaba casi seguro, así que fui hacia
su puerta y la golpeé varias veces con el puño esperando
sin conseguirlo escuchar algo distinto al latido de mi corazón.
Cómo una visión nefasta recordé la feliz y descansada
sonrisa que había visto por primera vez en muchos años
a don Claudio esa mañana, y sin pensarlo arranqué a patadas
contra la antiquísima puerta de la casa que apenas opuso resistencia.
La casa estaba completamente a oscuras. El insoportable olor a gas me
hizo tambalearme y querer salir de allí, pero tenía que
encontrar a don Claudio antes de que fuera demasiado tarde. Me tapé
la nariz y la boca con el jersey y entré apenas guiado por la
claridad del descansillo. La puerta de la cocina estaba cerrada. Intenté
abrirla y tuve que empujar más fuerte. La puerta fue cediendo
al tiempo que escuchaba el chirrido como de una silla al ser arrastrada
por el suelo. Cuando tuve espacio suficiente asomé la cabeza
y gracias a la creciente luz del día que entraba por el ventanal
pude ver el cuerpo de don Claudio en el suelo con la silla que segundos
antes bloqueaba la puerta volcada sobre él. Abrí del todo
y entré. A los pies de don Claudio una toalla de baño
taponaba la rendija entre la puerta y el suelo. Desvié un instante
mis ojos de él para mirar los fogones, los cerré aprisa
y me arrodillé junto a don Claudio. Aparté la silla y
zarandeándolo lo llamé a gritos sin que reaccionara, así
que lo arrastré por los pies fuera de allí. Sin saber
bien que hacer lo metí dentro de mi casa y corrí al teléfono
para llamar a una ambulancia. Una voz gélida y ausente me fue
interrogando sobre lo ocurrido y yo cada vez más cerca de la
histeria grité hasta conseguir que me jurara que había
una ambulancia en camino.
Dejé en el hall de mi casa el cuerpo de don Claudio sin atreverme
a tocarlo. En el baño empapé una toalla en agua y ciñéndomela
al rostro volví a su casa para intentar abrir alguna ventilación.
La humedad de la toalla atenuaba bastante el olor a gas pero aun así
no pude controlar el ataque de tos. Entré en el salón
de don Claudio intentando no tropezar con los muebles que vislumbraba
por la claridad que salía de la cocina y fui hacia el ventanal
para abrirlo. Retiré las cortinas con un tirón seco y
al ir a echar mano a ciegas del tirador de las persianas me di cuenta
de que no estaba tenso. Cada vez más nervioso fui bajando la
mano por él hasta encontrar un corte limpio como de unas tijeras.
Pasé mis dedos por el corte unos instantes intentando asimilarlo
y finalmente corrí hacia el resto de las habitaciones pero en
todas encontré lo mismo. No sabía que más hacer
para salvar a don Claudio, así que salí al portal huyendo
de aquel olor.
Una vez abajo, me senté en las escaleras que daban a la calle
y respiré profundo para intentar recobrar la calma. El olor a
gas pareció perseguirme. Cerré los ojos y resonó
en mis oídos la frase de don Claudio: Seguro que no es
para tanto, hombre. Luego le recordé abrazándome
la última vez que tomando un café juntos me dijo olvídate
de ella o acabarás amargado como yo. Rompí a llorar,
me cubrí la cara con ambas manos y sollocé casi sin fuerzas
hasata que sentí un golpecito en el hombro. Alcé el rostro
y vi a un hombre joven con un peto de la Cruz Roja. Me levanté
y comencé a intentar explicarme sin conseguirlo.
Se identificó como el doctor Robles y me acompañó
escaleras arriba mientras trataba de contarle lo que había visto.
Entró en mi casa y observó el cuerpo de don Claudio ya
sin vida.
Volvimos al descansillo y el doctor llamó por radio a la policía.
Mientras él hablaba, me giré y me quedé mirando
por última vez a don Claudio y a mi casa.