A
mis sobrinos Gorka, Aitor, Sergi, Iker, Xavier,
Candela, Guillermo, David y a mi amiga Sara
Algunas mañanas,
desde el balcón, solía ver a Félix atravesar el
callejón de arena negra y piedras. No le conocía de otros
veranos y Mikel me contó que era nuevo en el barrio. Félix
y su familia habían llegado a primeros de enero, poco después
de las vacaciones de Navidad. Vivían en el bloque que daba justo
enfrente al de los tíos, dos pisos más arriba, y al que
sólo se podía acceder atravesando el callejón.
Me extrañaba que Félix no bajara nunca a jugar a la calle
con todos nosotros, y cada vez que le preguntaba a Mikel éste
me decía que no sabía, que era una familia muy rara.
Antes de salir por el callejón Félix asomaba la cabeza,
miraba a un lado y a otro de la calle, y luego la cruzaba a paso muy
ligero. El flequillo negro y liso le ocultaba gran parte de la cara.
A veces inclinaba la cabeza de tal forma que me parecía que a
través del flequillo miraba hacía el balcón donde
yo estaba. En la mano Félix solía llevar una bolsa de
rayas rojas y verdes, de esas de nylon con asas de acero, como la que
la tía compró en el economato para bajar a por el pan
y la leche. Félix tomaba el camino viejo de las huertas. Le veía
alejarse por él, quizá hacia la tienda de Edurne.
Un día entré en la tienda de Edurne para comprar el pan
y la leche que me había encargado la tía y coincidí
con Félix. No pude verle bien la cara porque miraba todo el rato
hacia el suelo. Sin levantar la cabeza Félix le dio un papel
a Edurne. Ella lo leyó en silencio y se puso a meter cosas en
la bolsa que Félix había dejado encima del mostrador:
leche, tomates, lechugas
Ya está todo, dijo
Edurne. Félix no dijo nada, sólo asintió con la
cabeza. No pagó y salió de la tienda por la puerta de
la parte de atrás.
Fue un viernes por la noche. Habíamos visto El increíble
Hulk en la televisión y los tíos nos dejaron tener la
luz encendida para leer mientras ellos se quedaban viendo el telediario.
Yo leía sentada en la cama el último extra de Mortadelo
y Filemón. Mikel leía El capitán Trueno tumbado
en la suya. Habíamos dejado la ventana abierta sólo un
poco para que no entraran mosquitos. Yo estaba tan concentrada con Anacleto,
Agente Secreto que no oí nada, hasta que vi a Mikel incorporarse
de un salto y que se ponía a mirar por el cristal de la ventana.
¿Qué pasa?, dije. Ven, corre,
dijo. Solté el tebeo y me levanté de la cama para mirar
junto a él.
A la entrada del callejón un hombre con camisa blanca de manga
larga se levantaba con dificultad del suelo. Justo al lado de la farola.
Murmuraba algo y, aunque nos asomamos por la ranura de la ventana, yo
no lograba entender lo que decía. Cuando consiguió ponerse
de pie tenía la camisa sucia de arena negra. Es el padre
de Félix, dijo Mikel.
El hombre se tambaleaba como una peonza y parecía que en cualquier
momento se iba a caer. Con dificultad consiguió apoyarse en la
farola que alumbraba la boca del callejón. Intentaba entrar en
él, pero cada vez que daba un paso hacia delante se iba varios
hacia atrás. Mikel se rió, ¡Está como
una cuba!, dijo. Yo levanté los ojos hacia la casa de Félix.
Aunque tenían todas las persianas levantadas las ventanas estaban
a oscuras. De pronto aquel hombre dio un grito. Yo pegué un respingo
y me agarré al brazo de Mikel. Con fuerte impulso el hombre empezó
a andar rápido, inclinado hacia delante, y su camisa blanca se
perdió dentro del callejón.
La calle se quedó en silencio. Alrededor de la luz de la farola
dos murciélagos revoloteaban alborotados. Mikel se metió
en la cama y, sin decir nada, cogió el tebeo de El capitán
Trueno y siguió leyendo. Volví a mirar hacia la casa de
Félix. Continuaba a oscuras. Me sentí asustada y le dije
a Mikel que quería dormir. Él remoloneó un rato
pero enseguida apagó la luz.
El domingo por la mañana, mientras la tía me planchaba
el vestido blanco para ir a misa, yo limpiaba los zapatos de charol
negro con leche sentada en el taburete del balcón. A través
de la barandilla vi salir del callejón a Félix acompañado
por su madre. Félix movió la cabeza y creí que
miraba hacia el balcón. Yo sin levantar la cabeza les seguí
observando. La madre vestía de gris oscuro con un pañuelo
estampado también en tonos grises que le cubría la cabeza
y parte de la cara. Los dos caminaban deprisa y cabizbajos. En la mano
la madre llevaba la bolsa de nylon de rayas rojas y verdes que yo había
visto otras veces llevar a Félix. La bolsa parecía estar
llena y entre las asas asomaba enrollada una toalla azul marino. Cogieron
el camino viejo de las huertas. Me asomé entre los geranios y
vi que torcieron a la derecha, como hacia la estación de tren.
Seguro que iban a pasar el día al río de Areta o a la
playa de Bakio.
Aquel domingo, después de cenar, Mikel y yo nos fuimos a leer
a la cama sin ver la televisión. El tío tenía que
madrugar porque le tocaba trabajar en el turno de mañana. Mikel
se puso a leer el nuevo de El capitán Trueno que el tío
le había comprado por la mañana al salir de misa. Yo seguía
con el extra de Mortadelo y Filemón. Iba por la Rue del Percebe
13 cuando en la calle se oyó un ruido muy fuerte, seguido de
otro. Parecían cristales que se estrellaban contra el suelo.
Casi a la vez Mikel y yo nos asomamos por la ranura de la ventana.
En el asfalto había tirada una lámpara, una silla y un
retrato grande de boda con el cristal roto, como el que los tíos
tenían colgado en la pared de su dormitorio. Algunas prendas
de ropa caían volando a la calle. Miré hacia arriba. La
ropa salía por una de las ventanas de casa de Félix, la
única de la casa que tenía la luz encendida. Se oían
gritos. En la calle medias, bragas y sujetadores iban quedando desparramados
entre la lámpara, la silla y el retrato de boda con el cristal
roto. Tuve miedo y apagué la luz de la mesilla pero los dos seguimos
pegados a la ventana.
Las ventanas que tenían luz en el edificio de enfrente se fueron
apagando. La única que quedó encendida fue la de casa
de Félix.
Cuando los objetos dejaron de caer, la luz de la ventana de casa de
Félix se apagó. Entonces todo el edificio se quedó
a oscuras. Se hizo un silencio enorme. Esta vez la ha montado
gorda, dijo Mikel mientras volvía a la cama. Yo me quedé
un rato asomada, sentía miedo, miedo y vergüenza a la vez
al ver todas aquellas cosas desparramadas en la calle. Miré hacia
la farola, los murciélagos no estaban. Eché una última
mirada hacia la casa de Félix y algo nerviosa me metí
en la cama.
No podía dormir. Pensaba en Félix y en qué estaría
haciendo en ese instante. Lo imaginaba tembloroso escondido debajo de
la cama o quizás metido en el armario. No podía dejar
de pensar en él cuando oí unos crujidos que provenían
de la calle. Mikel, dije, ¿has oído?
Mikel no contestó. Despacio me levanté de la cama y sin
encender la luz miré por la ventana.
Félix y su madre andaban sigilosos en la calle. Reconocí
la bolsa de rayas rojas y verdes que había sobre el asfalto.
El retrato de boda sobresalía de su interior. La madre recogía
deprisa las medias, las bragas y los sujetados del suelo y los iba echando
a la bolsa. Félix sujetaba la silla y la lámpara rotas.
Parecía inquieto, mirando a un lado y a otro de la calle. Ayudada
por un cepillo la madre barrió hasta el último de los
cristales y los vertió en una bolsa de plástico blanca.
Cuando hubo terminado metió todo en la bolsa de rayas rojas y
verdes y la cogió por las asas con las dos manos. Félix
seguía mirando a un lado y a otro de la calle, hasta que de pronto
levantó la cabeza hacia la ventana en donde yo estaba. Me agaché
enseguida. No sabía si me había visto. Me quedé
pegada a la pared por debajo de la ventana. Las piernas y las manos
me temblaban. No me atrevía a moverme. Intentaba escuchar pero
no oía nada. Levanté la cabeza sin llegar a asomarme.
Oí pasos. Esperé un poco. Respiré hondo y me incorporé
lentamente.
Conseguí ver la calle, pero estaba desierta. Me asomé
más y miré hacia el callejón. No se veía
a nadie. Levanté la vista hacia la casa de Félix y ésta
permanecía a oscuras. Todo el edificio seguía a oscuras.
Sólo la farola situada a la entrada del callejón iluminaba
la calle y dos murciélagos revoloteaban alrededor de ella.