Leí el diario de un extraño (2003)

El ser múltiple

Soraya Lacaba Castro

A todos los seres extraños que llegaron de múltiples planetas y viven entre nosotros

“Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres.
[...] soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo,
lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.”
J. L. Borges

Sé que soy un tipo raro. Fue en la adolescencia cuando empecé a tomar conciencia de mi extraña personalidad. Yo intentaba identificarme con mis compañeros de escuela cuando aparecían con los pantalones oxidados por la lejía o el pelo teñido, para llamar la atención. Pero lo que a mí me sucedía no tenía nada que ver. Tan pronto yo era la niña estrábica que ocultaba su mirada bajo el flequillo, como el profesor de lengua y literatura que observaba con superioridad a los alumnos, con el pelo saliéndole a borbotones por las orejas.
Mis padres, cosa rara, no se percataron de mi singularidad, hasta pasados los ocho años. Un día me presenté a comer el bocadillo de mortadela disertando sobre el yo y el ello, convertido en un estudiante de primero de Psicología. Su primera reacción fue tomárselo a risa y racionarme las horas de televisión. Idearon un artilugio, mitad candado, mitad interruptor, que permitía el encendido del tubo de rayos catódicos mediante una llave que ellos ocultaban en la habitación de matrimonio, y establecieron un criterio sobre aquellos programas que podían herir mi sensibilidad. Cada vez que se decía algo no apto para mí comenzaban a gritar, para evitar que llegara a mis oídos.
A pesar de todos sus esfuerzos por fortalecer mi personalidad, yo me convertía diariamente en otro ser, por lo general, humano, excepto un par de veces. En una ocasión, sin saber cómo, me hallé convertido en un rotulador verde y, en otra, que prefiero no recordar, en una mandarina. Finalmente mis padres no tuvieron más remedio que aceptar que aquello no iba bien y me llevaron al psiquiatra. Para entonces, yo tenía diecinueve años.
Con la esperanza de averiguar quién era yo en realidad, me puse en manos de la Ciencia, y me convertí en objeto de severo análisis por parte de un psiquiatra que consagró a mi enfermedad su tesis doctoral. He de reconocer que aquello me hacía sentir importante y yo me esforzaba por mostrar mis síntomas de la forma más teatral posible, para no defraudar su instinto científico.
Durante aquellos diez años, sometido a su escrutinio, fui una cantante de ópera de ciento veinte kilos de peso, un militante neonazi, un político influyente, una ama de casa embarazada, un anciano pensionista, y un sin número de personas, personajes y personalidades, anónimos y famosos, hombres y mujeres, de todas las edades y condiciones.
Finalmente, el doctor publicó su tesis doctoral, titulada “Las consecuencias de la transfiguración en la vida social del individuo y el origen de los estados de conciencia múltiple”, y nuestra relación profesional llegó a su fin, sin que yo consiguiera averiguar quién era yo.
Lejos de mejorar, tantos años de práctica psiquiátrica convirtieron mi inicial desviación en un síndrome, que me obliga a transfigurarme entre tres y cuatro veces al día, dependiendo del grado de estrés al que soy sometido. Después de una de esas jornadas de intenso esfuerzo físico y psíquico caigo agotado y no puedo levantarme a trabajar por la mañana. Los empleos no me duran mucho y mi personalidad indefinible choca con la incomprensión de mis compañeros de trabajo y, sobre todo, de mis superiores.
Cuando busco empleo, no puedo enviar currículums con una descripción de mi persona, mi estatus académico o conyugal. Mi vida es una lucha constante por conseguir que mis compañeros y jefes me acepten como soy.
Lo único que deseo de verdad es ser alguien, alguien en particular, alguien con una única talla de pantalón y número de pie.
Mis padres no quieren saber nada de mí. Se escudan en que no soy el hijo que mi madre trajo al mundo. Por una parte les entiendo pero me duele mucho. Vivo solo. No he renunciado por completo a la idea de encontrar algún día a mi media naranja aunque, teniendo en cuenta lo complejo de mi personalidad, más bien tendría que buscar a mi media macedonia.
La semana pasada me animé a solicitar un empleo de cocinera. Me presenté de sopetón, aprovechando que me había transfigurado en una mujer entrada en carnes, con una profunda inclinación por la repostería y todo tipo de primeros y segundos platos. El lugar de la entrevista era un restaurante chino y mi entrevistador, un hombre de edad indefinible, de ojos rasgados y sonrisa encantadora, me decía sin cesar “amigo, amigo”. Fui contratada al instante, cuando recité de carretilla las recetas de quince bizcochos y de veinte tartas de la cocina de María Luisa García. Intuyo que podría haberme ahorrado el esfuerzo, pero no hay nada más agradable que sentirse recompensado, tras poner a prueba los conocimientos de uno. Ese mismo día me incorporé al trabajo y puse manos a la obra, contenta y animada por aquel modesto triunfo. Mientras me las veía con dos patos a la naranja y lavaba la ensalada de molestas cucarachas escondidas en los pliegues de la lechuga, mi voz comenzó a espesarse. Me alarmó ver que, cada vez, las transfiguraciones sobrevenían en momentos más inoportunos. Cuando el camarero fue a la cocina a recoger la ensalada china, me vio subido encima de la mesa, cantando a pleno pulmón la canción de ¡Cómo me pica el huevo! con un tupé y unos ceñidos pantalones de plástico azul, que efectivamente me habían pillado un huevo, produciéndome una mezcla de dolor y placer muy desagradable. A pesar de tener un contrato indefinido, o así me dijeron cuando firmé sobre la servilleta, me echaron de allí con cajas destempladas, sin explicarme siquiera si mi despido era procedente o improcedente. Otra vez me vi en la calle, sin empleo, sin Seguridad Social, y con un futuro ciertamente incierto.
A veces, mi forma de ser me resulta enormemente ventajosa, y aunque al principio no me animaba a sacar provecho de ello, he llegado a la conclusión de que, si sufro las consecuencias de mi singular personalidad, tengo derecho a disfrutar de los pocos momentos de placer que este extraño síndrome me pueda proporcionar. Uno de estos momentos tiene lugar los fines de semana, cuando salgo de copas. Normalmente, elijo locales muy frecuentados y cuando me sobreviene la transformación, me escondo entre la multitud. Uno de mis mayores placeres es observar a las camareras contrariadas buscándome entre el gentío. Puedo mirarlas de frente e, incluso, pedir otra copa mientras ellas maldicen al gorrón o gorrona que se fue sin pagar.
Tras una ingestión generosa de alcohol me sobreviene una necesidad afectiva que, gracias a tantos años dedicados al propio psicoanálisis, soy medianamente capaz de controlar. Cuando esto me sucede, me dirijo indiferentemente a hombres y a mujeres, intento entablar una conversación animada y, acto seguido, comienzo un contacto más íntimo. Me arrimo por detrás o deslizo una mano cariñosamente sobre el muslo de mi acompañante. La respuesta siempre es incierta y, en grado sumo, depende del aspecto que haya adoptado previamente. Lo bueno es que, cuando alguien me gusta de verdad, si soy rechazado expeditivamente, puedo volver a intentarlo un poco más tarde, con una nueva personalidad. La emoción e imprevisibilidad, que acompañan estos juegos inocentes es siempre desbordante y, aunque me he visto envuelto en situaciones poco alentadoras, estas travesuras se han convertido en mi única y más querida afición.
Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, me he transformado en una anciana bien conservada. Me duelen un poco las varices de la pierna derecha. Voy a dar un paseo al parque, a ver si me da el sol en esta pierna y se me pasa el dolor.

El enigma

Las luces del crepúsculo bailaban sobre la línea fina del horizonte. Inundados por la intensa visión, Adán y Eva mantuvieron la tensión (eléctrica), con un silencio magnético. “¿Crees en Dios?”, dijo Adán. “No sé si creo”, dijo Eva. “No creo como se cree en la infancia, donde las caritas pequeñas miran hacia arriba con los deditos entrelazados y piden cosas. Ya no creo así. Dios es todo lo que no entiendo. Lo que no entiendo, por más que me esfuerce. En ese ángulo, donde la luz no llega, vive Dios para mí”. Adán miró a Eva con curiosidad e intentó comprender. Sintió una punzada de limón en el vientre. Sintió el vértigo de acariciar un precipicio con los pies desnudos y se preguntó si aquello era Dios. Sobre su pelo empezó a llover fuerte, como un enigma.

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