Leí el diario de un extraño (2003)

Jugando contigo a escribir un cuento

Carmen Larrumbide

Mi idea no nace como un desafio. Nace como una invitación abierta a encontrar respuestas para lo imposible; y dispuesta, como todo tipo de invención o descubrimiento, a ser un juego. Así, en esta actitud, cuando no estemos serios ni concentrados, cuando nuestras mentes estén relajadas, dejaremos que ocurran muchas cosas que fluirán al exterior a través de nuestras ideas.

¡Te invito a escribir un cuento a medias!
Creo que los descubrimientos siempre llegan a través de personas desconocidas, que simplemente estaban jugando en un momento de sus vidas. Inventemos protagonistas, hagamos que les ocurran cosas fantásticas.
Así pues, si estás dispuesto a jugar, agárrate fuerte a mi mano y emprendamos el vuelo...

Un “no” que salta en mil pedazos
Llevo en esta isla tres vueltas al sol. Y ésta es una noche eterna en la que intento buscar un resto de mi vida anterior de la que no me quedan apenas recuerdos, y de la que casi no traje referencias.
De repente me encuentro pisando tierra yerma, en el mismo suelo del paraíso.
Y no me bastan las estrellas, ni el olor del océano.
De nuevo me persigue la voz de lo que sé, y por primera vez pienso que todo se me fue de las manos.
Aquella vez grité un “no” que estalló en pedazos, y que no ha caído en el olvido por inútil, perdido y pequeño que fuera.
Ahora en esta noche oscura creo que no es posible darle vida a nada, y me duele tanto echar de menos lo que voluntariamente decidí abandonar, que he de escribir en busca de una respuesta desconocida.
Intuyo que he de hacerlo. Algo está por venir. Lo siento como un latido, todavía lejano, que se quiere hacer presente.

Carta a un desconocido
Estaba recibiendo los avisos, pero no los sabía interpretar, hasta que la cadena de pequeñas cosas que saltaban a mi alrededor terminó por hacerme reaccionar.
Un día en que no suena el despertador. Otro en el que te estalla la taza de café. Una mañana en la que no te encuentras la sonrisa. Una tarde en la que no te apetecen esas pequeñas cosas que te hacen grande.
Tal vez no fueron los detalles, y sí los grandes hechos.
Aquel fue un año horrible. La guerra de Vietnam, el terremoto marino que había arrasado las torres parecidas, la casita de la playa de mamá, la legalización de la pena de muerte, las centrales nucleares, el sida, las rebajas de Enero y la muerte de mi unicornio, fueron razones suficientes para huir de la sociedad a la que hasta entonces había pertenecido.
Tomé la decisión de escapar. No quería seguir siendo permeable a todo aquello que pudiera afectar a mi corazón, a mi alma, en definitiva a mis sentimientos. Quería continuar encerrada en mí misma, hermética, sin ninguna apertura a todo aquello que me pudiera traer el dolor espiritual.
En cierto sentido, quería morir. Me había vuelto a prueba de vida.
La vida no podía llegar a mí y llegó la catarsis.
Me cerré a la existencia por todas partes, para no dejar que lo desconocido, lo genuino, lo natural pudiera llegar de nuevo a mis entrañas. Simplemente me embarqué en esta aventura para que mi piel se pigmentara de los colores y sabores del más allá, pero no para que me tatuaran y calaran.
Sólo quería dedicarme a observar. Vivir, por fin, haciendo consciente la acción de mirar. Comprender, viéndome a mí misma con los propios ojos, pero como si fueran ajenos. Entender y entenderme, encontrando luz aún en el espesor de la soledad.
Quien sabe observar aprende a no necesitar, pero puede amar. Puede descubrir vida en un muro, en un árbol seco. Puede descubrir el alimento dentro de sí mismo, se da cuenta de todo lo que pasa alrededor...
Hoy, después de tres años de mirar conscientemente, rodeada de un océano tan inmenso, tan increiblemente grande, de jugar a diario con las ballenas, de practicar sexo con las sirenas, de encontrar la felicidad reflejada en las gotas que se acumulan en las hojas, vuelvo a ser vulnerable, y lanzo una llamada en busca de algo más.
No tengo nada. Sólo este momento. El pasado es parte de la memoria, y el futuro, ¿qué es el futuro?, sólo parte de los deseos. Y aquí, más que en cualquier otro lugar del mundo, sólo existe el presente, el ahora mismo, sin ningún tránsito de tiempo.
A lo largo de estos años sólo he vivido momento a momento, he recuperado el juego. La vida cada mañana ha sido simplemente un “léela”, pero “no la interpretes”, y mucho menos pretendas entenderla.
Acepté mi completa soledad trascendiendo la sociedad de la que venía, creando la mía propia, entre plantas, animales, cielo, hielo, fuego y mar.
Sin dejar que nada ni nadie adulterara o contaminara mi soledad pura, inocente, maravillosa. Al fin y al cabo la soledad es parte de nuestra naturaleza.
Ahora, a través de esta carta con retazos de mí, busco un invitado, una persona cuya llegada no tiene fecha conocida. Puede que venga en este mismo momento o puede que me pase toda la vida esperando.
Esta espera es el único examen, el poder esperar sin aburrirte en la espera será el único indicativo de amor. Será una espera con el corazón latiente, y sostenida en todo momento, preparada para la explosión que podría tener lugar después.
Cuando mi desconocido invitado se presente, si es que existe, me encantará pasar los atardeceres contándole los pequeños detalles de mi hoy. También, si es preciso, intentaré recordar las grandes marcas del pasado, y me abriré a él.
Le hablaré con los cinco sentidos de los olores de los pueblos, los sonidos de los pájaros, los colores del cielo y el horizonte, el sabor de la mar, y el tacto de su compañía.
Le contaré de dónde vengo y cómo llegué hasta aquí. Cómo me curé de una enfermedad llamada sensibilidad crónica, viniendo a un lugar donde no existen patrones, ni las cosas han sido catalogadas. Aquí nadie se mueve entre los mundos de nuestro mundo, siempre clasificando. Aún no han dañado las libertades del ser ni del sentir. Nadie se mueve en lo bueno o en lo malo, en lo bello, lo feo, el premio, el castigo, la luz, la sombra, el día, la noche... es indiferente. Aunque existe otra enfermedad de la que ahora me quiero curar, y se llama inmunidad sentimental.
Tendrá que venir aquí. La nave en la que vine desapareció, y el lugar del que vengo... creo que también.
Encontrará a un ser mitad real y mitad sueño, mitad guerrero y mitad nirvana.
Mañana después de revisar los secaderos, y antes de abrir la laguna, subiré a lo alto del faro, aprovecharé las corrientes que solo se dan los 16 de julio de cada calendario, y enviaré en un cofre mágico este escrito.
Si alguna vez lo encontraras y quisieras comunicarte conmigo, ve a la consigna de Yuyubes Town, en la estrella 6.761, y allí encontrarás la clave. Hallarás mi corazón en un puño, y mi alma rota en un saco. Da igual, eso déjalo allí. Junto a ello verás un cuaderno con hojas amarillas y pastas forradas de un horroroso papel adhesivo de flores; eso es lo importante: tómalo y sigue sus instrucciones.
No importa que seas niño-niña-hombre-mujer, sólo espero con la sorpresa de la duda.

Y lo hizo...
El mensaje salió de mis manos. Se perdió en la profundidad y oscuridad del mar. Las mareas lo arrastaron, los bacalaos lo miraron con sus ojos grandes y redondos. Los días y las semanas pasaron. Nadie respondió.
Pasaron los días, las semanas, los meses. ¡Nadie me respondió! Los capítulos nuevos no llegaron nunca, y el juego a dos bandas se paró.

La autora de este pseudo cuento decidió continuar a su aire con la historia, un tanto desordenada y sin rumbo... Al fin y al cabo no era la primera vez que había de continuar con algo sola, desordenadamente y sin rumbo. Organizadamente y con un fin claro: buscar el placer de hacer las cosas que nos gustan. En este caso escribir como uno los actos más íntimos y más baratos para estar sano.

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