Leí el diario de un extraño (2003)

Le tenía escondido

Antonio Mesa

A Nati, porque sin ella
esto no sería posible

Le tenía escondido debajo de la mesa del comedor, donde estaban las tuberías. Vivía en ese otro mundo que esta debajo de nuestros pies. Desde que Guzmán apareció, un aroma del pasado se coló por mi ventana, un profundo vacío se había llenado, por fin estábamos juntos después de tres años.
Ernesto, mi marido, era guardia civil. Nos habíamos casado hacía diez meses, y nos instalamos en Burgos, la capital del reino en esos momentos. Aquí la violencia en las calles se acalló a fuerza de pistolas. Vivíamos los últimos días de enero del 38. No podía Guzmán pasar a zona republicana, ni tampoco huir a Francia, para eso necesitábamos un salvoconducto.
Cada día que pasaba era para mí como un dolor de muelas aliviado. Guzmán seguía conmigo y Ernesto vivía en la más pura ignorancia. Cuando el día se emborrachaba de horas, ya la noche me anunciaba que todo seguía igual, el secreto y el miedo dormían entrelazados.
Pero como todas las cosas, tienden a empeorar cuando hay algo que perder, Ernesto empezó a sospechar. Tenía la sonrisa rota, se fijaba en el más mínimo detalle, que si su navaja de afeitar tenía pelos que no eran suyos, que si le faltaba algún pitillo de su cajón, que si la botella de ribera de Duero, estaba más vacía que ayer.
Esas sospechas de Ernesto hacían que mi mirada estuviera dormida cuando estaba cerca y el nerviosismo era una ducha fría que mojaba mi esperanza.
Cuando me abrazaba Ernesto, sentía como si su beso se me cayera encima doblegando mi alma. Era como si una manta de miedo me abrigara hacia el desastre. Él me abrazaba con más fuerza cada día, como si pensara que me fuera a escapar.
Mientras que Ernesto se iba cada mañana al cuartel, yo sacaba de su cárcel subterránea a Guzmán. Se aseaba, le daba de comer, aunque era tiempo de escasez siempre había algo que ofrecerle. Mientras él acababa, yo intentaba que sus huellas fueran de hielo.
Y luego el momento más pequeño, cuando nos sentamos en la mesa, a recordar esos tiempos donde la risa era nuestro argumento.
Ernesto cada día estaba más irascible, me requería constantemente con preguntas que el mismo sabía la respuesta. Estaba examinándome, y una noche antes de irnos a dormir me confesó que tenía la sensación de que le engañaba, que sentía que había un hombre en mi vida, y que eso no lo podría soportar, que sin mí, no podía vivir. Él me decía: “Floren, si me dejaras, tendría la necesidad de ir al frente para buscar a la muerte.”
Esa noche las lágrimas que afloraron en sus ojos humedecieron mi mente, hasta ir en contra de mi propia sangre. Le cogí las manos y le dije: “Ernesto, llevo dos semanas engañándote, tú no eres el único hombre en esta casa. Tengo un refugiado, un republicano que llegó a casa. Se llama Guzmán y es tu cuñado.”
Ante esas palabras la cara de Ernesto se arrugó como la de un viejo y empezó a llorar desconsoladamente. “Amor mío, y yo que pensaba que me engañabas con otro, que la soledad te la prestaba para que te olvidaras de mí.”
Las lágrimas también me visitaron, y le pedí a Ernesto que no le delatara. Sé que a Ernesto le estaba pidiendo un sacrificio sin igual, que si le pillaban ayudando a mi hermano, le apresarían y le fusilarían por traidor.
Pero Ernesto no puso ningún impedimento. Hizo que sacara a Guzmán de su escondrijo, le abrazó, y le dijo: “No tengas miedo, cuñado, esta noche pasaremos la frontera, confía en mí”. Me dio un beso y salió corriendo. Al cabo de unas horas volvió con un traje de guardia civil un poco gastado. Le dijo que se vistiera, y mientras Guzmán se vestía, se acerco a mí y me dijo: “Espérame hasta que vuelva, pero si no vuelvo acuérdate que cada noche cuando mires al cielo, verás una estrella, la que más luce, en esa te estaré esperando.”
Me dio un beso que sabía a despedida, y salió con Guzmán.
Ninguno de los dos llegó a la frontera. Cuando la esperanza está desnuda, la memoria sigue tan fresca como hace cinco años. Aquí, en el penal de Burgos, sigue haciendo mucho frío. Me acurruco con la pared y miro a la ventana. Allí veo dos estrellas, una luce más, cierro los ojos y deseo que llegue cuanto antes el momento de poder abrazarlo. Hace frío, tanto frío que duele.

 

No, no puedo más

No, no puedo más. Desde hace varios meses mi corazón insiste a mi cabeza que no debo seguir con Adela, pero como es mi mente la que toma las decisiones, sigo sin hacerle caso. Eso me pasa por ser tan racional, y dejo pasar ese momento en el que el miedo esta dormido y puedo decirle a Adela que no la quiero, que no soporto sus manías, su falta de consideración hacia mí, sus explicaciones que parecen discursos de humo de porro pasado.
Esta tarde sí, había quedado con ella en el café Doña Tetera y ahí sin más dilación le diría lo que siente mi corazón. Se acercaba la hora, las cinco y cuarto. Yo repasaba la conversación. Le diría: “Bueno, Adela, mira, tengo una cosa muy importante que decirte, verás, no sé si sabrás”. ¡Pero qué coño me pasa!
Vuelta a empezar: “Adela, sabes que llevamos unos meses que no conectamos”, joder, qué gilipollez, sin ensayo, a lo que salga.
Entré en la cafetería a la cinco y veinticinco. Me esperaban en la mesa cinco minutos de locura, miles de palabras se balanceaban en mi cabeza. Yo observaba a mi alrededor para distraer las ideas y, qué casualidad, las mesas estaban en su gran mayoría llenas de parejitas acarameladas y, qué ironía, yo iba a salpicar del sabor amargo de la ruptura el salón de la cafetería.
Yo, en medio de la felicidad, pero sin poder tocarla, tan cerca pero tan lejos.
Llegó Adela. Esperé a que se sentara, le di un beso descafeinado y, mientras se quitaba el abrigo, llamé al camarero y le pedí un licor de manzana y un café con leche, pero ella posó sobre mí una mirada desgastada y le dijo al camarero:
—No, mejor un té rojo, que libera grasas.
—¿Estás a dieta otra vez, Adela?
—No, Santi, es que he leído en una revista que es muy diurética.
Pensé: “Empieza ya o ésta diserta sobre las propiedades de los hierbajos.”
—Bueno, Adela, quiero decirte algo —pero en ese momento me interrumpió para decir:
—¿Sabes que encontré a Darío y me dijo que se casaba en julio, que ya nos pasaría la invitación, y que a ver si nos animábamos?
—Ya le llamaremos —repliqué yo.
En este momento el camarero nos sirvió, y mientras nos servía un molesto temblor en la pierna izquierda empezó a ponerme más nervioso.
Cogí el licor y empecé a beberlo esperando que el alcohol se aliara conmigo. Adela no perdió el hilo y me dijo que había visto en la Carretera del Socorro unos pisos de protección oficial y que se podían pagar en treinta años.
En un intento por dominar la situación le dije:
—Adela, intento desde hace ya muchos minutos decirte una cosa muy importante para los dos, por favor no me interrumpas.
Entonces Adela replicó:
—¿Qué pasa, que tus cosas son más importantes que las mías?
—Esto sí, Adela. Quiero dejarte, no te quiero lo suficiente.
—Vale, Santi, pero ¿cuándo vemos los pisos, eh?
En ese momento me dieron ganas de tirarle la copa encima, pero me contuve, y cuando iba a decirle que para mí habíamos terminado, a ver si se enteraba, el miedo cruzado de brazos me hizo decirle:
—Mañana por la tarde.

 

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