Leí el diario de un extraño (2003)

Mujer perdida

Beatriz Montero

“Así se limpia, la has dejado reluciente”, me ha dicho mientras se subía la cremallera del pantalón. Le he escuchado de rodillas, sin pestañear, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Asintiendo con la cabeza a su “sigue limpiando el pasillo”. Esos interminables pasillos que limpio desde hace meses, todas las tardes, de cuatro a seis, mil cien metros, dos mil trescientos dos pasos, y entre medias una parada de limpieza a la entrepierna del Bocas. Mi compañera, la Mula, me dijo que se rumoreaba que le iban a destinar a Málaga, pero yo no me lo creo. Llevo aquí dos años y nada ha cambiado. Ahora sólo espero que la Chungui cumpla y me pase mañana mi paquete. Sólo me quedan seiscientos metros por fregar. No voy a culparme. Aunque él me repita con los pantalones bajados que esto es parte de mi castigo. No pienso culparme. No voy a dejar de fregar el pasillo. He estado limpiando letrinas durante meses para llegar hasta aquí. No, no voy a dejarlo. No voy a culparme. Ayer, por primera vez en estos dos años, vi a la psicóloga y me preguntó si me adaptaba bien. Le mentí. Le mentí, como hago con todos. Le dije que estaba mejor aquí que en la calle. Les miento porque no quiero dar motivos para que me castiguen por mala conducta, y volver a limpiar la mierda de los baños, ni hablar. El Bocas me ha prometido que si sigo comportándome bien pasará un informe a jefatura para que pueda entrar en la cocina. En la cocina. Tendría un sueldo. Podría darle dinero a Juan. Un sueldo. Ya sólo quedan quinientos metros y dos papeleras. Les miento, les miento a todos. Les doy la razón cuando nos dicen que se está mejor aquí que delinquiendo por las calles. No protesto, a todo digo que sí con la cabeza aunque no lo tenga claro. Tampoco tengo claro que tenga la culpa de estar aquí. Lo que hice fue por ayudar a Juan. Las del módulo se rieron de mí cuando les dije que mi abogado me había conseguido una pena por sólo nueve años. “Eso, guapa, es lo máximo”, me dijo la rubia. Mis primeros meses aquí fueron sacos de horas sin nada más para llenarlos que los recuerdos y la imaginación. Cuatrocientos cincuenta metros. Esta lejía me va a dejar ciega. La Chungui me ha prometido que mañana me traerá las chinchetas. Espero que cumpla. Dijo que me las traería. No quiero esperar más. Cuando el Bocas se fijó en mí y me propuso limpiar las letrinas, sonreí por primera vez. Luego me ascendió a fregar los pasillos. Dejé de sonreír la tarde en que me pidió que fregara, debajo de la papelera, de rodillas. Me susurró en el cuello que meneaba muy bien el culo. “Debe hacer mucho que no te follan”, me dijo el muy cabrón, “y no vamos a dejar que se te olvide, ¿verdad?” Oí por primera vez el movimiento seco de su bragueta, su respiración entrecortada. Ahora todo eso es parte de mi trabajo, algo habitual como lo es el temblor de mi mano izquierda cuando fumo y la tos crónica que me acompañaba desde hace tiempo y no me deja dormir. El Bocas no me deja que tosa porque dice que es como follar a una moribunda. He aprendido a contener la tos con lágrimas. Cuatrocientos metros. Creo que estoy enferma. He adelgazado mucho en los últimos meses. Escupo sangre. Esto no lo sabe ni la Mula. Cuando escupo lo hago en la mano. Este cubo pesa cada vez más. Imagino que el Bocas se lo hace con otras reclusas, no sé con quién, ninguna hablamos de ello. La Rosi, la que limpia el pasillo de la zona dos, está pasando por lo mismo que yo pasé. Dicen que ya no cuenta chistes en el comedor, que se entierra en su litera y no aparece por la noche en la sala del televisor. Se le pasará en un par de meses. Aquí se sobrevive a todo. Empiezas por acostumbrarte a la megafonía que te despierta de lunes a lunes a las ocho y luego al tiempo muerto en el patio, a no hacer nada durante horas, a sólo dos horas en la celda durante el día para echarse la siesta, escribir o lavar la ropa, al olor ácido de la orina, a hacer trabajitos y enmudecer, a volver a las nueve y media de nuevo a la celda. Así todos los días de lunes a lunes, mes a mes. A esto te acostumbran a golpes. Trescientos metros y una sola papelera. Las papeleras no me gustan. Hace dos viernes vomitaron dentro de una. Y hoy he encontrado una compresa usada en la papelera del metro setecientos. Sé que Juan ha notado algo. No le he contado a nadie lo del Bocas, pero Juan debe olérselo. Ya no apoya sus manos a la ventana para acercarse a las mías. Ha dejado de venir a verme todos los sábados y ahora lo hace una vez al mes. Las que siguen viniendo cada sábado son mi madre y mi hermana. Cuando les pregunto por Juan mi madre baja los ojos opacos a los pies. Mi hermana me repite que le olvide. Pero no puedo. Juan es el que me mantiene viva, el que me ayuda a no dar importancia a las palabras del Bocas. A veces me pregunto si cuando salga seguirá Juan con la farlopa y las pastis. No voy a castigarme. No he hecho nada malo para estar aquí. Quería ayudar a Juan. Él me dijo: “Si algún día me trincan, me muero.” Lo hice por él, para que no sufriera. Esto no se lo dije al juez, ni al abogado, sólo dije que sí a todo. Nueve años no están para mal para ese alijo, me dijo el de oficio. El muy perro ni se molestó en que me redujeran la condena. Doscientos metros. La Paca me ha aconsejado que pida ir a la enfermería, pero creo que esta tos se quitará con el tiempo, como el dolor del desgarro y la hemorragia anal. Se me pasará, como se pasan las horas. Queda poco para acabar este pasillo. Estoy cansada. Cansada de ver los mismos muros, el mismo color en las paredes, de las rejas, de las peleas, del olor a lejía, de las pesadillas de la Mula, de mi tos, del Bocas. Estoy cansada para empezar otro día. Cien metros y medio. Ya acabo, ya. La Chungui me lo prometió, me prometió las chinchetas para mañana. Las voy a tener. Las voy a tener. Cuando las tenga me las pondré detrás de los labios y cuando ese cabrón del Bocas se baje la bragueta se las clavaré en la carne estirada y carnosa. Y luego me las tragaré para que me lleven al Hospital. Saldré del talego. Dicen que el Hospital está en el centro de la ciudad. Cincuenta metros. Volveré a ver las farolas de la ciudad, los autobuses urbanos, el bullicio de las calles por la mañana, a Juan. Dos fregadas a esa esquina y termino. Mañana tendré las chinchetas. No pienso castigarme. Yo no tengo la culpa de estar perdida.

 

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