Nada normal (2002)

De palabra

Álvaro Acevedo Tarazona

Desde caño Cristales hasta Peroles había una hora de trayecto pandito, pero de ahí hasta el río Negro la jornada era extenuante, por un terreno que se hacía más ascendente hasta convertirse casi en una pared, entre Toretes y Sacamujeres. Luego se recorría un breve camino, en pleno páramo, entre el caño Cachimbero y Linderos, para enfilar, por último, hasta La Putana. De ahí en adelante todo era un secreto.

De su silencio habían dependido muchas cosas, y desde entonces ya habían transcurrido varios abriles hasta ese día, en el que transportaba el último bulto de su libertad. Apuró el paso, pese a la carga que lo sofocaba.

Aquel día no iba de camuflado. Se había alzado la ropa con la cual le habían capturado ya hacía tres años. No se sentía a gusto; las botas le habían lacerado sus pies y la ropa ya no le tallaba. No alcanzaba los uno setenta, pero era de complexión fuerte y de rostro anguloso, cortado por unos ojos sin brillo. Llevaba el cabello largo, muy largo, trenzado con una cuerda; en su hombro derecho, el tatuaje con la silueta de una mujer desnuda y en su muñeca izquierda una pulsera de coral, último recuerdo de su disipada vida en Nueva York.

Nadie había querido medírsele al asunto; ni siquiera por toda la plata del mundo que los comandantes de los treinta y dos frentes habían ofrecido. Subir los bultos era saludar a la muerte, y para qué una muerte heroica si al fin y al cabo era la muerte.

El cargamento había permanecido por varios meses en el mismo lugar. La cuadrilla ya estaba aculillada y así se lo habían hecho saber al comandante para zafarse de cualquier responsabilidad. Eran dos mil bultos de trinitroglicerina, los que necesitaba, al otro lado de la cordillera, el 9º frente del nororiente para volar, si fuere del caso, dos ciudades enteras. Pero con tanto bulto amontonado, en un santiamén podría llevarse a toda la cuadrilla y de paso la laguna que suministraba el lecho seco del llano. Un desastre que los pueblos de abajo jamás perdonarían.

¿Qué otra cosa podía haber hecho? Fue una acción muy rápida cuando llegaron al Bramadero y se lo cargaron de nuevo p'al monte a seguirle un Consejo de Guerra por desertor. No lo había podido creer, aún se acordaban de él. ¿Pero cómo no se iban a acordar, si lo acusaban de haberse cargado la plata que había necesitado el 9º para abastecer la tropa por un año?

No eran tiempos para jugar a ser héroe, y menos cuando la moral andaba por los suelos. Cuando lo pusieron frente al comandante, acaso éste lo miró de soslayo para impartir la orden. Desde su huida nada había cambiado; ahí estaban los dos verdugos que dispararían, los mismos que con el comandante y su compadre Everardo se habían empotrado en el mando. Los demás miembros de la cuadrilla rotaban y se movían según las circunstancias, pero nunca eran más de diez.

Reanimado por la luz del sol, luego de haberlo dejado por muchas semanas expuesto a los gases en la cueva donde almacenaban el cargamento, le alcanzó a gritar al comandante, no sin la ayuda de su compadre Everardo, quien, segundos antes de que se cumpliera la orden, había intercedido por él.

-¡Yo le cargo los bultos comandante!

-¿A cambio de qué? -le preguntó éste, intuyendo la respuesta-

¡A cambio de mi vida y de mi libertad¡ -gritó aún más fuerte-.

Muy pronto rodó la bola en los treinta y dos frentes que había aparecido un pendejo, y ahí había comenzado todo. No había dejado de recriminarse un solo instante desde que se le había medido al asunto. Luego de La Putana debía desgajarse entre los desfiladeros de La Cuchara, donde unos hombres forrados de blanco le recibían los bultos y procesaban de a puchitos el inestable explosivo. Cada bulto debía transportarlo en sus espaldas, haciendo uno o dos viajes por jornada y sin la ayuda de bestias ante el temor de que cualquier movimiento brusco de la temible carga lo pulverizara. Lo peor era que debía inhalar los gases del explosivo, porque éste a lo sumo se podía forrar en bolsas de nailon. En La Cuchara sólo se quedaba a recuperar el aliento, para luego apurar el día y subir de nuevo si las lluvias lo permitían. Aquellos desfiladeros eran el fortín del 9º: cuevas repletas de armas, laboratorios y mucho dinero.

Ese día, subiría el último bulto y se largaría. Si no había huido antes era por el temor a que el comandante se enseñara con su padre, pero ante todo porque era hombre de palabra y su palabra era lo único que le quedaba. No se había robado la plata, eso lo sabía él y el comandante, pero éste lo había inculpado.

Ya había enfilado hacia la Putana. Era cuestión de una hora más, y ya: libre para siempre. ¿Qué haría? No estaba seguro. Abajo, por si acaso, creerían que aún quedaba por subir otro bulto, ya que había tenido el cuidado de camuflarlo con fina arena. Todo era cuestión de adelantársele al comandante, en el caso de que algo saliera mal.

En el último año había sido más útil preparando yerbajos, encajando huesos o ligamentos y en ciertos casos aplicando los conocimientos de sus seis semestres de medicina, que había cursado antes de irse para Nueva York. De manera que allí abajo el ambiente estaba muy relajado. Renombrada su fama de brujo en los treinta y dos frentes, se cubrió de un hálito misterioso. Sus compañeros veían cómo había aprendido a cargarse los bultos sin inmutarse, en tanto que ni siquiera alguno de ellos se atrevía a acercarse al lugar donde éstos se encontraban. No era inmune a los gases del explosivo ni tampoco al miedo que le tasajeaba sus nervios cuando se alzaba la carga y sus compañeros lo despedían como a un fantasma. Pero todo le era indiferente; lo único que anhelaba era estar al lado de su viejo para aliviarle el cáncer que lo consumía, según se lo había hecho saber su compadre Everardo cada vez que traía noticias del llano.

Como siempre, el camino era un desierto sin vida. Era como si los malditos guañuces lo presintieran y con sus graznidos de locos espantaran todas las almas. Ya en el páramo, la cosa era distinta: sólo él y el tenue sonido del agua. Horas de intenso dolor por la carga, apaciguadas por intermitentes silencios.

Su familia no había hecho más que llorarlo desde su época de estudiante en la Facultad de Medicina cuando se entregó a la droga y ya no se quería ni a sí mismo. En Nueva York había llegado a ser desvalijador de carros, intermediario de los carteles, cabrón de putas y acróbata de circo, hasta el día que lo remitieron al quirófano con el dedo gordo del pie girado hasta el tobillo. Cuando le dieron de alta, un tipo de la DEA había tenido el cuidado de conducirlo, no sin insultos, por los pabellones de los enfermos de heroína. Había sido aterrador: en el primero, aquellos de los miembros hinchados que ya no tenían un solo espacio para pincharse; en el segundo, a los que ya sólo les quedaba libre los ojos y la nuca; y en el tercero, los terminales, aquellos a los que se les desprendían sus miembros. Fue entonces cuando les suplicó a sus hermanos que lo amarraran hasta purgarse de ese veneno. Después la guerrilla, y ahora los explosivos...

Los desfiladeros de La Cuchara eran enrevesados y falsos. Dejó la carga en el lugar de siempre. Por su trabajo, allá arriba, tenía la confianza de la otra cuadrilla del 9º y hasta le había sobrado tiempo para sonsacarse unas armas en todo su tiempo de cautiverio. El regreso no era problema. En Sacamujeres bordearía el campamento de caño Cristales hasta deslizarse a Campocapote y de ahí a la Margarita, la puerta al llano, donde Everardo lo llevaría a un sitio seguro a encontrarse con su padre. Así se había acordado. Luego regresarían a ajustarle sus cuentas al comandante.

Llegó justo a la hora. Se sentó a esperar un par de minutos. Sin embargo, Everardo no aparecía. Lo tanteó por algunos minutos más, pero nada. ¿Qué había sucedido? No lo sabía. Esta vez no iba a perder. Se encontraba resuelto. Tendría que fingir que regresaría por el último bulto. Si Everardo se había torcido ya se verían las caras. Tenía cierta ventaja. Llevaba montadas las armas.



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