Nada normal (2002)

Cuentos de ayer y de hoy

Mila Gutiérrez-Jodra

La verdad es que nunca he sido rescatada por un príncipe azul y a estas alturas soy consciente de que ya no lo seré. Nunca me he perdido en un bosque, y lo más que se me ha aparecido es una bandada de avispas. Nunca le he llevado tartas a mi abuelita porque a una no llegué a conocerla, y la otra me traía a mí caramelos, bombones y besos. Tampoco he sido una niña maltratada por sus hermanas; a las mías, unas veces las soporto y otras las adoro. Nos hemos gruñido, destrozado los juguetes, saqueado la ropa, vociferado y hasta pegado pero, tácitamente, siempre nos respetábamos los novios.

Nunca he pretendido que la ropa que no llevaba me sentaba de maravilla; es más, invariablemente tenía la impresión de que las demás tenían mejor gusto, más estilo. Si duermo durante veinticinco horas seguidas será por una borrachera de muerte, y me despertará el bocinazo del despertador —tengo el sueño muy pesado y no me despierta cualquier cosa— no el beso en los labios de un cursi con tupé ondulando al viento a lomos de un brioso corcel. Como no pertenezco a la saga de los con suerte, por no tocarme no me toca ni el muñeco del roscón de Reyes; qué decir de una lámpara que cumpla todos mis deseos.

Tampoco he sido nunca más que de carne y hueso, y como mentir no es uno de mis mayores vicios, mi nariz ha permanecido con el tamaño actual desde mi adolescencia. En muchas ocasiones me ha tentado la idea de retirarme del mundo pero nunca escalando a las copas de los árboles, despistando a mi familia y forjando amigos desde las alturas. Nunca me he enamorado del más feo, tampoco del más guapo... un término medio, vulgar y nada inquietante, que no me ha dado ocasión de rescatar a nadie y reintegrar su autoestima, más bien ha sido necesario reponer la mía al final de más de una historia.

He soportado muchas situaciones bochornosas pero nunca he conseguido hacerme diminuta o que la tierra me tragara a pesar de haberlo deseado ardientemente, así que he tenido que capear el temporal con todo el peso de mi humanidad colorada y balbuceante. Jamás he tenido la fortuna de que la vida me concediera una segunda oportunidad para enmendar mis errores, crueldades y meteduras de pata. No ha habido ocasión de dar marcha atrás en el reloj, así que he procurado levantar cabeza y no volver a cometerlos. Mis peleas con gigantes a menudo han terminado en fracaso si bien no por ello he dejado de intentarlo, pero honradamente las piedras no rozaban siquiera sus erguidas cabezas.

No he conquistado nunca millones de ratones con el dulce sonido de una melodía. Con que me siguieran los miembros de mi equipo cuando me tocaba ser capitán jugando a policías y ladrones, tenía suficiente. Además tenía unas ganas locas de hacerme mayor para poder hacer lo que quisiera, así que me hubieran hundido en la miseria llevándome al País de Nunca Jamás.

Siempre he detestado a las princesas, tan tontas, tan cursis y premiosas. En eso la vida ha sido más que razonable conmigo. Los espejos únicamente han reflejado la imagen de mí misma, unas veces más amable y otras insufrible. Nunca, desde luego, he sido capaz de atravesarlos. Tampoco he ido nunca de víctima. No era la más fea de clase, tampoco la más guapa. La vida me ha premiado haciéndome permanecer dentro de los límites de la más absoluta normalidad.

Siempre he sido bastante patosa: prefería que me calzaran unas botas resistentes a unas bailonas zapatillas rojas, aunque reconozco que en ciertas ocasiones no me hubiera venido mal. El pobre de Bambi siempre me pareció algo tarado, ni siquiera le pasaba nada emocionante aunque eso no tiene nada que ver. Heidi me apasionaba y tampoco era una iluminada. Claro que bien mirado derrochaba mala leche empujando a Clarita a retozar por los montes en una silla de ruedas.

Me hubiera encantado tener que tomar precauciones por ser la más bella del país, pero afortunadamente tampoco se me pidió a cambio que cuidara de siete gorrones, sucios y maleducados.

Mi mayor proeza con la magia consistió en escaldarle los ojos a mi hermano pequeño pero nunca conseguí transformar al imbécil del vecino del quinto en cerdo. Cenicienta, Blancanieves, Pinocho, el Gato con Botas, Gulliver o Alicia, personajes que desfilaron por mi infancia y a los que ahora me resulta difícil hacerles un hueco.

No, definitivamente mis miserias nunca han tenido tanto glamour como me hacían creer en aquellos cuentos.

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