Nada normal (2002)

El corazón que creció demasiado

José Julián Irazoqui

Jacobo era un hombre enamoradizo. Pero todos sus amores le abandonaban más bien pronto que tarde porque él no sabía bailar y usaba tirantes. De todas ellas guardaba un buen recuerdo: una mirada, una sonrisa, una caricia, una canción. Y reservaba un trozo de su corazón para cada una. De vez en cuando, cuando se sentía solo, lo examinaba con cuidado, y elegía una de ellas para compartir su soledad. Con el transcurso de los años el corazón se le fue llenando de recuerdos de amores, aunque siempre tuvo sitio para uno nuevo.

Un día perdió el conocimiento y cayó al suelo desplomado. La pérdida de conocimiento fue breve, apenas un par de segundos. No le dio mayor importancia. A los pocos días empezó a dormir mal. Se tumbaba en la cama y sentía que se ahogaba. Se levantaba y se sentaba en una silla, y así parecía sentirse mejor. Cuando no podía aguantar el sueño se acostaba otra vez, y la sensación de angustia y ahogo volvía y tenía que volver a levantarse. Se decidió a ir al médico cuando las piernas se le hincharon. Le diagnosticaron una insuficiencia cardiaca producida por una miocardiomiopatía dilatada: el corazón había crecido demasiado, y era incapaz de funcionar con eficacia. La única solución era un transplante. Es una operación casi rutinaria, le dijeron; en España se hace más o menos una al día.

Pasados unos meses le avisaron para que se presentara de inmediato en el hospital porque había disponible un corazón apropiado para él. Ya en el quirófano se durmió mientras contemplaba los grandes ojos negros de mirada tierna y amable de la enfermera.

Cuando se despertó estaba ya en una habitación. A los pocos minutos llegó el equipo médico: la operación, al parecer, había sido un éxito completo. Sin embargo empezó a pensar que algo no iba bien. La mirada de la enfermera era una mirada dura y altiva, sus ojos eran de un color apagado, sin brillo, y rodeados de arrugas. No sonreía. No parecía la misma persona. Cuando le dejaron solo, se levantó y se acercó a la ventana. Se veía la entrada principal, junto a un gran aparcamiento lleno de gente que iba y venía y, al fondo, a la izquierda, nueve construcciones auxiliares. Una de ellas era el crematorio. De su chimenea se elevaba una columna de humo blanco que una leve brisa empujaba hacia el horizonte. Siguió la columna con su mirada y vio que el humo de la incineradora había escrito en el cielo nombres de mujer. Le recordaban algo. Al rato se dio cuenta de que eran los nombres de sus viejos amores, pero no sentía nada.

Se acercó al cuarto de baño, se abrió la chaqueta del pijama y se miró en el espejo. Allí estaba, un corazón joven, palpitando vigoroso, con un ritmo firme y constante. Acercó una lámpara y lo examinó con atención: sus amores no estaban, los habían quemado junto con el corazón demasiado grande y cansado que había sido el suyo hasta ese día. Se quedó pensativo, tratando de explicarse por qué no sentía igual que antes. Se le formó un nudo en la garganta, y las lágrimas asomaron a sus ojos. Empezaron a fluir con suavidad pero poco a poco se convirtieron en un torrente. Cayó desvanecido.

Mientras tanto el viento había cambiado de dirección y arrastrado la columna de nombres hacia el hospital. Fue recorriendo pasillos y salas. Se detenían, miraban un momento, y seguían buscando. Al llegar a la UVI vieron a Jacobo, con una mascarilla en la boca, conectado a una batería de aparatos y con las manos atadas a los costados de la cama. Vacilaron durante un instante, pero al ver sobre una silla sus tirantes continuaron su camino.

Jacobo quiso gritar pero no podía hacerlo. Angustiado, dirigió sus ojos a la enfermera, e intentó decirle con la mirada que su corazón había crecido tanto porque había querido reservar un lugar en él para cada uno de sus amores, y que no quería vivir sin ellos. Ella comprendió, le besó en los párpados y desconectó el respirador.

Cuando la enfermera terminó su turno ya era de noche. Miró hacia arriba y entre las estrellas vio que ascendía hacia el cielo la columna de nombres, y tras ella, sonriente, la cara de Jacobo dibujada con el humo que salía de la incineradora del hospital.

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