Nada normal (2002)

Tertulia

Emilia Lanzas

A los que creen que soy

Susana entró apresurada, sosteniendo su carpeta azul sobre el pecho. Pasaban diez minutos de las nueve. Saludó a sus compañeros de tertulia, que apenas le contestaron. Hablaban del último premio Alfazara. Mario enarbolaba la novela con indignación.

—Éste Juan Manuel de Pemón es un cacique mediático-literario.

El café Duncan estaba repleto de gente, como todos los domingos por la tarde. Susana buscó un asiento; sólo encontró una silla atestada de abrigos. Consiguió colocar todas las prendas en la percha, ante alguna mirada recelosa.

Finalmente, logró sentarse en un huequecito que quedaba en una esquina de la mesa. Estaba mareada. “No debería haber bebido tanto”, se reprochó.

Fabián, a su lado, sostenía ahora la novela premiada. Mientras leía clavaba su codo izquierdo en el costado de Susana.

—Eres como un galope de alegría sobre los campos húmedos en flor.

Susana abrió su carpeta azul, y puso cuidadosamente sobre ella dos folios mecanografiados. El espejo de la pared le devolvía las nucas de los otros y su imagen invertida. Se puso a leer interiormente: Capítulo II. El miedo de las arañas. Un telón de agua ocultaba el amanecer. El pliegue de los sueños, y sintió cómo sonreía dormido. Comenzó un día embarrado. La lluvia continuaba cayendo...

El humo condensado dibujaba nubes malvas, bajo las lámparas del techo. Susana sintió calor en sus mejillas. Olía a frío. Saludó con la cabeza a Gracia, que le devolvió una sonrisa forzada. “Qué sed”, pensó; pero no consiguió llamar la atención del camarero que iba apresurado de un lado a otro. Así que carraspeó varias veces, y trató de centrar su atención en la tertulia.

Mario pidió silencio.

—Vayamos a lo nuestro, ya está bien de semejante bodrio. A ver, ¿quién ha traído algo?

Dos manos se levantaron. Susana se animó, y alzó la suya con timidez.

—Gracia, empieza.

La aludida abrió un cuaderno y comenzó a leer. Era el capítulo veinticinco. La protagonista, una farmacéutica lesbiana, se había enamorado de la madre de su compañero. Mientras colocaba cajas de ansiolíticos en el estante, reflexionaba sobre la conveniencia de confesárselo.

Susana pensó en su escrito, los personajes le volaban por la mente. Le resultaron vulgares, y creyó que debería cambiarlos.

Gracia acabó su lectura. Julio comentó que había metido reflexiones demasiado conceptuales.

Se escuchó un golpe seco. La percha sobrecargada se había caído. Susana se levantó para colocarla. Las lozas del suelo se acercaron. Se le hizo un hueco en algún punto de su interior. Cuando se volvió a sentar, Fabián ya estaba leyendo el capítulo cincuenta y cuatro de su novela. A Susana le pareció que, comparada con aquélla, su texto estaba escrito en un lenguaje demasiado vulgar; poco literario. Miró sus folios con aprensión, y leyó interiormente: Capítulo II. El miedo de las arañas. Un telón de agua ocultaba el amanecer. El pliegue de los sueños, y sintió cómo sonreía dormido. Comenzó un día embarrado. La lluvia continuaba cayendo... Tendría que revisarlo.

Gracia le dijo a Fabián que el lenguaje por él empleado carecía de vigor plástico.

—¿Alguien más? —preguntó Mario.

Susana se metió las manos en los bolsillos. Notaba la lengua enorme y pastosa.

Mario enarcó las cejas.

—¿No tenías algo?

Después de unos segundos, Susana abrió la boca; pero sólo le salió un pequeño eructo. Pidió perdón, confundida. Se acordó de los gin-tonics, de sus folios escritos y deseó haberse muerto una hora antes.

Gracia golpeó la mesa con impaciencia. Susana sintió ganas de dar patadas en el aire. El ruido del café Duncan parecía una masa compacta, con vida propia.

Mario la miró con fijeza. El tono de su voz subió:

—¿Habías traído algo, sí o no?

Susana afirmó con la cabeza. Se sentía como una rana en el desierto.

—Aunque...

La boca le sabía a almendras verdes.

—Bueno, bien, vale, empiezo.

Cogió las hojas. Pensó que iría cambiando el texto, según leyese. Capítulo II, (una gota de sudor helado le bajaba lentamente por la espalda) El miedo de las arañas...

“No se me ocurre nada”, pensó Susana. Le escocían los ojos. Notaba el corazón instalado en los labios. Carraspeó, calló, miró a los otros, suspiró, carraspeó de nuevo. De pronto, observó sus folios reflejados en el espejo, y comenzó a leer despacio, con dificultad:

Un lónte de agua bataculo el cernemaa. El gueepli de los ñosesu, y tiósin mocó reíason domirdo. Zómenco un adí dorrabaem...

Tragó saliva y levantó la cabeza. Seis pares de ojos miraban sorprendidos. Se había instalado, en aquel rincón del café Duncan, un silencio de mármol. Era la primera vez que conseguía captar la atención de la tertulia. Susana sonrió, y continuó la lectura:

La viallu banuaticon doyenca...

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